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Margarita Luongo / Museo Romántico


Margarita Luongo, soprano italiana, vive en Uruguay desde los 5 años. Trabaja en el MEC como coordinadora del ciclo de música de cámara del Museo Romántico, Casa de Antonio Montero. Durante el café, habló de su infancia, su visión sobre la vida de los artistas y las características del público de la ópera en Uruguay.

Luongo nació en Milán, Italia, país del que emigró al Uruguay a los 5 años de edad. El motivo fue la prometedora carrera que imaginó su padre –el barítono Virgilio Luongo- en estas latitudes. Según nos contó, “no quería saber nada con el país” pero con el tiempo se fue adaptando. Calificó su infancia como “atípica” por haberse criado “en un mundo diferente”, rodeada de artistas, (su padrino era el músico Jorge Algorta y en su casa vivía un director de orquesta argentino).

Una vez recibida de Licenciada en Letras y Arte Dramático, inauguró la Escuela de Teatro de la Universidad junto con dos destacados actores nacionales, Elena Zuasti y Juan Jones. Auspiciada por el MEC, incursionó en el teatro independiente.

Al egresar del Curso Superior de la Escuela de Opera del SODRE, debutó como profesional interpretando el rol protagónico de “El teléfono”, papel que la llevó a consagrarse como la “revelación lírica del año”. Estudió y actuó en diferentes lugares del mundo, como Buenos Aires, Nueva York y París.

Tras haber coordinado durante seis años un ciclo de interpretes nacionales en el SODRE, continuó esta labor desde el Museo Romántico. Margarita comentó que dejó de actuar en el país porque “yo no voy a pedir, ya me conocen, saben lo que rindo y para lo que sirvo (...) aunque quienes piden tienen la prioridad”.

Ser artista en Uruguay

Según la cantante lírica, ser artista en el Uruguay siempre fue difícil, en especial para los cantantes y músicos de cámara. Reconoce que antes “se hacían siete funciones de óperas intercaladas; paralelamente, conciertos y ballet, que ahora quedaron en la nada”. Esto permitía una mayor oportunidad laboral para los artistas, pero al cambiar la realidad debieron buscar nuevos horizontes en el exterior. “En Alemania, hay muchos teatros, y si bien no es fácil entrar al país porque vas de acá, siempre tenés algo para hacer (...) lo mismo pasa cuando vas a Argentina”.

En el exterior la remuneración es buena, “te permite vivir”, agrega Margarita. Los cachet mejores pagos son los de los grandes nombres, “aunque no se reducen a Pavarotti”, por ejemplo.

Los espectáculos culturales son poco redituables en el Uruguay, ya que la participación del público no solventa los costos de producción, sobre todo cuando de ópera se trata. “Cuando fui a Nueva York me quedé anonadada de ver detrás de la platea del (teatro) Metropolitan unas barras para que los niños estén de pie por diez dólares”.

El público de ópera del Uruguay no se renueva, los jóvenes no se interesan por este estilo musical, “lo toman como música de otra época y no tienen la sensibilidad como para sentirla (...) la música que les gusta escuchar ni siquiera tiene melodía, es desafinada”.

El mercado se redujo y “en la medida de que no lo mantengamos se va a seguir achicando, porque los más jóvenes no conocen esto (...) hay un preconcepto de que la ópera, la música clásica, el ballet, forman parte de una cultura elitista, dirigida a determinado sector social”. Esta idea no se refleja en otras partes del mundo, donde “gente muy carenciada y muy joven asiste a ver música de cámara. Incluso en Brasil , “en donde no hay una gran cultura en ese sentido, te das cuenta que están muy alerta al recibirte”.

En cuanto a la vocación para ser cantante de ópera, Margarita dice: “la técnica es adquirida pero se tiene que nacer con cierta inclinación para esto, para las artes. Yo creo que artista se nace y lo demás se adquiere”.


 
 

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