Saúl Ibargoyen

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* Gran cambalache - Angélica Santa Olaya (v. abajo)

* Saúl Ibargoyen: el poeta de lo sutil - Patricia Oliver

* Tributo a Saúl Ibargoyen - 19 Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio - Revista Gaceta

* Saúl Ibargoyen y la obra “El Torturador” en el contexto de las nuevas escrituras mexicanas - Marcos García Caballero

* Bailar un tango para no morir del recuerdo - Lucía Izquierdo

* En la danza de la poesía de Saúl Ibargoyen - Sylvia Georgina Estrada

* Perro de soledad de Saúl Ibargoyen (Un vistazo a su esqueleto) - Adriana Tafoya

* Sobre el escriba de pie y otros versos imaginados - Ulises Paniagua

 

 

GRAN CAMBALACHE

(Saúl Ibargoyen)

 

Quiero comenzar agradeciendo a todos ustedes por acompañarnos esta noche y a la Casa del Poeta por brindarnos este espacio de expresión poética. Pero, sobre todo, quiero agradecer al querido maestro Saúl Ibargoyen que me haya conferido el honor de presentar este hermoso libro. Si de por sí es un honor acompañar, o ser acompañada, por mi maestro en estos gajes, en esta ocasión el gusto es mayor porque se trata de un doblemente hermoso libro. Lo digo por el contenido y por la forma. Gran Cambalache es una bella cajita de Pandora donde podemos encontrar la voz poética de Saúl Ibargoyen, inconfundible, rotunda e infatigable, como ya la conocemos; pero manifestándose, esta vez, en una diversidad de formas poéticas que sorprenden y emocionan en un solo libro. No me refiero sólo a los hallazgos tales como un poema a “¿Dos voces?” que es un diálogo poético de profundidad ontológica a la manera mayéutica de Sócrates donde la luz del autoconocimiento es producto del cuestionamiento y, aún dolorosamente, aparece a los ojos de la voz poética que decide no llorar. Tampoco aludo, sólo, a esos haikus que se manifiestan intempestivamente, como pequeñas y sabrosas gotas de agua, casi en la parte final del libro. Me refiero también a los reencuentros con algunos poemas ya clásicos y bien conocidos por nosotros, los que seguimos y apreciamos la prolífica obra del maestro Ibargoyen, como lo son “El escriba otra vez”, cauda resplandeciente de ese bello libro titulado “El escriba de pie”, que fue galardonado con el Premio Carlos Pellicer en el 2002; o el ya también, por él cantado, en diversos foros y momentos y que le da nombre a este libro: “Gran Cambalache”; homenaje de gran musicalidad dedicado al músico argentino Enrique Santos Discépolo.

Decía que “Gran Cambalache” es una admirable cajita de Pandora, y me refería también al soporte físico. Este libro es una joya no sólo por su contenido sino porque se trata de un libro maquilado, el término es correcto, como en el siglo XIX, 1887 para ser exactos, en una imprenta de tipos móviles donde cada letra es un paciente y meticuloso instante de tiempo que el formador deja en cada uno de estos libros como prueba de su, también, poético trabajo. El papel, la tinta roja, las letras que hablan al tacto de los dedos y al sentido de la vista ofreciendo sus pequeños canales y barrigas de papel son testimonio del tremendo cuidado y amor que este libro entraña. Texturas, colores, olores y detalles que delatan una acicalada elaboración que se convierte en delicia para el sibarita amante de la literatura.

El tango “Gran Cambalache” fue escrito en 1934 y es un lamento que se vierte sobre los acontecimientos de la Argentina de entonces denominados la Década Infame, inaugurada y clausurada por dos golpes de estado, y durante la cual las condiciones político económicas de la población fueron precarias debido a los pactos realizados con el Reino Unido que promovieron el desarrollo industrial y, con él, la migración de población campesina a las ciudades. Proceso también conocido en México más o menos en la misma época. Es así que el “Gran Cambalache” fue escrito poco después de una dictadura, la de José Félix Uriburu, que dejó al país sumido en una gran depresión, y represión, económica y, obviamente, moral. Entre las represiones sufridas se encontraba la del lenguaje lunfardo y las expresiones populares que referían críticamente a la ya mencionada Década Infame. De modo que el tango “Gran Cambalache”, fue censurado.

No es una casualidad que este libro se llame “Gran Cambalache”. Parte de la letra de este tango dice, proféticamente: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… en el quinientos seis y en el dos mil también… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue…” Llegó el dos mil y estamos en el 2015 y el gran merengue continúa a todo lo que da, no sólo en México y Argentina, sino en todo el mundo, como bien lo cantaba Discépolo. “¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!... ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!”, dice la letra de este tango, y agregaríamos: Y hasta presidente o juez o presunto actor. Porque antes la actuación era parte de la política; ahora son, literalmente, lo mismo, aunque de pésima calidad y sin conocimiento del tema.

El “Gran Cambalache” de Saúl Ibargoyen comienza con una serie de definiciones de la palabra “cambalache”: Confusión, trueque de poco valor, mitote (esta me gusta mucho porque es muy mexicana y la aprendí desde que era una niña). Y otras más sofisticadas como: “coyuntura social no clasificable” o “mezcla híbrida de tendencias ideológicas o estéticas”, para aterrizar en “mamarracho cultural, político o religioso”. Es decir, un ecléctico, y nada inocente, desmadre. Justo como nuestras sociedades actuales. Ni más ni menos.

Así pues, este conmovedor y poético “Gran Cambalache”, se ocupa, también de los desmadres que el mundo vive actualmente. La temática no es de sorprender conociendo al poeta Ibargoyen, siempre preocupado por los temas sociales y el estado interior de los hombres que los propician o lo sufren. De este modo, encontramos en este libro poemas llenos de preguntas que no sólo son lamento sino también provocación al bien vivir, a la esperanza:

“¿Por qué descender llorando / el espacio que subimos a plena carcajada? / No dejemos que una sucia altura nos domine: / no que los fragmentos / del denso verano se deshagan / en una fiesta de tambores congelados: / no que las calles repletas de vientos amarillos / ya no se parezcan a las puertas del mundo: / no que las aguas de un gran río / ensanchen su negror de roncos esqueletos.”

¿Les suena a algo familiar? Pregunto para no faltar a la intención de la voz poética que afirma: “No siempre habrá preguntas que coincidan / con las respuestas nacientes de un negro silencio: / dijo una sencilla voz cuyo esqueleto / caía entre basurales profundos.” El poeta sabe que las preguntas son abismos en los que el hombre arriesga la cordura a cambio de un leve resplandor que guíe sus inciertos pasos. Pasamos la vida preguntándonos, extraviándonos, merodeando las verijas de la oscuridad donde habita la duda sólo para darnos cuenta de que “somos simples ausencias defenestradas y buscándose.” El libro, todo, en sus diversas posibilidades expresivas, es un gran cambalache de preguntas y respuestas que, no como un desmadre, sí como un diálogo, nos conduce de la mano de la poiesis del lenguaje por las veredas de la memoria colectiva e individual de nuestro desmadre material y espiritual.

“Lo que importa en la poesía no es la plasticidad en sí, sino la imagen plena de acaeceres, henchida de vibración”, dice Johannes Pfeiffer. Y la poesía de Saúl ibargoyen es precisamente imagen que vibra, a veces con rudeza, a veces con áspera ternura, al cobijo de la forma que es, más bien, el pretexto para que el Ser exprese las íntimas inquietudes del alma. Y esas inquietudes, en el caso del maestro, son casi siempre colectivas. Se ocupan del otro y de las cosas que sirven al otro, del paisaje en el que ese otro encuentra el espacio de su fenomenología intuitiva y cosmogónica. Ese espacio que, consciente o inconscientemente, se ha encargado de convertir en el patíbulo donde, día a día, sucede un “Suicidio Anunciado”, como se titula uno de los poemas más duros nadie ve el rostro de una mujer diluyéndose peligrosamente en las calles de una ciudad horrible donde caminar puede significar “buscar la tumba, en una vereda, acera o banqueta”, sin saberlo. Un poema, éste, donde la única verticalidad posible es la del vestido que intenta sostener la desvencijada espalda de la mujer en la ventana del mundo que muestra a los vencidos, a los desvencijados.

Este poema me causa una gran impresión reflexiva pues los acontecimientos mundiales de los últimos tiempos me han llevado a pensar en un suicidio terráqueo globalizado. Porque una sociedad que violenta, tortura y asesina a sus mujeres, a sus niños y a sus ancianos, es una sociedad que se está suicidando. Sin mujeres y sin niños no hay futuro. Y sin ancianos no hay memoria. ¿Qué quedará entonces? ¿Un ejército de robots que trabajan y repiten: “Sí señor. Si señor.”, esperando el momento de la muerte antes de la tercera edad para no causar más sangrías a los bolsillos de los patrones con sus improductivas y enfermas ancianidades?

Las ciudades son monstruos donde, hoy, todos somos extranjeros de la propia tierra, e incluso de nosotros mismos sumidos en el pasivo conformismo de la cierta incertidumbre que degüella la razón:

 

“-¿Escuchas el combate del silencio / en el levantado aire de la cafetería?

-No, sólo puedo oír lo que tú no escuchas.

-¿No estoy aquí? ¿O existo como ausente?

-No te oigo. Ya te fuiste. Tu sombra en el suelo dejó una marca de café.

Sólo eres lo que en algún sitio / tu ausencia recuerda de ti mismo.

-Nada oigo. No importa.  Sin pedir permiso / pasaré ahora al cuarto de aseo / y

derrotado el pantalón / me sentaré en el retrete / y no lloraré.”

 

Este fragmento es parte del poema titulado: “¿Dos Voces?”

La poética del espacio, como diría Gaston Bachelard, de este “Gran Cambalache” es el mundo. No sólo Argentina, Uruguay, México, Palestina, Israel, o Egipto… De hecho, el espacio poético es el Ser que se cuestiona y nos cuestiona con “poemas fallidos” o “tangos fracasados”. Es ese plato donde esperan las uvas, ese camino que sueñan los huaraches, esa piedra en que se disfraza la tortuga, el árbol, los perros, la copa, el viento, la noche o la niña cuyas lágrimas “alguien de nosotros tendrá que cantar con toda su violencia” se convierten en el numen que posibilita la frágil palabra y su cauda de letras con que el escriba, otra vez, nos recuerda que “Quieren borrar el sudor de las naciones” y que nos pregunta si están cantando los cantores. Hay que estar atentos, porque cantar es el recurso y el arma del que no olvida. Del que se pone en pie, con sus dos voces y su cargamento de preguntas a cuestas y, pluma en mano, sencillamente canta, aunque sepa que “Siempre es difícil hablar como cantando.” 

Las canciones de este “Gran Cambalache” están llenas de vibraciones que nacen y estallan en el otro quien, en su infinita multiplicidad, posibilita al yo. Lo universal, finalmente, será siempre lo particular, pero para llegar al sitio del encuentro hay que “caballear animaleando / entre células que agonizan / entre mojadas palabras y bostezos / entre anchas hojas que protegen / el roncar sagrado de la especie.”

No se pierdan de este libro que nos retorna al origen y nos invita a cantar el perfumado “vapor de la oscura transparencia.” De verdad, es un, muy, hermoso libro.  Gracias Saúl, maestro, amigo, cantor, por permitirme presentarlo.

 

Angélica Santa Olaya

Coyoacán, julio, 2015

 

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Saúl Ibargoyen: el poeta de lo sutil

Presentación del poemario Maldita mía

(13 de octubre de 2014, Ciudad de México)

 

 

Por Patricia Oliver

 

Entré en contacto con la obra de Saúl Ibargoyen hace casi ya dos años –o sea, hace nada–, pero como imagino que les pasó a muchos de ustedes, quedé prendada de inmediato. Mi primer acercamiento fue a su prosa, con La última copa, novela que narra los periplos alcoholíferos de un hombre cuyo nombre nunca conocemos. Fueron dos cosas las que en ese momento me llamaron la atención y atraparon: una, la adjetivación abundante y magistral que, contrario a lo que algunas “buenas prácticas” de la prosa indican, no impedían que la lectura sea fluida; y dos, una red de neologismos que obligaban a acercarse al texto con otros ojos. Yo, por deformación profesional, no dejaba de preguntarme: ¿cómo traduciría esto?

         Claro, aquí tengo que abrir un paréntesis: disculparán ustedes que jale agua para mi propio molino, pero un texto que a través de la forma en la que se formula genera una reflexión sobre la propia lengua (sea para efectos de traducción o no) es un texto que merece la pena ser mirado más de cerca y que tiene valor no solo para la lengua en cuestión sino también para la cultura a la que pertenece o en la que se inserta. Y entonces lo que quise mirar más de cerca fue su poesía. Si la prosa era tan rica, ¿qué me esperaría en sus poemas? Cierro paréntesis.

         Como iba diciendo, después de un breve pero intenso primer acercamiento a su prosa, me abalancé sobre su poesía hasta encontrarme con la obra que esta tarde nos reúne y acompaña. 

         “Maldita mía”: solo dos palabras que condensan en su brevedad todo un mundo: una expresión de cariño (“querida mía”) herida de muerte por el puñal del desamor. Es posible percibir ya desde la paradoja del título todo lo que va a acontecer en las páginas del libro: una tensión que no cede, que no deja descansar al lector ni un segundo; una intensidad que no titubea, un tira y afloja entre lo dicho y lo apenas apuntado; una corporeidad avasalladora que en su omnipresencia hace hueco a otros temas: en medio de “rencores ronquidos y estornudos”, de semen, labios, roña secreta, de “ásperas toallas colectivas y jabones efímeros”, encontramos también una reflexión sobre el proceso creativo, sobre la escritura y el mundo que la rodea. Pero no son estos los únicos temas que se asoman por las esquinas de los versos; la espiritualidad o el karma, “Así la energía del odio puede volverse/ contra quien la emite”; la comunicación, o la falta de comunicación, más bien, “el silencio perverso de decir y no decir”; el exilio; incluso la traducción, están también presentes.

         A pesar del evidente tono de desdén que acompaña de principio a fin las páginas del poemario, a pesar de que la relación amor-odio es lo primero que salta a la vista (este último en presencia, el primero más bien en ausencia), el libro es mucho más que eso: más que unas “acumuladas memorias basurescas”, más que una serie de poemas que ilustran un sentimiento de odio hacia, podríamos pensar, una mujer, o al menos hacia un referente femenino que se repite como mantra al inicio de cada uno de los poemas: “Ah maldita mía”. Y como no quiero arriesgarme a sobreinterpretar, solamente mencionaré que en español también tienen género femenino la patria/matria y la vida misma.

         Así pues, encontramos en esta obra varios niveles de significado, a los que se une la intertextualidad, ya sea en forma de cita, alusión o eco, en español o en otros idiomas. Una de las citas más evidentes es el título de uno de los poemas: “Odi et amo?” (con signo de interrogación al final), que hace referencia al principio de un brevísimo poema que Catulo le escribe a su amada Lesbia, y que me parece quizá la referencia más importante pues es la clave del tono general del poemario, con una inclinación manifiesta hacia el polo del odio. Como hemos oído en varias ocasiones de boca de Saúl, (y cito de una entrevista concedida el mes pasado a la revista Nocturnario): “el autor único no existe, en cada verso que uno escribe hay montones de manos” (fin de la cita).

         No faltan algunos de los recursos que hemos aprendido a reconocer en la poesía (y a veces en la prosa) de Saúl Ibargoyen y que dotan a sus textos de un ritmo que, en Maldita mía, adopta la forma de una espiral descendente, diría yo: la adjetivación y aliteración abundante, los encabalgamientos vertiginosos, las oposiciones semánticas casi trágicas, las enumeraciones y acumulaciones reveladoras son algunos de ellos. Los versos finales de cada poema no pueden pasarse por alto: cortan la respiración al lector, contribuyendo así a mantener el ritmo y la intensidad, que no puede separarse de la intensidad del sentimiento de odio que expresan, ni de la intensidad del amor que lo antecedió.

         Y todo ello, entretejido de una manera que permite que el maestro estire el lenguaje hasta límites que pocos se atreven a explorar, hasta abismos a los que pocos se atreven a asomarse: uno de ellos, el abismo inexplorado de la lengua. Estos recursos guardan una proporción y un equilibrio tales dentro de los poemas que es difícil imaginarse cualquier otra palabra en su lugar. 

         Saúl propone nuevas maneras de ver el mundo a través de SU manera de expresarlo; porque, como Wittgenstein, sí creo que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, pero no dudo ni por un momento que estos límites se puedan –y se deban– ampliar. Y eso, precisamente, es lo que hace Saúl Ibargoyen.

         Para concluir, retomo el tema de la tensión entre lo dicho y lo apenas apuntado; es esto, creo yo, lo que confiere a este libro esa fuerza que no da tregua y que obliga al lector a respirar hondo entre poemas; es esa tensión la que hace a este escritor, entre muchas otras cosas, un maestro de las posibilidades del lenguaje: no me atrevería a decir quién está al servicio de quién, pero sí me queda claro que Saúl ha permitido que, en sus manos, la lengua sea capaz de expresar todo lo que ni ella misma sabía que podía expresar. A través de un lenguaje directo y certero, y en muchas ocasiones brutal, Saúl Ibargoyen nos ofrece una poesía de lo sutil. Y eso no lo hace cualquiera.

 

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Saúl Ibargoyen y la obra “El Torturador” en el contexto de las nuevas escrituras mexicanas.

 

Por Marcos García Caballero

 

 

En el número 227 de la revista Quién (29 de Octubre de 2010) aparece una sugestiva lista de los “50 personajes que mueven a México”. Lo mejor de esta lista o, por lo menos para los registros que se pretenden en este ensayo es que: El número dos en cuanto a importancia de los personajes que aparecen es un escritor: Carlos Fuentes. En el cuatro está José Emilio Pacheco. En el diez el historiador, escritor y director de Letras Libres, Enrique Krauze; en el número veintidós está un guionista que ha escrito novelas y libros de cuentos: Guillermo Arriaga. El lugar veintinueve lo ocupa Elena Poniatowska. Hay que aclarar que no es una revista que tenga acento en la literatura y que es más parecida a una revista para ser hojeada en un consultorio médico o que, dicha sea la verdad, todos estos escritores son cubiertos por los fenómenos mediáticos y que, tal vez la verdad es que México sea el que los mueve a ellos y no al revés, pero es innegable el valor de sus trayectorias no solo dentro sino fuera de México.

Ahora que si la pregunta fuera quiénes son los cincuenta escritores que mueven a México, es seguro que podríamos barajar muchos nombres con certeza y creo, muchos de ellos con unanimidad.

Yo apuesto que en una lista así tendría que estar el nombre de Saúl Ibargoyen, escritor uruguayo-mexicano con un poco más de 30 años de trabajo activo en nuestro país.

Este año que acaba de concluir, Ibargoyen lo terminó con una gira de estudio y presentaciones de sus trabajos en Buenos Aires, Quito y otras ciudades del Cono Sur, además de que bajo ediciones EÓN publicó su última novela: El Torturador.

Antes de hacer un abordaje de análisis de la obra, no podemos olvidar mencionar que Ibargoyen sacó su poesía édita, que comprende desde 1956 hasta el año 2000, en un libro con el título de El Poeta y Yo, que es un amplio volumen cuya selección y presentación estuvo a cargo de Hugo Giovanetti Viola, estudioso de la obra de Ibargoyen. Saúl además durante mucho tiempo fue maestro en La Escuela Mexicana de Escritores de la SOGEM, y bajo el mismo sello de EÓN editorial se publicaron sus libros: Toda la tierra (novela) y Cuento a Cuento (relatos completos) y su poemario El escriba de pie, (edición de editorial Tintanueva) el cual mereció el Premio Nacional “Carlos Pellicer” en su edición del año 2002. Agréguense ensayos, entrevistas, artículos, poemas sueltos en la mayoría de las revistas literarias y periódicos importantes del país.

El volumen de El Poeta y yo por su extensión y por sus resoluciones poéticas, que abarcan cuarenta y cuatro años de madurez, perseverancia y fe en la poesía, merecería un ensayo completo aparte. Por el momento nos basta decir que El Poeta y Yo con el paso del tiempo se verá cada vez más como referencia obligada, tanto para estudiantes de Letras como para escritores en activo y poetas primerizos, es una obra enorme en todos los sentidos. Juan Gelman y Eduardo Milán (otro gran poeta de origen uruguayo entre nosotros) han celebrado sin ambages la poesía de Saúl Ibargoyen, quien, por supuesto, también perteneció al grupo de escritores de Latinoamérica y el Sur de Estados Unidos que en los años sesenta del  XX formaron parte de El Corno Emplumado (hay que recordar que Julio Cortázar, ya con toda la fama y autoridad moral que tenía en ese momento, felicitaba y veía con muy buenos ojos las creaciones de lo que iniciaron Margaret Randall y Sergio Mondragón, que, finalmente, con la represión del tlatelolcazo el 2 de octubre de 1968 y que continuó posteriormente, terminó por hacer desaparecer a la revista).

Principalmente poeta, Saúl Ibargoyen maneja la prosa de largo aliento y el relato sin el famoso “desastre” que ocurre —según decía Augusto Monterroso—, cuando el poeta decide narrar. Saúl Ibargoyen logra ambas cosas con veracidad total y, además, en su prosa no se puede dejar de advertir y sentir el peso de la palabra que significa, por supuesto, que nuestro narrador es un gran poeta. Un rasgo característico de su prosa (algo que también ha mencionado Hugo Giovanetti Viola) es su tendencia hacia visiones escatológicas y muy lejos del tipo de edificaciones “estetizantes”. Ibargoyen nos confronta en su poesía hacia observar la necia oligofrenia del mundo y la obscenidad del ser humano cuando éste se comporta como perro. Y, si esto es así, Saúl no lo sabe de oídas: a su obra han de agregarse sus denuncias sobre los abusos de  tortura en su país de origen y de México… Pues… ¿la verdad qué esperaban?

Lo primero que salta a la vista al leer al Ibargoyen narrador es su construcción maestra de un slang violento en la urdimbre del texto y entre el habla de los personajes, que no es un slang propiamente extraído de la calle o de los barrios bajos de las zonas urbanas de un país como México, pero que (y he ahí una de sus genialidades en cuanto a innovación estilística) inmediatamente nos es identificable, es un slang que Ibargoyen ha pulido en su expresión y en su decir y ese slang nos toca, se nos acerca como un filo, es parte de nosotros aunque de él no tengamos la experiencia real en estricto sentido, es un logro de poeta: esa vivencia del slang puesto al servicio de la literatura es la mejor arma del Saúl narrador en El Torturador que sacó de las quintaesencias del lenguaje violento de “un país que está a medio camino entre Uruguay y México” pero que definitivamente es parte de nuestra historia. Seríamos necios si no nos reconociéramos en esta nueva novela suya, que apuesto, está todavía por verse su impacto en las letras mexicanas.

El Torturador narra, y tiene como personaje central a Escipión Carrasco, alias “el Machito”, alias el agente SSS007, quien terminará torturándolo todo, inclusive a sí mismo. Es “un hijo sin madre” identificable, no hay registro alguno de quién fue su progenitora en ningún lado; existió su padre, quien fue su primer torturador y en un enfrentamiento, pero amoroso, el padre muere; después y por medio de ese slang recorriendo toda la narración, se irá conformando la historia y saldrá toda una caterva de personajes: “los juanes”, el Coronel Dunviro, el Presidente del Estado Mesoriental, etcétera.

Saúl Ibargoyen es de los maestros que gustan recordar siempre la importancia del primer poema reconocido a nivel mundial de la humanidad: Gilgamesh, (en La Escuela de Escritores de la SOGEM donde me dio clase en el año 2000 ya lo hacía con vehemencia) poema que como se sabe, es un recorrido onírico y un viaje al mundo de los muertos que hacen Gilgamesh y su amigo Enkidú para encontrar el secreto de la inmortalidad. Según una entrevista que dio a Alejandra Silva Lomelí de El Sol de México, en donde la periodista arroja la pregunta desde el título mismo de su trabajo: “El Torturador: ¿novela polifónica?”

Pregunta  Silva Lomelí:

 

El personaje principal de tu novela, Escipión Carrasco, es un incompleto de sí mismo, según tu misma definición. Carece de todo, incluso de una identidad inicial. Él tiene que forjarla solo, y en gran parte lo hace a través de sus sueños, que son catárticos y reveladores. ¿Nos puedes hablar sobre lo onírico en tu novela? ¿Cómo forman la personalidad de Escipión?

        

Saúl Ibargoyen responde:

 

“Los sueños son viejo asunto en todas las culturas. Basta recordar el Poema de Gilgamesh. En cuanto a Escipión, ese ámbito pesadillesco que lo acosa tiene origen, sin duda, en las más que penosas experiencias de vida. En él hay un torturador activo hacia los otros y uno físicamente pasivo hacia sí mismo. Esas pesadillas, producto de lo cotidiano y de la ausencia materna, a más de las carencias de la pobreza, generan más pesadillas que, de algún modo, se trasladan a la brutal vigilia que el personaje habita. Su propia imaginación puede ser interpretada como un mal sueño permanente. Escipión, en parte, es resultado de esos revoltijos oníricos...”

 

Todos sabemos de la maestría polifónica en las novelas de Milan Kundera, pero éste asunto no va por ahí. El discurso narrativo de El Torturador sería novela polifónica al estilo de esas mezclas de habla más bien, de La Habana en Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante, que también parten de “revoltijos” oníricos nocturnos, pero es dolorosa la experiencia de leer El Torturador y, a pesar del aparente paralelismo entre estas dos obras, la verdad es que son todo lo contrario, pues como el mismo narrador nos recuerda: “la ficción también hiere”. La obra que hizo mundialmente célebre a Cabrera Infante, no es sino una celebración de los ámbitos nocturnos de Cuba bajo el régimen de Batista, pero la verdad es que El Torturador es todo lo contrario o, más exactamente, es el otro lado de la moneda de esa celebración, ya que, en el Estado Mesoriental donde se desarrolla la novela, casi podemos ver, en la figura y el contexto de Escipión Carrasco, toda la historia de impotencia, desgarramientos, caos y devastación en nuestros países de América Latina en el siglo dos XX, cuando desde el poder, “la voz, agria de hipocresía, proclama que lo primero es el orden”, según dice uno de los poemas de protesta de Efraín Huerta.

Como lo sabemos todos los escritores mexicanos, los editores de libros, de revistas y suplementos culturales (toda publicación sobre las letras que se precie no puede nunca estar fuera de estos debates, encuestas y cuestiones) y demás gente cercana a los libros, en su número de abril de 2007 la revista NEXOS hizo una encuesta llamada “Las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años”. Yo creo que en el año 2020 se volverá a convocar a ciertos votantes exclusivos para otra encuesta que seguramente causará polémica  y será  llamada quizá: “Las mejores novelas mexicanas en las primeras dos décadas del siglo XXI”. Ojo: en ese entonces ya Carlos Fuentes, como figura y su gran conocimiento de los distintos Méxicos que somos, significará otra cosa para todos nosotros. De hecho, Ibargoyen arriesga mucho más que Fuentes en términos de novela política. La Voluntad y la Fortuna de Fuentes, por ejemplo, con todo y sus 552 páginas densas y espesas, palidece ante el verdadero horror de El Torturador y la maestría de su inquietante final in crescendo. El Torturador va a estar en esa lista que seguro vendrá y quizá entre los diez primeros. Por su contundencia, su innovación estilística, su ironía amarga de triunfo pírrico, las carcajadas de borrachera que provoca, (¡no por otra cosa sino porque está escrita siempre desde el punto de vista del narrador que no deja descansar a nadie: ni a los personajes ni al lector, todos sufren y todos tenemos que hacer catarsis ante El Torturador!) la solidez brillante de la historia en sí y por sí misma, así debería de ser. A estas alturas todos sabemos ya qué es lo mejor de Jorge Volpi en su novelística (En busca de Klingsor), de Juan Villoro (sus recopilaciones de ensayos y la novela El Testigo), de Enrique Serna (El Seductor de la Patria), de Gerardo de la Torre (Su obra de cuentos y Ensayo General), de Guillermo Samperio (La Antología que le publicó Alfaguara) etc...

Abro un libro de ensayos críticos reciente de Geney Beltrán Félix (2009, publicado por la UNAM) cuyo trabajo es notable y ha sido muy comentado en el periodismo escrito: El Sueño no es un Refugio sino un Arma y leo: “¿para quién se escribe? ¿No es aterrador que el diálogo intelectual fuera del círculo literario sea casi nulo? [...] ¿La literatura va a quedar relegada sólo al cubículo universitario del doctor en letras? (pp. 75-76). El ya mencionado Cabrera Infante declaró en el Prefacio a la cuarta edición de Así en la Paz Como en la Guerra (1960) que un amigo suyo le había dicho: “cuando un escritor tiene un público es hora de que comience a escribir para él”. No concuerdo totalmente con las preguntas de Geney Beltrán. No creo que ni él mismo las acepte. Pero reconozco que me obligan a meditar, a volver sobre preguntas mías que ya creía resueltas y replantear la idea o, más bien, ese conjunto de ideas, referidas claro, a “la inmensa minoría” del público que tienen los libros y la literatura.

Una cosa sí es segura: El Torturador no es una novela hecha para escritores y periodistas solamente; es para todo lector, toda lectora, porque ese espacio narrativo “a medio camino entre Uruguay y México” del siglo pasado nos es dolorosamente próximo: Lomas Taurinas, Chiapas, Acteal, Tlatelolco, Oaxaca, el cura pedófilo Marcial Maciel, los filósofos marxistas Bolívar Echeverría y Adolfo Sánchez Vásquez, los jóvenes emos, el ejército en las calles y la tortura misma (Ibargoyen se adelantó a Presunto Culpable, el documental de moda) ¿No son todas esas cosas, acontecimientos, lugares, nombres, repito (y la lista verdadera es más larga) no nos son definitivamente próximos y nuestros? Son nombres, lugares y cosas que han surgido por la tortura, por nuestra tortura.

 

Febrero 2011

 

 

Marcos García Caballero (1973, D.F.) Es narrador, ensayista y poeta. Recibió en el 2002 el premio “Salvador Gallardo Dávalos” por su primera novela, Edad en el Alba, tiene además un poemario publicado: Infinitos dispersos (Ediciones Alforja 2001), otros dos libros suyos aparecieron entre 2008 y 2010, una novela en edición de autor y un libro de cuentos: Iconoclastas y otros cuates. En 2010 el gobierno de Zacatecas lo condecoró con El Rosetón de Plata por su destacada trayectoria artística. Actualmente estudia la Licenciatura en Línea de Filosofía por La Universidad Autónoma de Chihuahua.

 

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Bailar un tango para no morir del recuerdo

 

El exilio y la poesía de Saúl Ibargoyen

 

Lucía Izquierdo

 

Dicen que el Tango es tanto o más antiguo que el ser humano, pues existe desde que surgió el primer dolor del alma; pero fue hasta 1889 que su acepción en la RAE intentó describirlo como “fiesta y baile de negros y de gente de pueblo en América”. Tuvieron que pasar cien años más para que el Tango fuera entendido como “baile argentino de pareja enlazada, forma musical binaria y compás de dos por cuatro, difundido internacionalmente” pero ¿que es el tango? Y más aún ¿qué es el “Tango negro”?

Tango tiene una raíz portuguesa, llega a América del (mal llamado) dialecto criollo afro-portugués, una onomatopeya que surge del “tam tam” o candombe que era un instrumento usado en los bailes negros, así que cuando se decía toca tambo o toca tango se refiere a tocar el tambor, a llevar las pulsaciones internas directo a las vibraciones de un instrumento, de ahí a nuestro cuerpo… de ahí al mundo. Así en Buenos Aires se llamaron tangos a las casas de los suburbios en donde los negros, los pobres, los mal queridos sociales, se encontraban para bailar y olvidar su marginal condición en el siglo XIX. 

Una mezcla de códigos cerrados sazonados con el dolor del alma, el tango se germinaba en casas de los barrios bajos, en los boliches de carreros, en conventillos del sur, pero poco a poco ha abandonado el arrabal y dominado los centros, ahora hasta se dan clases y hay concursos que aparecen en los medios masivos de comunicación; encontramos tango hasta en Hollywood y de ahí a todo el mundo.

 

Pero no he respondido a la pregunta ¿qué es el tango negro? Quizá imaginemos que tiene sazón uruguaya, un poco del alma de Saúl Ibargoyen y del arrabal, una voz unida al sincopado carnal, canción entre susurros de poemas que se dicen al oído mientras éste se desangra bailando, no sabe si ha iniciado o terminado qué compás, susurra, grita, danza y gimotea el “tango negro” que acaba de empezar. ¿Qué es? aún no estoy segura, pero sean invitadas y algunos también invitados a danzar un “Tango Negro”.

Cuando tuve en mis manos el primer ejemplar del libro de Saúl que lleva este título y que pude decir mío, no pude reaccionar inmediatamente ante una edición no sólo cartonera, sino además pirata. Ésta había sido elaborada por los alumnos recurrentes del taller de Saúl que se llevaba a cabo cada miércoles en el café la Selva de Coyoacán… o en cualquier café del que no nos corrieran con nuestros versos en mano.

Lo cierto es que esa edición cartonera representaba no sólo la estrecha relación del contenido con el arrabal, con Gardel; con la podredumbre interna; aquella edición que aún conservo, es una metáfora biográfica del autor y de la lucha que ha surcado, porque como el mismo autor dice “uno nace en una patria, pero hace patria donde puede y la lleva consigo a todos lados”; y esa es la que vale.

Saúl Ibargoyen nació en Montevideo, Uruguay el 26 de marzo de 1930. Es novelista, poeta, cuentista, traductor, periodista, editor, coordinador de talleres, luchador social y un asiduo bebedor de café con un toque de canela y agua gasificada.

Debido a la dictadura cívico-militar de su país de origen,[1] radica en México desde 1976, aunque fue hasta septiembre del 2001 cuando le fue concedida la nacionalidad.

 

Desde “1954 hasta el presente, ha dado a conocer más de 40 títulos de poesía en Uruguay, México, Cuba, Canadá y EUA.”[2] ¿Por qué si tiene tantos títulos hemos entonces decidido centrarnos en su "Tango Negro"? Bien, Tango Negro es un hipotexto que tiene una aparente raíz en una canción de Juan Carlos Cáceres que dice a la letra:

 

 

Tango Negro (candombe)

 

Tango negro, tango negro, / te fuiste sin avisar, / los gringos fueron cambiando/ tu manera de bailar./ Tango negro, tango negro,/ el amo se fue por mar,/ se acabaron los candombes/ en el barrio ‘e Monserrat./ Más tarde fueron saliendo/ en comparsas de carnaval / pero el rito se fue perdiendo/ al morirse Baltasar./ Mandingas, Congos y Minas/ repiten en el compás,/ los toques de sus abuelos/ borocotó, borocotó, chas, chas/ Borocotó, borocotó borocotó, / borocotó borocotó, / borocotó, chas, chas./ Tango negro, tango negro, / la cosa se puso mal, / no hay más gauchos mazorqueros/ y Manuelita que ya no está. / Tango negro, tango negro, / los tambores no suenan más / los reyes están de luto / ya nadie los va a aclamar.

Podemos decir que Tango Negro, tanto la canción como el poemario se caracterizan en palabras de Sebastián Rivero Scirgalea como una poética del cuerpo, “Esta poética del cuerpo considerada en su doble sentido –que en diversos poemas funciona de vaso comunicante de la 'enunciación' y lo 'enunciado'– es uno de los ejes vertebradores del libro. Hasta la propia ‘Musa’ se manifiesta como un ser corporal, un ser también destinado a la muerte física.”[3] Es la seductora lucha entre una pareja que danza y cohabita con lo seductor y lo destructivo; es también una metáfora de los sucesos que llevaron a Saúl Ibargoyen al exilio. Podríamos hablar de la referencia a Innana en el sentido simbólico más profundo: como diosa del amor y también de la guerra; todo puede cohabitar en el arrabal de un tango que vibra al ritmo del padre bandoneón.

El poemario se divide en tres partes: “Tango Negro”, “Los poemas de Marcela” y “Del otro aquí, del otro allá”. Más fuerte que la elegía asociada con la soledad y la muerte, se perciben los cuerpos enlazados en la danza, en el asco, en “cinturas y manos y licores y sórdidas harinas acechantes”[4]. Son esos cuerpos enlazados que muestran cómo uno puede estar completamente adherido al otro y, sin embargo, estar completamente ausente; buscando dominar al otro para no ser dominado por éste.

En el amor, igual que la guerra, “Nos llaman a enredarnos a dolernos/ A bailarnos a cuajarnos totales y únicos/ De a dos y de a todos/ A danzar hasta el fin/ Nuestro tango tango negro.”[5] En una invocación que pide asemejarse a las danzas mortuorias de la Edad Media; un baile de ultratumba que iguala a los hombres en estrato social, como lo destacó el historiador J. Huizinga, el tango en estos casos, al igual que la danza medieval, tiene un cometido de sátira social. El absurdo en que habita el mundo posmoderno se pone zapatillas en esta pista, nos muestra que el México contemporáneo no es tan diferente del Uruguay de los 70. ¿Hemos abandonado toda esperanza? ¿Dónde está el afuera de este “bailadero social”? El sinsentido es también un cambalache[6] que se expone en el poemario enmarcado por una serie de dedicatorias que parecen más un guiño al lector lo suficientemente obsesivo como para revisarlo, pues dedica los poemas a aquellos que le han influenciado por su lucha interna, por sus mecanismos o recurrencias poéticas o simplemente a quienes la historia no ha hecho justicia[7]:

 

Isidore Ducasse -Conde de Lautréamont- poeta “Maldoror”, ser sobrehumano, arcángel del mal, lucha bajo diferentes formas contra el Creador, a menudo ridiculizado como Dios en el burdel”.

Oliverio Girondo - Poeta argentino de quien Saúl retoma la numeración caótica.

Jorge Enrique Adoum - Entre Marx y una mujer desnuda “Su obra siempre ha tratado temas sociales y por ella fue nominado al Premio Cervantes.”

Pablo de Rokha - Carlos Díaz Loyola - Es considerado uno de los 4 grandes de la poesía chilena (junto con Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral). Es considerado un poeta vanguardista, Saúl retoma en Tango Negro la posibilidad de hacer de la mayor amargura algo poético.

Carlos Gardel - Es el representante del tango más conocido a nivel mundial. En 2003, a propuesta del gobierno uruguayo, la voz de Gardel ha sido registrada por la Unesco en el programa Memoria del Mundo, dedicado a la preservación de documentos patrimoniales.

Alfredo Le Pera Sorrentino - Sao Paulo, Brasil. Fue un letrista, escritor y periodista autor de la letra de los más conocidos tangos cantados por Carlos Gardel.

Rumí - También conocido como «Mawlana», «Mavlana» o «Mevlânâ», que significa «Nuestro Señor» en árabe. Fue un célebre poeta místico musulmán persa y erudito religioso.

Kabir - Poeta, músico, místico, filósofo y santo de la India. Desdeñó credos, denominaciones, ascetismos y religiones llevando la filosofía oriental a un nuevo rumbo. Para Kabir la vida se reduce a un juego entre el alma de cada hombre y Dios; lograr la unión de ambos es la misión de la vida terrenal.

Omar Khayyam - Matemático, astrónomo y poeta persa, nacido en Nishapur (actual Irán). La traducción literal de su apellido es “fabricante de tiendas”, profesión que alguna vez ejerció su familia. La multidisciplina nutrió sus letras.

Carlos Pedemonte - Este caso particular me parece interesante, pues Saúl insiste en que el dios azar nos juega movidas de largo aliento y Carlos Pedemonte fue su cuñado; un fallecido guitarrista y compositor uruguayo que tenía, al igual que su padre un gran conjunto tanguero. Sin embargo, mientras hacía mi recorrido histórico para encontrar a los sujetos representativos a quienes Saúl dedicaba determinado movimiento poético, me encontré con Carlos Pedemonte y Talavera. Clérigo y político peruano. Fue electo arzobispo de Lima en 1826, aunque no fue ratificado por la Santa Sede, y debió renunciar en 1827. Es decir, fue exiliado del mundo que conocía (igual que Saúl). Durante su destierro en Lima 1868- 1870 fue acusado de firmar un documento que le costó un litigio absurdo y el fracaso de el Laudo Arbitral. Sin embargo, y pese a que fue el primer rector de la Universidad de Trujillo, Saúl Ibargoyen jamás, antes de este texto, había escuchado hablar de él pese a la serie de elementos comunes que los unen.

 

La segunda parte del poemario es un canto a aquellas musas que lo ampararon en la lucha, a aquellas que desde el poema “Invitación” nombra para que le acompañen a bailar el Tango Negro. Reafirma la sensación de desenfreno en la estructura poemática con la intercalación de versos largos y cortos, y dentro de los largos, se practica una división rítmica que le confiere un sonido de golpe tanguero. La reivindicación que hace Saúl del verso y lo musical en la poesía es una vibración constante en este libro.

¿Pero qué tiene que ver todo eso con la idea del exilio y la literatura? No sólo porque Saúl haya escrito este poemario desde su resignificación patria en el exilio, sino porque uno de los tópicos constantes del libro es que en el “kaos” del mundo, el hombre se encuentra desamparado ante la muerte; no una muerte como idea abstracta, sino concreta, corporal, esa muerte que ocurre a tu alrededor, a tu gente, a aquellos que conociste y que sabes que no volverás a ver, porque murieron luchando.

Es esa muerte de sentido en donde sabes que te vas quedando solo, exiliado de todo lo que conoces, menos de tus recuerdos, esos te seguirán carcomiendo. Es en este contexto en que la Musa (corporal y moribunda) no da respuestas, danza, danza y puede salvar lo perecedero, a pesar de aquél que ya no quiere recordar.

De ese baile mortuorio queda “La memoria que ya extraviaste/ Será vera memoria/ Entre las sombras nuevas.”[8]. Entre el aquí y el ahora que recuerdan que “Saúl Ibargoyen pertenece a la estirpe de los poetas verdaderos, una especie mucho menos abundante que lo que el número de poesía en circulación y la crítica de ciertos críticos permitirían suponer, (…) en consecuencia, suele padecer el embate del silencio que le dedican quienes están afiliados a lo novedoso y no atienden a lo sustancial”[9], quienes piensan más en vender que en pertenecer, cuando lo que deberíamos atender es el lugar del arte en la sociedad, en la actualidad; como dice el mismo autor “La importancia del arte en la actualidad, en un mundo tan revuelto, tan sangriento como el que nosotros estamos viendo en función del desarrollo agresivo del capitalismo salvaje hay que verlo también en cuanto a un proceso que no solamente puede dividirse en etapas, sino en función de su utilidad (…) ¿cuál es el papel del poeta contemporáneo?”[10], del arte contemporáneo.

Es momento de dejar la indiferencia, de levantar la pluma no sólo pensando en la belleza de la palabra, sino en su utilidad, en marcar con viceras el ánima de nuestra Matria como alguna vez el tango marcó la diferencia en la pista de baile.

El burdel ha abierto sus puertas, el padre bandoneón marca ya el ritmo, entreteje una melodía que aunque se repita una y otra vez, siempre es diferente: aumenta tu ritmo cardiaco mientras el zapato de charol y el taco alto comienzan un cortejo por lo bajo; no te detengas, que las metáforas rítmicas guíen tu pulso, tus pies, tus aplausos y sobre todo tu alma; porque nuestro tango negro es una danza poética que inicia en las vísceras y termina en lo más profundo de tu inconsciente, entre las rendijas del piso encerado con lágrimas sinceras, con sangre de maestros, de trabajadores de Luz y Fuerza del centro, de estudiantes críticos; justo al lado de la melancolía que ocultas hasta de ti mismo. El tango negro nació para vivir entre las páginas de tus recuerdos y crear nuevas formas de expresión, nuevas maneras de escribir y danzar tu mundo.

 

FICHA:

“Tango negro”, Laberinto ediciones, col. Poesía de largo aliento, 3ra. Ed., México, 2013, 70 páginas.

 

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Perro de soledad de Saúl Ibargoyen

(Un vistazo a su esqueleto)

 

Por Adriana Tafoya

 

El universo que la engañosa luz nos permite ver

es una alfombra delicada y fugaz que cubre

los otros universos que jamás veremos.

Nimat-Ollah Wali

 

Perro de soledad, es un libro conformado por veinticuatro poemas, o dicho de mejor manera, cantos (aullidos, para adentrarnos en el tema cánido del poemario), tonos de un poeta que envía ondas de finísima penumbra a través de “polvaredas que restringen el mirar de la especie” y nos entrega en esta lírica un timbre que quebranta las “claves subjetivas” y ofusca los “códigos, sílabas, frases, signos” para destruir los “recursos, acentos, sugerencias”.

Hay una clave sintáctica que sostiene a Perro de soledad, la cual podemos buscar entre los recovecos y las diminutas pistas bajo la pelambre estilográfica, así como las huellas caninas que va dejando el poeta Saúl Ibargoyen entre sus versos que al llegar al oído se aprecian como la manifestación trastocada de un canto antiguo o tal vez un rezo que se descompone gramaticalmente en un alarido qawali, pues los sonidos se suceden y se van desprendiendo de un verso a otro como en una escalera que desciende al final del poema, igual que a la inversa, asciende desde las tierras del silencio, con analogías, a las nubes del significado.

En este libro, que es también en su totalidad, un cánido, digno de notar es, que únicamente encontramos tres textos en torno al símbolo del perro; el poema Einsamkeit (que en alemán significa soledad), Perro más perro y Abandono; trilogía que le da cuerpo a este libro. A su vez habita las páginas una triada femenina compuesta por los poemas La blasfemia, La niña de Uruapan y Niño de sombra, este último, veladamente guarda una figura femenina, cito versos: “es una forma de niño la que vemos / inclinada hacia un charco de luz muerta”. La que vemos inclinada es una ella que se refleja en el charco de la luz. Y es esta triple niña en el espejo la que le da cabeza al cuerpo del perro.

Al entrar en este libro, será de sumo interés para el lector especializado, así como para el curioso de profesión, reflexionar sobre a qué raza de perro se refiere Saúl Ibargoyen en este libro. O pensado de otro modo, se preguntará a qué simbología inclina este perro. Puesto que este símbolo nos ha acompañado a los seres humanos comunes y corrientes y a los que según se dice son de origen “divino” durante siglos, y a su vez a los que nos antecedieron, es valioso conocer cómo lo hicieron a lado de este compañero de andanzas, que ha fungido también como una especie de “espíritu” o “familiar” que acrecienta la energía, e incluso en otras culturas o tribus como compañero de los dioses en turno.

En lo que parece una escritura intrincada, va una flecha que toca directamente el inconsciente, e Ibargoyen penetra con sus versos abriendo a sus lectores un secreto panorama, que aunque invisible, se encuentra ahí, y hace que por la mente atraviesen las imágenes de este perro; ¿será que el poeta se refiere al perro blanco de orejas rojas; o a la imagen del perro en la runa de kaum?, ¿o al dios Anubis, señor de la necrópolis, que junto con Horus cuenta los corazones?; ¿o Anubis el que acompaña a Isis y tiene un lugar en su regazo?

Rascándole más, se podría pensar que es el perro con que se representa a Esculapio, como el perro Anubis (una vez más), compañero del egipcio Thoth, y el que siempre acompañaba a Melkarth, el Hércules fenicio, como símbolo del infierno, y a su vez símbolo de los sacerdotes del perro llamados Enarios, que atendían a la gran Diosa del mediterráneo oriental y se entregaban a frenesíes sodomíticos en los días caniculares cuando aparecía la estrella del perro, Sirio. No se sabe con certeza si sea alguno de estos perros, o quizá, el de los Calebitas, otros adoradores del can. Sencillamente puede ser el faraón hound, hermosa raza de perro galgo y compañero de esta vida carnal. Lo cierto es que el significado del perro es variable y nos acompaña desde la más tierna antigüedad en muchas leyendas análogas y ha sido gran fuente de inspiración para los bardos, pues poéticamente significa “guarda el secreto”; el secreto principal del que dependía la soberanía de un rey sagrado.

La lectura más sentida de Perro de soledad nos permite hallar entrelíneas que Saúl Ibargoyen tiene esperanza, a pesar de estos poemas llenos de tristeza, y más que de tristeza de desolación; más cerca de una poética del pesimismo, donde por supuesto existe la crítica social, que es la mundial y la histórica; e inclusive hay una crítica y una ejecución de la ironía para tratar sin benevolencia al hipertexto, el hiperdiscurso, el logos. Vale el ejemplo de los siguientes versos: “La niña casi no está / se retira como quien abandona / el inicio de un sueño / mientras se alzan / los muros de otras ciudades: / pero ella no lo sabe”. Más adelante se lee: “y las tierras verdes del jardín / gritarán en su no-lengua / que nadie escuchará / en ninguna parte”. Luego: “Se ha dicho en otras lenguas de lo humano / que detrás de los ojos hay cosas inmóviles / nutriéndose de una fría dimensión que parece vacía”. Y para concluir: “Por el horror de su ignorancia enajenada: la niña que alguien arrastró debajo de los pies / de un triste tribunal de índice implacable: porque la niña no comprendió / el altor del mensaje de Alá ni su grandeza / ni su misericordia: / y la absurda blasfemia así concebida / creció suciamente enredándose / entre leyes y decretos / que solo un dios muy enfermo / podría tolerar: la niña que no comprenderá / por oído dudoso y extraviada memoria”.

El poeta Saúl Ibargoyen demuestra en este pequeño libro, pero gran poemario, que la poesía debe ser trascendental, esa es la meta de todo verdadero poeta: entregarnos no solo el mundo, pasado por el filtro de la lírica, ni solamente una crítica cruda al sistema en el que vivimos, por cierto muy similar al sistema egipcio; sino también, dar propuesta e intención de reformar lo establecido. Este Perro de soledad de Ibargoyen nos hace considerar la grandeza del acompañante no humano, pero sí emocional, encarnado en un perro, que a final de cuentas es un lazarillo para los ciegos, o guía en la oscuridad de nosotros los muertos, que en este tiempo como en el antiguo, encarnamos los zombis, pero ahora tan de moda.

Casi con seguridad se puede pensar, que este perro de Saúl Ibargoyen es el perro de On-niona, diosa que adoraban los galos, y que era celebrada en el equinoccio de primavera, época del sol naciente, pues el poeta dice en el verso que da remate al libro: “que es un perro de fuego”. Perro de sol. Perro de soledad, que quizá traiga la primavera al mundo.

 

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Sobre el escriba de pie y otros versos imaginados

 

En cierta oportunidad alcancé a soñar que los pedazos que un verso pierde... son atraídos por los otros versos del poema que ayudaron a formar, pero también por los demás poemas del libro.

Así inicia la breve explicación, la velada guía propuesta por El escriba de pie y otros poemas, para internarse e internarnos en un universo único.

Continuando la idea, es preciso afirmar que la relación entre partes y un todo no termina aquí: cada verso es atraído por otro verso, es cierto, como cada buen poema de este libro se inscribe a una interacción infinita con otros grandes poemas de éste y otros libros, y con otros autores. La literatura latinoamericana de finales del siglo XX y principios del siglo XXI no puede explicarse sin la presencia poética y narrativa de Saúl Ibargoyen (aunque a algunos les pese); y en especial, no puede comprenderse sin los escribas, los bichos, los pelos y las salivas que el autor integra en su obra completa; y en particular en este poemario, que debe considerarse imprescindible para cualquier estudioso o franco lector de poesía. Los versos de Ibargoyen se atraen y complementan en la más fantástica de las entropías dentro de sus páginas.

Hay libros que dejan precedente, libros que se constituyen en símbolos, en estandartes de una causa, una idea, un desasosiego. El escriba de pie es uno de esos libros. Ignorarlo implicaría traicionar la contemporaneidad de las letras. Adentrarse en él, es internarse a la fascinación que produce leer los mejores sonetos de Quevedo, o contemplar los cuadros de Rembrandt o Gironella; sin deslindarse de los tremendos claroscuros que podemos encontrar en la meditación interior a través de la poesía sufí, o sufí. Como referencia, acudamos al inicio de El escriba de pie:

No yo no soy el escriba ni el pintor / yo no soy el que manda en las palabras / Mi nombre no fue encerrado en tinta mortal / mi nombre nunca fue borrado de la tierra.

Hay tres referentes principales que constituyen el barro de estas letras. El primero, la inmensa carga espiritual en versos como: su puro nombre de paloma / nada tiene de canto… porque el nombre de paloma / nunca fue escrito aquí/ ni palabra alguna lo escribió… La más pura mística oriental.

El segundo, el cuestionamiento social en pasajes como éste: nunca he conocido…/ ni corrupción de desdentados funcionarios/ ni culpas de sacerdotes/ ni crímenes de estado/ ni balanzas fraudulentas/ ni orinadas túnicas de rey…El grito rebelde de un librepensador en contra de las tiranías.

Finalmente, el planteamiento existencialista, al   más puro estilo de Sartre o de Simone de Beauvoir, al confesar: No soy el responsable / de que los astros tuvieran / vómitos de humo y fuego negro / ni de que la noche encerrara al mundo…/ No soy el escriba / ni sentado / ni en cuclillas / apenas balbuceante / apenas de pie. / Simplemente no pude mentir.

Una extraña concatenación de filosofías y conceptos, sin duda, las que se encuentran en la alquimia de Ibargoyen; pero en la profundidad y en la contradicción radica el encanto de su poesía. Por supuesto, la voz poética, este misterioso amanuense que se interna en el manejo de los elementos mencionados, integra a su propuesta otras tres virtudes, indispensables en los grandes poetas universales: la sinceridad, el oficio y el ritmo. La poesía de Saúl Ibargoyen nos remite de inmediato a esa honesta musicalidad del lenguaje, a ese canto acompasado que se gesta desde las hermanas tierras sudamericanas. Pocos como él para manejar el ritmo, un ritmo natural, una música libre y sin artificios.

También es importante destacar, en su obra, la eterna búsqueda del feísmo. Así podemos optar por llamarlo. No se trata de una fealdad burda, desafortunada; sino de la fealdad que permea su belleza a través de las más filosas pero perfectas espinas. Hablar de la estética de la espina, de la saliva, de lo pútrido que, en su oscura aparición, pertenece a la equilibrada maquinaria de la naturaleza y a la relación armónica de la vida y la descomposición: sarna de granito, vacas de basalto y pellejos partidos, chacales que fornican entre hierbas, espeso hilo de baba de araña, humo en coagulación; poros y pelos y gases y párpados son sólo algunas de las metáforas e imágenes que el poeta construye sobre esta línea.

Para conocer su gusto por lo anti-estético, por referirlo de alguna manera, baste citar al filósofo Karl Rosenkranz:

Que lo feo pueda gustar parece un contrasentido, como si el enfermo o la maldad suscitaran placer. Sin embargo es posible... En modo sano, cuando lo feo se justifica como necesidad relativa en la totalidad de una obra de arte y es superado por el efecto contrario de lo bello. Entonces, no es lo feo aquello que determina nuestro placer, sino lo bello que supera su negación [...]. En modo patológico, cuando una época está física y moralmente corrupta, le falta la fuerza para concebir la belleza auténtica pero simple. Por ello recurre a la fealdad.

Ibargoyen comprende y admira, con mirada científica, incluso, la muerte de todo aquello que perece. De lo que perece de forma natural, desde luego, porque, este combativo escriba se muestra firme en la lucha infatigable para derrocar las vanidades de los emperadores y la futilidad del poder que corrompe y aniquila al mundo; y sobre todo, se erige valiente contra el hambre y el exterminio globalizado, que nada comparten con la idea de la descomposición y las causas que rigen la vida y la muerte cotidianas en el planeta. En este sentido, se cuestiona en muchos versos, esta voz poética, el salvaje comportamiento de seres egoístas y asesinos. Ideas que se han forjado, sin duda, siguiendo las líneas de uno de sus autores favoritos entre otros no menos importantes, el Conde de Lautréamont, de quien compartimos esta cita:

tu forma armoniosamente esférica…me recuerda demasiado los ojos del hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello. Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque en realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro de sus semejantes con tanto desprecio?

Y el escriba, que nunca supo mentir, afinca su estilo en la preocupación perpetua de Lautréamont de buscar en el hombre mayores virtudes, ajenas a los procesos dictatoriales, a la tortura, a los verdugos de hinchadas cuentas bancarias: ¿Qué poderes se alojan/ en el verbo poder?, nos dice la voz poética, ¿Alguien podrá respirar…/ la ácida turbulencia del mundo?/ ¿Podrá multiplicar sus rentas de aire?/ ¿calcular las sumas de su estiércol?

El escriba de pie y otros poemas es un libro completo, redondo, que visita los confines de la entropía física, metafísica y social. Un viaje al microcosmos, al macrocosmos y a la cosmogonía interior del escriba, un personaje que parece desdibujarse, ocultarse en la maravillosa labor de la literatura (la que hace parecer modesta ante los ojos de los tiranos y del pueblo). Vendría poco tiempo después la continuación de este poema, El escriba otra vez, como una persistencia, una obsesión que obligará a la voz poética a mostrarse de nuevo; esta vez asegurando: Yo soy otra vez el escriba de pie/ con un corazón que empieza a herrumbarse / por decisión de los dioses interminables, en una continuación tan magnífica como el poema que dio motivo a su escritura. El resto, es la historia y el gozo que construimos al leer estos textos. Agradezcamos entonces a la voz de este incansable e incorruptible amanuense, la aparición de una secuela, pero principalmente la aparición de este primer libro, este generoso poema, este canto que incluye una descripción, un retrato de sí mismo escrito por propia voz, que no podría ser tallado sino con el cálamo que emplea para describir una galaxia, un perro, o un escarabajo:

Nunca escribí lo poco / de mi nombre: / dos sonidos solos combatiendo por un sitio en el aire de metal: / cuatro letras solas como huellas de polvo / en una boca nueva / sin lluvia y sin sed.

Querida y respetada voz poética de nombre escriba o de nombre noche o de nombre Saúl: bienvenidos sean estos versos al acervo de la buena y bien lograda poética de nuestras tierras latinoamericanas, y del idioma castellano en general. Sigamos buscando en tus palabras, el pelo abierto / de una muchacha que ocupa sin pausa / todas las distancias de la noche. Gracias por lo que nos has obsequiado. Gracias por lo que seguirás brindándonos con tu estilete en el futuro, entrañable escriba. Salud y buenos versos.

 

Ulises Paniagua

Bar Las Hormigas. Casa del poeta, 2 de julio del 2013

 

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[1] Que se extendió entre el 27 de junio de 1973 y el 28 de febrero de 1985. Fue un período durante el cual Uruguay fue regido por un gobierno cívico-militar no ceñido a la Constitución y surgido tras el Golpe de Estado del 27 de junio de 1973. Dicho período estuvo marcado por la prohibición de los partidos políticos, la ilegalización de los sindicatos, medios de prensa, la persecución, encarcelamiento y asesinato de opositores al régimen. Para más datos véase: http://www.1811-2011.edu.uy/B1/content/la-dictadura-c%C3%ADvico-militar-1973-1985

[2] Saúl Ibargoyen, El poeta y yo, EON, México, 2003. Pp. 4

[3] http://www.tulancingocultural.cc/letras/saulibargoyen/tangonegro.htm

[4] Saúl Ibargoyen, Tango Negro, La propia cartonera, Montevideo, 2010. Pp. 7

[5] “Séptimo compás” 

[6] Cambalache es un tango argentino compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo para la película El alma del bandoneón, estrenada al año siguiente. Allí lo interpretó Ernesto Famá con el acompañamiento de la orquesta de Francisco Lomuto. La canción, originalmente compuesta durante la Década Infame a la que denuncia en sus letras. La obra se vio además afectada por una resolución del Ministro de educación Gustavo Martínez Zuviría, quien prohibió los voseos y el lunfardo en los tangos. Tal medida fue derogada por Juan Domingo Perón, luego de una entrevista con el propio Discépolo.

[7] Los datos de los autores fueron extraídos de: http://www.biografiasyvidas.com

[8] Saúl Ibargoyen, Tango Negro, La propia cartonera, Montevideo, 2010. Pp. 40

[9] Saúl Ibargoyen, El poeta y yo, EON, México, 2003. Pp. 12

[10] https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=QhQNMBUfHM4