FEDERICO FERRANDO,

PROFETA EN SU TIERRA

 

Wilfredo Penco

 

 

      Federico Ferrando murió el 5 de marzo de 1902. Un disparo accidental, proveniente de una pistola Lefaucheux que manipulaba frente a él su amigo Horacio Quiroga, fue la causa de la muerte. Había nacido en Salto en 1877, tenía 25 años de edad y de este modo, como víctima, Ferrando quedó asociado para siempre con el destino trágico que acompañó,-como una maldición, al autor del fatal descuido, su coterráneo Quiroga, con quien lo unía una relación casi fraternal.

 

      Ambos habían integrado el cenáculo conocido como Consistorio del Gay Saber [1]. En ese ámbito Federico Ferrando -Arcediano según la nomenclatura jerárquica establecida por sus miembros- produjo una serie de textos publicados en forma póstuma [2]. En vida apenas dio a conocer (en algunos casos bajo el seudónimo Carlos Cráneo, con la inicial R. o sin firma) unos pocos cuentos y poemas y otros tantos artículos políticos recogidos en revistas y diarios de la época [3]. Este material fue reeditado varias décadas más tarde en un par de opúsculos [4].

 

      La intempestiva muerte le impidió desarrollar una personalidad literaria que solo quedó en ciernes. Su brevísima obra, sin embargo, ha sido objeto de consideraciones en la posteridad [5].

 

 

Polémicas a muerte.

 

      Como ha sido referido en más de una ocasión, el accidente que derivó en el deceso de Ferrando, tuvo su origen en la polémica que el amigo de Quiroga sostuvo con Guzmán Papini y Zás [6] desde la prensa. Este había iniciado una serie de “Siluetas literarias” en La Tribuna Popular [7], con una dedicada al salteño bajo el título “El hombre del caño”. En su feroz ataque, sin nombrarlo, Papini identificó a Ferrando con sinuoso resentimiento, seguramente en recuerdo de algún juicio adverso que no estaba dispuesto a perdonar: “Mi hombre es un galicismo andante: la peor traducción al castellano de un bohemio francés! Oriundo del Salto, a salto de mata anda en nuestra literatura, perseguido por burlas incansables. (...) Los articulejos bisiestos que borrajea -escribe de cuatro en cuatro años- son un candombe de ideas ajenas, un cancan furioso de incoherencias; y como cancan desenfrenado, pisotean a cuanta reputación se encuentra a su alcance. Se siente atacado por el delirio tremens de la irrespetuosidad. Él se considera el único, el privilegiado, el Mesías!”.

 

      Ferrando contestó en El Tiempo (el 27 de febrero de 1902) [8], lo que dio lugar a la segunda “Silueta” firmada por Papini, quien ya en la primera había ironizado a propósito de un eventual reto a duelo (“Si alguien se considera aludido en este artículo (...) le ruego que no me envíe los padrinos, porque ya se me pasó la edad infantil de recibir el agua de socorro; y porque las grandes carcajadas no es posible que concluyan en duelos: la risa y el dolor se excluyen recíprocamente. / Por otra parte, el que se crea “el hombre del caño”, en vez de llevarme al terreno del honor, me conduciría al terreno del olor!”). El tono violento de las dúplicas y réplicas fueron tensando el ambiente y un inminente enfrentamiento físico parecía inevitable. Ferrando volvió a denunciar a su contendor (esta vez en El Trabajo, el 4 de marzo) con intensificada agresividad. Emir Rodríguez Monegal resume así el brulote:” (...) comienza a calificar a Papini de villano; cuenta que le robó quince libras esterlinas al joven Eliseo Ricardo Gómez en una revolución que concluyó en Piedras de Espinoza; que en la misma oportunidad el coronel Tezanos le reprendió por cobarde; que robó un escritorio de campaña; que su origen es misterioso (luego lo califica de hijo de carnicero); se refiere a sus malas costumbres, sin especificaciones; asegura que plagió a Lugones, a Díaz Mirón, a Guitiérrez Nájera, a Flores, a Balart, a Andrade, a Zorrilla, a Bécquer, a Vicente Medina, a Herrera y Reissig, a Rueda, a Darío; que roba sus consonantes a los sonetos de “Los arrecifes de coral”; que las señoritas se burlan de él, que la ropa que usa es ajena, que tiene aspecto de espía, que es bajo (de estatura), que fue usado como modelo para el afiche de La raza de Caín del dibujante argentino A. Bosco. Critica también sus viruelas; señala que fue medianero amoroso del mayor Isasmendi, que políticamente ha pasado del herrerismo al tajismo, de Cuestas a Batlle; que en el Club Vida Nueva, donde fuera camarero, lo tuvieron que echar por su incompetencia para limpiar la vajilla; que lo encargaron de la repartición de avisos, no del cobro de los mismos; que ignora el francés, que –última infamia– hasta sus antiguas borracheras han huido de él. (...) concluye llamándolo ‘Canalla, descendiente de lacayo’ ” [9]. Papini se dio por enterado y le advirtió, en tono de amenazadora burla: “Al señor Federico Ferrando (a) “El hombre del caño” le agradezco los conceptos elogiosos que me ha dedicado. Al mismo tiempo le manifiesto que se los agradeceré personalmente, cuando pueda verlo” [10]. Al comprobar que los hechos se precipitaban, sin posible retorno, el aludido se decidió a adquirir la pistola Lefaucheux que le sería fatal. Ese mismo día Quiroga llegó a Montevideo, proveniente de Salto. Ferrando lo fue a esperar al puerto, almorzaron en el Hotel Comercio y después se dirigieron a la casa de Ferrando, donde se produjo la tragedia.

 

 

Duelo sin duelo.

 

      El mismo diario en cuyas páginas se había iniciado la implacable polémica informó lo sucedido de este modo: “Ayer a las 6 y 45 m. de la tarde, ocurrió un desgraciado suceso en la casa que ocupa la familia del señor Ferrando, situada en la calle de Maldonado número 354, y de la que resultó víctima el joven Federico Ferrando. / A esa hora, se encontraba este en su habitación en compañía de su hermano Héctor y de su amigo el joven Horacio Quiroga. Este se ocupaba de examinar una pistola Lefaucheux que momentos antes le había comprado el joven Héctor Ferrando, por indicación de su hermano Federico./ Mientras Quiroga se ocupaba en inspeccionar el arma y cargarla a la vez, los hermanos Ferrando, que se hallaban sentados en la cama, observaban la operación. / Quiroga se hallaba frente a Ferrando y después de cargar el arma al cerrar los dos caños para asegurarla se le escapó un tiro, hiriendo de tanta gravedad al joven Federico Ferrando que dejó de existir casi instantáneamente. / El proyectil le penetró por la boca y quedó incrustado en el hueso occipital. / La familia de la casa, al oír la detonación acudió a la habitación de Ferrando encontrando a este tendido sobe la cama y con el cuerpo bañado en sangre. / Inmediatamente la familia de la víctima salió en busca de médicos, pero cuando estos llegaron el joven era cadaver./ El médico forense doctor Tagle le practicó el reconocimiento respectivo. / El joven Federico Ferrando había nacido en la ciudad de Salto el año 1880 [en realidad había sido en 1877] y se hallaba en esta ciudad desde hace algunos años, [a] donde había venido con el objeto de cursar estudios de bachillerato, que más tarde abandonó para dedicarse a la lieratura. / Colaboró en algunas revistas de esta capital, especialmente en La Alborada con el seudónimo de Carlos Cráneo. Ahora era corresponsal telegráfico y literario de El Porteño. En estos últimos días, a consecuencia de una silueta publicada en este diario por nuestro compañero de tareas Guzmán Papini y Zas, publicó en un diario de reciente aparición un violentísimo artículo contra nuestro compañero, [quien] contestó ese artículo al día siguiente [...] con una nota irónica y breve. Debido a dicha polémica el joven Ferrando andaba prevenido por cualquier encuentro con el Sr. Papini y Zas. Y a propósito de esto debemos hacer constar que no es cierto, como lo han aseverado algunos colegas, que Ferrando le hubiera enviado estos últimos días sus padrinos a Papini y Zas cuando circuló con alguna insistencia el rumor de haber concertado un duelo entre ambos jóvenes. / Horacio Quiroga también tiene aficiones literarias y hasta hace poco tiempo firmaba sus artículos con el seudónimo de Aquilino Delagoa. / Hará cuestión de dos años, en un concurso de cuentos, promovido por La Alborada, obutvo el segundo premio y hace seis meses publicó un libro titulado Los Arrecifes de Coral. Quiroga es nacido también, como su infortunado amigo, en la ciudad del Salto, el año 1879 [la fecha correcta es 31 de diciembre de 1878]. / Había llegado ayer de mañana de aquella localidad en compañía de otros amigos y fue a recibirlo a bordo su amigo Federico Ferrando. / Eran íntimos amigos y el año pasado vivieron juntos en una misma habitación, en una casa de la calle de Cerrito y donde aquellos habían establecido lo que ellos llamaban “El consistorio del Gay Saber” y donde daban curso a sus aficiones literarias. / La muerte del joven Ferrando ha sido muy sentida por sus amigos. / Se nos dice que en estos días iba a empezar a escribir un libro de tendencias revolucionarias. / La casa mortuoria ha sido anoche y esta mañana muy visitada por sus relaciones. / En cuanto al joven Quiroga fue trasladado anoche a las 11 a la Jefatura Política. / El sepelio del joven Ferrando se efectuará hoy a las 4 de la tarde.” [11]

 

 

Contra los arrecifes.

 

      Apenas poco más de tres meses antes, Horacio Quiroga había dado a publicidad su primer libro, Los arrecifes de coral [12], con carátula de Vicente Puig y dedicatoria a Leopoldo Lugones. Como ha recordado Rodríguez Monegal [13], la crítica coetánea reaccionó, predominantemente, “como ante una extravagancia, una deliberada locura”.

 

      De ese modo se pronunciaron, con matices diversos, Washington P. Bermúdez (Vinagrillo) en La Tribuna Popular (Montevideo, 20 de noviembre de 1901) y Raúl Montero Bustamante en Vida moderna (Montevideo, No. 14, diciembre/ enero 1901-1902). Años más tarde, y a propósito de la publicación de El crimen del otro (1904), José Enrique Rodó escribió una carta al autor, en la que le agradece el ejemplar, que había recibido por intermedio de José M. Fernández Saldaña, y le dice con franca simpatía: “Me complace muy de veras ver vinculado su nombre a un libro de real y positivo mérito; que se levanta sobre los comienzos literarios de usted, no porque revelaran falta de talento, sino porque acusaban, en mi sentir, una mala orientación”. Rodó, que había formado parte, junto a Javier de Viana y Eduardo Ferreira, del jurado que intervino en el concurso de cuentos de la revista La Alborada, en 1900, y otorgó el segundo premio a Quiroga por su obra “Sin razón pero cansado”, da cuenta, de esta manera, de su opinión sobre Los arrecifes de coral.

 

      Estas críticas tan poco favorables al primer libro de Quiroga, tuvieron su contrapartida en los elogios que le dedicaron amigos, admiradores y otros allegados. José María Delgado y Alberto J. Brignole resumen así la recepción crítica inmediata que mereció la primera incursión editorial del salteño: “Voces favorables se oyeron, es cierto; algunas reticentes, pero reconociendo la existencia de un talento original que ‘iría lejos’, tal la de Ricardo Rojas, o que presentían ‘en esos ensayos un estilo futuro, como en los píos carrasposos con que el pichón se ensaya sobre la rama natal, se percibe el agua pura del trino a flor de garganta’, según expresaba Lugones. Otras francamente laudatorias como la de Oscar Tiberio y algunos allegados a la ‘Torre de los Panoramas’ y al ‘Gay Saber’. Pero no alcanzaron a destruir el concepto general que clasificó el libro como ‘cosa de locos’ [14].

 

      En este marco se inscriben las confidencias que Julio Herrera y Reissig hizo llegar a Edmundo Montagne. A fines de noviembre o principios de diciembre de 1901, el poeta de la Torre de los Panoramas le remite a su amigo, radicado en Buenos Aires, un ejemplar de Los arrecifes de coral, “para que forme juicio -le dice- y a solicitud de su autor, que es algo pedantuelo, [...] Horacio Quiroga, que como Ud sabrá me visita a menudo [y] tiene algún talento. Si no imitase tanto a Lugones, su pariente y maestro, y a sus abuelos literarios Régnier, Samain, Mendes, Silvestre, Montesquieu, Dubus y d’Annunzio, valdría seguramente mucho más. Versifica bastante bien, y en las prosas aunque tiene mucho de tono, insustancial, arrítmico y reminiscente, demuestra valor artístico [...]. Si a Ud no le fuera molesto me gustaría que le escribiese, después de leer el libro, una tarjeta o carta expresándole su juicio de la obra, con esa franqueza que a Ud distingue”. Algunos días más tarde, Herrera y Reissig vuelve a escribir a Montagne: “Recibí su carta crítica para Quiroga. La hallo perfecta en el concepto que le merecen Los Arrecifes de Coral. Pero, viera Ud. el abatimiento de este joven. Su obra ha muerto en el más grave mutismo. Un fracaso sigiloso. Y es por esto, querido Montagne, por no entristecer más a este amigo, por no derramar más hiel en su copa, que no le entregué su carta, que, créalo, dada su autoridad y la Verdad que acusa, hubiera desesperado al abatido Quiroga. No todos son hombres de carácter, de firmísimo temple, como Ud y yo; no todos se yerguen en las derrotas, con la convicción acerada de su valer, de su augusta personalidad. Quiroga, se me hace un muerto. Le noto pálido, silencioso, agriado, turbio, ensimismado. ¡Quién sabe, qué pensará de lo porvenir! Él esperaba que el pedantón Lugones escribiera en público sobre su obra. No lo ha hecho a lo que parece, pues, se ha limitado a escribirle una carta confidencial que aún no he leído. Es, por esto, que Quiroga se muere, por momentos. Los diarios apenas han acusado recibo. Una sola crítica se ha publicado -la que le envío- de un íntimo, de un co-bohemio de cuarto, una crítica adulatoria; bajamente servil y estúpidamente cortesana para Lugones y para el autor. Ferrando, que es el que la suscribe, es hasta ahora un nombre desconocido de las letras (...)” [15].

 

 

Amigo póstumo.

 

      La crítica que escribió Federico Ferrando, hasta ahora no citada en la bibliografía quiroguiana, es reproducida por primera vez tal como apareció en el diario montevideano La República, el 4 de diciembre de 1901. En su edición del día anterior se había anunciado, bajo el título “Del joven Ferrando”: “Hemos recibido de este aprecia[do] joven para darlo a la publicidad un juicio crítico de la obra “Arrecifes de coral” [sic], últimamente editada y que tanta polvareda ha producido en el mundo de nuestros intelectuales. La República, consecuente a su conducta claramente manifestada siempre, admite en sus columnas la culta controversia de las ideas dejando, sí, la responsabilidad de estas, a aquellos que las produzcan y suscriban. Mañana, pues, tendremos oportunidad de darla a conocer a los lectores”.

 

      Se trata de una reseña crítica que desborda el interés testimonial, en la que Ferrando no solo expresa su punto de vista sobre el libro de Quiroga sino también se manifiesta a propósito de escuelas e influencias, autores, literaturas vigentes o anacrónicas, opciones y promesas. Entre los comentarios que relacionan los cambios que se operan en el Río de la Plata (“La época es oportuna y una renovación literaria viene”) hasta los criterios de independencia que se promueven (“Las tutelas europeas han muerto”), los nombres de Leopoldo Lugones y del propio Quiroga quedan destacados sobre un silencio que alcanza a los demás, salvo Darío y en forma lateral Roberto de las Carreras, “ese libertino”.

 

      Más que las referencias específicas a los textos de Los arrecifes de coral que enumera, interesa el rastreo de fantasmas y locuras que hacen su anclaje, para siempre, y desde esa primera hora, en la producción quiroguiana. También las huellas ya presentes de Poe y en particular “El tonel de amontilado”, y la capacidad narrativa que se intuye, hacen de la visión desarrollada por Ferrando una incisiva puesta a punto con proyecciones a la posteridad. Es la convicción profética concentrada en el talento de Horacio Quiroga y “la seguridad de que su carrera literaria será de las más famosas”. Tampoco en esto se equivocó Federico Ferrando. Aunque él no lo habría de comprobar. Se lo impidió, tres meses después, el paradójico disparo de una Lefaucheux empuñada por su admirado amigo.

 

 

 



[1][1] El Consistorio del Gay Saber, que fue bautizado con ese nombre por Federico Ferrando, estaba además encabezado por Horacio Quiroga (Pontífice), de regreso de su viaje a París, e integrado por Julio J. Jauretche (Sacristano), Alberto J. Brignole (Campanero), Asdrúbal Delgado y José María Fernández Saldaña (Monagos Menores). El grupo formado en torno a las revistas Gil Blas y Revista de Salto, se reprodujo en Montevideo con algunas nuevas incorporaciones (como la de Ferrando), y sus actividades se cumplieron en dos sedes: las habitaciones que los jovenes salteños compartieron en el segundo piso de la casa de 25 de mayo 118, y más tarde en la de la calle Cerrito 113. En esta última, Leopoldo Lugones, de paso por Montevideo, leyó (y grabó en cilindros fonográficos) los sonetos hasta ese momento inéditos, de Los crepúsculos del jardín, que ejercieron poderosa influencia en la conversión definitiva de los consistoriales al modernismo. Este y otros episodios fueron evocados en el libro Vida y obra de Horacio Quiroga, de José María Delgado y Alberto J. Brignole (Montevideo, Claudio García, 1939).

[2][2] Revista de la Biblioteca Nacional, No. 2, Montevideo, mayo de 1969. El Archivo del Consistorio del Gay Saber fue donado por Alberto J. Brignole con la siguiente aclaración: “Montevideo, diciembre 15 de 1948. Este Archivo del Gay Saber, me fue entregado por el propio Horacio Quiroga, en uno de los viajes que hicera a Montevideo, allá por los años 1916 o 17. Es copia dactilográfica, hecha por él mismo, de manuscritos originales que guardaba en su poder”. Los textos que corresponden al Arcediano son los siguientes: “-¿Qué haces con tu arado traído del Brasil”, “Leyenda índica” (I, II y III), “Corre un río blanco como la estearina”, “Cuando Euclides había bajado la escalera”, “Un navegante italiano, al mascar una nuez seca”, “El buque se hundió en la sombra”, “Carta del Arce diano. 29 de marzo de 1901”, “Alguien vio que parecía un flaco cajón de muerto”,”, “Señorita, si el amor”, “Carta del Arcediano al Pontífice”, “Carta del Arcediano, en Montevideo, al Pontífice, Campanero y Monago Menor que se fueron al Salto”. Los mismos textos, en igual orden, fueron recogidos en Obras inéditas y desconocidas de Horacio Quiroga, tomo VIII, Epoca modernista, (Prólogo de Arturo Sergio Visca. Notas de Jorge Ruffinelli). Montevideo, Arca, 1973.

[3][3]  “Un día de amor” [cuento], en Rojo y Blanco, Año II, No. 8, Montevideo, 17 de febrero de 1901. “En un café al caer el sol” [cuento], en La Alborada, Año V, No. 149, 20 de enero de 1901. “Encuentro con el marinero” [poema], en Almanaque Artístico del Siglo XX, Montevideo, 1902. “Luis Gonzaga” [semblanza], en El Imparcial, Año I, No. 136, Salto, 21 de junio de 1901. “Juan Bautista” [semblanza], en El Imparcial, Año I, No. 138, Salto, 24 de junio de 1901. “Soneto”, en El Imparcial, Año I, No. 164, Salto, 26 de julio de 1901. (Estos datos fueron establecidos por Arturo Sergio Visca en Textos desconocidos -ver nota 4- y en Antología de poetas modernistas menores -ver nota 5-).

[4][4] Textos desconocidos. Estudio, ordenación y prólogo de Arturo Sergio Visca. Montevideo, Biblioteca Nacional, Departamento de Investigaciones, 1969. Artículos políticos. Prólogo de José Pedro Barrán. Montevideo, Biblioteca Nacional, Departamento de Investigaciones, 1969.

[5][5] Sobre Ferrando como escritor se ocuparon Emir Rodríguez Monegal (en Las raíces de Horacio Quiroga. Montevideo, Asir, 1961); Ángel Rama (en Cien años de raros (Selección y prólogo). Montevideo, Arca, 1966. Recoge un texto en prosa bajo el título “Casos”); Arturo Sergio Visca (en Antología de poetas modernistas menores (Selección y prólogo). Montevideo, Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, No. 139. 1971. Son reproducidos varios de los textos citados y dos manuscritos inéditos que se custodian en el Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional: “Páginas arrancadas a un diccionario biográfico que vio la luz en París el año 1950” y “Por el amante se calcula... el grado de su ilusión”); Jorge Ruffinelli (“Federico Ferrando, el Arcediano”, en Crítica en Marcha, México, Premia Editora, 1979. Se trata de una reseña sobre Textos desconocidos, publicada en Marcha, No. 1451, 6 junio de 1969); Leonardo Garet (en Literatura de Salto, Intendencia Municipal de Salto, 1990); Alicia Torres (“Federico Ferrando: una frontera a franquear”, en Las otras letras. Literatura uruguaya del siglo XIX. Compilación de Leonardo Rossiello. Montevideo, Graffiti, 1994).

[6][6] Guzmán Papini y Zás (1878-1961), nacido en Montevideo, dio a conocer, en poesía, La novia muerta (1898), Poesía para España (1898), La cisplatina (1899) y En la reja (1900). El año de la polémica con Ferrando publicó Canto a la batalla de Cagancha (1902). También produjo narraciones, artículos políticos, obras teatrales, crónicas y ensayos literarios.

[7][7] En La Tribuna Popular (Año XXIII, No. 6854, 25 de febrero de 1902), apareció la siguiente noticia: “Siluetas de literatos / Una serie / Nuestro compañero el señor Guzmán Papini y Zás, iniciará mañana en esta hoja una serie de siluetas de verdadera novedad. Tratará de reproducir en ellas, con la más fiel exactitud, bien empapada la pluma en sal ática, a las principales figuras de la literatura modernista que se dice existen en el país. / En las referidas siluetas predomina el espíritu crítico del autor, dentro de la más refinada cultura”. Las notas aparecidas fueron: “Siluetas literarias / El hombre del caño / Siluetas con pelos y señales” (La Tribuna Popular, Año XXIII, No. 6855, 26 de febrero de 1902), “Siluetas literarias / ¡Apareció el del caño!” (La Tribuna Popular, Año XXIII, No. 6858, 1º de marzo de 1902) y “Siluetas literarias / “El de la triste figura” (La Tribuna Popular, Año XIII, No. 6862, 5 de marzo de 1902). Las dos primeras estaban referidas a Ferrando. El mismo día cuando apareció apareció la tercera, que aludía a Eliseo Ricardo Gómez, un poeta allegado a Julio Herrera y Reissig, el agraviado Ferrando encontró la muerte.

[8][8] La fecha en que fue publicada la primera réplica de Ferrando me fue proporcionada por el profesor Pablo Rocca, a quien agradezco el dato. La textos que intercambiaron Ferrando y Papini serán recogidos en Las polémicas literarias del Novecientos (Recopilación de Soledad Platero y Pablo Rocca. Prólogo de Pablo Rocca) (Banda Oriental, en prensa).

[9][9] Emir Rodríguez Monegal: Las raíces de Horacio Quiroga, op. cit. pp. 95-96.

[10][10] “Los gemidos de las víctimas”, en La Tribuna Popular, Año XIII, No. 6862, 5 de marzo de 1902.

[11][11] La Tribuna Popular. Año XXIII, Nº 6863, 6 de marzo de 1903. La nota termi-naba con esta coda: “El padre de Quiroga. // Apelando a los recuerdos de su niñez, uno de nuestros compañeros de redacción ha escrito los siguientes párrafos: / Don Prudencio Quiroga, padre del joven que involuntariamente causó anoche la muerte de Ferrando, fue también víctima de un arma de fuego. Jefe de una numerosa y muy estimada familia, de las primeras del Salto, por su honorabilidad y posición social, don Prudenciao Quiroga, que había logrado en el comercio una gran fortuna, adquirió una hermosa quinta en las afueras de aquella ciudad. / Pasaba en ella la estación veraniega, cuando la fatalidad cortó su existencia. Regresaba en bote, con su familia, teniendo en la mano un arma de fuego, pues había estado de caza ese día, cuando, al saltar del bote a tierra, escapó el tiro, causándole una muerte instantánea. El suceso causó en la población salteña consternación profunda, pues el señor Quiroga y su familia gozaron siempre, en el seno de aquella sociedad, de merecidas simpatías y consideraciones. / Hemos recordado el hecho únicamente para hacer notar la coincidencia de que, tanto el padre como el hijo, aunque en diferentes circunstancias, han sido víctimas de las armas de fuego.” En la segunda edición, entre “Noticias varias”, el mismo diario informó en su página 8: “El joven Quiroga en la Correccional. / Esta tarde ha sido trasladado a la Cárcel Correccional, el joven Horacio Quiroga, protagonista involuntario en la tragedia de ayer tarde”. Al día siguiente (7 de marzo), en la página 4, continuaba con la información del caso: “La muerte de Ferrando. / Iniciación del sumario./ Ayer tarde, como dijimos en segunda edición, fue trasladado a la Cárcel Correccional, el joven Horacio Quiraoga, involuntario autor de la muerte de su amigo el joven Federico Ferrando. / El señor Quiroga ha nombrado defensor al doctor Manuel Herrera y Reissig, el cual pedirá la libertad bajo fianza de su defendido. / Ayer de tarde se verificó el entierro, en el Cementerio Central, del infortunado Ferrando. / Al sepelio concurrieron numerosas personas. / El cajón fue llevado a pulso desde la casa mortuoria hasta el cementerio, y en el momento de inhumarse los restos hiceron uso de la palabra el señor Julio Herrera y Reissig y el señor E.R. Gómez.” Julio Herrera y Reissig, modificando la opinión privada que le había hecho saber por carta a su amigo Edmundo Montagne (ver nota 5), en su oración fúnebre, definió a Ferrando como “una personalidad batallante, fuerte, precoz”, “un joven de aguda idiosincrasia, de talentos potenciales, de intensas convicciones” y subrayó “la exquisitez de su gusto, la fuerza de su tacto intelectual”.

 

 

 

 

[12][12] Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1901.

[13][13] Las raíces de Horacio Quiroga, op. cit., p. 88 y ss.

[14][14] Vida y obra de Horacio Quiroga, op. cit. p. 135 y ss.

[15][15] Montevideo, 8 de diciembre de 1901. Carta reproducida en la Revista de la Biblioteca Nacional, No. 13, Montevideo, abril de 1976 y en Poesía completa y prosas de Julio Herrera y Reissig. Edición Crítica. Coordinadora: Angeles Estevez. Madrid, Colección Archivos, 1998.