Premio Día Nacional del Libro

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 La Academia Nacional de Letras otorga anualmente el “Premio Día del Libro” consistente en una réplica en bronce de la placa que puede apreciarse más abajo. Se confiere a una personalidad o institución destacadas en la promoción y difusión del libro y la cultura nacional. Hasta el momento lo han recibido la poeta Nancy Bacelo (2007), el editor Heber Raviolo (2008), el Dr. Alvaro Díaz Berenguer (en representación de sus padres Amanda Berenguer y José Pedro Díaz, por su actividad al frente de la Editorial La Galatea (2009), el diseñador gráfico Carlos Palleiro (2010), la Biblioteca Nacional de Montevideo (2011), la correctora de edición María Cristina Dutto (2012), el escritor Eduardo Galeano (2013), la Librería Linardi y Risso (2014) y el dibujante Fermín “Ombú” Hontou (2015).

 

 

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La placa es de Gustavo Serra, hecha sobre un diseño de 1952 de Francisco Matto

 

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2015 (v. abajo)

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2014

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2013

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2012

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2011

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2010

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2009

DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2008

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2015

 

En 2015 la Academia Nacional de Letras decidió otorgar el premio anual al dibujante Fermín “Ombú” Hontou.

En la ceremonia de entrega del premio realizada en el IMPO, participaron el presidente de la academia Adolfo Elizaincín y el académico Ricardo Pallares.

 

 

Los dibujos de Fermín Hontou

          

                                                                                      Por Ricardo Pallares

 

 

La tarea de Fermín Hontou se consolida desde sus comienzos en México, con el diseño y las portadas de Cuadernos de Marcha y como caricaturista del periódico Unomasuno. Desde entonces se aprecia el magisterio de Guillermo Fernández especialmente en cuanto al tratamiento de la línea, el punto, las manchas, los espacios incorporados, el color y lo sugerido. Después se sumará el magisterio de Oscar Ferrando y el de Luis Camnitzer.

Pero Hontou no solo viene de allí sino de un pasado en el que sin ir al fondo de los tiempos se encuentran Leonardo Da Vinci, Rembrant, Delacroix, Gustavo Doré y otros maestros del dibujo. En la coetaneidad también dialoga con el dibujo de destacadas figuras de nuestro medio como lo son Quino, el creador de Mafalda, (Joaquín Lavado Tejón), Peloduro (Julio E. Suárez), Glauco Capozzoli, Hermenegildo Sábat, Mingo Ferreira y Horacio Añón.

 

De retorno al país integra la revista Guambia, luego el semanario Brecha donde publica semanalmente, y El País Cultural donde lo hace mensualmente. Sus dibujos aparecen asimismo en Le monde y El ojo clínico.

Participa en numerosas muestras colectivas y hasta el momento lleva hechas diez muestras individuales, tres de ellas con curadurías de Mario Sagradini, Osvaldo Cibils y Horacio Añón.

 

Esta síntesis curricular pone en evidencia que su trabajo en las artes gráficas y visuales está indisolublemente asociado a la escritura y particularmente a los periódicos y los libros. Razón más que suficiente para que la Academia lo distinga y tenga en cuenta su publicación de 2014 (Me Río de la Plata ed. pozodeagua. Montevideo, 2014).

La construcción sintáctica en el título de este magnífico libro-catálogo antepone el pronombre personal y mantiene la mayúscula en Río, con lo que no evita la trasformación del sustantivo en voz del verbo reír. Así se aproxima tanto a un hecho de habla como a la ironía porque juega con los significados y abre paso al humorismo.

La ilustración de la tapa tiene un dibujo sin título, creo que el único que no tiene identificación precisa. Es un híbrido de Carlos Gardel y La Gioconda con su mano en primer plano, que ha engordado como la de un panadero de antaño que amasaba manualmente.

El dibujo instala lo femenino-masculino con su dualidad inquietante expresada asimismo en la boca de la figura, pintada de rojo, en el pelo dibujado con dos zonas en las que el autor usa técnicas o formas disímiles y en la conocida sonrisa del tacuaremboense cuya nacionalidad uruguaya sigue siendo discutida como la identidad de la mujer pintada por Leonardo.

De alguna manera la ilustración de la tapa del libro está por la idiosincrasia y la identidad rioplatense de Uruguay. Un país hibridado por la emigración europea, con un río que se abre en estuario y se vuelve boca salada, tempestuosa e imprevisible, peligrosa como neurastenia del mar. Un río que es río y es mar que lo penetra en estuario y entonces ya no se sabe... Un país que quiere sentirse latinoamericano pero quiere ser distinto y europeo aunque cada vez pueda menos, a la manera de un doble discurso con el que se irá cuesta abajo en la rodada y con poca plata.

 

Los dibujos de Ombú sobre personalidades del mundo artístico rioplatense, especialmente del mundo literario, tienen rasgos de caricatura. Por momentos se aprecia cierta parodia similar a la autorreferida en la homofonía bisílaba de su apellido y Ombú, seudónimo con el que firma y desde el cual por sinécdoque señala a la región. Es una parodia similar a la que hace el título ya citado de la selección o “antología” a la que Hermenegildo Sábat saluda en el prólogo, donde además califica al autor y a la obra como “original e inconfundible”. 

En verdad muchos de sus dibujos no serían caricaturas propiamente dichas porque no tienen sátira, aunque no carecen de humorismo. Más bien estaríamos ante estudios de la silueta humana e intelectual de los creadores literarios y artísticos más significativos de nuestro medio y del mundo, a quienes el dibujo celebra y homenajea.

El trazado firme de la línea en las obras, el color -cuando lo usa- y su distribución, así como los gestos captados o atribuidos elaboran armónicas conjunciones expresivas.

Si bien los dibujos se centran en el rostro o en la imagen corporal del dibujado, siempre tienen acertada fineza para manejar énfasis, exageraciones, detalles o hipérboles como corresponde al género de la caricatura. También se trata de modos de ver al artista dibujado y de valorar su personalidad. Por tal razón el dibujo denota o sugiere asuntos que son sustantivos en la obra del creador del que se trata.

Es notorio que el dibujante ha leído e interpretado los mundos ficcionales o artísticos de los creadores a los que homenajea y que, en algunos otros casos, representa la leyenda asociada a la figura de referencia.

Estas características y enfoques de Ombú vinculan positivamente a los dibujos con las representaciones del imaginario cultural. A este vínculo lo refuerza el humorismo de calidad que emplea y que se presenta especialmente en los detalles, las proporciones, la selección, el encuadre y la acción, gesto o ademán que se recrea.

Un ejemplo de lo afirmado es uno de los dibujos de Felisberto Hernández: aquel en el que aparece con mirada seria y ausente sosteniendo una muñeca desnuda -una Hortensia- con un teclado en una nalga, en el que toca con la mano izquierda. La muñeca asocia a María Luisa de las Heras, “la espía”, pues luce a modo de insignia el símbolo de la hoz y el martillo en el brazo.

 

La estética de cierto naturalismo expresionista y la inteligencia interpretativa de estos dibujos participan de la construcción y consolidación del referido imaginario cultural rioplatense, con mucho de cosmopolita, y también tienen valor testimonial por cuanto dan cuenta de los modos que tiene el autor de leer y de conocer las obras de la referencia.

Se trata de dibujos que a través del tiempo han ilustrado muchas páginas de variadas publicaciones, incluidos medios de prensa escrita, y que han sido objeto de varias exposiciones. De tal forma contribuyen a acuñar personajes, perfiles y a consolidar la identidad cultural del observador y lector rioplatenses.

 

La vehemencia en el dibujo de Delmira Agustini, particularmente en su peinado, en la amplitud del cuello y del busto, en sus ojos de gata y en la mano-garra que esgrime un cáliz vacío, o la vehemencia en la figura de Javier de Viana, hierática, alta y escuálida, trajeada de negro, dan cuenta de ciertas zonas oscuras e intensas de los autores mencionados. Dicha vehemencia se asocia al patetismo de algunos personajes narrativos y a determinadas pasiones de las que se habla en la poesía, respectivamente.

En el de Amanda Berenguer se destaca la expresividad de una actitud que parece interpretar y trasmitir el azoramiento de la poeta ante lo real, un infinito -según Amanda- cuajado de paradojas que provocan arrobamientos como los de la ciencia cuando traza modelos, metáforas y verdades provisorias. Pero es especialmente en su mirada -plenamente captada- donde se da cuenta de un ademán de observación disciplinadora: de un rasgo de la firmeza del carácter.

 

Ombú le da un tratamiento especial a la mirada como centro significativo del dibujo y a través de ella a la personalidad del creador o personaje dibujado. A la mirada le asocia un sesgo, una postura, un gesto, una singularidad que fortalecen y completan la unidad del conjunto.

Lo que afirmamos precedentemente también se advierte muy bien, a modo de ejemplo, en el dibujo de Marosa di Giorgio en el que se acentúan lo insólito, lo feérico y lo satánico. En esta oportunidad el dibujante se vale de una paleta intensa para el color del vestido, del pelo y de un abalorio. También en la exageración del tamaño de sus lentes-antifaz con aspecto de mariposa verde o lechuza, que potencian la mirada con rasgos felinos, de liebre o de diabla. Pero además el retrato emerge como llama desde una mesita redonda que recuerda a las del Sorocabana, con taza de café, o que bien podría ser un pebetero con las llamas de sus pasiones e imágenes visionarias.

 

En el de Florencio Sánchez el ademán desgarbado junto con su juvenil desgaire, la expresión bondadosa del rostro y de la postura corporal trasmiten la visión del dramaturgo sobre el mundo y alguno de los seres que llevó a la escena. También parece que comparecen en el dibujo la rebeldía piadosa de Florencio y su obra, ya que lleva debajo del brazo un libro con título paródico: Mi hijo, el autor teatral.

El autor que hoy premiamos expuso muchos de estos dibujos en la Academia Nacional de Letras durante el ciclo de lecturas “La punta de la lengua”, de 2013. La mayoría de ellos está en la selección antológica de 2014 ya citada.

Los trabajos del autor son actualizadores del imaginario cultural en diálogo plural y polifónico, según el medio o contexto en que aparecen. Pero no por ello dejan de cumplirse como realizaciones originales y autónomas. Esta dimensión creadora del dibujo que estatuye una realidad segunda y original es, sin duda alguna, un aporte que suma a la cultura escrita y la expande.

Es muy grato para la Academia otorgarle a Fermín Hontou el Premio Día del Libro en su edición 2015, porque en su obra tiene lugar un jerarquizado ensamble del dibujo y las letras.

 

 

Palabras de Fermín Hontou

 

Al enterarme que iba a recibir este importante premio me puse a pensar que palabras decir como agradecimiento...

 

Como siempre hago, me he apoyado en músicas y en lecturas, a la hora de dibujar y así fue que me vino a la memoria un capítulo de un libro que leí hace más de treinta años. Es un libro de un autor que siempre se ha mostrado interesado por las imágenes, por la belleza, por la fealdad, por la cultura popular. Se llama Umberto Eco.

La novela que recordé se llama “EL NOMBRE DE LA ROSA” y yo quería citar un capítulo en donde Guillermo de Baskerville desenmascara y acusa al monje ciego y asesino, Jorge de Burgos, quien mediante astutos asesinatos quiere impedir que un libro perdido del filósofo griego Aristóteles (el finis Africae), llegue al vulgo y difunda la nefasta y sacrílega idea de que: “... la risa, que es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne... la distracción del campesino, la licencia del borracho”. Él teme que la risa “libera al aldeano del miedo... Lo distrae, por algunos instantes, del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte”.

El monje fanático, Jorge de Burgos no se siente un asesino, solo argumenta que él es alguien que hace cumplir la voluntad divina,él es solo un instrumento “que sabe que el señor lo absolverá porque sabe que ha obrado por su gloria.

Su deber era custodiar la biblioteca”.

Aunque sea una comparación muy caprichosa y además que seguramente mi abuela materna no la aprobaría, tengo que decir que fue gracias a “Chichita” Mañé Azevedo que yo me hice un lector...

Si bien ella era obsesivamente beata y católica, como Jorge de Burgos ella no era ciega y nunca trató de o envenenó a nadie...nunca custodió ninguna biblioteca y sus lecturas estaban muy lejos de los libros de la Poética o la Retórica de Aristóteles...

 Ella leía con fervor y apasionamiento novelitas rosas escritas durante los largos años en que su admirado “Generalísimo” Francisco Franco gobernó España...

Ella no supo, o no imaginó nunca, que en aquellos domingos de fines de la década del sesenta, luego de salir de misa, adonde yo la acompañaba (temblando y castañeteando dientes al ver los Cristos y Santos con coronas de espinas), y adonde yo iba siempre esperando la visita a la panadería y al quiosco, donde obtendría mis anheladas  recompensas... Era entonces, al salir de la pequeña capilla pocitense, que íbamos despacio a comprar blanquísimos merengues que extasiaban mis inocentes placeres preadolescentes, luego ella me llevaba hasta el quiosco para comprar el Capítulo Oriental (editado por el Centro Editor de América Latina) o la Enciclopedia Uruguaya, donde me tocaba recibir como alimento de lectura para toda la semana: “Muebles El Canario” de Felisberto Hernández, “El infierno tan temido” de Juan Carlos Onetti, “La gallina degollada” de Horacio Quiroga, “Los cantos de Maldoror” de Lautréamont, “El hombre que se comió un autobús” de Alfredo Mario Ferreiro, “Lo aparente y lo concreto en el arte” de Joaquín Torres García, los dibujos de Peloduro, las ilustraciones de Mingo Ferreira, las portadas de Horacio Añón...

En definitiva, gracias a mi abuela “Chichita” conocí mi país, sus escritores (y los de otros lados) y sus mundos, a los que entré con curiosidad y placer y que me permitieron, como al aldeano, escapar del miedo, de la religión y las iglesias...

Agradezco a esos años, a mi abuela materna “Chichita”, y a esas gentes que publicaron aquellos libros y aquella pequeña biblioteca. Agradezco a ustedes, la Academia Nacional de Letras, el enorme honor de premiarme en el Día Nacional del Libro...

 

Muchas gracias!!!

 

Vea aquí obras de Hontou

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2014

 

En 2014 la Academia Nacional de Letras decidió otorgar el premio anual a la Librería Linardi y Risso.

En la ceremonia de entrega del premio realizada en el IMPO, participaron el presidente de la academia Adolfo Elizaincín y los directores de Linardi y Risso, Sres. Álvaro Risso y Andrés Linardi.

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA ACADEMIA, ADOLFO ELIZAINCIN

 

Bienvenidos todos a la celebración del Día Nacional de Libro, fecha que recuerda, como sabemos, la fundación de la Biblioteca Nacional de nuestro país y que la Academia Nacional de Letras festeja con la entrega del premio Día Nacional de Libro.

La Academia instituyó hace ya algunos años este premio con el propósito de destacar y honrar a todos aquellas personas e instituciones que se han destacado en la construcción y difusión del objeto libro.

Como de sobra sabemos todos, hay un largo proceso entre el momento en que un autor escribe (mejor dicho, termina de escribir) un texto determinado y el momento en que un lector posible culmina la lectura de ese texto. De hecho, el proceso no se inicia en el momento de la escritura, sino mucho antes, porque un  texto no surge ex nihilo, sino que existen multivariadas y polifacéticas circunstancias personales y sociales que le dan forma a través de la escritura personal de UN autor: y, por cierto, ese mismo proceso no culmina cuando UN lector determinado finaliza la lectura de ese texto, pues la vida del texto comienza en realidad allí y sus consecuencias son imprevisibles, incluso para la construcción de otros y otros textos….

Si el proceso fuera una cuestión tan sencilla como la simple relación biunívoca autor-lector todo sería muy fácil. Pero no es así. Y en ese complejo proceso de la vida de los textos intervienen muchas personas, no solo el autor y el lector, sino una gran variedad de profesionales, artistas y artesanos que contribuyen a la existencia de ese preciado objeto cultura, el libro.

La Academia desea honrar, con este premio, a todos los involucrados en ese proceso.

Por esa razón, la historia de este premio incluye como sus recipendiarios a una poeta y animadora cultural avant la lettre, Nancy Bacelo: un editor, Heber Raviolo; una imprenta La Galatea, (de José Pedro Díaz y Amanda Berenguer premio recibido por el hijo de ambos  Álvaro Díaz Berenguer); un diseñador gráfico (Carlos Palleiro); una biblioteca pública, la Biblioteca Nacional (premio recibido por su director Carlos Liscano); un corrector de estilo, María Cristina Dutto; y un explorador y divulgador de la cultura latinoamericana, Eduardo H. Galeano.

En este año 2014 pensamos en homenajear a aquel librero que no se ocupa solo de la comercialización de libros “nuevos, sino al librero bibliófilo, categoría que suele ir unida a la de anticuario es decir, librero que se ocupa de libros producidos en el pasado, sin olvidar de todos modos la producción actual: librero de viejo, librero de ocasión, anticuario de libros, en fin… formas de nombrar a esta actividad, o parecidas…

 Esa categoría (borrosamente definida con lo anterior, es cierto), se relaciona íntimamente con el lema que rige la acción de la Academia desde su fundación: Vetera servat, fovet nova: Sirve a las cosas viejas, promueve las nuevas.

La Academia, por otra parte, solo puede cumplir sus objetivos (el primero, procurar y fomentar el uso adecuado de la lengua) apoyándose en forma privilegiada en el instrumento básico en el que se documenta la existencia del lenguaje, el libro (por cierto, también otros materiales impresos, sin olvidar la lengua que se desarrolla y funciona sin llegar a documentarse por escrito, la oralidad).

De toda esta conjunción de ideas y circunstancias, quedó claro en su momento que la Librería Linardi y Risso era una candidata fuerte a recibir este año esta distinción, decisión finalmente adoptada y cuyos fundamentos se resumen en los dos conceptos que figuran también en la invitación para el acto: la inserción cultural en el medio y la “proyección internacional” de la librería.

La inserción cultural se cumplió a través de su labor como librería general y, sobre todo, especializada en América Latina y, además, como casa editora. Recuerdo (permítanme incluir este dato muy relacionado con mi propia profesión) el libro publicado por esta librería en el año 1967 de José Pedro Rona, mi profesor en la Universidad de la República, El dialecto fronterizodel Norte del Uruguay, una pieza clásica sobre el tema, iniciador de todo un riquísimo campo de investigaciones, aun hoy solicitado y requerido por los especialistas en temas de esta naturaleza.

Y en cuanto a la proyección internacional, la misma se cumplió y cumple a través de la provisión de materiales bibliográficos a las principales bibliotecas especializadas en Latinoamérica de todo el mundo, como así también a bibliófilos y eruditos internacionales. Tarea iniciada y promovida con la confección de los ya famosos catálogos de la librería, instrumentos imprescindibles de difusión que la transformó en un referente inexcusable para los especialistas en temas de estas latitudes.

Fundada en 1944, con el nombre de Librería de Salamanca, la empresa (que cambió varias veces de nombre y de localización – siempre en la Ciudad Vieja, de todos modos) es casi contemporánea  -  he aquí otra coincidencia -  con la Academia Nacional de Letras, creada por decreto ley en febrero de 1943.

Por todo lo expresado, tengo mucho gusto en entregar a los Sres. Álvaro Risso y Andrés Linardi esta placa artística creada por el artista Francisco Matto en 1952 y realizada por su discípulo Gustavo Serra, como testimonio del premio Día Nacional del Libro, edición 2014.

 

 

 

PALABRAS DE ANDRÉS LINARDI Y ÁLVARO RISSO

 

Estimados señores miembros de la Academia Nacional de Letras:

 

Es para Librería Linardi y Risso un altísimo honor haber recibido el 26 de mayo de 2014 el Premio Día Nacional del Libro otorgado por vuestra institución. Ha sido una jornada verdaderamente inolvidable.

 

En nuestra ya larga historia de vida, hemos sido destinatarios de numerosos reconocimientos de personalidades y organizaciones vinculadas al mundo del libro y de la cultura. Pero que una institución de tan enorme prestigio como la Academia Nacional de Letras nos haya considerado para su premio anual tiene escasa comparación con todo lo recibido anteriormente por Linardi y Risso, con el agregado de ser la primera institución privada en obtener este galardón.

 

Nuestra librería, fundada en 1944 como Librería Salamanca, tomó luego el nombre de su fundador, Adolfo Linardi, conociéndose así durante varias décadas, hasta que se sumó el apellido de su socio, Juan Ignacio Risso, denominándose Librería Linardi y Risso hasta el día de hoy.

 

Fueron nuestros padres, Juan Ignacio y Adolfo, quienes construyeron el prestigio de este noble negocio, y somos ahora dos de sus hijos, Alvaro J. Risso y Andrés F. Linardi quienes desde muy jóvenes compartimos -primero con su tutela y enseñanza y ahora con nuestro propio camino- el andar de nuestra casa. Por lo tanto, queremos agradecer profundamente a la Academia y en especial a sus actuales miembros por esta distinción que nos honra y estimula para seguir adelante.

 

 

Andrés Linardi

Alvaro Risso

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2013

 

En 2013 la Academia Nacional de Letras decidió otorgar el premio anual al escritor y explorador de la cultura latinoamericana Eduardo Galeano.

En la ceremonia de entrega del premio realizada en la Biblioteca Nacional, Sala “Julio Castro”, participaron el presidente de la academia Adolfo Elizaincín, y el secretario Ricardo Pallares quien hizo el elogio del homenajeado. Lea a continuación los discursos del acad. Pallares y de Eduardo Galeano (“Por qué escribo”)

 

 

 

Elogio de Eduardo Galeano en la entrega del “Premio Día del Libro”, edición 2013, de la Academia Nacional de Letras. 21/06/2013

Sede de la Biblioteca Nacional de Montevideo

        Sala Julio Castro

 

                                                                                     Por Ricardo Pallares

 

Señoras, señores, amigos todos: hoy es un día especialmente esperado y de enorme satisfacción por la intrínseca justicia del premio que se otorga.

Podemos decir que al fin llega el momento de esta ceremonia, después de que Eduardo Galeano aceptara recibir el premio, a finales del pasado mes de abril, durante un encuentro casual, a las puertas de la sede académica, casi en la esquina de las calles Ituzaingó y Reconquista.

Las circunstancias de un viaje suyo y de otro mío después, nos trajeron hasta este 21 de junio. Durante aquel encuentro pidió que la premiación no se fundara en la condición de “cronista de la cultura latinoamericana”, tal como lo habíamos propuesto, sino más bien en la de explorador de dicha cultura, expresión que, en nuestra opinión, siendo aun más discreta igual califica grandemente al destinatario.

Antes de proseguir leeré a modo de ejemplo un texto del autor. Aunque elegir uno solo en su vasta obra (como ocurre en estos casos) es tan arbitrario como interpretar o atribuir un sentido. No obstante justifico el proceder porque de todos modos un creador está en cualquier fragmento que le pertenezca.

Fue releyendo y revisitando sus libros que me detuve en “Tierra y siempre” de Memoria del Fuego (II). Las caras y las máscaras. (Ediciones del Chanchito, Montevideo, 1987). La fecha de referencia es el año 1800 y Uruana (una isla del Orinoco, Venezuela) el lugar de ocurrencia del asunto. Dice:

 

Frente a la isla de Uruana, Humboldt conoce a los indios que comen tierra.

Todos los años se alza el Orinoco, “el Padre de los ríos”, y durante dos o tres meses inunda sus orillas. Mientras dura la creciente, los otomacos comen suave arcilla, apenas endurecida al fuego, y de eso viven. Es tierra pura, comprueba Humboldt, no mezclada con harina de maíz ni aceite de tortuga ni grasa de cocodrilo.

Así viajan por la vida hacia la muerte estos “indios andantes”, barro que anda hacia el barro, barro erguido, comiendo la tierra que los comerá.

 

Este texto intenso y breve, con apariencia sencilla como tantos otros, tiene una notoria riqueza y movilización expresiva. No solo porque remite al pasado sino además por el viaje como tópico del vivir, aquí en versión acotada, y porque suscita paradojales asociaciones bíblicas y esboza una animación legendaria del Orinoco.

Lo dramático supera a lo pintoresco para dar cuenta de la pobreza extrema, tal como se la alude a través de la enumeración de ingredientes que faltan a la “comida”. Luego lo dramático también se supera con la restricción momentánea del punto de vista (“Es tierra pura, comprueba Humboldt, no mezclada” [...]). Asimismo el remate conclusivo, la inversión final y el juego de tiempos verbales, tienen un efecto intensificador pues los indígenas, dice, van “comiendo la tierra que los comerá”.

El eje figural del texto está en la contigüidad y el desplazamiento, se sitúa en la cadena horizontal de los significantes, no en la vertical de las metáforas, que tienen diferente potencial creador. Este rasgo, presente en toda la obra del escritor homenajeado, obedece a la proximidad autoral con el lector ya que la metonimia es una figura que, por vecindad de los significados, se alía rápidamente con el entendimiento y la intuición. Según nuestro modo de ver este rasgo sustantivo de la escritura del autor es claro indicador de la ética en la actitud del explorador-cronista-comunicador.

El texto comentado deja lugar todavía para una pincelada -a modo de insinuada silueta moral- acerca de los “indios andantes”, pues dice que los otomacos son “barro que anda hacia el barro, barro erguido”, con lo cual se señala al paso el color de su piel.

Si todos los años se alza el Orinoco, los otomacos también lo hacen sobre sus desventajas.

 

Eduardo Galeano explorador y cronista de nuestra cultura da cuenta a través de más de cuarenta libros de la vida compleja, sufrida y diversa de nuestro continente latinoamericano así como de centroamérica, África, y otras regiones pauperizadas del mundo.

Da cuenta del continente de los dos océanos y de los muchos mares, del que es verde y frutal, ocre y desértico o cordillerano, lacustre y selvático, el de las cien culturas, el que habla en español, portugués y en lenguas nativas, el que construye futuro como el mejor, aunque lo hace en medio de grandes dificultades estructurales e históricas.

Importa destacar que Galeano en su obra numerosa se apega a las raíces multiculturales, a la lengua española y a sus variantes americanas.

En verdad, desde esta variante referida, plural y americana, se fecunda la lengua española que en su origen fue solo peninsular. Y se fecunda con un amor a veces desamorado que lleva ya más de 500 años al término de los cuales, la lengua en la que hablamos es en la diversidad. Es una pero pronto será la segunda más hablada en el mundo.

De manera que la prosa de EG, libertándose de la atadura de los géneros literarios fundamenta, construye y expande al español no solo por el esmero con el que lo usa sino además por sus registros y riquezas, por su aproximación a las formas del habla, dado el imperativo comunicacional que exhibe y el afán por llegar a los más en un continente que aun lucha contra el analfabetismo.

Galeano explora la cultura latinoamericana valiéndose de la escritura con la cual conserva, fija y ahonda su caudal a la manera de la deriva de nuestros grandes ríos y sus recursividades. Pero si explora, documenta, relata, mira y registra, es porque interpreta y protocoliza. Lo hace con estatuto narrativo y así también demarca la cultura con su selección, la participa y consolida. En sus textos pone en evidencia a los territorios y sus cartografías en tanto que expresiones de geografía humana y sitios primeros donde se escribió y se seguirá escribiendo la historia inacabable de los pueblos, de sus culturas y de cuanto les pertenece.

La ficcionalidad de esta prosa es propia de toda producción literaria. No obstante, su apego realista a lo verificable confirma que en los mencionados lugares radican las identidades y las fuerzas morales de los hombres y mujeres que construyen colectivamente con sus valores y su memoria.

Quien recorre, conoce, escucha, registra, testimonia y documenta, es porque vive lo narrado, testimonia comprometidamente. Por esta razón su escritura re-vive y lo hace con apreciable autenticidad, con escasa transformación o artilugio literario. Así, la prosa de sus libros da lugar a través de pequeños textos a una suerte de epopeya progresiva, con cierto minimalismo, en la que anida y alienta lo trascendente y lo grande como manifestación de lo sencillamente humano y cotidiano.

Eduardo Galeano habla en su escritura. Dice a lo latinoamericano como escenario de luchas, postergaciones, carencias y desvíos pero también de sentimientos, ideas y certidumbres. A veces asume cierta visión desde la cual América Latina fue o es la pecadora; lo hace porque siempre habla de su redención y de las marcas distintivas de sus otros lenguajes, etnias y singularidades que no obstante estar silenciados pujan por continuar.

Su escritura es la de un explorador o la de un cronista, pero en tanto que registro, procede a una recreación que reduce al mínimo lo imaginado. Es así por imperativo ético de la función comunicadora y porque no quiere desnaturalizar los contenidos que siempre son caracterizadores y explican las idiosincrasias.

No se nos escapa que su discurso apuesta a una comunicación con propósitos re-fundadores, reinstaladores de la comunidad. El procedimiento primero consagra la projimidad con el lector. Es un rasgo que está presente en toda su obra, la atraviesa como un aire fresco en el que se celebra la libertad, la ocurrencia, la memoria, la superación del dolor, la heroicidad y la terca esperanza.

Así es que todo cuanto somos y deseamos ser alienta en su obra como un fervor entusiasta, como una ternura o actitud amorosa que nos legitima y obliga a estar en nosotros mismos plenamente.

 

En otro plano se puede decir que no hay una verdadera literatura sin un movimiento de ida que está en el texto y otro de vuelta que está en el sentido y la interpretación del lector. La literatura se instala precisamente en esa especie de comunidad sin cohabitantes.

Ahora bien, en la obra del autor que hoy premiamos esa ida y vuelta es una verdadera necesidad ya que los silencios o elipsis, los desplazamientos de los significantes, las sugerencias o reticencias, exigen que tengamos cosas en común para que se dé la interlocución y luego la comprensión.

Estas son las condiciones generales apreciables en su obra que generan el salto de chispa que enciende al sentido como acción de la significación responsable y vivencial, la que mancomuna, para lo cual además cuestiona las hegemonías en procura del sujeto más allá del objeto. Asimismo por congruencia con sus ideas y valores Eduardo Galeano es un decidor incansable de sus textos, un trabajador de la oralidad.

Por tanto los procedimientos literarios en su prosa están al servicio de los fines y expresan congruencia y autenticidad. Congruencia con los postulados, autenticidad como manera de asumir el oficio de la escritura y la participación en la construcción social de la cultura y la política.

Hace un momento hablamos de la ética en su literatura y de la reinstalación de lo que mancomuna. Por este motivo es que en su prosa hay escaso vuelo fantasioso y permanente aproximación a las formas y giros del habla.

Como consecuencia de lo apuntado se destacan los contrastes, los símbolos, la ironía, frecuente como látigo que sacude y desafía al entendimiento. También es frecuente la paradoja que exige al entendimiento y que por ello es un antecedente de la metáfora epistemológica, constructora de conocimiento. También son frecuentes los paralelismos, el oxímoron o desavenencia opositora entre el sentido de dos palabras o elementos, la descripción y las especificidades del retrato, estampa y silueta, los pequeños catálogos, la enumeración heterogénea, la inversión o conmutación, el final conclusivo y enfático, a veces reticente.

Como se ve, su prosa -no obstante tener sencillez sintáctica y léxica- es cuidada y resultado de una ardua elaboración y corrección sin las cuales no sería posible. En cuanto a los contenidos, lejos de quedarse en la impugnación, da curso a varias formas de la ternura solidaria y comprensiva de lo primordial, de la inocencia de los pueblos y sus gestos, de sus dioses y costumbres, de sus leyendas y sus mitos, de los modos y maneras de vivir, de amar y sucumbir.

 

Eduardo Galeano se ha hecho acreedor de esta distinción por sus más de cuarenta obras y sus varias ediciones, por las redes espirituales y de conciencia a las que han dado lugar, porque su prosa se sitúa en la construcción social y colectiva de Iberoamérica.

Se ha hecho acreedor de este premio de la Academia Nacional de Letras, por derechos emergentes de su conducta y de su obra. Porque con su escritura y desde ella vela por la esperanza de los justos.

        

 

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Les confieso que estoy emocionado y agradecido, por recibir este regalo de mis colegas y porque este acto de generosidad tiene lugar en la sala que lleva el nombre de Julio Castro.

 

El fue mi maestro y mi amigo, en los tiempos del semanario "Marcha", tiempos de imborrable memoria, y de Julio aprendí su entrañable manera de demostrar, como demostró escribiendo y viviendo, que se puede ser el más sabio de los sencillos y el más sencillo de los sabios, sin temor a la verdad, por mucho que ella pueda doler.

Por eso lo asesinaron: porque este gran periodista se había formado siendo maestro rural y como buen hijo de la naturaleza sabía que la palabra es el alma y quien miente traiciona el alma.

Julio jamás traicionó ni se traicionó, y esa pasión de verdad le costó la vida.

A su memoria, por siempre encendida, quiero dedicar el premio que generosamente se me está concediendo.

 

Eduardo Galeano

 

 

Por qué escribo

 

Para empezar, una confesión: desde que era bebé, quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero solo en sueños, mientras dormía.

Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto; yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin intenté escribir, a ver si algo salía, por las dudas.

 

Y en eso ando. Lo intenté, y lo sigo intentando.

Quise, quiero, decir más con menos, y escribo buscando palabras que sean mejores que el silencio, como exigía mi querido Juan Carlos Onetti.

No es fácil encontrar esas palabras, las desnudas, las que valen la pena. Escribo varias veces cada frase, cada página, en trabajosa guerra contra la inflación palabraria, que es más jodida que la inflación monetaria.

 

Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.

 

Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.

 

Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.

 

Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero todavía no estamos terminados.

 

Intenté, y tengo la esperanza de seguir intentando, ser más fuerte que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

 

Eduardo Galeano

Montevideo, 21 de junio de 2013.

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2012

 

 

En 2012 la Academia Nacional de Letras decidió otorgar el premio anual a la correctora de estilo María Cristina Dutto.

En la ceremonia de entrega del premio realizada en la Fundación Unión Espacio Latino participaron el presidente de la academia Adolfo Elizaincín, los académicos Juan Grompone y Gerardo Caetano, la escritora Melba Guariglia y el editor Heber Raviolo. Se puede leer más abajo  algunas de las intervenciones  realizadas ese día

 

 

 

Melba Guariglia: A propósito del Día del Libro

Escritora, docente universitaria, correctora, editora, Nació en Montevideo en 1943.

Residió en México desde 1978 hasta 1986, donde trabajó en periódicos, revistas y editoriales como periodista y correctora. En Montevideo, desempeñó las mismas tareas en diarios, editoriales e instituciones públicas y privadas.

 

Ha publicado libros de poesía: El sueño de siempre (México, 1984), La casa que me habita (Montevideo, 1986), A medio andar (Montevideo, 1987), Señas del derrumbe (Montevideo, 1991), Oficio de ciegos (Montevideo, 1998) -Segundo Premio (compartido) del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en Poesía inédita y Mención de Honor en Poesía édita-, Sublevación del silencio (Palabras de exilio) (México, 2000), Entredichas palabras (Montevideo, 2007), Pequeñas islas (Montevideo, 2009), y de narrativa: La furia del alfabeto (Montevideo, 2011). Coautora de La palabra entre nosotras, Memorias del I Encuentro de Literatura de Mujeres (Montevideo, 2004-2005).

Integra diversas antologías de poesía y cuento en México y Uruguay, es fundadora y ex presidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay, directora de Ático Ediciones y actualmente consejera de los Fondos de Incentivo Cultural del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

 

Buenos días o buen día, como prefieran.

Antes que nada agradezco a la Academia por la invitación a esta mesa en el marco del Día del Libro, y a María Cristina Dutto por su labor realizada en el ámbito de la corrección de textos. Es un honor estar aquí junto a trabajadores de la cultura y a lectores amantes de los libros. Gracias y felicitaciones.

En mi caso reúno el ejercicio de varios artes u oficios, los cuales se han alternado a lo largo de los años y permanecido como un mandato inevitable: autora, correctora, editora. Desde el texto escrito al texto leído -o viceversa- pasar por una cadena de producción tratando de cumplir fielmente cada personaje no ha sido sencillo para mí, aunque sí placentero. Por eso me animo a reflexionar sobre algunos tramos de mi experiencia diversa, donde crear un único protagonista no siempre fue posible. Y viene a cuento de esta celebración, entre lecturas retocadas y libros de todos los días del año.

Lo difícil de cada una de las labores emprendidas por mí fue intentar que cada personaje imitara al arte, es decir, tuviera una finalidad estética y expresara una visión del mundo. Y digo difícil porque los seres humanos aspiramos a la perfección a pesar de que ese intento requiere una corrección permanente de nuestros actos. De ahí que como autora continúe en la búsqueda del lugar de la belleza y el valor de lo imposible, como correctora la flexibilidad y el esplendor para lograr la comunicación plena, como editora la capacidad de unir los eslabones de esa cadena y producir el libro de toda la humanidad.

Lo placentero de mi actuación, en diálogo con estos personajes, ha sido descubrir por medio de las palabras el amor al lenguaje, a la comunicación, a la lectura y al deseo apremiante de saber. Y encontrar en el ejercicio de cada tarea pequeños trazos de humor que la transforman en imprescindible.

Ahora bien, deteniéndome en el arte y oficio de la corrección, cuyo desempeño iniciara en México hace ya muchos años, creo que además de un trabajo apasionante, este ha sido una buena manera de canalizar mis obsesiones por los diccionarios, desacralizar mis disputas con la be y la uve, la ce, la ese y la zeta, denunciar el poder de las mayúsculas sobre las minúsculas, rescatar la voz en el humor de la Hache, y comprender que cada día se abre una nueva forma de comunicarse entre quienes tercamente crean y recrean, en las distintas épocas, signos de acercamiento.

La corrección de textos está ligada a los orígenes de la escritura, pero es desde la invención de la imprenta cuando ha sido reconocida y considerada “el alma del libro”. “La mayor perfección y pureza de la impresión consiste en los correctores”, afirmaban los eruditos en esa época. Estas opiniones se fueron diluyendo en el transcurso del tiempo, a través del cual la imagen del corrector de páginas pasó a ser casi invisible, cuando no inexistente. Sin embargo, detrás de cada libro o texto impreso hay personas que laboran con la palabra tanto o más que los autores y editores, y auscultan letra por letra, rastreando formas, contenidos y significados, atienden gerundios y adverbios, eliminan anfibologías, cacofonías, muletillas, argumentan modificaciones acordes a los cambios de la lengua.

Oculta entre las páginas de un libro está esa figura que ha cambiado sucesivamente de nombre porque no es el nombre el que designa, sino la función que ocupa y pre-ocupa: castigator, corrector, revisor, preparador, enmendador, asesor lingüístico, etc., el corrector merece presencia, celebración, por ser parte de la producción de un objeto real o virtual surgido en el ámbito de la comunicación escrita. Una esforzada y puntillosa tarea donde los duendes no escapan a sus ojos, ni los párrafos a sus oídos. En el bosque mágico de la escritura, en la intersección de autores y editores,  entre el tronco del lápiz y la pantalla donde navega el rápido ratón, concentrados en la mirada de los destinatarios lectores, los y las correctoras existen con la velocidad de sus sentidos en busca de erratas, conceptos, guiones, tipos y fuentes de transparencias.

En mi diario quehacer, ubicua en la tríada autora-correctora-editora, sumado mi papel de lectora todo terreno, he visto y escuchado roer a las erratas en medio de largos rollos de papel escrito, galeras y pruebas, y advertido sus orejas asomadas entre una fronda de letras o su hocico levantado en la sombra de un párrafo, mientras procuraba el cuidado más pulido del discurso. Es un desafío continuo y genuino sorprenderlas y sopesar su riesgo: inocuo, banal, oscuro o capaz de modificar la historia.

A pesar del peso de los pesares, más allá de la imaginación creadora, encontramos que los equívocos o yerros que aparecen en el dominio de la escritura nos llevan de la mano al concepto de trabajo humano. A propósito Neruda reconoce: “Tenemos que descender de nuestro castillo verbal y comprender la infinita labor que se ocultó bajo cada línea: movimientos de ojos y manos, los socios anónimos del pensamiento, los trabajadores que desde Gutemberg siguen perteneciendo al ejército que combate con nosotros”.

Sí, el producto libro es el resultado de un trabajo colectivo, y para quienes convivimos muchas horas con el alfabeto una tarea extensamente compartida. Son las erratonas, las buscadas en primer lugar por los trabajadores de los Departamentos -mal llamados de “Corrupción”- de diarios, revistas, empresas editoriales, ahora también conformados en espacios virtuales que escapan al automatismo de las máquinas. Ellas se cuelan subrepticiamente con sus largas colas entre las palabras, bordean las letras, arremeten contra las mayúsculas y acechan en las cláusulas menos pensadas, sin temor a las consecuencias. Bailotean con los duendes, se toman de las patitas con tanto candor que muchos escritores se han visto beneficiados con esta danza, y por ende, los editores. Claro que no todos. Algunos se ven obligados a perseguirlas porque cambian el rumbo de la frase y se alejan demasiado de la intención primera. Para esto están los correctores custodios, para que el “perdón” sea “imposible” sin la coma, la verdad no sea tal, con o sin ella. O el “no, espere”, no se transforme en un desesperado no esperar. También están allí para rescatar un juicio sobre Sor Juana Inés de la Cruz, en aquel texto que decía: “Por su excelencia poética fue llamada ‘La pésima musa’”. Y en la novela de Saramago cuando su personaje con una simple interjección negativa evitó el sitio de Lisboa. Para advertir también, como Mark Twain: “cuidado con los libros de salud porque podemos morir por culpa de una errata”.

Poética o no, literaria, científica, académica o técnica, las palabras impresas sobre cualquier soporte hoy -y cada vez más- asume el desafío de perderse en el caos si no es acompañada del conocimiento profundo del idioma y de los procedimientos del arte y el oficio de editar y publicar, es decir, de llegar al pueblo, según la misma raíz etimológica, con la calidad y claridad que éste merece.

Mucho deben los autores y editores al corrector en el manejo del lenguaje, a sus competencias específicas, cada vez más profesionales y especializadas, más allá del salvataje de los roedores-errores garrafales que hacen de esta figura un eficaz flautista. Con base en la espontaneidad de los textos algunos escritores subestiman la importancia de comunicar correctamente, aun cuando son conscientes de que sus palabras están destinadas a ser públicas. Y algunos editores se otorgan la potestad políglota y universal sobre la elaboración exclusiva de los libros. Es cierto que algunos correctores no pueden con sus ansias de transformar sus comentarios y señales en “deleátures” digitales, asear compulsivamente frases y palabras, y deslizarse a la ultra-corrección entusiasta o a embellecer con nuevos giros idiomáticos lo que supone escueto sin advertir su inmodestia, pero ahí está el editor para distinguirse y equilibrar los aspectos formales en salomónica triple alianza.

Mientras debatimos el sexo del lenguaje, los límites de la corrección y los peligros de su perfeccionismo, la dinámica social de los idiomas, la incorporación de nuevas palabras, los cambios de la era digital, las polémicas polémicas de las Academias, la modificación del antiguo nombre de duende de las imprentas por el de virus o bacteria informática, aparecen todavía quienes creen que “el corrector” es el líquido paper o un programa de Word.

No obstante, también aparecen estudios que destruyen mitos, por ejemplo, el de la idea original de la primera edición del Quijote. Estos descubren que en ella se percibe “la mano de quien lo preparó y quien lo compuso”. Francisco Rico, reconocido lingüista español, encuentra razones para afirmar que el primer texto de Don Quijote, impreso en 1604, era muy distinto del que salió de la pluma de Cervantes. Su investigación muestra que una misma copia, leída por correctores o componedores diferentes en el Siglo de Oro, podía dar lugar a importantes variaciones gramaticales y léxicas. Es así que el famoso libro magistral puede haber sido escrito o reescrito por esos otros duendes ilustrados, los cuales por ahora son llamados correctores, y correctoras como lo prefieren los estudios de género.

Por otro lado, confieso que la eterna insatisfacción que me asalta como autora continúa presente en mis otros personajes, no puedo enmendar la plana de nadie en el significado profundo del texto, ni tomar el pulso a un libro desde mi pequeño lugar de editora sin esperar algo más. Pienso que un trabajo como el de la corrección -arte y oficio- no dejará de existir nunca porque corregir es perseguir la verdad y he seguido al pie de la letra el Libro de los Consejos cuando dice: “Mientras no alcances la verdad no podrás corregirla. Pero si no la corriges, no la alcanzarás. Mientras tanto, no te resignes”. Y ese es mi lema.

 

 

 

Gerardo Caetano: Homenaje a la corrección y a quienes la protagonizan

Académico, profesor egresado del Instituto Artigas, licenciado en Historia y conocido historiador. Ha dado a conocer sus investigaciones y estudios en numerosos libros que circulan por el ámbito de lengua española y que ya son clásicos y referentes ineludibles. Su tarea universitaria y de extensión es conocida y amplía el perfil de su trayectoria destacada.

 

Gracias, Adolfo. Felicitaciones, Maqui. Buenos días a todos.

En primer lugar creo que es muy bueno que el libro tenga su día, más allá -y esto tal vez sea algo obvio, pero no trivial- de que todos los días tienen que ser el Día del Libro, aunque fuere un poquito. Pero eso no quiere decir que no sea necesario organizar una conmemoración especial, que incluyamos la celebración específica en nuestro calendario.

Y qué mejor para conmemorar el libro que hablar con mayor profundidad de la fragua compleja del libro. Qué mejor que centrarnos en uno de los protagonistas, a menudo olvidados y a mi juicio fundamental, de todo libro, que es quien desempeña el oficio -que así debe ser considerado- de la corrección.

Ustedes saben que la Academia Nacional de Letras tiene una misión, un compromiso integral con el idioma. Y ese compromiso se traduce en múltiples perspectivas de trabajo. Se traduce, por ejemplo, en la defensa del idioma como un instrumento de comunicación, de defensa de los derechos, un instrumento que otorga a las personas capacidad para mejorar su propia calidad de vida y para pelear por la mejora de la calidad de vida de la sociedad en su conjunto.

La Academia Nacional de Letras, en esta defensa integral de todo lo que involucra el idioma, también tiene, como dice el compañero Juan Grompone, una visión que trasciende fronteras y que se proyecta en clave internacional. En ese sentido, somos internacionalistas, no podemos no serlo. Porque entre otras cosas, el idioma español, que en realidad, como me han enseñado, cada vez más es un idioma español americano, es un idioma del mundo, hoy peleando los primeros lugares. Es un idioma en construcción, que va transformándose en el itinerario de su propia historia. Claro que se transforma, nunca queda igual, vive en el cambio y a través del cambio. Pero esa transformación incesante no se realiza contra la tradición: la historia del idioma fluye desde tradiciones, que es la mejor manera de cambiar.

Cuando se cambia desde la escisión cultural respecto a lo que somos o hemos sido, contra las tradiciones que portamos en nuestras alforjas, por lo general somos hablados de manera inconsciente por esas mismas tradiciones que queremos negar. Y lejos de generar una transformación profunda, terminamos “inventando la bicicleta” o ingresando en callejones sin salida.

En esta tarea de defender el idioma y de cambiar junto a él, en búsqueda de una mayor comprensión de sus rasgos e identidades, el libro es un instrumento especial. Por cierto no es el único instrumento. Las peleas por el idioma no solamente se dilucidan en el libro, se definen en múltiples ámbitos, pero el libro es un escenario particular. Que en ese escenario hoy premiemos a Maqui Dutto, tiene la fuerza de un símbolo.

A Maqui la conozco desde hace bastante tiempo, no voy a decir cuántos años, pero son varias décadas. En primer lugar, conocí a Maqui antes de que se construyera como la correctora profesional que es. Y puedo dar fe de que siempre, la primera señal que Maqui daba era una enorme capacidad cultural. Es una persona culta en el sentido más profundo del término y creo que ese fue uno de sus principales razones a la hora de configurarse como una correctora. ¿En qué se ve su cultura? En muchas cosas, pero en una particularmente: es una gran curiosa. Tiene la curiosidad de la cultura genuina, tiene el rigor intelectual de hurgar en torno a las palabras, de disputar y tratar de reconocer y explorar la historia de las palabras, el sentido de las palabras, la magia de las palabras. Esas múltiples huellas que dejan las palabras en su historia constituyen una red de vínculos fuertes. No es un vínculo sencillo, no es un vínculo siempre cordial, no es un vínculo apacible. No, es un vínculo intenso que muchas veces a uno lo deja muy inquieto.

Por eso en estos largos años con Maqui tuvimos muchos vínculos de trabajo compartido. También fue correctora de muchos de mis libros y, antes que nada, debo decir que a menudo tuvimos diferencias y hasta algún conflicto. Esa es la primera prueba... Ese es el primer filtro conceptual para entender qué es un buen corrector: alguien que tiene con el autor una relación complicada, que muchas veces llega al conflicto. En verdad se trata de una interrelación exigente, como la amistad, como cualquier forma de un vínculo amoroso, en este caso con la cultura, con las palabras.

¿Por qué esta es una relación difícil y por qué Maqui para mí es una extraordinaria correctora pero a partir de asumir ese vínculo complicado con la corrección de cualquier texto? En primer lugar, porque Maqui defiende algo a lo que yo finalmente terminé adhiriendo y que los editores tendrían que adoptar: lo primero que debería hacerse al establecer una relación con un autor es darle una estatuilla, que obligatoriamente debe tener en la mesa de trabajo, y que diga “el lector”, que represente al lector. Que el autor tenga, cuando levanta la vista, la visión imaginaria y omnipresente del lector.

Esto es muy importante. Les puedo decir, desde el campo de las ciencias sociales, que no es solo que se escriba mal -y se escribe muy mal-, es que no se piensa en el lector. Y a veces ex profeso -por falta de rigor intelectual, porque eso denota problemas de pensamiento, de reflexión- se elude al lector. Se saltea ese filtro conceptual básico que es tratar de presentar y de defender cualquier hipótesis de una manera en que quepa en la brevedad y pueda ser entendida por alguien que no es un colega. Muchas veces, la falta de rigurosidad conceptual lleva a esas escrituras ininteligibles -para el que las hace, y ni que hablar para el que las recibe- por no pensar en el lector.

Maqui siempre fue una especie de fiscal de corte del lector. Esta figura del fiscal de corte es una figura institucional muy importante pero también muy polémica, que la Constitución señala que no está subordinada a ningún poder porque representa a la sociedad. Y ese aspecto que constitucionalmente es revolucionario no ha podido ser traducido en la realidad institucional cotidiana: de allí ese conflicto permanente que hay entre los fiscales y el poder político, que pasan los gobiernos y sigue en términos de una relación complicada.

Maqui construye su oficio representando a los lectores, representando a la comunidad interpretativa, y lo hace de manera muy exigente. No a través de esa deriva, que tanto nos preocupa, de la banalización de la escritura para que, como alguien ha dicho, los libros se puedan leer en bajada. Hace muy poco tiempo escuché que el mejor elogio a uno de los best sellers uruguayos era “este libro se lee en bajada”. Era cierto, se lee en bajada, pero la bajada no se interrumpe nunca y no diré donde termina… La reivindicación del lector no es ayudar a construir esos “libros en bajada”.

El corrector discute con el autor, pero finalmente el que decide es el autor. Está bien que así sea, porque mala cosa sería que resolviera el corrector. No lo admitiríamos. Pero buena parte del éxito de un libro está en la capacidad de negociación, en el mejor de los sentidos, entre el autor y el corrector. Esto es particularmente difícil cuando entre el autor y el corrector está la intermediación del compilador o del coordinador de libros colectivos. De esto puedo dar fe, tengo bastante experiencia y es muy complicado. Porque ahí hay como dos filtros, muy difíciles, y una interacción humana muy complicada.

Esta relación exigente y difícil entre el corrector y el autor no solamente pasa por la corrección técnica, que es muy importante; incluso podríamos abundar mucho en torno a qué podemos llamar técnico. Pero aquí la función del corrector, y en el caso de Maqui lo he visto muchas veces, va mucho más allá y forma parte de la forja de un rigor conceptual más profundo. No solamente están en juego las reglas: están en juego conceptos, y además conceptos que muchas veces no están sometidos a reglas, que tienen que ver con el rigor intelectual. Esto que en esta cultura de lo instantáneo, en esta cultura del fast, cuesta. Escribir cuesta. Hay como una idea peregrina de que escribir es un “vuelapluma”, de que es un “daimón” que de alguna manera nos aborda en un momento y que escribimos prácticamente con los ojos cerrados.

No, escribir es durísimo, la página en blanco es terrible. Y muchas veces uno está sometido a una pugna, a una lucha que exige mucho rigor y que exige dolor, por qué no decirlo. Y no es que seamos masoquistas, pero exige dolor. Para llegar a una idea, a veces hay que dar tres, cuatro, cinco, diez vueltas, y a veces uno tiene la tentación, en medio del cansancio, en medio del agobio, en medio de los plazos, de ceder. Bueno, en esos trances, Maqui nos tortura, nos pide siempre una vuelta más. Y esto es muy importante. Por eso no es solamente una corrección técnica sino también conceptual, que nos lleva a pensar con más rigor intelectual, que tiene que ver con la forma como está escrito, pero también con el contenido que se busca trasmitir.

Muchas veces decimos: “Tenemos que adaptar el contenido a una forma que nos permita llegar a más lectores”. La cuestión es que muchas veces ese objetivo depende del contenido más que de las formas. Es como cuando quieren separar la gestión de la teoría: “Tiene las ideas claras pero es mal gestor”. No, las ideas no las tiene claras, gestiona mal porque no tiene el rumbo definido. Esa muchas veces es la explicación por lo menos para la confusión. Y allí la figura del corrector, cuando trabaja como lo hace Maqui, es sumamente importante.

La corrección es hoy particularmente relevante, entre otras cosas, porque vivimos en una sociedad que no corrige. En una sociedad donde la idea de la corrección es una mala palabra. Es una sociedad en la que nadie quiere evaluar, en la que nadie quiere corregir, en la que se escribe y no se vuelve a leer lo que se escribió, en la que muchas veces el mal uso de un instrumento fantástico como el Internet nos impone atajos perezosos. Las nuevas tecnologías de información y comunicación nos permiten corregir como nunca nadie pudo hacerlo, con apertura de posibilidades que autores de siglos pasados hubiesen dado cualquier cosa por tener. Y sin embargo, esta sociedad del fast food, del instante, tiene frente a la corrección un bloqueo. La defensa de la corrección me parece un tema hasta de política cultural sumamente importante.

Y además hacerlo profesionalmente. Y en esto hay un registro que quiero destacar muy particularmente. Siempre hubo correctores, y muy buenos. A veces incluso hubo correctores que eran autores y corregían a otros, casi siempre. Sin embargo, como incorporación de un proceso de maduración y modernización de prácticas, Maqui ha protagonizado algo que yo creo que ya está instalado pero que tiene que profundizarse mucho más, que es la profesionalización, con todo lo que esto implica, del rol del corrector.

Hay un momento en que el autor no puede seguir corrigiendo lo que escribió, en que necesita una lectura externa. En ese trance, los amigos tampoco pueden ayudarlo, tampoco sus colegas, aunque puedan hacer otro tipo de contribuciones. Hay un momento en que se necesita una corrección profesional, sometida a reglas del oficio, que termine de construir, como Maqui y otros lo han hecho en el Uruguay, un oficio, como se hace en el mundo.

Tuve el honor de proponer a Maqui como merecedora de este premio. Lo hago desde una convicción profunda, y agradezco a mis queridos compañeros de la Academia que de inmediato hayan aceptado entusiastas la idea. Estoy seguro de que no me equivoco. Yo he formado la convicción de la relevancia enorme de la figura del corrector justamente a partir del trabajo que Maqui ha hecho con muchos de mis textos. Entonces, esta propuesta surge de una convicción muy formada que tiene mucho tiempo.

Y con el más que justo premio a Maqui Dutto, en la Academia queremos simbolizar la necesidad de ir a esos otros productores invisibles del libro, para que el lector conozca más, para que la comunidad interpretativa profundice en torno a lo que recibe cuando lee un libro. Para que conozca los múltiples oficios que convergen en esta tarea, que es una tarea colectiva, en la que muchas veces el que se lleva todos los honores es el autor. Allí hay actores invisibles que merecen también el reconocimiento y que más de una vez hasta podrían ser considerados como coautores de una labor que es colectiva, cada vez más colectiva.

Por eso, desde una convicción intelectual muy firme, estoy muy contento de que en esta ceremonia del Día del Libro en el año 2012 reconozcamos la figura del corrector y lo hagamos premiando a alguien como María Cristina Dutto. Muchas gracias.

                  

 

 

Heber Raviolo: Arte y oficio del corrector

Profesor de Literatura egresado del Instituto Artigas. Fundador de Ediciones de la Banda Oriental, sello que ha difundido a los grandes maestros de la literatura universal y a centenas de autores nacionales de significación, amén de las obras de otras disciplinas. Su aporte al proceso de la cultura uruguaya contemporánea es inestimable y a través de sus prólogos y estudios ha cumplido un trabajo de esclarecimiento y producción crítica, ineludibles.

 

Cuando en 1961 surgió Banda Oriental, las viejas editoriales o ya no existían o eran poco más que simples sellos. Es el caso de Barreiro o Claudio García, por ejemplo. En el caso de Banda, teníamos alguna experiencia previa: algunos de nosotros habíamos publicado durante cinco o seis números una revista de la FEUU y yo en particular había sido colaborador del grupo de la revista Asir. El primer libro que corregí fue El poeta, de Washington Benavides, del año 1959, una edición realizada en el sótano que la Comunidad del Sur tenía en la calle Tacuarembó, frente al hoy demolido Barrio Reus al Sur, el barrio Ansina.

Con estos prolegómenos estoy dando a entender que mi labor como corrector fue totalmente improvisada, sin cartilla y sin maestros, aunque, en realidad, algunos linotipistas de vieja escuela que trabajaban con Carroccio o con Deponti y Mañana y algunos otros talleres de linotipia, como el de Avenir Rossell y su compañera, me fueron dando pautas que me fueron muy útiles.

En realidad, cuando creamos la editorial -éramos doce- lo hicimos con una concepción bastante romántica, vamos a decirlo así, y teníamos muy claros los aspectos positivos que podía tener esa cruzada por la difusión del libro uruguayo a la que nos largábamos, que lo era también en buena medida por la difusión de nuestras ideas latinoamericanistas, que especificábamos en las solapas de nuestros primeros títulos. No teníamos nada claro, en cambio, las dificultades y los trabajos que nos esperaban. El tema de la corrección, por cierto, no fue uno de los menores y con él nos topamos de buenas a primeras. Lo fuimos resolviendo por el conocido método de acierto y error. No teníamos recursos para pagar un corrector de libros, pero tampoco abundaban por ese entonces, si es que los había, correctores mínimamente profesionales y si mirábamos las ediciones de Claudio García, por ejemplo, no se caracterizaban por su pulcritud. Empezamos con una solución casi demencial: éramos doce, como ya lo dije, y se nos ocurrió formar tres o cuatro parejas de correctores: uno leía el original en voz alta y el otro iba corrigiendo el texto. Los resultados fueron funestos y hubieran llegado a catastróficos si no hubiera salido al descubierto, en esas circunstancias, mi maniática preocupación por todo lo que hacían los demás, que me llevó, sin que nadie me lo pidiera, a hacer una última lectura y corrección de todos los textos. Y es curioso: ahora me doy cuenta, haciendo estas reflexiones, de que, en buena medida, en aquel grupo de origen y concepción bastante anarca que era Banda Oriental, yo terminé siendo su director porque primero fui, sin que nadie me designara para esa tarea ni yo mismo tuviera conciencia plena de ello, su corrector. Como quien dice: toda la responsabilidad -o, si alguno gusta, todo el poder- al que empezó a tener en sus manos la responsabilidad del cuidado de los libros antes de entrar en prensa.

Por supuesto que mi formación en los cursos de literatura del IPA contribuyó en buena medida a todo eso, y así se fue forjando a través de medio siglo mi oficio de corrector, si ustedes quieren un tanto clandestino, porque siempre estuvo en primer plano mi condición de director de la editorial.

Supongo que, en la brevedad pedida para estas tres intervenciones, no me corresponde entrar en detalles que podrían resultar plomizos, pero tal vez ciertos hechos puntuales, si se quiere anecdóticos, puedan ir dando una idea de algunos de mis avatares en la tarea de corrección. Sin duda que uno de sus aspectos más delicados es el de la relación corrector-autor. No es nada sencilla, porque en ese tema se dan todos los extremos: desde el autor que se desentiende por completo de su texto una vez que entrega los originales y no quiere ni mirar las pruebas, hasta el súper minucioso, que se puede poner a discutir hasta los puntos y las comas. Entre ambos extremos, todas las gradaciones posibles, que a veces requieren del corrector una particular perspicacia psicológica, si no quiere pisar en falso. Por otra parte, es fácil comprender que no es lo mismo tener entre las manos el texto de un historiador, un novelista, un poeta, un sociólogo o un científico. Hay que tener muy claro, con cada uno, hasta donde se debe ir, pero no vamos a entrar en semejantes laberintos.

Me voy a limitar al respecto a contarles una anécdota y a leerles un texto de un autor y amigo muy querido, que estuvo integrado hasta su muerte a la mejor historia de Banda Oriental. Es algo que tenía olvidado y me volvió a la memoria de pura casualidad, cuando estaba pensando de qué diablos iba a hablar hoy, a raíz de un comentario que me hizo una compañera de la editorial a propósito del uso y abuso del pronombre enclítico en el siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX. Me vino a la memoria entonces un inesperado encontronazo que tuve, hace como 35 años si los cálculos no me fallan, con Alfredo Castellanos: profesor, historiador, último director del IPA antes de ser intervenido por la dictadura y uno de los amigos más maravillosos que pisó la editorial. También era autor, por supuesto, y cuando hoy leo la “cartilla” que me envió me doy cuenta de que no debí haber calculado bien hasta donde podían llegar mis prerrogativas de corrector, en este caso. Es de señalar la fineza del gesto de enviarnos esa cartilla en quien iba prácticamente todas las semanas por la editorial, y siguió yendo. Pero cuando inopinadamente se puede desempolvar un documento así, lo mejor es leerlo:

 

 

CARTILLA A MI SEVERO CORRECTOR

 

1)    La rectificación indiscriminada del sufijo “se”, forma reflexiva del pronombre personal de 3ª. persona, como partícula enclítica pospuesta al verbo, aparte de su impropiedad es una desconsideración para con el estilo o modo de escribir del autor.

Según “autoridades” consultadas dicha forma de empleo es absolutamente apropiada cuando la acción se refiere a personas (no a cosas); así es totalmente correcto decir que Fulano de Tal alistóse en filas del ejército cual, púsose en marcha con él, hallóse en tal batalla, vióse envuelto en la derrota, retiróse, etc. etc. (Claro está que no todas estas formas en una misma frase, que aquí se compone a vía de ejemplo…).

En cambio es incorrecto decir: desatóse una tormenta, desplomóse el techo, disparóse el caballo, etc., etc. El autor incurrió, efectivamente, en este último error, pero su meticuloso corrector incurrió más frecuentemente en el primero en su empeño por cambiar indiscriminadamente todas aquellas formas gramaticales. (Menudo trabajo habría tenido, salvas las distancias, si hubiera debido corregir las “pruebas” del Quijote…).

 

2)    No se justifican ni tampoco se explican los cambios hechos por el corrector de “además” por “a más” (pág. 29), “injerencia” por “ingerencia” (pág. 39) y “excusa” por “excusación” (pág. 99), siendo en este último caso más apropiada la forma original que la sustitutiva…

 

3)    Tampoco se explican ni justifican la supresión de los párrafos finales relativos a las muertes de Lavalleja y de Rivera (pág. 1), imágenes literarias ni mejores ni peores que algunas leídas en otros textos de esta colección…

El autor no se paga de ellas, pero considera que debieron ser mantenidas por respeto a su “estilo” (¿), no siendo ni chabacanas, ni cursis ni inapropiadas “literariamente”.

Lo mismo puede decirse de la supresión del símil del cónsul romano Fabio (pág. 47), ¿acaso por exceso de erudición para con el lector “liso y llano”…?

 

4)    Respecto a la supresión del cuento “El primer suplicio” de Acevedo Díaz, sin compartir las razones que le fueron dadas para ello, el autor reconoce su error en el título (que tenía fichado correctamente), y está dispuesto a pagar la apuesta perdida de una “vuelta” de grapa para todo el clan ejecutivo de Banda Oriental.

 

C.

 

________________________

 

Para terminar, porque el tiempo apremia, me voy a limitar a hacer algunas consideraciones sobre una clase particular de problemas que se le pueden plantear al corrector. Me refiero a las traducciones. Tenía anotados por aquí cuatro o cinco casos entre los muchos con los que me topé, pero solo voy a hacer algunas consideraciones generales y a poner un ejemplo. Una conclusión a la que he llegado es que el hecho de que la traducción aparezca con firma y apellido del traductor y respaldada por una editorial prestigiosa no ofrece ninguna garantía. No me refiero al caso de textos torpemente escritos pero razonablemente fieles, o al caso contrario, muy bien escritos pero irrespetuosos de la literalidad, sino a errores garrafales, que muchas veces saltan a la vista sin necesidad de leer el original. Para ponerlos “en situación” y terminar rápidamente, les voy a contar un caso que se me planteó hace dos o tres años.

Cuando publiqué en la colección Lectores de Banda Oriental una selección de textos de Washington Irving (W.I.: Rip Van Winkle y otras leyendas de la antigua Nueva York, Montevideo, junio de 2009) me encontré con una vieja traducción de “Rip Van Winkle” y de “La leyenda del valle encantado”, publicada en el año 1920, en Nueva York, por Doubledey, Page & Company. El nombre de la traductora, cuando pensé en aquella época de traductores españoles más bien ampulosos, no era tranquilizador: doña Carmen Torres Calderón de Pinillos. Sin embargo, al cotejar su traducción con el texto inglés, la versión resultó muy fiel y fluida, más allá de algún esporádico término envejecido, propio de la época, fácilmente corregible. Pero de pronto me acordé de que disponía de una versión mucho más moderna: la publicada por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en una Antología del cuento norteamericano seleccionada y prologada por el gran novelista Richard Ford y presentada por Carlos Fuentes. Es un tomo de casi 1300 páginas con excelente encuadernación, tapa dura, papel biblia (o algo similar), publicado en el año 2001. Una joyita de la biblioteca. Miré el nombre del traductor, a quien no vale la pena nombrar si es que existe, y cuando me puse a leerlo caí de inmediato en la cuenta de que era el mismo texto de doña Carmen, párrafo a párrafo, sin la menor variante sintáctica y con algunas esporádicas correcciones de vocablos. El tomo lo sigo considerando una joyita -después de todo, la traducción era buena- pero no deja de inquietarme cuando pienso en cuál puede ser el origen de las más de 60 traducciones que contiene.

 

 

 

María Cristina Dutto: Palabras de agradecimiento

 

Muchas gracias a la Academia por este reconocimiento y a Gerardo por la iniciativa y por sus palabras. Con independencia de que la placa tenga mi nombre, me parece justo que, cuando se trata de libros, alguna vez se ponga el foco en la cocina de la edición. Porque es común esa idea, que comentaba Adolfo, de que los libros se hacen solos, o de que la edición es una especie de caño entre el autor y la imprenta donde no ocurre gran cosa. Y según el libro -porque hay libros en que se elabora más y otros en que se elabora menos-, en ese espacio pueden llegar a ocurrir muchas cosas, y el original puede adquirir mucho valor nuevo en el proceso de edición. No solo por el trabajo del corrector, sino también por el trabajo de edición y de diseño, y muchas veces porque también participan ilustradores, fotógrafos, cartógrafos, un montón de gente que suele ser poco visible.

Ahora, en el caso de la corrección me parece que no solo el corrector es poco visible porque normalmente no está expuesto, sino que además el trabajo en sí es invisible cuando está bien hecho. Vos abrís un libro y si te acordás del corrector es porque encontraste una errata, porque encontraste un error, porque encontraste algo que se le pasó o en que se equivocó, que hizo mal o que no hizo. Pero el trabajo que está bien hecho -que podría ser el noventa y nueve y medio por ciento de lo que había para subsanar-, ese se diluye en la obra y se vuelve indistinguible. Me parece que es otro factor de invisibilidad. No es que la gente sea ingrata y no se fije en los que trabajan en la trastienda, sino que hacemos un trabajo que de verdad, cuando se hace bien, no se puede ver. O sea que no es oficio para el que tiene vocación de famoso.

El del corrector es un oficio viejísimo, como decía Gerardo. Incluso es anterior a la imprenta y es anterior al libro, al códice. Cuando se escribía en rollos ya había correctores. Pero el corrector moderno, el contemporáneo a la imprenta, tuvo durante quinientos años una función primordial, más allá de corregir algunos errores que pudiera tener el original. Esa función era verificar la correspondencia entre lo que decía el original y lo que en la imprenta se componía para imprimir. Porque el original del autor, que en el siglo XX se entregaba escrito a máquina y antes escrito a mano, debía ser compuesto en tipos de plomo para poder imprimirse, y en ese proceso se cometían errores: se salteaba texto, se repetía texto, se incorporaban erratas. Entonces el papel del corrector consistía principalmente en corroborar que la composición coincidiera con el original y en marcar los errores para subsanarlos.

En los años ochenta, con la revolución tecnológica, con la irrupción de la informática en todo el proceso de edición, esa figura perdió razón de ser. Ustedes y todos saben que hoy el borrador que un autor empieza a escribir en su casa, después de sucesivas transformaciones, importaciones, pasar a otros programas, etcétera, se convierte en un PDF que termina en las chapas de ófset con las cuales se imprimen los libros. O sea que es un mismo texto que se va procesando, se va ajustando y finalmente termina en la máquina de imprenta.

Una de las consecuencias de esta transformación fue que dejaron de existir los mecanógrafos. Fue un pequeño -en dimensiones- drama social en el sector: un montón de gente que se quedó sin trabajo en los años ochenta o noventa porque su función había desaparecido. Y con el corrector podría haber pasado lo mismo: dado que todo el proceso se hace con el archivo que entrega el autor, el corrector podría haberse vuelto innecesario. Pero la revolución tecnológica produjo tantos cambios en el sector editorial que creó la necesidad de una figura nueva, que a mi juicio solo puede ser el corrector. Un corrector distinto, que hoy tiene otros requerimientos, otras exigencias, otras funciones que cumplir.

Con las nuevas tecnologías el proceso editorial se abrevió y se abarató muchísimo. Antes para publicar un libro había que ser rico o famoso, o ambas cosas; si no, era muy difícil llegar a ser publicado, por mejor calidad que tuviera la obra. Hoy la gente dice: “Ahora publica cualquiera”, y en parte es cierto, y en parte es bueno, porque la publicación se ha democratizado. Tiene también sus contras; por ejemplo, se pierden, o se pueden perder, algunos saberes del oficio, en la medida en que la producción de libros se facilita mucho y puede hacerla gente que no conoce la materia. Pero en principio es una buena noticia para todos que publicar sea mucho más accesible.

Esas facilidades han generado una gigantesca sobreproducción editorial. Por lo menos hasta la crisis del 2008 en los países centrales, en el mundo se venía publicando cada año más que el anterior, incluso en papel y pese a la publicación digital. Cada año se publicaba más y se vendía más también, pero se publicaba más de lo que se vendía y eso creaba diversos problemas (entre otras cosas, muchísimos libros terminaban destruyéndose). En este momento hay una crisis descomunal en el sector editorial del primer mundo que veremos cómo se decanta.

Esa sobreproducción de las últimas décadas tiene algunas características generales; por ejemplo, los libros que llamamos de literatura -es decir, ficción, cuentos y novelas- estaban siendo una proporción cada vez menor. Quizá se publicara más narrativa que el año anterior, pero en el conjunto aumentaba más todo lo que es no ficción. Me refiero a libros de texto, libros académicos, libros técnicos, libros de divulgación científica, libros prácticos, de cocina, de autoayuda, manuales… Los géneros no literarios son los que realmente han crecido más en estos últimos años.

Y otra característica es que muchos de estos libros no son producidos por editoriales -considerando la editorial como empresa especializada en la producción de libros-, sino muchas veces por instituciones, universidades, fundaciones, ONG, empresas públicas y privadas… En la medida en que publicar se hizo accesible, se hizo accesible para todo el mundo.

Una característica de esa nueva producción bibliográfica es que la mayor parte, la inmensa mayor parte de esos libros están escritos por no escritores. Con esto quiero decir que los autores no son expertos en escribir, lo cual no significa que escriban mal. Algunos escriben muy mal, otros escriben muy bien y la mayoría escribe más o menos, pero es gente que no escribe por vocación, ni por placer, ni porque sienta un llamado, ni porque se haya especializado en eso, sino porque es profesional en algo, especialista en algo, ha investigado algo y quiere comunicar contenidos. Usa la escritura como herramienta.

Me parece que ese panorama abre un espacio nuevo y muy importante para el corrector, que es el ser auxiliar o colaborador estrecho del autor para que ese libro llegue al lector de la mejor manera posible. Y eso incluye lo que es lingüístico y lo que no es lingüístico también. Gerardo hablaba de algunas de estas cosas. Porque uno podría decir: “Bueno, aquí hay tareas que no le corresponden al corrector; tendría que haber un revisor de contenido, tendría que haber un editor que se sumergiera en el texto…”; pero en la industria editorial uruguaya eso es imposible por razones de estructura de costos. Tenemos un mercado muy chiquito, tirajes muy chiquitos, costos fijos muy altos, entonces en la mayoría de los casos no se va a contratar a nadie más. Y queda allí un espacio que si no lo ocupa el corrector va a quedar vacío.

Para ser corrector hay requisitos de competencia técnica. Un corrector tiene que saber de ortografía, tiene que saber de gramática, tiene que saber de normativa, tiene que estar actualizado. Tiene que saber de ortotipografía, que es una materia delicada prácticamente exclusiva del corrector, porque casi nadie más sabe de eso, pero que a mi juicio es la marca de la corrección profesional. Uno va a una librería, abre una novela cualquiera, sin leer nada, se fija en cómo está armado un diálogo, qué rayas (guiones largos) se usaron y cómo se colocaron, y con eso sabe si ese libro fue profesionalmente editado o no. Ese tipo de detalles hace la diferencia entre una edición cuidada y una edición chapucera. La ortotipografía es uno de mis cariños, como ya se habrán dado cuenta.

Entonces tenemos, por un lado, lo que serían las competencias técnicas, y por otro lado considero que hay cuestiones de actitud, a las que apuntaba Gerardo con eso de que el corrector es el fiscal. Antes de escucharlo yo prefería considerarme defensora: “Soy la defensora del lector y tengo que pescar todas las posibles debilidades de este libro. No solo los errores y erratas, sino todo lo que pueda ser una debilidad subsanable antes de que llegue a la imprenta y a las manos del lector”. Ahí por supuesto no hay fórmulas, porque uno nunca puede pescar todo. No hay métodos. Siempre se pueden escapar cosas importantes. Pero por lo menos se trata de hacer todo lo posible.

Creo que en la actitud hay dos errores extremos. Uno es trabajar a reglamento. Decir: “Ay, bueno, yo qué sé, acá el tipo puso que Artigas murió en 1950, pero corregir la información no me corresponde”. Estrictamente es cierto que al corrector no lo contratan para corregir la información, que esa es responsabilidad del autor. Pero si vos pescás un error de fecha lo tenés que corregir, porque hay un compromiso con el resultado también. El corrector es uno de los hacedores del libro y debe tener un compromiso con el resultado.

También hay que andar con pies de plomo, por supuesto, porque eso de Artigas muriendo en 1950 es claro, pero a veces uno encuentra cosas que no son claras, que son dudosas. “Acá puso Rivera y me parece que quiso decir Oribe”. A los autores les pasa eso. Así como las madres se confunden los nombres de los hijos, los autores también se confunden los nombres de los personajes, pero ahí obviamente tenés que marcar y consultar; no te vas a jugar a cambiar Rivera por Oribe porque podés hacer una calamidad.

Un extremo entonces es ese, el de la actitud del trabajo a reglamento, porque va a dejar un vacío que para el libro puede ser funesto. Nadie más va a volver a leer ese texto antes de que salga publicado.

El otro extremo es el del corrector con vocación de autor, ese que cambia porque así le gusta más. El libro es del autor. Si se genera un conflicto con el corrector y no hay acuerdo, gana el autor. Autor mata corrector. Eso es algo que tiene que estar claro siempre, porque conflictos hay a cada rato. Uno puede proponer cualquier cosa que a su juicio signifique una mejora, pero toda propuesta tiene que tener fundamento. Si el autor puso “y siguió andando”, yo no puedo poner “y continuó caminando” porque me gusta más. Sin embargo, a veces esas cosas se hacen. Todo cambio, toda sugerencia, toda propuesta o reclamo de ajuste tiene que ser justificable, argumentable.

 

Tendría mucho más para decir sobre un oficio que me parece hermoso, pero quiero terminar con algunos agradecimientos.

Soy una persona muy afortunada. Tengo la fortuna de haber nacido donde nací, de tener la familia que tengo, la hija que tengo, el novio que eligió mi hija, muchos amigos, algunos de los cuales están por aquí y son amigos de distintos momentos, de distintos ámbitos. A cada uno tengo muchísimo para agradecerle, cosa que no voy a hacer ahora.

Pero ustedes saben que como correctora soy autodidacta, que según el diccionario significa “que se instruye a sí mismo”. Eso en mi caso es una gran injusticia porque no me instruí a mi misma sino que me formé, si quieren, de una manera no sistemática, pero gracias a la generosidad intelectual de un montón de gente a la que conozco personalmente, a la que no conozco personalmente, que escribió libros, que trabajó conmigo, que me enseñó mano a mano, que me enseñó en foros de Internet… Hay una enorme generosidad intelectual de la que me siento absolutamente deudora.

Y de todo eso quiero nombrar un par de lugares de trabajo donde empecé a descubrirme como correctora y a formarme en esa línea, que fueron el CLAEH y Productora Editorial, que es lo mismo que decir Ariel Collazo (h).

Quiero agradecer a Silvana Tanzi, con quien construimos un espacio particular que es el de los talleres de escritura no literaria, muy nutrido de la experiencia de la corrección, y también a Silvia Soler, que después se sumó a nosotras e hicimos un librito que se publicó hace unos tres años.

También a los colegas correctores, de los cuales en el trabajo conjunto, en el diálogo y en el intercambio sigo aprendiendo muchísimo. Y entre todos ellos, que son muchos, quiero mencionar a Alejandro Coto, a Pilar Chargoñia, a Majo Caramés y a María Lila Ltaif, con quienes comparto las vicisitudes profesionales y también personales de todos los días.

Y por último quiero agradecer a tres maestros maravillosos que he tenido, a uno de los cuales no conozco personalmente. Ser alumna de Patricia Piccolini y de Marcela Castro en el Diploma en Edición me significó redescubrir el mundo de los libros y encantarme con él cuando ya era una correctora veterana, así que les agradezco en el alma. Y finalmente a don Pepe Martínez de Sousa, un autor monumental con el cual, como creo que cualquier corrector de habla hispana, tengo una deuda impagable.

 

Gracias a todos. Gracias.

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2011

 

BIBLIOTECA NACIONAL

 

De la casa de las palabras a la casa de los libros. Ricardo Pallares

 

Este año con motivo de la celebración del Día del Libro, la Academia resolvió unánimemente otorgar su distinción a la Biblioteca Nacional.

Sabido es que en nuestro país celebramos el día de referencia el 26 de mayo de cada año, aniversario de la primera biblioteca pública durante el gobierno artiguista.

Estamos reunidos aquí para la ceremonia de entrega al director de la placa artística que materializa la distinción, porque es quien representa a la institución, al personal y los colaboradores que trabajan en ella.

Es una circunstancia particularmente feliz porque la Academia adoptó la resolución que comentamos y venimos a cumplir, teniendo en cuanta el valor de la Biblioteca Nacional en las representaciones e imaginario cultural nacional, y muy especialmente teniendo en cuenta el momento por el cual atraviesa. En efecto, asistimos a un proceso de modernización y adecuación funcional de la Biblioteca según los nuevos conceptos bibliotecológicos e instrumentales, para lo cual reacondiciona sus servicios, digitaliza progresivamente su acervo, diversifica sus prestaciones e incluye servicios en línea, mejora su acompañamiento del hacer cultural y logra enviar en tiempo y forma los libros que los lectores solicitan en préstamo, a todos los sitios del país.

Casi en paralelo pero con otro tempo la Academia trabaja desde hace años para vincular el conocimiento de la lengua, de las letras y las transformaciones que ellas experimentan de continuo, con sus actores y con las instituciones próximas y afines. Es así que nos mancomuna un Convenio de complementación, suscrito unos años atrás, mediante el cual la Academia y la Biblioteca han emprendido pequeñas acciones integradoras capaces de sumar para que los aportes adquieran más significatividad.

De manera que ambas instituciones llevan adelante una política de descentralización y de fortalecimiento de los vínculos con el medio social y cultural, capaces de proyectarlas superando aislamientos.

Nadie ignora los claros y lúcidos conceptos de José Artigas en el mensaje que dirige para la creación de la primera biblioteca pública. Entre ellos hay un giro particularmente expresivo, creo recordar, en el que afirma conocer los beneficios de una biblioteca, con el cuan centra el asunto de lo que se proyecta fundar en los superiores fines sociales y culturales teniendo en cuenta al futuro en ciernes. Y eso no sin humildad porque quien expresa conocer algo no necesariamente lo sabe por experiencia fehacientemente vivida. Sea como fuere, el interés elevado y la serena sabiduría tienen la fuerza de lo fundacional.

Desde aquella iniciativa y desde la Oración Inaugural de Dámaso A. Larrañaga hasta nuestros días, esta Biblioteca acompaña el proceso del país y se consolida como reservorio que asiste a estudiantes y estudiosos, a investigadores, a ciudadanos del país y del mundo.

Hoy venimos desde la casa de las letras a esta casa de los libros con el propósito de distinguirla en el Día que más le concierne, no solo a reconocer su mérito con el símbolo honorífico de esta placa artística, sino también para elogiarla por su participación protagónica e indiscutible en la aventura fascinante e inconclusa en el inagotable universo líquido de los lenguajes.

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2010

 

 

Presentación de Carlos Palleiro por Gabriel Peluffo

 

Agradezco a las autoridades de nuestra Academia Nacional de Letras haberme encomendado la grata tarea de presentar, muy brevemente, a este lúcido y lúdico gladiador del arte gráfico, que es Carlos Palleiro.

Un uruguayo mexicano, latinoamericano, motivador de generosas amistades y del reconocimiento profundo a su trabajo tanto en Uruguay como en el extranjero; pero, sobre todo, creador en buena medida de lo que fue la poética visual de la gráfica editorial uruguaya en los aún candentes años sesenta y setenta del pasado siglo.

Palleiro dejó Uruguay en 1976, expulsado por el clima amenazante de la dictadura. Sus primeras experiencias de diseño gráfico comienzan once años antes, en lo que podríamos llamar, valga la redundancia, la campaña de Campaña. Porque Carlos comenzó como colaborador de José María Campaña, encargado de la campaña política del Partido Comunista. Allí encuentra un núcleo de artistas provenientes de diversas formaciones en el campo de la imagen, que convergen hacia un debate de ideas en torno a las nuevas estrategias del diseño gráfico, alentados por el formidable potencial creativo y receptivo de las clases medias urbanas, por el crecimiento de la industria editorial en todos los frentes y, en definitiva, por las urgentes necesidades de comunicación social generadas en el contexto cultural y político de la época. En ese grupo tallaban figuras como Manuel Espínola Gómez, ingenioso hidalgo que aparte de su labor como pintor, experimentó con el cartel cultural, con el afiche político, con la ingeniería urbana de arquitecturas efímeras para actos partidarios; Pacho Ayax Barnes, amigo y maestro de Palleiro; Jorge Carrozzino (para quien Palleiro diseñará un cartel dedicado a su exposición póstuma, en 1992); el inefable ilustrador Carlos Pieri; Leonilda González, la personificación institucional del Club de Grabado, y también aquel bohemio modelador de sueños que fue Armando González, Gonzalito. Me olvido de muchos, pero no quiero dejar de evocar al finísimo dibujante Luis Pollini y sus trasnoches de periodista a pie de máquina en la calle Justicia; así como a los artistas Luis Arbondo, Eugenio Darnet, Anhelo Hernández, que junto a otros ya nombrados constituían, en 1971, un equipo con sede en el local de Plaza Zabala donde estuvo la legendaria imprenta AS, temprana emprendedora de la inventiva gráfica uruguaya.

Quiero decir con esto que Palleiro se nutrió naturalmente de ese terreno propicio para la germinación vigorosa de su trazo. Él es también uno de los hijos de aquel clima “sesentista” poblado de optimismos y de urgencias que en el arte aunaba elementos aparentemente paradójicos, como eran, por un lado, el tono algo introvertido y escéptico, velado por un existencialismo de café, que acompañó a la pintura llamada “informalista” y a los cultivadores del “monstruismo” desde principios de los años sesenta, y, por otro, la pronta asimilación de nuevas aperturas hacia inesperadas formas de realismo, detrás de las que palpitaba no solamente el legado político del arte moderno, sino el espíritu crítico y renovador de una juventud jouissant, encandilada, seducida por los Beatles y el por art, que se enfrentaba también a la Guerra de Viet Nam, a la muerte de Guevara y a una costosa utopía latinoamericanista.

Desde sus primeros trabajos Palleiro rinde cuentas, en su propio estilo, de ese doble sentido de la imagen. Contenida y lírica; pero al mismo tiempo con humor transgresor, vociferante. Por un lado blindada, aguerrida, y por otro alegremente vital, provista de un candor que no es ingenuidad. Algo que reconocerá más tarde su amigo mexicano Alejandro Magallanes al decir: “Carlos combina el pesimismo y la ternura, el humor negro y la alegría, igual que Mafalda”.

 

Sus carátulas para libros de editoras uruguayas como Arca, Banda Oriental, Calicanto, sus tapas para editoriales discográficas como Clave, Orfeo, Sondor, entre otras, y su selecto afichismo político del que no se puede dejar de recordar el escandaloso retrato sicodélico de Lenin, contribuyeron decisivamente a la configuración de un estilo en la gráfica editorial uruguaya, estilo que aprendimos a incorporar como carácter definitorio de nuestro paisaje visual, relacionado con las industrias culturales al despuntar los años setenta.

El portentoso universo imaginario de Palleiro, se prolonga y madura cabalmente en los trabajos que realiza en México, donde extiende sus don de colorista hasta el barroco radical (y tropical) que florece, por ejemplo, en las portadas para las obras completas de Alejo Carpentier, editadas por Siglo XXI. Pero no solamente ejerció como portadista para muchísimas editoriales con sede en ese país, entre ellas algunas tan prestigiosas como Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI-más tarde también lo hará para Planeta y Alfaguara/Aguilar, entre otras-, sino que fue cartelista de las Jornadas de la Cultura Uruguaya en el Exilio y del Teatro El Galpón hasta 1984, para situarse como uno de los más relevantes comunicadores visuales de esa trama compleja que fue la cultura de la diáspora uruguaya durante más de una década.

Más allá de la avidez experimental desarrollada como artista, que le lleva a transitar desde las técnicas meramente manuales hasta la imagen digital, pasando por la química fotográfica, quisiera destacar ahora un aspecto que me parece más esencial, y es la persistencia obstinada a lo largo de su trayectoria de una actitud analítica y conceptual aplicada al diseño gráfico. En México se ha reflexionado en torno al aparente dualismo entre Palleiro ilustrador y Palleiro diseñador. Pero más que proseguir esas disquisiciones, prefiero hablar aquí de Carlos Palleiro como intérprete gráfico. Es esta capacidad de síntesis para definir la idea a través de una relación precisa entre texto e imagen introduciendo reflexiones y preguntas, la clave del Palleiro intérprete de la realidad de su tiempo. Si es, y nadie puede negarlo, un creador de imágenes políticas, es además, y sobre todo, un vidente de la política de las imágenes, es decir, del poder significante y estratégico que ellas adquieren al convertirse en signos portadores de ideas. Y como él es un consecuente labrador de las ideas, sus imágenes tienen en común no sólo la matizada fuerza del estilo formal, sino, esencialmente, el persuasivo trasfondo ético que las une y que parece otorgar inextinguible vigencia a las metáforas humanistas de la modernidad que alimentaron también el dibujo checo, el afichismo polaco, y el cartel cubano a fines de los años setenta.

Palleiro ha demostrado ser, desde su lugar como intérprete gráfico, un inteligente surtidor de ideas y un fino zurcidor de tiempos históricos.

Por lo demás, de su lugar como surtidor y zurcidor de afectos nos habla de manera elocuente esta nutrida concurrencia de entrañables amigos que él ha sido capaz de convocar hoy, cuando la Academia Nacional de Letras ha dispuesto distinguirlo por su aporte al libro, más allá de fronteras nacionales.

 

TESTIMONIO CARLOS PALLEIRO

 

Señores de la Academia Nacional de Letras de Uruguay,

 

Muchas gracias por la distinción, honor y compromiso que conlleva recibir este reconocimiento por mi contribución a la difusión del libro.

 

Amigas y amigos, señoras y señores:

 

Hoy, 26 de mayo de 2010, Día Nacional del Libro, agradezco su presencia por estar conmigo para que seamos copartícipes del premio con que me distinguen.

 

Quiero dedicarle este premio a Anhelo Hernández, notable amigo, notable ser humano, maestro de maestros.

 

Quiero contarles algunos recuerdos sobre él que se acumularon durante 48 años. En aquella época Anhelo no era el Gran Anhelo, era el papá de Moriana.

 

Un día de 1966, en plena campaña electoral, Anhelo apareció en el taller de propaganda de la calle Justicia, blandiendo su compás áureo: Instrumento mágico y misterioso. Ni idea de qué era eso y menos de los pases raros que Anhelo hacía con él. Ese día me dije que yo tenía que tener un compás como ése. Dos años después hice realidad ese sueño, y de ahí en adelante, el compás y la sección áurea me acompañan en toda mi actividad plástica y docente.

 

Otro recuerdo, más cercano, de hace dos o tres años, cuando lo visité para mostrarle mis bichos de Animalerías, y él a su vez me mostró lo que estaba haciendo con técnicas digitales: ¿Anhelo, El Maestro, con técnicas digitales? Dibujaba con una tableta digital e imprimía sus grabados en gran tamaño. Le pregunto: Che, Anhelo ¿pero eso, sigue siendo un objeto artístico? Y me contestó. Dejate de joder, todo se vale. Y me dejó pasmado y tranquilo.

Le dije entonces: Gracias, y le digo ahora, gracias Anhelo.

 

Quien me introdujo en este mundo maravilloso de los libros y de lo editorial fue Beto Oreggioni, notable editor, gran ser humano y gran amigo. Hacer las portadas de Arca Editorial fue tremendo paquete que yo, en esa época, no era consciente de lo que significaba para la cultura uruguaya; era un joven irreverente y desfachatado, eso sí, muy entusiasta. Bajo la dirección de Beto hicimos muchas cosas, creo que buenas. Gracias Padrino.

 

Ustedes disculpen, pero tengo que seguir nombrando gente culpables que yo hoy esté ante ustedes aburriéndolos con tantos recuerdos. Espero que este discurso no sea un pase de lista:

 

No lo vieron a Molina que no pisa más el bar.

 

Mis maestros: Primero José María Campaña, El canario.

  Che, Campaña, yo quiero ser afichista, le dije. Entonces año 64-65, me puso una ramita con un limón, y dale a dibujar. Yo me preguntaba qué tendrá que ver ese limón con ser afichista como el Pacho Barnes, Carlos Pieri, Menchi Sábat, Cholo Loureiro, Antonio Pezzino, el equipo AS o como el mismo Carrozzino, mis dioses. Pero perseveré. En el taller de Justicia, lo mismo barría, que dibujaba o ayudaba con los diseños de otro grande, Rímer Cardillo.

 

Campaña me presentó con Barnes para que siguiera mi aprendizaje. Aprendí todo lo que fui capaz. Él con una generosidad y paciencia enormes, me condujo por los caminos del buen diseño.

 

El Pacho me relevó el magenta y su maridaje con el naranja, también la relación incestuosa que mantenían el verde azul con el azul cian (creo que aún son pareja). Con Barnes había que dibujar en serio pero siempre con mucho humor. Pero más que nada, había que pensar. Desde que empecé con esto, que antes no se llamaba Diseño gráfico, lo más importante, lo que definía todo, era y es la idea, las ideas y las palabras. Y, el rigor y el compromiso.

De ahí en adelante muchos proyectos, y la campaña del 71.

En 1976 ya en el exilio, en Buenos Aires, mi familia y yo, nos fuimos a México como refugiados de la ONU. Él con Beatríz Doumerc y sus hijos partieron para Brescia, Italia, después que la triple AAA los amenazara por haber ganado el Premio Casa de las Américas en Cuba.

 

No puedo dejar de mencionar que estuve tiempo como aprendiz del Vasco Aizaguer, viejo propagandista, haciendo pintadas profesionales en los muros de Montevideo.

 

Y tampoco puedo olvidarme de Ema Massera quien me enseñó, un domingo de junio de 1962, en Canelones 1435, lo más elemental de las letras: con un rectángulo de tres cuadrados de base por cinco de alto, se pueden hacer todas las letras, todos los números y todos los símbolos. Con eso escribí: FAE, Frente de Avanzada Estudiantil del Liceo Nocturo 1, glorioso.

 

Tres por cinco, fácil como una milonga o un cielito o la vida. Las letras y luego las palabras, y las palabras son ideas, y son canciones y son libros.

 

Hago libros, portadas de libros e interiores de libros. El diseño editorial es una rama interminable del diseño gráfico. Cuando pensamos en diseño editorial, pensamos en comunicación, en medios que usamos para imprimir y llevar noticias, ideas, verdades, mentiras, propaganda, publicidad, conocimientos, ciencia, descubrimientos, esperanzas, poesía, sentimientos, emociones, color, dibujos, fotos, grabados, ilustraciones, recetas culinarias, chistes, caricaturas, humor. Nos llegan diarios, periódicos, folletos, libros, que nos hacen pensar, soñar, divagar, sentir, emocionar, enojar, disgustar, gustar, reír, gozar. Pero que siempre nos alcanzan una herramienta para estar con nosotros mismos.

 

Libros hay para todos los gustos y de todo tipo:

Novelas, cuentos, ensayos, libros de divulgación, de superación personal, de poesía, de arte, de fotos, de arquitectura, libros para niños, libros de diseño, de ciencias, de ciencia política, de ciencias sociales, de matemáticas, de física, de química, diccionarios, cancioneros, libros de filosofía, de sicología, de historia, de ciencia ficción, de ecología, de astrología, de astronomía, de ciencias ocultas, de música, de parasicología, de humor, de religión, de agricultura, de cocina tailandesa. ¿De qué no hay libros?

 

Libros hay de todos los tamaños tanto de medidas como de cantidad de páginas: cuadrados, verticales, apaisados, chicos, grandes, muy grandes, gordos, flacos, finitos, gruesos, viejos, muy viejos, nuevos, pesados, insoportables, livianos, rojos, negros, amarillos, magentas, naranjas, azules, verdes, grises.

 

En fin, hay libros de todos los temas, de todos los tamaños, de todas las edades, de todos los colores.

 

Entonces ante esta vastedad ¿cómo diseñar un libro?

 

Los diseñadores nos enfrentamos a un sinfín de posibilidades sobre las que tenemos que decidir y diseñar.

Quién nos pide el trabajo, qué editorial, de qué es el libro, para qué, para quién, el tiraje, intenciones, colección, tipo de papel, tamaño, cantidad de páginas, autor, si lo conocemos, qué escribe, qué ha publicado, si vive, etcétera.

 

El tamaño: En general se trata de diseñar de acuerdo a los formatos de papeles de plaza para que no haya desperdicio. Luego definir si es vertical, apaisado, cuadrado, tener en cuenta la cantidad de páginas, porque si es poco texto y elegimos un tamaño grande, el libro va a quedar finito, y si es al revés, quedará un ladrillo. Para eso se hace un domi que se ve con el editor.

 

La caja tipográfica: medianiles iguales o áureos, el famoso diseño de Leonardo de 1 cabeza, 2 boca, 3 pie y 4 lomo, de acuerdo a las manecillas del reloj o al revés. La caja centrada, cargada a la izquierda o a la derecha, hacia arriba o hacia abajo, áurea, a tercios, una columna, dos o tres, parejas o desparejas. Diseño en espejo non y par o iguales.

 

Los tipos: con patín o serif, de palo seco, clásica, nueva, ver el rendimiento o escape. Dicen más legible con patín. ¿será? Depende de muchos factores: el ojo de la letra, el ancho de la línea, la interlinea, etcétera. Luego definir el cuerpo del texto, la interlínea, ínter párrafos en general, no. Notas al pie o al final del capítulo o del libro. Sangría, bandos, párrafo francés, citas, comillas, uso de negritas y cursivas. El texto alineado a la izquierda sin cortar palabra o justificado con corte de palabra. Títulos centrados o a la izquierda, descolgados de títulos y de texto, capítulos siempre en non o adonde caiga. El orden del libro: 2 blancas de cortesía o 1 falsa, 2 blanca, 2 portadilla, 4 legal, 5 índice o dedicatoria e índice al final, viudas, huérfanas, colitas, etcétera.

 

Folios: a la izquierda o derecha, arriba, abajo, al centro o por ahí o en un lugar áureo, grande chico, del mismo tipo que el texto o no, con garigoleos, positivo o negativo, con color o sin folio. Con cornisa o sin cornisa.

 

Acápite: Porque ese cielo azul que todos vemos

ni es cielo ni es azul; ¿y es menos grande,

por no ser realidad, tanta belleza?

                               Bartolomé Leonardo de Argensola

 

(La versión del tango “Maquillaje” de los hermanos Spósito, dice: “Porque ese cielo azul que todos vemos/ni es cielo ni es azul; lástima grande,/que no sea verdad, tanta belleza. Lupercio Leonardo de Argensola”, que yo escuché por primera vez en un disco de Piazzolla que me vendió Jorge Varlota -Mario Levrero-en su librería de la calle soriano. Adriana Varela repite esa versión errónea).

 

Una vez definido eso y algunas cosas más, entonces diseñamos página por página. El libro es puro detalle.

 

Cuando diseñamos, elegimos, optamos.

El diseñador es un hacedor de cultura. No es un espectador frío y distante, sino un revulsivo de cambio de la realidad que le tocó vivir, es parte de esa realidad, un ser humano que toma partido por las cosas, que opina, que tiene convicciones, preferencias, gustos, afinidades. Siempre se toma partido, incluso cuando no se toma partido estamos opinando. Dijo Carlos Chasalle: “Yo tomo partido incluso cuando se discute la dirección del viento”.

 

A veces ese compromiso significa tomar partido por el buen diseño, por los buenos dibujos, por la buena tipografía, por la calidad, por lo estético y lo ético.

 

En los últimos tiempos al diseño gráfico le han llegado tendencias reduccionistas, facilongas, globalizantes, lights, sin contenido, sin compromiso. Ese diseño desmoviliza, pervierte, porque se pierden las identidades nacionales y regionales.

 

Lo valioso de lo nacional es su particularidad en su universalidad, no en lo global.

 

Están transformando a las editoriales en negocios que den mucho dinero. El negocio por encima de todo. La mercadotecnia es diosa. Lo nuevo, lo distinto, lo intuitivo, lo creativo, el arte, no cuentan. Una amiga me decía: “Las editoriales de nuevo tipo, han exiliado a la inteligencia y al arte”.

 

Para diseñar es fundamental la pasión, el amor. Querer con alma y vida lo que uno hace. Amar locamente lo que se dibuja, lo que se diseña, como se ama a una mujer.

 

Entonces la pasión y también el humor. No hay mejor arma que el humor, la gracia, la ironía, el chiste gráfico. Yo exijo en un diseño gráfico, como mínimo un chistecito, algo que me mueva a sonreír.

 

Pasión, humor y concepto. Sin ideas no hay diseño.

Parafraseando a Eduardo Galeano, hablando de fútbol: “Yo voy por las canchas mendigando una buena jugada”.

Yo voy por las librerías, por las calles, mendigando una buena idea, mínimo, una idea.

 

Pasión, humor, idea y compromiso. Es necesario diseñar comprometiéndose con la vida, con uno mismo, con la lucha por las mejores causas de la humanidad, con el propio diseño, para llenar de esperanza y alegría la existencia. Por eso soy partidario del diseño de autor, del diseño de opinión.

Como canta Atahualpa Yupanqui en “El payador perseguido”:

 

           ...Si uno pulsa la guitarra

           Pa' cantar coplas de amor,

           De potros, de domadores,

           De la sierra y las estrellas,

           Dicen que cosa más bella,

           Si canta que es un primor.

           Pero si uno como Fierro,

           Por ahí, se larga opinando,

           El pobre se va acercando

           con las orejas alertas,

           y el rico vicha la puerta

           y se aleja reculando.

 

Defiendo ese diseño gráfico opinador, porque creo que es el único que contribuye a la liberación y la felicidad del ser humano.

 

Y como decía Wimpi:

           Si algo te pasa que sea para bien.     

 

        

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2009

 

 

 

José Pedro Díaz, Amanda Berenguer y La Galatea

 

Quiero empezar citando a Juan Ramón Jiménez: “Hacer libros. Una dicha equivalente a los amores de la adolescencia, en las tardes de campo, a la lírica estrellación de las noches de verano. Hacer libros... Si yo me quedara pobre del todo alguna vez, sería –con mi misma alma, claro está– regente de imprenta con baño, o contador de papel blanco, o encuadernador. Así podría soñar hasta con las manos, todo el día, en un taller que tuviera grandes ventanas al cielo y mucho papel blanco y letras latinas... Sobre todo letras latinas. Esas erres, esas os, esas jes maravillosas... sobre el papel blanco, blanco... Trabajo dulce, cotidiano!”

 

Si Juan Ramón, consecuente consigo mismo, fue editor ejemplar de sus libros, otros, en España y en América, siguieron sus pasos, con la conciencia de un emprendimiento a la vez artesanal y estético y llamado a producir, en tales términos, efectos de permanencia.

 

Como dice Andrés Trapiello en su magnífico libro Imprenta moderna. Tipografía y literatura en España (2006): “El arte de la tipografía es siempre un arte de adecuación entre fondo y forma, conjugación de formato, papel, tipos, cajas, tintas, cabezas, márgenes, ilustraciones, encuadernaciones... La tipografía es una melodía muy dulce que evoluciona por semitonos (...) Es también un arte de la mesura (...), de saber plantarse en el punto justo, sin pasarse, sin quedarse corto”.

 

Es esta la tercera vez consecutiva que la Academia Nacional de Letras premia, en la celebración del Día del Libro, en Uruguay, a quienes han promovido el libro en el país. Y hoy premia a ilustres continuadores de Juan Ramón Jiménez entre nosotros.

 

Si en años anteriores, el premio fue otorgado a Nancy Bacelo y a Heber Raviolo, ahora entregamos esta placa de bronce con un diseño del maestro Francisco Matto realizado por su discípulo Gustavo Serra (en la que expresa el reconocimiento académico a trayectorias del servicio del libro); entregamos esta placa al Dr. Álvaro Díaz Berenguer, quien la recibe en nombre de sus padres, los escritores José Pedro Díaz (in memoriam) y Amanda Berenguer, Miembro de Honor de nuestra Academia, por la excepcional tarea cumplida por ambos, como editores, al frente de la imprenta La Galatea en las décadas de 1940 y 1950.

 

Es una tradición cultural donde no han sido frecuentes, en nuestro medio, los poetas a un tiempo impresores, sería sin embargo injusto no mencionar al menos un par de casos relevantes.

 

En primer término a Carlos Rodríguez Pintos, que fue presidente de nuestra Academia y que en la década de 1930 compartió en Parías una prensa de mano con el español Manuel Altoaguirre, en la que se editaron algunos preciosos pliegos de poesía, entre otros Dos oraciones a la Virgen, de 1931, con poemas y dibujos del mismo Rodríguez Pintos y de Rafael Alberti.

 

También en esos años, pero hacia fines de la década, en Montevideo, el entonces joven Juan Cunha, que había sido una revelación poética con El pájaro que vino de la noche (1929), estableció junto a Casto Canel la imprenta Stella, en la que habría de aparecer en 1939 la mítica edición de El Pozo de Juan Carlos Onetti.

 

José Pedro Díaz asimiló la experiencia de su amigo Juan Cunha como impresor y aprendió el oficio tipográfico en los talleres de LIGU, situados en la calle Paysandú al 1011. Las cajas de El abanico rosa, su primer libro narrativo que en 1941 dio a las prensas particulares de Sexta Vocal –cuyo grupo lideraba otro poeta, Carlos Denis Molina–, fueron armadas con esfuerzo y esmero por el propio autor. Díaz se destacó pronto por su habilidad manual, heredara seguramente de su padre (el diestro artesano de joyas y piezas de platería que José Pedro recordará en La claraboya y los relojes, libro de 2001). Una muestra del avance en el aprendizaje del oficio fue Canto hermético, uno de los primeros textos de Amanda Berenguer Bellán (que así figura con sus dos apellidos en la cubierta y en la portadilla), cuyo colofón establece que “José Pedro Díaz terminó los trabajos de tipografía e impresión de este cuaderno en Montevideo, al finalizar el mes de marzo de 1941. Esta primera edición consta de 350 ejemplares tirados sobre papel Hammermill”.

 

Tres años más tarde José Pedro y Amando contrajeron matrimonio y tras adquirir una vieja Minerva, fundaron el sello editorial La Galatea. La imprenta funcionó primero en la calle Roberto Koch 3858 casi San Martín y más tarde fue trasladada a Punta Gorda, a la casa de la calle Mangaripé (actual María Espínola), en cuyos fondos actualmente se conserva. Esa misma casa fue la que visitó Juan Ramón Jiménez en agosto de 1948, y donde el profesor Díaz vivió hasta su fallecimiento en julio de 2006 y aún hoy, tras una fecunda producción poética dada a conocer en ediciones muy cuidadas hasta el último detalle por la propia autora, sigue residiendo, a los casi 88 años de edad, Amanda Berenguer.

 

En La Galatea se publicaron, tras una Hoja inaugural, de 1944, con textos de Mallarmé y del matrimonio de editores, Une métamorphose ou l'époux exemplaire de Jules Supervielle, Elegía por la muerte de Paul Valery, El río, La invitación y Contracanto de Amanda Berenguer, Palabra dada de Ida Vitale, Como si en flor divina me llagara de Luis Alberto Caputi, El habitante, Tratado de la llama y Ejercicios antropológicos de José Pedro Díaz. También, bajo el sello La Galatea, pero impreso en los talleres gráficos de Martín Bianchi Altuna, apareció en octubre de 1953, la primera edición de G. A. Bécquer. Vida y poesía, el más célebre trabajo académico de José Pedro Díaz, reeditado una década después por Gredos en Madrid.

 

Como ha señalado Juan Carlos Mondragón, “La Galatea aunaba el trabajo artesanal con la búsqueda de salidas alternativas de producción, incorporaba un criterio selectivo en su reducido catálogo y señalaba, por vía práctica, los criterios de una poética”.

 

A sesenta y cinco años de inaugurada La Galatea, en este Día del Libro, tributamos homenaje a sus fundadores y hacedores, José Pedro Díaz y Amanda Berenguer, y junto a una proyección explicativa de las técnicas tipográficas, en un par de vitrinas cedidas generosamente en préstamo por la Biblioteca Nacional, se exponen algunas muestras de la labor de impresión: tipos móviles, una página compuesta en linotipo, una resma del papel destinado a la imprenta, un taco con grabado del ilustrador Leandro Castellanos Balparda, libros, dedicatorias y fotografías.

 

Quiero anunciar, por último, la presentación de una solicitud a la Ministra de Educación y Cultura, Ing. María Simón, para que el Poder Ejecutivo declare patrimonio histórico a La Galatea, esa emblemática imprenta Minerva tan estrechamente vinculada a la historia cultural del país sobre mediados del siglo pasado, con la finalidad de su exhibición pública permanente.

 

 

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DÍA NACIONAL DEL LIBRO 2008

 

 

PREMIO AL PROFESOR HEBER RAVIOLO por José María Obaldía

 

Ha quedado a nuestro cargo la honrosa y muy grata tarea de ofrecer a Heber Raviolo, testimonio del reconocimiento de esta Academia Nacional de Letras por su fecunda y ahincada gestión, ya de largas décadas en pro del libro.

Hubiéramos querido eludir la manida alusión a las dificultades que tal encargo entraña, pero para nosotros son tantas y de estirpes tales, que la misma se nos impone. Porque si bien acá, hoy, no cuentan las mentadas generales de la ley que constriñan juicios o dichos, sí juegan las que, de existir serían generales del afecto puesto que Heber Raviolo fue el primer amigo que me ofreció Montevideo, apenas entrando al Instituto Vázquez Acevedo a enfrentar mis preparatorios en el año 1950. Fue apoyo y estímulo fundamental para nosotros, recién llegando a pago extraño, encontrar un hermano de tierra y tiempo con el cual desde entonces y hasta hoy, seguimos manteniendo ceñido y cálido el fraterno abrazo.

Aceptamos, sin embargo, la empresa con limpia alegría. Porque nuestros cristal, permítasenos decirlo, es neto y fiel, dándonos únicamente imágenes genuinas. Además está entre nosotros la certeza de que hablamos entre quienes, quizá muchos, sentirán en más de un momento que lo que vayamos diciendo sobre Raviolo y su labor, ejes de este acto que nos congrega, está lejos de colmar lo que su magnitud y sus valores exigirían.

Y comprendemos que así sea. Ya que hace casi medio siglo que en nuestro suelo -debemos hablar en términos del país todo- existe Ediciones de la Banda Oriental y desde el nacimiento, su arboladura ha contado siempre como palo mayor el pensar, el sentir y el hacer de Heber Raviolo. De  ellos salió el ancho y el largo de la melga, el rumbo de la cerca y la hondura del surco. Y la cosecha ha sido, libro a libro, la parcela quizá más auténtica de nuestra cultura oriental, por decirlo a usanza de Artigas, gestando en su proceso una identificación creciente con el que tendría su brazo en el abanico fecundo de la siembra, hasta alcanzarse una identificación cabal entre esta y aquél.

Y surge acá, nuevamente, lo de oriental que es, seguramente, la raíz principal y más honda de tal siembra, porque está en la esencia misma de lo que ha aportado Banda -llanamente así ha resuelto llamándosele- de presencia permanente en lo de volcar valores a la cultura nuestra toda.

Confiamos plenamente en quienes nos escuchan aquí y ello nos excusa de testimoniarlo con nombres de autores nuestros -orientales, digamos una nueva vez- clásicos algunos, otros, quizás muchos, que con Banda hincaron el primer mojón del digno lugar que ocupan en nuestra literatura. Nos resulta imposible, sin embargo, y pedimos se nos excuse la excepción, el no citar el nombre de Juan José Morosoli porque el gran minuano tuvo en Banda, digamos en Raviolo, un tratamiento que plantó más hondo y más firme el cimiento del sitial que hoy ocupa en el friso literario de nuestra tierra.

Nuestro añorado oficio nos impone recordar como apreciado fruto de ello, el tiempo en el que Perico fue ciudadano ilustre del mundo de nuestra Escuela Pública.

No piense algún desprevenido, si lo hubiere, que en ese acendrado y lúcido cultivo de lo nuestro por parte de Banda, haya pizca alguna de exclusiones de ningún orden. Toda literatura valiosa americana, europea, mundial llega mes a mes a cada puerta de los lectores de Banda Oriental, como amplia ventana abierta a todos los vientos en que nazca un libro de valores estimables.

Todo este invalorable proceso, amigos -redundemos porque nuestros alcances no logran librar a ustedes de ello- con Heber Raviolo en su núcleo más fecundo. Alguna vez he recordado, y hoy vale reiterarlo, la leyenda que lucía a la entrada de la primera escuela a la que llegué como maestro. Era un pensamiento de José Martí que dice, ceñida y totalmente: Honrar, honra.

Nuestra Academia Nacional de Letras se honra hoy honrando a Heber Raviolo.

Muchas gracias.

 

 

TESTIMONIO DE UN EDITOR (*)  por Heber Raviolo

 

En primer lugar, quiero agradecer a la Academia Nacional de Letras esta distinción -o reconocimiento- por mi trayectoria como editor y por mi contribución a la difusión del libro nacional.

Y me gustaría, para empezar, hacer una precisión: sin duda, soy fundador de Ediciones de la Banda Oriental, como correctamente lo establece el texto de la invitación a este acto, pero me siento en la necesidad de aclarar que no soy el fundador, sino uno de los fundadores, que, por cierto, no fueron pocos: nada menos que doce, en un día -que ha quedado perdido en la noche de los tiempos- del año 1961. Eso determina que en el 2011 llegaremos a ser quincuagenarios, con todas las cargas, positivas y negativas, que tal cosa puede implicar.

El primer libro del catálogo de la flamante editorial fue Uruguay. Realidad y Reforma agraria, de Eliseo Salvador Porta, y en su pie de imprenta lucía la fecha de 26 de setiembre de 1961. Se trata, claro, de una fecha convencional: desde meses antes nos estábamos reuniendo, buscando y discutiendo autores y títulos, y en especial, tratando de encontrar un nombre que nos convenciera a todos hasta que después de muchas dudas, idas y venidas, nos quedamos con el que tiene hasta hoy: Banda Oriental.

Está claro entonces que la aparición de la editorial fue el fruto de una inquietud colectiva que se daba por entonces en nuestro país, en torno a la necesidad de reconocernos e identificarnos como uruguayos, ya sea rescatando escritores que estaban sumidos en un inmerecido olvido, descubriendo nuevos valores o abriendo la puerta para que pudieran difundirse los trabajos sobre la realidad nacional que por ese entonces comenzaban a surgir a partir de conferencias, mesas redondas o simples actos en torno a determinados temas que estaban huérfanos de estudio.

Esta también era una inquietud colectiva, y casi al mismo tiempo -un año antes y un año después-, surgieron dos importantes sellos editoriales: Alfa y Arca. Luego, y durante algo más de una década, aparecieron o se revitalizaron nuevos y viejos sellos, hasta que el año 1973 marcó un quiebre e instaló una dictadura que apuntó, entre muchas otras cosas, contra el libro y su difusión.

Pero esta es otra historia y seguir con ella nos llevaría más tiempo del que sería prudente usufructuar. Por un lado, porque esta Casa de Herrera y Reissig es muy simpática y está llena de resonancias, pero no es demasiado cómoda para alargar demasiado actos como este. Y también porque es sabido que me gusta hablar poco.

Quiero recordar entones a aquellos hoy viejos compañeros que en los primeros años de la editorial, sin un local en el que funcionar, reuniéndonos en boliches o alternando en el domicilio de algunos de nosotros, contribuyeron, corrigiendo pruebas, visitando autores, negociando con imprentas, discutiendo la orientación general de las colecciones, y hasta vendiendo personalmente los primeros títulos, a que la editorial se afirmara. En verdad, ninguno pensó que aquello podía llegar a durar 50 años, o por ahí, y ninguno lo encaró como un negocio.

Carlos de Mattos, Sergio Spallanzari, Mariano Arana, Lorenzo Garabelli, Lázaro Lizarraga, Silvia Rodríguez Villamil, Horacio Añón, Ramiro Bascans, Gabriel Saad, Eduardo Panizza, Waldemar López.

Tres de ellos, por razones diversas, dejaron de integrar la editorial cuando esta se puso en regla y dejó de ser un grupo de amigos con ganas de editar libros. Otros ya no están entre nosotros, como es el caso de Silvia, Lorenzo y Ariel Villa. Este último se integró a la sociedad años después, junto con Alcides Abella, y fue fundamentalmente con ellos dos que, en los últimos cuarenta años, pudimos llevar adelante la tarea, cuando los demás, naturalmente, y sin abandonar su pertenencia al grupo, se fueron dedicando a sus respectivas actividades profesionales.

Estos 50 años que me han tocado vivir en torno al libro -pues no comencé con Banda Oriental, sino algunos años antes, en las revistas Asir y Tribuna Universitaria- han significado un salto de siete leguas -y siete leguas accidentadas- en las técnicas de la impresión y, en general, en toda la industria del libro.

Si nos comparamos con un editor que hubiera actuado entre 1908 y 1958, saltaría de inmediato la diferencia. Este antiguo editor de la primera mitad del siglo XX habría comenzado a componer sus libros por el método de composición en caliente -como se le llamaba- pues ya a fines del siglo XIX Mergenthaler, en 1886, había inventado la linotipo, una especie de monstruosa máquina de escribir que trabajaba con plomo fundido y dejaba al libro compuesto línea a línea, terminando así con la composición manual, letra a letra, que se utilizaba desde Gutenberg. Este nuevo método fue un avance prodigioso en la producción de libros y periódicos. Cincuenta años después, en 1958, el mismo editor empezaría a gozar de su merecida jubilación luego de haber trabajado durante medio siglo con las mismas linotipias, algunas de las cuales todavía podían verse, como restos prehistóricos, hace no muchos años, en el viejo local de Deponti y Mañana, en la calle Paysandú. Se entiende que estoy hablando del Uruguay y que en el primer mundo los plazos no fueron tan extendidos.

 

En cuanto a la impresión, ese viejo editor hubiera utilizado, por lo menos para los libros, la máquina plana, sin perjuicio de que ya existieran por ese tiempo el offset, el hueco grabado y la rotativa -de dimensiones gigantescas y por eso mismo de utilización limitada-. Y los hubiera encuadernado con tracción a sangre, es decir, en una empresa encuadernadora con un ejército de 20 o 30 empleados que compaginaba los libros manualmente y pliego a pliego.

El editor de la segunda mitad del siglo, en cambio, no tuvo la oportunidad de disfrutar de tanta rutina. Comenzó con la misma linotipia de su antiguo colega, pero los métodos de composición empezaron a cambiar rápida y reiteradamente. Fue primero la fotocomposición, que duró algunos años y coexistió durante un tiempo con la IBM eléctrica. Pero finalmente todo fue pasto de la computadora y hoy no existe otro método, con la salvedad de que los avances y los perfeccionamientos siguen siendo constantes. Todo esto llevó a la desaparición de las máquinas planas. Y en las encuadernadoras los 20 o 30 empleados se redujeron a tres o cuatro, y todo se abarató, y todo se perfeccionó. Ha desaparecido prácticamente la película y una chapa de grandes dimensiones se sensibiliza y se hace en poco más tiempo que una fotocopia, poniendo un CD y apretando un botón.

Aquí me siento en la necesidad de hacer un paréntesis y dedicar unos segundos, de manera incorrecta dada la índole de esta reunión, a una especie de guerra personal que mantengo contra los nuevos métodos de encuadernación, por lo menos los que llegan a nuestro país, aunque veo libros impresos en España y en la Argentina que presentan el mismo problema. Esas grandes máquinas encuadernadoras que hacen automáticamente el trabajo de varias personas con solo uno o dos operarios, son una maravilla, bajan obviamente el costo del libro, lo que está muy bien, pero tienen sólo un defecto: no saben lo que es un libro. Y un libro, creemos, aparte de otras definiciones más profundas, debe ser un objeto dócil, manso, que queda pacíficamente abierto sobre un escritorio o una mesa o reposa en nuestras manos sin torturarnos la muñeca. Pero la mayoría de nuestras máquinas encuadernadoras producen libros que no se abren sino que se cierran. Yo los llamo libros con resorte, con los cuales el lector debe mantener una lucha a brazo partido por mantenerlos abiertos.

Esto, me parece, no es un tema menor, en una época en que el libro está jaqueado por la televisión, la computadora, el I-pod, los celulares, internet, las jornadas de trabajo de 12 y 14 horas y toda una parafernalia de nuevos métodos de entretenimiento y diversión.

Pero, dejando de lado esta digresión impertinente, hay que convenir en que el libro se ha abaratado, ha mejorado en su presentación y que nunca antes se han producido tantos como los que se publican ahora.

 

Paradójicamente, es en estas circunstancias que surge la pregunta inquietante: ¿el libro está condenado a muerte o será capaz de superar todas las amenazas que lo rodean? (incluidas las perversas máquinas de encuadernación).

Cuando hago esta pregunta no pretendo sembrar el terror entre ustedes, ya que se están escribiendo miles de páginas sobre el tema y tratar de decir algo más o menos sustancioso sobre él llevaría este agradecimiento a una extensión totalmente inaceptable. Por otra parte, debo confesar que es ínfimo lo que he leído de esas hipotéticas miles de páginas, de manera que lo que pueda decir no tendrá ningún valor, ni científico ni académico.

Pero creo que mis casi cincuenta años de trabajo en torno al libro me pueden permitir el intento -tal vez muy pretencioso- de hacer una breve e insuficiente síntesis “impresionista” (como se dice) del asunto, para terminar así con esta intervención:

 

-          Parecería evidente que los libros de consulta (enciclopedias, etc.) están condenados a desaparecer en aras de la edición electrónica.

- Lo mismo puede ocurrir con una multitud de libros de orientación académica y baja tirada.

- Y podríamos seguir poniendo algún ejemplo más.

  Pero para terminar pronto, me voy a valer del título de una nueva colección de Banda Oriental, título que según creo se le ocurrió a Alcides Abella y fue aceptada sin discusión -no sé si por distracción u omisión- por los que pudieron ponerlo en duda. La colección se llama El placer de leer y en un principio, por decirlo suavemente, me sonó algo ingenuo.

 

Y sin embargo, tal vez esté ahí la clave por la que me parece que el libro tiene vida para rato, siempre que nos adhiramos a alguna visión apocalíptica del futuro de la humanidad.

Mientras el hombre siga siendo el que es, con todas sus luces y sus sombras, creo que el placer de leer -como una verdadera necesidad de la especie, que la diferencia de las demás- podrá ser compartido con otros placeres, pero no sustituido.

Y ese placer, por lo que ya dije al principio, sólo podrá obtenerlo con el objeto libro, es decir un objeto individual, manejable, que no canse la vista ni la mano, pasible de ser subrayado, anotado y hasta de hacerle una orejita en el extremo de la página si no tenemos un marcador al alcance.

Se me dirá que la electrónica tal vez pueda lograr todo eso. Es posible. Pero entonces sólo será un problema el soporte: este ya no será el papel, como hace siglos dejaron de serlo el papiro y el pergamino, sino que será otra cosa. Es de desear, eso sí, que el método que se invente dé un producto que pueda durar por siglos, como el papel, y que no quede obsoleto a los 20 o 30 años, como parece que está sucediendo con los discos compactos.

Y el libro seguirá existiendo, y se podrá terminar con el lío de las papeleras.

 

Hace dos o tres días, leyendo nuestra prensa, me encontré casualmente con un aforismo de Jorge Cristoph Lichtemberg (1742-1799), que me dio que pensar:

 

Un libro es un espejo: si un mono se asoma a él, no se puede esperar que se refleje un apóstol.

 

Sin duda que no tiene mucho que ver con la teoría, digamos antropológica, -si el término no es muy atrevido- del placer de leer. Pero quién puede pretender una inversión tan grande y definitiva. Con que el mono se ponga a pensar placenteramente en sí mismo, ya estamos ante un gran paso.

 

(*) Texto leído el 26 de mayo de 2008 en la Casa de Herrera y Reissig

 

 

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