POR MIGUEL ÁNGEL GARRIDO GALLARDO
Día 24/06/2011
DIVERSAS
circunstancias electorales, en España y fuera de España, han traído a la
actualidad una vez más la importancia del castellano o español en la educación
básica y secundaria. Entre los dimes y diretes acerca de tan candente
interrogante, hay uno que aparece más o menos tácitamente y que, no obstante,
es de la máxima importancia, la cuestión del español como lengua de enseñanza.
El
mes pasado nos reunimos en el Congreso sobre «El Español y sus Culturas»,
celebrado en Trujillo, profesores de veinte países (casi todos los que tienen
el español por lengua oficial, más Brasil y Estados Unidos), dedicados al
estudio de la lengua española, su literatura y su cultura, y analizamos una vez
más la línea que separa el bilingüismo (o dominio simultáneo de dos lenguas) de
la diglosia (o manejo de dos lenguas, una prestigiosa y otra subalterna). Me
parece que las conclusiones que expuse allí y que fueron aprobadas por
unanimidad pueden tener un alcance universal que conviene dar a conocer.
Hubo
en la reunión un convencimiento generalizado acerca tanto de la innegable
importancia del español, que permanece constante, como del deterioro que, por
distintos motivos, está produciendo su eliminación como lengua de enseñanza
(«vehicular») en muy diversos y amplios sectores del mundo hispánico. Sin
embargo, podemos afirmar que una lengua que no se usa en el sistema educativo
termina por ser una lengua de segunda, termina por instaurar la diglosia y no
el bilingüismo. Venimos hablando de la eliminación del español, pero, sensucontrario, es evidente,
por ejemplo, que la práctica del castellano como única lengua de enseñanza en
Cataluña durante el franquismo produjo unos resultados tremendamente negativos
para el catalán. Los que aprendían historia, geografía, matemáticas… ¡todo! en
castellano, y solo en castellano, terminaron muchas veces como semianalfabetos
del catalán, incluso en casos de personas cuya primera lengua era de forma
inequívoca la catalana. Convendría aprender de la experiencia, que en esta
ocasión, como en otras, se nos muestra de manera inequívoca y contundente.
Pero
el caso del español en Cataluña no es ni muchísimo menos el único que plantea
interrogantes. Creerlo así supondría un eurocentrismo
intolerable y actualmente anacrónico. Son muchos los lugares y diversos los
hechos que amenazan con desplazar el uso del español como lengua de enseñanza,
lo que llevaría a la consecuencia indeseable que venimos evocando.
Las
conclusiones del Congreso de Trujillo, que empiezan recordando la importancia
del español, ponderan la importancia de su uso como lengua de enseñanza en las
diversas circunstancias:
1.
El español como lengua común de más de 450 millones de hablantes es una de las
mayores riquezas, tanto en el orden cultural como en el económico y social, de
las que disponen las personas de nuestras comunidades hispanohablantes.
2.
El uso simultáneo de otras lenguas no debe ir nunca en detrimento del pleno
dominio del español. Para conseguir ese pleno dominio se requiere su empleo
como lengua de enseñanza, y no solamente como materia enseñada.
3.
Deben ser consideradas también como lenguas de enseñanza aquellas que compartan
el carácter de cooficiales. Nunca se deberá
considerar como menoscabo para el español la utilización en igualdad de
condiciones de una segunda lengua materna.
4.
La adquisición del bilingüismo en inglés que tienen actualmente como ideal
determinados grupos sociales hispanohablantes no debe consentir programas de
inmersión que adopten el inglés como única lengua de enseñanza, ya que, como
demuestra ampliamente la experiencia, eso produce un deterioro del dominio
óptimo deseable para la lengua o las lenguas propias. Resulta paradójico
encontrarse con hispanohablantes con alto dominio del inglés y semianalfabetos
en la propia lengua.
5.
La adquisición, junto con el español, de una segunda o de más lenguas, así como
su utilización como lenguas de enseñanza, deberá programarse en la educación de
acuerdo con las exigencias psicológicas y las capacidades de los alumnos,
evitando que el deseo de enriquecimiento lingüístico conduzca a prácticas
contraproducentes para la capacidad comunicativa que se procura.
6.
Es de fomentar el interés por los dialectos, hablas, lenguas indígenas en
peligro de extinción y demás supuestos lingüísticos, pero nunca se debe olvidar
que las lenguas sirven a la comunicación y, por consiguiente, su extensión y
viabilidad no deben ser propiedades indiferentes para la atención que se les
otorgue.
Nos
damos cuenta de que estas reflexiones afectan a la llamada «lengua materna» con
la que cada hablante mantiene una relación muy especial. Probablemente cada uno
tiene la conciencia de que aprenderla ha sido el primer y principal esfuerzo de
nuestra vida y de que, aprendida, llega a constituir una parte importante de
nuestra personalidad. La lengua materna se constituye así como una parcela intocable
de «lo propio» y da lugar a una actitud sentimental, irracional, que hasta hace
mirar con aprensión las innovaciones y el cambio. Como dicen Francisco Marcos y
Amando de Miguel en Se habla español, «incluso
los escritores miran con suspicacia la incorporación de nuevas palabras que,
condescendientemente, consideran como “préstamos” de otras lenguas. Los
neologismos aparecen muchas veces como barbarismos pedantes y a menudo son
objeto de algunas chanzas».
Nada
tiene de extraño que un fenómeno de tal calado emocional repercuta en numerosas
iniciativas de los políticos a la busca del voto y que un dato, lingüístico en
sí mismo, ofusque a veces el juicio de personas preclaras. Los supuestos que
clasifican los hechos lingüísticos como lenguas o idiomas, dialectos, hablas,
etc., generan, más allá de su inevitable indefinición de límites, un sinfín de
apasionadas polémicas.
En
todo caso, en el último tercio del siglo XX millones de personas volvieron sus
ojos hacia el estudio del español, que se convierte así en un bien económico
para ciertos países que tienen la posibilidad de tratarlo como propio. La
demanda de enseñanza del español ha aumentado de tal manera, que se ha podido
decir (con evidente exageración) que en los países donde el inglés es lengua oficial
el español es la segunda lengua más demandada, y en aquellos cuya primera
lengua no es el inglés ni el español este es la tercera lengua preferida,
inmediatamente detrás del inglés.
El
crecimiento en todos los sentidos de la población hispana de Estados Unidos
reclama también nueva atención a la lengua, que no siempre se percibe ya como
un bagaje que es preciso abandonar para no ser discriminado. Los candidatos a
presidente de Estados Unidos se ven obligados a atender más y más el voto
hispano (y su lengua). El tratamiento que se deba dar al español en Estados
Unidos es un problema político de no poca importancia.
De todas maneras, los puntos expuestos no tienen carácter político alguno. Van dirigidos a la reflexión de la comunidad educativa, padres, hijos, profesores, y a la sociedad en general. Los poderes públicos deberían limitarse a cubrir las necesidades que a este respecto manifiesten las personas, aceptando que son estas (las personas) y no los territorios los que tienen lengua propia que hay que respetar, lo cual habrá que aceptar también en aquellos casos de hablantes para quienes nuestra razones a favor del cultivo del español no resulten convincentes.
(en ABC / OPINIÓN, Madrid, 24/6/11)
MIGUEL
ÁNGEL GARRIDO GALLARDO ES PROFESOR DE INVESTIGACIÓN DEL GRUPO DE «ANÁLISIS DEL
DISCURSO». CCHS/CSIC.