Reseña histórica del Museo Nacional de Historia Natural

Apenas si el país había comenzado a vivir su vida independiente, cuando por iniciativa de hombres sabios se comprendió que, como todo país civilizado, también el Uruguay debía destinar una parte de su presupuesto para la conservación de su patrimonio e incrementar el conocimiento de la naturaleza.

Ejemplares de la antigua exposición del Museo Nacional de Historia Natural

Así surgió la idea de crear un Museo de Historia Natural. Esto ocurría tan tempranamente como 1837, apenas siete años después de la jura de la primera Constitución del país (1830). El 4 de Setiembre de 1837, un Decreto del Ministerio de Gobierno creaba una Comisión encomendada de organizar una Biblioteca y un Museo de Historia Natural. Desde que todo conocimiento va íntimamente ligado a lo que nuestros antepasados hicieron o pensaron, la idea de Museo va siempre unida a la de Biblioteca. Es de recordar que la Biblioteca Nacional creada veinte años antes, en 1816, no era más que un pobre conjunto de libros, dificultosamente reunidos por Pérez Castellano, Larrañaga y otros; "zarandeada y casi destruida Biblioteca,"  dice Arturo Scarone, destacado director de la misma.

La presidencia de aquella primera Comisión recayó inicialmente en Teodoro M. Vilardebó, pero a solicitud de la propia Comisión, el Gobierno designó Presidente a Dámaso A. Larrañaga, cuyas colecciones, junto, a las de Vilardebó y otros entusiastas, marcaron el inicio del acervo de la Institución. Sin embargo, seguramente debido a la ceguera y la frágil salud de Larrañaga, en realidad, en esta primera etapa, la presidencia efectiva de la Comisión fue ejercida por Vilardebó. Los otros integrantes de la Comisión eran renombrados hombres públicos, como Ramón Masini, Bernardo Berro, Manuel Errazquín y Cristóbal Salvañach.

En ese mismo año de 1837, entre el 9 y el 14 de diciembre, el Museo realiza la primera expedición científica, integrada por Vilardebó, Berro y Arsène Isabelle, para extraer lo que se dio en llamar el "fósil del Pedernal". Se trataba de un gliptodonte, esos enormes parientes de los actuales armadillos, que se había hallado a orillas del arroyo del Pedernal, en el Departamento de Canelones.

La consecuencia de este hallazgo fue la publicación de un interesante informe firmado por Vilardebó y Berro, aparecido en el diario El Universal de Montevideo, en 1838, donde se describían en detalle las circunstancias del hallazgo y los restos extraidos. El fósil fue bautizado como Dasypus antiquus, que es el primer nombre científico aplicado a una especie de gliptodonte. A su vez, este artículo es el primero de ciencias puras publicado en el país y firmado por investigadores nacionales.

Al año siguiente de creada la Comisión, el Museo abre por primera vez sus puertas al público; era el 18 de Julio de 1838. No cabe duda de que en esa primera muestra estarían representados ejemplares de nuestra fauna, flora, geología, paleontología y arqueología, ya que todos estos elementos estaban, por cierto, presentes en las colecciones de los iniciadores. En esta primera etapa, la sede del Museo estaba en la llamada Casa del Gobernador, donde hoy se encuentra la Plaza Zabala.

Casa del Gobernador

Este promisor comienzo pronto quedaría truncado, por una conjunción de circunstancias, entre las que se puede citar, en primer lugar, el cese de la Comisión al ser designado, en 1840, Director de la Biblioteca y Museo, Francisco Acuña de Figueroa, hombre de letras, pero no de ciencias. Luego vino la Guerra Grande (1843-1851), los viajes de Vilardebó a Brasil en 1844 y luego a Europa en 1847; la muerte de Larrañaga, en 1848, y, por último, quizá, la temprana vocación política de Berro, que por un lado lo alejaría de las ciencias y por otro lo llevaría a alcanzar la Presidencia de la República en 1860. Esta decadencia se vio prolongada en el tiempo, ya que los sucesores de Acuña de Figueroa también tenían gustos más afines por las Humanidades que por las Ciencias.

Como ejemplo del descuido en que se encontraba el Museo, se pueden citar las impresiones de algunos naturalistas que pasaron en esa época por estas tierras, como el célebre zoólogo y viajero suizo Johann Jakob von Tschudi, quien al visitar el país en 1858, dice: "En el aspecto científico, Montevideo no tiene nada que ofrecer. Visité el Museo y la Biblioteca. Están expuestos en un antiguo edificio público, el llamado 'Fuerte' [...] El Museo es un cuarto de trastos apenas digno de ser mencionado. La biblioteca es igualmente insignificante." El 7 de diciembre de 1862 llegan a Montevideo las fragatas Resolución y Triunfo y la goleta Covadonga, integrando la llamada Comisión Científica Española al Pacífico. Sus científicos visitan el Museo, y en el diario de uno de ellos, Francisco Martínez, profesor de la Universidad de Madrid, transmite esta impresión: "... estuve en el Museo de Historia Natural, si así puede llamarse una pequeña pieza de la Biblioteca pública, obscura y con objetos, pocos en número y mal dispuestos. Estaba dirigido por D. Joaquín Reyes, completamente lego en la materia."

No es de extrañar, pues, que prácticamente no se conserven especímenes de la primera época en las actuales colecciones. Si bien sin poner en tela de juicio la honorabilidad del "disecador" del Museo, Sr. Luis Panizza, el Dr. Mariano Ferreira nos refiere que, con el fin de preservar las colecciones, éstas se habían retirado del "Fuerte" y depositado, sin inventario previo, en la casa de Panizza. El inventario de reincorporación de los materiales demostró el deterioro y pérdida de piezas con relación a los catálogos originales, no pudiéndose establecer en qué momento ocurrieron. Panizza era un farmacéutico italiano que además se ocupaba de vender especímenes zoológicos a los Museos de Europa, especialmente al de Turín.

 
Sede del Museo entre 1867 y 1879 (foto ca .1870)

En 1867, el Museo se traslada al primer piso del edificio de la calle Sarandí 472, compartiéndolo con la Biblioteca Nacional y el Archivo General. En 1868, por iniciativa del citado Dr. Ferreira, la Biblioteca y el Museo pasan a depender de la Junta Económico Administrativa de Montevideo, según nos dice, "para sustraerlos al abandono en que se les tenía por parte del Gobierno por falta de recursos."

Ya en esta época se constata que José Arechavaleta integraba la Comisión Asesora, lo que sin duda es indicio de que tenía una vinculación anterior con ambas instituciones. En ese año de 1868 se crea el cargo de Director científico, para que se ocupe del Museo. Al respecto, el mismo Ferreira dice: "Es a la falta de ese Director que debe, sin duda, atribuirse el triste estado en que se encuentra este Museo, que debería dar al extranjero que lo visita una justa y alta idea de la riqueza y de las producciones de este suelo, y sólo le da una prueba del estado de descuido y abandono en que se le tiene." Y continúa: "Asimismo [la Comisión] ha creado el cargo de Auxiliar del Museo, [...] encargado de velar por la seguridad y conservación de los objetos depositados en él y que aunque encomendados en el nombre al Bibliotecario, han estado hasta ahora en realidad encomendados a la sola guarda del portero de la Bibliotea."

El inventario de la Biblioteca, levantado por José A. Tavolara, en 1868, secundado por los Drs. Julio Herrera y Obes y Carlos María Ramírez, demuestra que el saqueo y el abandono la habían reducido de 6.443 a sólo 1.849 volúmenes. Un conflicto de poderes entre la Junta y el Gobierno hizo que el traspaso de la Biblioteca y Museo a la Junta, sólo durara hasta 1870, en que retornó a la órbita del Gobierno central.

En ese período se realizaron algunas excursiones científicas dirigidas por el citado Mariano Ferreira, quien relata que en una de ellas, recorriendo a caballo la sierra entre Rocha y Minas "nos tuvieron a mal traer una jauría de perros bravíos que nos atacó y que para repelerla tuvimos que emplear nuestras armas de fuego" y luego dice que habiéndolos tomado la noche en la región conocida como Siete Cerros, tuvieron "que pasarla en vela recostados sobre el pasto, con el caballo de la rienda y la escopeta al lado [...], por tratarse de un lugar solitario, habitado por matreros y gente de mala vida."

Seguramente preocupado por el deterioro creciente del Museo, el Gobierno aprueba un Reglamento del Museo Nacional (1875), con la finalidad de establecer algunas pautas, que sin duda estaban siendo descuidadas. En este nuevo Reglamento, se establece que el Director es un director científico y que será "inmediatamente responsable del depósito, organización, administración, conservación y seguridad de todos los objetos del Museo" (Artículo 12). Pero también se le pedía que "clasificara científicamente los objetos de todo género que existan en el establecimiento; llevar la contabilidad; publicar mensualmente el número de visitantes, donaciones y adquisiciones" (Art. 13), y como si esto fuera poco, también debía "proponer al Gobierno la adquisición de animales, peces, plantas, minerales u otros objetos; reunir cuanto objeto le sea posible, perteneciente al país [...] para lo cual hará excursiones anuales en cada Departamento de la República; establecer canje con otros museos; formar un catálogo metódico y explicativo; ponerse en relacion y mantener correspondencia frecuente con los naturalistas del exterior," etc. La situación actual no muestra grandes variantes.

Sede del Museo entre 1879 y 2000, ( foto ca. 1900)

En 1879, el Museo Nacional se traslada al ala Oeste del Teatro Solís, local que ocupó durante 120 años. Por estos años, el acervo del Museo Nacional estaba distribuido en tres secciones: Historia Natural, Bellas Artes e Historia. En 1880, el Museo Nacional y la Biblioteca Nacional, se escinden y pasan a constituirse en instituciones independientes.

Parecería que el Reglamento de 1875 no tuvo los efectos deseados, ya que en 1888, se nombra una Comisión Reorganizadora, con el fin de mejorar, fomentar y enriquecer al Museo Nacional y para que pueda prestar "todos los servicios que está llamado por su naturaleza a prestar para el estudio superior y práctico de la Historia Natural y Nacional del país, de la ciencia y del arte."

La Comisión estaba formada por Juan Mesa, a la sazón Director del Museo, Juan M. Blanes, Enrique Gil, Manuel Quintela, Alejandro Mackinnon y Benjamín Sierra, entre otros. La Comisión tenía el cometido de proponer "al Gobierno los medios a su juicio más adecuados y eficaces de reorganización y dar impulso a dicho establecimiento público, sometiendo a su aprobación un nuevo Reglamento general de dicha repartición."

El renacimiento del Museo Nacional de Historia Natural, se produce a partir de Marzo de 1890, cuando se le encarga a Arechavaleta su  reorganización, tarea que es continuada por Carlos Berg, quien es nombrado Director en Julio del mismo año. Luego de superadas algunas dificultades con la Sección de Bellas Artes, el Museo de Historia Natural reabrirá sus puertas al público en Setiembre de 1891. A escasos dos años de nombrado, Berg renuncia para asumir la Dirección del Museo de Historia Natural de Buenos Aires. Era el 25 de abril de 1892, y al día siguiente, el 26, es aceptada la renuncia y nombrado Director Arechavaleta, en un sólo acto administrativo firmado por Julio Herrera y Obes, Presidente de la República, y su Ministro Juan A. Capurro. Ejemplo de eficiencia en una época en la que la burocracia no nos aplastaba! Arechavaleta asume la Dirección hasta su muerte, en 1912.

Berg y Arechavaleta serán los dos primeros eslabones de una cadena de directores científicos que van a ser los responsables del incremento patrimonial continuado que llevará a la actual riqueza del Museo. En realidad, en esa época, el Museo Nacional no era una unidad monolítica, ya que contaba con dos directores: Juan Mesa, como Director del Museo Nacional en las secciones de Bellas Artes, Historia y Archivo, y Carlos Berg como Director del Museo Nacional de Historia Natural.

Salón principal de la exposición del Museo, ca. 1900.

Vista del salón principal, tomada por Juan H. Figueira, posiblemente entre fines de 1800 y principios de 1900. Al fondo se aprecia la entrada principal sobre la calle Buenos Aires N° 652 y que la primera parte del salón estaba dedicada a las Bellas Artes. Esto significa que la foto es anterior a 1911, fecha de la escición del Museo Nacional en las áreas de Historia Natural, Historia y Bellas Artes. En el primer plano se observan las vitrinas correspondientes a las aves.

Refiriéndose al edificio, el ya nombrado Ministro de Fomento, Ing. Capurro, en su Memoria a la Honorable Asamblea General (1892), dice: "Nuestros Museos adolecen para sus desarrollos de las deficiencias del local en que hoy están establecidos. Es inadecuado para los servicios y la distribución de sus secciones..."

Un cambio trascendente ocurre el 10 de diciembre de 1911: las antiguas secciones del Museo Nacional se hacen independientes y tomarán vida propia los Museos Nacionales de Historia Natural, de Bellas Artes, e Histórico Nacional.

El Ministro de Instrucción Pública, Baltasar Brum, en su Memoria correspondiente a 1915, señala que a principios de ese año, el Estado adquiere el Herbario y la Biblioteca de Arechavaleta. El primero contaba con unas 7.000 plantas y la segunda con 1.500 volúmenes. Esto significó una invalorable adquisición para el acervo del Museo.

Salón principal de la exposición del Museo, 1960

Luego del deceso de Arechavaleta, en 1912, Garibaldi J. Devincenzi, ocupa la Dirección y dedica todos sus esfuerzos al inventario de los vertebrados del Uruguay. Al retirarse, en 1942, le sucede Ergasto H. Cordero, que dará un importante impulso a los estudios sobre invertebrados. Desempeña el cargo hasta su fallecimiento en 1951. Diego Legrand, que desde 1938 ocupaba la Subdirección, es desigando Director y continuará en el cargo hasta 1970. Se destacará en los estudios botánicos, especialmente de fanerágamas, tema en el que alcanzará fama internacional. Es sucedido por Miguel A. Klappenbach, zoólogo, especialista en moluscos y anfibios. En 1957 organizó y dirigió la Expedición Uruguaya al Orinoco Siguiendo la tradición de sus predecesores continuó abriendo generosamente las puertas de este Instituto a jóvenes vocacionales. Se jubiló en 1984 y fue sucedido por Héctor S. Osorio, botánico y médico, que ocupó la Dirección hasta 1998.

De izquierda a derecha: Klappenbach, Gardiol, San Martín, Orejas Miranda, Ximenez, Cuello, Sabat y Azambuya.

Integrantes de la Expedición Uruguaya al Orinoco en la cubierta del petrolero Ancap IV, 1957.
De izquierda a derecha: Miguel A. Klappenbach (Jefe de la expedición y malacólogo), Roberto Gardiol Armand'Ugon (Camarógrafo), Pablo R. San Martín (Entomólogo), Braulio R. Orejas-Miranda (Fotógrafo y herpetólogo), Alfredo Ximenez (Mastozoólogo y taxidermista), Juan P. Cuello (Ornitólogo y taxidermista), Juan C. Sabat Pebet (Entomólogo) y Fraides Azambuya (Asistente de campamento). 

El éxito de la gestión de todos estos Directores radica en que tenían una larga vinculación previa con el Museo y un profundo conocimiento de su estructura y funcionamiento, lo que le dio continuidad a la Institución, que no es la obra ni el mérito de uno de ellos en particular, sino una sumatoria de sus aportes y de quienes con ellos colaboraron.

No cabe duda de que en estos años de forja, el Museo ha crecido y, aunque modesto a nivel internacional, no por eso carente de importancia, como lo demuestran las continuas visitas de colegas del extranjero para consultar las Colecciones y la Biblioteca.

Si se comparan algunas cifras, cuando Berg presenta su memoria anual correspondiente a 1891, dice que el Museo poseía, para citar unos pocos ejemplos, 89 mamíferos, hoy la colección cuenta con más de 4000: las aves eran 911, hoy son más de 6000; los anfibios eran 79, hoy también superan los 6000; los peces, de 91 ejemplares, pasan a aproximadamente 12.000; los moluscos de 136 especímenes pasan a más de 15.000 lotes; los 46 arácnidos originales se convierten en 35.000; en la Biblioteca, de 197 títulos (que es con lo que había quedado luego de la separación de la Biblioteca Nacional) se pasa a la nada despreciable cifra de 250.000 volúmenes, constituyéndose en la biblioteca especializada más importante del país y de las mejores de la región. Curiosamente, Berg no hace mención al volumen del Herbario, que hoy es repositorio de unas 80.000 plantas, ni a las colecciones arqueológicas y etnográficas, que en esa época ya contaban con la momia egipcia y el antropolito.

Por otra parte, en ese año de 1891, Arechavaleta y los hermanos José y Juan H. Figueira, –este último era Ayudante del Museo– integraban una expedición científica organizada por el Museo, a los llamados "cerritos de San Luis," en el Departamento de Rocha, trabajos que culminarán en la primera contribución trascendente sobre arqueología y antropología física del Uruguay. Las piezas de estas colecciones antropológicas se cuentan hoy por decenas de miles.

El valor de este patrimonio se ve incrementado por cientos de ejemplares-tipo, es decir, especímenes sobre los cuales se describió por primera vez una especie nueva para la ciencia, y por tanto son únicos en el mundo. Los mismos se preservan en las colecciones de botánica, paleontología y zoología.

Desde la aparición del primer número de Anales (1894), la publicación científica de vida más prolongada del país –ha superado el centenario–, el Museo ha publiado más de 500 títulos, muchos de los cuales se han convertido en cita obligada para los investigadores. Sólo a título de ejemplo cabe mencionar la Geografía física y esférica del Paraguay de Félix de Azara; la Flora Uruguaya de Arechavaleta; los Peces del Uruguay de Devincenzi; los Moluscos del Uruguay de Formica Corsi; las Aves del Uruguay de Cuello & Gerzenstein; los trabajos sobre Portulacas y Mirtáceas de Legrand; los Ciervos fósiles del Uruguay de Kraglievich; los Catálogos de arácnidos del Uruguay por Capocasale; los Chaná-timbúes de la antigua Banda Oriental de Acosta y Lara; los trabajos sobre Mitología indígena sudamericana de Blixen; los de Líquenes sudamericanos de Osorio, y muchísimos títulos más que se detallan en la sección Publicaciones. Estas publicaciones son todas de constante demanda por las aproximadamente 1000 instituciones similares de todo el mundo con las cuales se mantiene un canje activo.

Por último, hay que destacar que no son pocos los científicos vocacionales o profesionales que han iniciado su carrera aquí, y que no pocos de ellos se han destacado a nivel internacional. La política de puertas abiertas del Museo, siempre le ha permitido contar con un importante contingente de investigadores honorarios, en una especie de simbiosis, que favorece una retroalimentación mutua que se continúa en la nueva Institución.

Lic. Alvaro Mones

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