DISCURSO DE JUAN
CARLOS MONDRAGÓN
Señor Presidente de
la Academia Nacional de Letras.
Señores académicos.
Señoras y señores:
Vine a esta cita con el propósito de
recordar una historia de amor, convencido de que la presión no contradice el rigor
académico. Pero antes, les pido suponer, por algunos minutos, que la persona
que viene de ser evocada por el Dr. Wilfredo Penco, sea realmente yo,
supongamos que ustedes están aquí y este acto que sucede en la que fuera casa
de Julio Herrera y Reissig, pertenece a la realidad, no a la ficción. Si tal
hipótesis es correcta, yo debería comenzar el breve discurso que impone la
tradición que conlleva ciertas complicaciones en su redacción.
Les aseguro que viví, hasta hace unos
días, las dificultades que supone armonizar este momento en su justo contexto,
desplazarlo de la ilusión concentrado en las invitaciones anunciando el acto, a
la realidad, admitiendo la condición de cosa pasada que tendrá dentro de una
hora, sin ir más lejos. Trabajé buscando conciliar lo que tiene de insólito en
mi vida, con la inevitable condición de gesto efímero.
Yo quise hallar una introducción
convincente y original, elegir un tema central atractivo, que respondiera a mis
intereses en la investigación y la ficción, encontrar la fórmula final que deje
un recuerdo grato de encuentro, la sospecha de que valió la pena venir. Preocupaciones lógicas,
comprensibles, que me asediaron hasta que decidí comenzar por una premisa sencilla:
sucede que hoy me siento un hombre afortunado. Hace un año, día más día menos,
recibí la noticia de la designación a la Academia Nacional de Letras como
miembro correspondiente. Mentiría si negara la sorpresa, que se prolongó unos
minutos. Me suponía, ustedes sabrán perdonar, al menos entender, un tanto joven
para recibir un honor de tales características, por otra parte relativo, como
suelen ser todas las distinciones. Tal equívoco, sin embargo, era mío, los años
han pasado tan callando, helas. Pero también las horas de trabajo se habían
acumulado con objetivos dispersos, a veces inciertos, y me tranquiliza saber
que no ha sido tarea vana, que comienzan a hallar su justificación al juicio de
los otros.
Creía que el alejamiento del país después
de más de una década, si bien con periódicos retornos relacionados con lo
afectivo y lo privado, con algunas aventuras editoriales, supondría el olvido
del colectivo académico, pero esta designación me recuerda y actualiza el
sentido de la tarea realizada; se lo proyecta a la que tengo por delante, que
intuyo coherente, definida por una continuidad de intereses, puede que algo
obsesiva. Al parecer, indagar los misterios y miserias de nuestra vida
cultural, de una parte de ella, me hace sentir cómodo en la investigación,
motivado intelectualmente, feliz cuando llego a conclusiones novedosas,
despierta mi imaginación al punto de incitarme a la escritura.
Ahora que me acerco a la Academia,
compruebo que, lejos de ser una institución con ese aire de distancia en el
pasado que suele atribuírsele, a veces con desdén, y que yo supongo una
estrategia de protección, está cercana a la sensibilidad de nuestros
compatriotas. La obra de algunos académicos presentes la leí con admiración e
interés, con los postulados teóricos de otros me permití polemizar en la
soledad de la investigación, los hay que estuvieron presentes en mi formación
cuando recién egresaba de la escuela y me iniciaba en los asuntos del lenguaje
y a la escritura. Uno entre ellos recordará ahora mismo, lo sé, largos
atardeceres compartidos, consumidos en la redacción de declaraciones políticas
para el tan esperado día después, acaso con demasiadas ilusiones, para sacar al
país, de común acuerdo, de la oscuridad provocada por designios despóticos de
academias con la vocación pervertida. También hay entre quienes me escuchan
amigos del alma cómplices de otras voces y otros ámbitos, que aceptaron con
caballerosidad mi atrevimiento de incluirlos en ficciones recientes.
Demasiadas
casualidades, pues, y que, en mi caso, parecen encubrir una evidencia. Yo estoy
aquí porque secretamente quería estar aquí, porque la rueda de la fortuna esta
vez me recompensó antes que lo justificaran los merecimientos, pero es tarde
para la apelación. Quizá ello explique que sienta algo de insolente naturalidad
ahora mismo, sin duda conectado a ustedes, efecto del cariño de los amigos que
me acompañan, porque esta es una ceremonia sin público. Por esos afectos que
comienzan a reconocerse y entablan conexiones de la memoria, es que quiero
dejar desde ya, antes que sea tarde, constancia de mi profundo agradecimiento a
la Academia Nacional de Letras por aceptar integrarme a este capítulo de la
historia intelectual del Uruguay.
Como todo nombramiento honorífico, más que
un hallazgo prueba, yo creo la humildad y el orgullo, pone al descubierto en
poco tiempo la estatura espiritual del elegido y, en eso, tengo la certeza de
que mantendré la fidelidad a la memoria, a la incertidumbre que rige la imaginación,
y espero no defraudar la confianza depositada por los académicos. Intuyo que
hay aquí más que una corroboración que pudiera parecer temprana, apuesta
dudosa, una transferencia de responsabilidad que partirá conmigo allá donde
esté. Mi incorporación no supone una probable renovación de la institución,
sino la certeza que una cultura existe y avanza, cuando articula sin fracturas
la tradición y la continuidad, aceptando riesgos y el cuestionar de los que vienen. Con cada nuevo miembro
admitido, más que reafirmar un poder, la Academia se pone a prueba, no cierra
filas, se expone a la intemperie. Yo lo acepto convencido de que una cultura
pierde consistencia, legitimidad y proyección internacional, cuando se la
ordena en generaciones consolidadas sin argamasa suficiente, cuando se encierra
en una injustificada autosatisfacción, carente de respiración, sabiendo que el
parricidio literario, poético, es una ilusión: para un escritor el único socio
y enemigo a la vez sigue siendo el lenguaje. La tarea del narrador no consiste,
creo, en detenerse a señalar las carencias de quienes lo precedieron, sino en
intentar arponear a Moby Dick, ir más lejos de los proyectos desmesurados de
Jaremías Petrus, aunque la empresa se empantane en el fracaso.
La doble condición de escritor y
académico, para muchos constituye un conflicto, una coincidencia que puede
terminar en una aporía recorrida en ambos sentidos; siempre sobrevuela la duda
sobre si la tinta no corre el peligro de transfigurarse en bronce prematuro.
Ninguna otra institución es habitada por la paradoja de la pasión y el
anacronismo como lo es la Academia, en todas partes ello es un lugar común, me
refiero a la actitud de criticarla con vehemencia, pero cuando llega el momento
de las renovaciones, las especulaciones sobre los candidatos, provoca en el
medio más temblores que los esperados en una versión pesimista de la escala
Richter. En mi condición de espectador objetivo, visión de extranjero, me tocó
asistir a tales episodios en varias oportunidades, cuando ni siquiera imaginaba
estar aquí, y les confieso que esos pormenores son de una marcada intensidad. A
veces mucho ruido y pocas nueces, otras más castañas que juicios ponderados. En
España, algunas designaciones provocaron mayor conmoción que el encierro de
toros en la fiesta de San Fermín, y una literatura periférica donde campea la
diatriba, la polémica, cuando no el sencillo y eficaz insulto. De ello he
tenido ocasión de hablar en París con Antonio Muñoz Molina, tiempo después de
su ceremonia de recepción en la Real Academia Española, el 16 de junio de 1996,
con un discurso “Destierro y destiempo de Max Aub”. En Francia, donde me
proyecta mi condición de correspondiente, si bien las polémicas parecen más
discretas, no son menos violentas.
Claro que ello no es una corte de
justicia. Afortunadamente las Academias se exponen a las flaquezas y miserias,
los celos y odios, los arrebatos de la condición humana, y puede que sea
saludable. En un mundo tendiente a la homogeneización que busca destruir la
razón crítica, dentro de sociedades que marcan demasiado resignadas, a mi
entender, a la unificación desmemoriada por la tecnología, a la falsa utopía de
la equidad cultural y de los bienes artísticos entre los hombres, el ingreso a
una institución venerable tiene un aire de acto de resistencia.
Evoqué a Muñoz Molina, para citar un
fragmento de su discurso, de igual manera que él, al comienzo de su oratoria,
citó el borrador de un discurso que nunca se pronunció, el de Machado. Dice el
autor de “Beatus Ille”:
“Cada vez que alguien es elegido académico,
y sobre todo cada vez que alguien no es elegido, se alzan voces que enumeran
los nombres de los grandes escritores que no llegaron a la Academia, y se
concluye que la Academia es una institución lamentable, ajena al tiempo
presente, anclada en polvorientas tradiciones, perfectamente inútil.”
Y agrega más adelante: “Un escritor no se
vuelve mejor al ser elegido académico, pero tampoco creo que se vuelva peor. El
éxito público es mucho más dulce que el fracaso, pero ninguno de los dos
resulta muy de fiar. El único galardón indudable en literatura es la maestría,
y esta, cuando se alcanza, a veces, sucede sin testigos, o es advertida tan
tarde que al escritor le llega el reconocimiento cuando ya nada le importa o
cuando está muerto.”
Cierto, la historia de la literatura es
misteriosa y secreta, distinta a la anécdota de la venta de libros, los premios
literarios, los avatares universitarios y académicos. En mi caso hubiera sido
una lamentable equivocación aceptar la designación sin interrogantes, o suponer
que el gesto respondía a una cadena de acontecimientos regidos por la lógica,
tal vez por el deseo oculto que evoqué hace unos minutos. Uno, en tales casos,
y siendo relativamente prudente, siempre se pregunta por los motivos de las
decisiones de los otros. Varias veces me interrogué sobre las razones que me
trajeron a esta situación, las que escapan a los catálogos de los curriculum
cuando se busca un puesto de trabajo, a la enumeración generosa de los amigos.
Hace algunos minutos, al recordar la
sensación de naturalidad de mi estar aquí, yo incluía el reconocimiento de la
constancia en las lecturas decididas, y cierta conciencia de ser un intruso; es
el resultado de los registros en que me muevo, el intento de conciliar la vida
universitaria con la ficción, a veces con acierto y otras es mejor olvidarlo.
Mi investigación se identifica por la insistencia en la vida intelectual
uruguaya, en especial cuando se manifiesta de manera artística. La prolongada
estadía en Barcelona me permitió trabajar sobre los papeles teóricos de Joaquín
Torres García, supe de su voluntad férrea por incorporarse a una tradición
cosmopolita, el drama de conciliar lo local con lo universal, la pintura con la
escritura y una búsqueda de lo que somos los uruguayos en el mundo por la senda
de la austeridad, el clasicismo y la razón. Para el uruguayo de origen catalán,
la llegada a París significó el fin de la etapa por consolidar la tradición
mediterránea pensando en la cultura catalana, el momento de participar en la
invención de las vanguardias del siglo. Es allí donde construye su propia
teoría y práctica de la pintura formulando una escuela desafiante al cubismo, y
al que los históricos del arte regresarán, estoy seguro, con renovado interés.
Será en el fragor del desafío y la competición, la puja cotidiana con las
galerías de arte, la necesidad de una actividad pública y la lucha contra la
edad, la etapa de su mejor pintura, donde el dominio de los materiales, la
búsqueda de la originalidad y la poética de la luz resultan deslumbrados y
emotivos. París es una necesidad biográfica y estética, la experiencia de una
decepción y la elaboración, la puesta en marcha, como si lo hecho no fuera
suficiente, de la etapa final que conocemos: el taller, los murales, las
conferencias, las publicaciones, para fusionar la vanguardia con una
consciencia americana.
En París busqué las trazas montevideanas
en la obra de Onetti, el drama de estar en Montevideo escribiendo, entre 1954 y
1974, haciéndonos creer que estaba en Santa María, y su final en Madrid,
regresando en la literatura a esta ciudad. El otro camino opuesto al de Torres
García pero complementario, original por la prescindencia, empedrado de un
nihilismo puro, de todo se distanciaba salvo de la literatura, que en poco
creía salvo en Céline y Joyce.
La segunda razón de mi estar aquí debía
estar asociada a mi dedicación a la enseñanza, una manera que elegí temprano de
ganarme la vida, una constante que persiste desde hace treinta años, que se concreta
actualmente en la Universidad Stendhal de Grenoble, con intervalos ajenos a mi
voluntad. La columna central de este episodio es, sin duda, el Instituto de
Profesores Artigas.
Una tercera razón creo hallarla en la
trama solitaria de la escritura, las horas cuando desaparecen las certezas del
investigador para dejar el espacio a la inseguridad, la duda, el miedo. En los
últimos años busqué, indagué las fronteras de la forma breve tan enraigada en
nuestra tradición literaria, seguí las lecciones de los maestros queridos y
admirados, traté de traicionarlos a conciencia. Lo hice convencido de que el
cuento es uno de los manantiales de nuestra mejor literatura, música de cámara
de los relatos por donde debe pasar todo escritor compatriota. De los maestros
aprendí la obligación de abandonar las tendencias conservadoras y tentar los
desafíos formales; la evolución en la búsqueda de nuevos temas, la ley de la
invención de personajes que nunca existieron, y la exploración de la manera de
contar, que la escritura recuerde el punto inicial de la oralidad. La
trayectoria quiso ser la construcción de una conciencia del oficio de contar
historias y, recordando el ejemplo de otras disciplinas artísticas, quise estar
atento a la originalidad de la propuesta, al encuentro y resolución de
problemas técnicos, sin olvidar una convicción insistente de Torres García: en
la casa de las musas no hay lugar para las lágrimas. Creo en la posibilidad de
una literatura que abarque el horizonte contemporáneo del autor y un realismo
que incorpore la extrañeza de lo fantástico. Si algo estoy llamado a hacer que
merezca ser leído, solo podré hacerlo vinculado a la cultura que me formó, a
las coordenadas de lugar e historia que me determinan, de las que soy parte.
La condición de académico correspondiente
me indicaba finalmente que mi actual lugar de residencia tenía algo que ver en
el episodio. Estos días, mucha gente que encuentro por las calles de Montevideo
me pregunta si París arde; con esa interrogación se desliza, lo sé, la certeza
de que la capital de Francia ha dejado de ser un centro decisivo de producción
intelectual, que dejó de ser un centro removedor y un lugar donde se procesa la
novedad; la pregunta declara que llegué tarde al banquete de la cultura, que
ahora sucede en otras latitudes. Al parecer ese privilegio explotó en millones
de fragmentos, como las terminables de un sistema mundial, se trasladó a otras
ciudades. Es probable. Yo escucho y respondo que se trata de una situación que
me tiene sin cuidado y me deja indiferente. Nunca pretendí estar en el lugar
donde ocurren las innovaciones de último momento, tampoco concibo la producción
literaria en términos de moda, según criterios neoliberales que trato
precisamente de cuestionar. Pero, si puede verificarse un desplazamiento en
términos de universalidad, si puede darse la razón de manera circunstancial a
los profetas de la posmodernidad sobre el declive parisino, pensando en la cultura uruguaya, creo que
París, como ninguna otra ciudad, continúa teniendo una incidencia dialéctica,
una tensión, un diálogo apasionado. Identificado con los discursos de la
modernidad descalificados con cierta ligereza, que considero todavía un valor,
hallo allí la melancolía personal de lugar donde sucedieron episodios capitales
de la historia de la escritura, de la más cauta historia de la lectura. Dejando
de lado una abrumadora estética de la geografía o del hoy, puede que sea un
buen lugar para hallarse a sí mismo, confrontarse con otras escrituras venidas
del mundo entero, y conocer el justo valor de las potencialidades propias, lo
inflexible de los límites.
Puede parecer restringido, pero me
interesaba la ciudad menos en tanto símbolo de una universalidad inalcanzable,
como un lugar de la cultura uruguaya, una presencia en los autores que he
frecuentado y una participación en la definición de mi propio proyecto de
escritura.
Un buen ejemplo de lo que quiero decir es
“El otro cielo”, el cuento perfecto de Julio Cortázar, donde el protagonista
tiene el don, la maldición, los secretos para pasar de París del siglo XIX a
Buenos aires de hace algunos años. Creo que todos hubiéramos querido haberlo
escrito. Si me faltaron la idea y la realización de ese cuento, que debió
escribir un uruguayo, todos los autores que estudié de nuestra literatura, por
coincidencia quizá no tan furiosa, directa o metafóricamente, tuvieron alguna
relación con París. Dicha constancia me hace afirmar que no se trata de
accidentes de viaje, del atractivo mítico por la relativa bohemia finisecular,
sino de un tema de la literatura, con bastante de dependencia y rechazo, de
negación y largo rodeo. Los autores estudiados y citados, a los que podría
agregar los nombres de Mario Levrero, Horacio Quiroga, José Pedro Díaz, algunos
relatos de mis primeros libros, confluyen en la ciudad aquella. Sin temerle a
la redundancia, me continúa asombrando el caso impar de Ducasse, Laforgue y
Supervielle; uno entre ellos sería suficiente para marcar un vínculo eterno,
tres se transforman en una fusión literaria de excepción, única entre dos
lenguas, dos territorios, como si hubieran hallado el laberinto en el tiempo
pensado por Cortázar entre París y el Río de la Plata. Si su caso fue
excepcional por la cuestión de la identificación cultural y lingüística, hay
otros autores que funcionan distinto en el diálogo con la ciudad francesa.
Para Quiroga, el Bois de Boulogne fue el
anuncio cosmopolita de las selvas misioneras que lo aguardaban al fin de otro
viaje alucinante; el salteño marchó a buscar las esencias simbolistas y regresó
con las tinieblas del corazón americano. Espínola no fue seducido por la
bohemia del barrio latino, porque su tarea estaba atada a los negros pobres de
San José y zorros parlanchines. Puede que Felisberto haya visitado la sala de
autómatas del Museo de Arte y Oficios a la búsqueda de sus Hortensias, pero
contó los patios de nuestros conventillos montevideanos y asuntos de pianistas
ciegos, de maestras con cara de caballo. José Pedro Díaz, según me confesó,
siendo joven fue atraído por la cultura francesa, la historia, la literatura, y
desde el primer encuentro con la capital; a muchos, durante décadas, nos enseñó
y contagió esa pasión por la lengua y sus escritores; para él, fue un camino
que lo condujo a su obra mejor, recuperados pueblos de la costa italiana,
naufragios más próximos a nosotros. La versión Mario Levrero de París tiene
algo de aquelarre surrealista, punto de partida sus máquinas e invenciones
narrativas; París como el lugar donde todo es posible, una ciudad de angustia
donde la razón se confronta con todo tipo de heterodoxos, y la revolución de
los poderes políticos se confunde con la sublevación de los espiritistas.
Ciudad espectral, ciudad vitral y espejo que asimila, tapiz que rechaza,
alquimia que esconde las fórmulas verdaderas, siempre ha estado presente en
nuestras letras. Si se corrobora esa constancia, al menos en tramos bien
identificados de nuestra historia, es en los dos compatriotas a los que dediqué
más tiempo en quienes París adquiere, a mis ojos, una relevancia determinante.
Con algo de atraso y me disculpo, me
acerco a la historia de amor que quería contarles. Que sucede en París. Porque
quería contarles una historia de allá, que es también de aquí, y ello, que
podría ser el corazón tardío de mi tema de exposición, está relacionado con la
ciudad de Montevideo, como era de suponer. Tanto Torres García como Onetti
tenían la preocupación medular por hacer la pintura y la literatura de
Montevideo. El segundo de los ejemplos que ilustran ese vínculo con París, es
el que me interesa recordar. Hasta donde tengo información, es un episodio que
no fue destacado lo suficiente y, sin embargo, a mi entender es la materia
inicial de la gran obra de Onetti y, no poca cosa tratándose del autor de
“Juntacadáveres”, una de las más bellas historias de amor de la literatura
uruguaya.
La historia sucede entre personajes
secundarios, pertenece a un pasado condicionado por el esplendor y la
decadencia: no hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia.
Ello modela la capacidad y fuerza
inconfundible de Onetti, toma a los personajes en la pendiente de la
decadencia, y por una vuelta en el tiempo, nos hace saber que el cinismo, el
descreimiento, tuvieron una escena primera, un apogeo furtivo y luminoso que
los dejó exhaustos para el resto de la existencia.
En este caso se exalta la derrota porque
se alcanzó lo sublime. El episodio es recordado en algunas pocas líneas de “La
vida breve”. Mucho antes que la uruguayita Lucía, la inolvidable Maga, buscara
sobre los puentes de París el juego de las citas de amor a ciegas, Onetti hizo
posible que en ciertos salones de Buenos Aires, una antigua prostituta en los
años finales, con galanes más invernales que otoñales, jugara a la búsqueda de
los itinerarios perfectos para ir de un lado a otro de París. La mujer,
observando hipnotizada y nostálgica el plano de París, como si fuera un álbum
reticulado, el plano del tesoro perdido, el secreto de la juventud
irrecuperable, es una idea estupenda.
No conozco más estremecedora manera de
objetivar el ubi sum entre los bulevares y las estaciones de Metro, de
actualizar en la cultura rioplatense la angustia desmesurada del antiguo “mais
où sont les neiges d‘antan.” Ni forma más terrible de identificar la juventud
con una geografía, con cierta noche, con unos minutos de esa noche. Lo más
estremecedor no es que Mami, de ella se trata, recupere el plano de la ciudad
que pasa por ser la capital del siglo XIX, sino porque parece aferrada a un
recuerdo, una escena, un momento musical. Mami, Miriam, construye en Buenos
Aires la imagen de una París soñada por lejana, ella que está anclada en Buenos
Aires. El recuerdo actualizado de manera constante y obsesiva, casi enfermiza,
anuncia las miserias sospechadas con esa vida cotidiana. Distrae de la evidencia
contundente de cada crepúsculo porteño, posterga la caída, confunde a la
muerte. Si el secreto de la eterna juventud en este caso se rige por los
trazados cartesianos de Housmman, buscando el dibujo caprichoso de algunas
calles y la secundaria de las plazoletas, en público Mami lo hace evocando
canciones desgarradoras de los años de la otra guerra. Años locos y de miseria,
años de despilfarrar el divino tesoro, melodías que la destrozan haciéndole
visible lo que nunca volverá.
Esa es la esencia de las tertulias de
tintes goyescos entre amigas compañeras de profesión, a las que asiste Brausen
antes de marchar a Santa María. La intensidad de la evocación, la apariencia de
puesta en escena de Mami, hacen que, entre operetas, logre alcanzar el momento
de lo sublime. Aquí las letras tangueras adquieren la estatura del mito
literario y se adecuan a la descripción de la escena. Es la evocación con
dignidad del fracaso y la defensa de lo visto ante el cerco de lo fatal. Mami
llega a la vida de Juan María Brausen llevado por Julio Stein; ambos trabajan
en una agencia de publicidad, como el propio Onetti en algún momento de su
aventura argentina.
Julio Stein es un judío paradojal en la
noche porteña, personaje clave que solicita un guión a Brausen, un argumento para
llevar al cine. Se lo pide al amigo de correrías en Montevideo, sin sospechar
que, tal como se narra en la novela, será el inicio de una aventura única de la
imaginación y un singular proyecto de escritura. Esa idea destinada al cine y
sin continuidad de producción, esos personajes esbozados para la pantalla, como
el médico tentado por los abismos de la morfina, serán el inicio del llamado
ciclo sanmariano. Stein recomienda unas gotas de violencia en la propuesta
argumental y en esa reflexión aparecen el doctor Díaz Grey, Elena Sala, el
señor Lagos y Annie la violinista. Stein será el introductor de Brausen en el
círculo anacrónico por estrategia de Mami, que recuerda los desbordes de
Fellini y los amaneramientos aristocráticos de Visconti, conformando el inédito
universo onettiano, de Mami y sus amigos, militares sin campañas heroicas
juveniles y pianistas jubilados que animan las tertulias.
Afirmar que Stein y Mami, al presente de
la novela, mantienen una ardiente relación como en los viejos tiempos sería
exagerado, ambos viven de los magros réditos del contrato pasado, él sin poder
abandonarla del todo, ella pendiente de cada movimiento de su Julio en los
antros de la noche porteña, Su historia incluyó el primer encuentro en un
baile, la furia de la primera intimidad prolongada en el delta de El Tigre y un
viaje de iniciación a París, donde la pareja padece la intensidad del frío en
el barrio de Montparnasse y construye el recuerdo fuerte que, más tarde, pueden
oponer a la usura del tiempo, que resiste la decadencia inexorable. Mami en su
esplendor francés dichosa por el retorno a sus orígenes, Stein apurando una
vida de mantenido, situación que, sin razón conocida por los lectores, se
resuelve en un regreso a Buenos Aires separados, tregua previa al posterior
reencuentro.
La escena primera de la historia, que me
interesa evocar, porque concentra la vida de los personajes, sucede en París,
hacia los finales de los años treinta. Así la describe Onetti:
“Pero Mami también podía emplear las horas que la
separaban de la cita con Julio en cumplir una peregrinación sentimental hasta
la Rue Montmartre, tan difícil de encontrar y que no debía ser confundida con
Pont de Montmartre, sobre Boulevard Ney, sobre la guardia griega en fondo verde
que señalaba las fortificaciones. En la rue Montmartre había bailado con Julio
una noche entera y cuando bailaban el vals de “La doncella de las colinas” él
encontró palabras nuevas para hablarle de su deseo: Mami no contestó, no hizo
un gesto hasta que llegaron a la oscuridad de la mesa, hasta que pudo estirar
un brazo desnudo y suplicar a Julio que la quemara con el cigarrillo.”
Sí, en la obra de Onetti, París arde. De
esas historias entre perdedores
convencidos, de desterrados allá como luego las habría de exiliados, en
el recuerdo de historias de amor que
desafían las costumbres al uso y la obsolescencia, que es la ley más terrible
del arte, se alimenta lo mejor de nuestra literatura, de la literatura a secas.
Por ello insinuábamos la condición contradictoria de París.
Allá, Torres García halló la luz de su
pintura, la iluminación de un hombre terco regido por los rigores matemáticos
del mundo clásico. Onetti los grises de los techos de París tiñendo la
condición humana, los pliegos sentimentales, los límites del amor, la fuerza
para sobrevivir, las palabras precisas e insustituibles que transforman cinco
minutos de un baile popular parisino en una historia de amor inolvidable. La
luz y los grises, como los planos opuestos y complementarios de los espejos; así
nos devuelven una imagen dual de nosotros mismos. Ambos nos declaran la
necesidad imperiosa de buscar lo sublime, la obligación de aceptar la potencia
informándonos de los abismos. Evitemos los lugares comunes, el viaje a París
nunca fue considerado por los citados como el logro de algo informulable, quizá
se lo vivió como la búsqueda de las condiciones necesarias de extrañamiento
para continuar creando; razones suficientes que justifican disponer en París de
un académico correspondiente. Estando allá sabemos que las galerías para
regresar a Montevideo son poco visibles pero existen; se trata de buscarlas con
perseverancia. A veces pasan por la escritura de un libro, otras por mecanismos
más complejos. Es, sin embargo, necesario estar alerta, ya sabemos,
La vie est
breve
Un peu d‘amour
Un peu de rêve
Et puis bonjour
La vie est
breve
Un peu d´espoir
Un peu de rêve
Et puis bonsoir
Para el final me reservo una confesión
personal, pequeño derecho que me otorga mi flamante condición. Hace un año cuando
recibí la noticia que justifica este encuentro, yo estaba trabajando sobre “La
vida breve” y me dije que esa coincidencia debería estar presente cuando
llegara el momento de la ceremonia. De todas las posibilidades temáticas que me
ofrecía la novela, opté por una poco espectacular pero estoy convencido que
inolvidable. Esto fue hace un año, también como hoy, en un día de fines de
agosto. El comienzo de la novela, la noticia grata y mi discurso que finaliza,
por extraña coincidencia, suceden los tres en la inminencia del temporal de
Santa Rosa. Antes que escuchemos los truenos, pues, quiero agradecerles a los
académicos el recibimiento, y a los amigos la paciencia demostrada al
escucharme, desafiando la amenaza de santa tan colérica. Ya más tranquilo desde
hace varios minutos, me convencí de que esto sí está sucediendo en la realidad,
porque escuché la tos de mi padre llegando de la escalera. Cuando termine esta
certeza colectiva, seguro que comenzará en mí un sentimiento de extrañeza por
haber estado aquí y desempeñando este papel. Razón de más para repetir las
palabras de Enriqueta María, la Queca, que inician “La vida breve”, la novela
que yo leía el invierno verano pasado, y que evoqué en voz alta frente a
ustedes este atardecer de agosto: mundo loco.
Muchas gracias.