Dámaso Antonio Larrañaga

Sacerdote, sabio naturalista, escritor, personalidad política de su tiempo. Fue delegado en Buenos Aires, ante la Asamblea General Constituyente de 1813, y actuó luego en el Congreso de Capilla Maciel. Fue patriota sincero, pero también enemigo de extremismos. En 1821 tomó parte en el Congreso Cisplatino, en cuyo seno votó la incorporación de esta Banda a Portugal, aunque en calidad de Estado separado, conservando sus fueros y privilegios. En 1824 fue designado Vicario Apostólico. Le cupo desarrollar una importante misión cultural. Inauguró la Biblioteca pública en 1816 (formada en gran parte con una donación de la biblioteca privada del padre Pérez Castellano). Asimismo, en 1821 Larrañaga fundó la Sociedad Lancasteriana destinada a implantar ese método de enseñanza. La escuela lancasteriana funcionó en una sala del Fuerte hasta fines de la dominación brasileña. Electo senador en 1830, Larrañaga presenta a la Asamblea Nacional un primer proyecto de creación de la Universidad (1832).

 

Como escritor, pertenece más a la arqueología literaria que a la verdadera literatura. Sin embargo, el Diario de viaje de Montevideo a Paysandú (escrito en 1815) es un relato de singular interés. Sin pretensiones de hacer obra literaria, Larrañaga logra una descripción veraz de nuestro campo. Aunque le preocupan fundamentalmente las observaciones sobre fauna, flora y mineralogía de esta provincia, lo que se entrevé en el relato es el estado de abandono de la campaña, la absoluta ausencia de industrias, la generalizada pobreza, rayana en la miseria. Tal vez un recurso literario de Larrañaga consista en mostrar las cosas directamente, no en nombrarlas o describirlas. Lo que se advierte a cada trecho es la falta de colonización, la ruinosa presencia del latifundio, el ausentismo del propietario, aun la falta de propietarios. El Uruguay es, en este documento de Larrañaga, tierra semi-baldía poblada por cardales y perros cimarrones. Bien que Larrañaga, a fines de su relato, se anime a decir las cosas por su nombre -discreta, punzantemente- y se refiera al pueblo de Víboras y a su aspiración de trasladarse hasta la costa del río Uruguay y tener allí un puerto. Pero se lo impide “un individuo poderoso que se ha apropiado de aquellas tierras y las tiene enteramente despobladas, no permitiendo ni que se construya un rancho”.

 

Larrañaga es escritor extremadamente objetivo. No se permite la menor efusión. Si se emociona es cuando contempla, maravillado, el majestuoso río Uruguay, y piensa que nunca jamás volverá a verlo. De sus compatriotas nos deja retratos que tienen un verismo casi fotográfico. La imagen de Fructuoso Rivera (a quien llama Ribero) difiere mucho de la que nos han proporcionado los románticos, aunque reconozca que el joven vencedor de Guayabos tenía “bastante desembarazo y urbanidad”. A José Artigas lo muestra sumido en un espartanismo al que mejor habría que llamar pobreza lisa y llana. Lo cual demuestra cuán dura rival sería Buenos Aires, que de esa manera vencía a sus vencedores. Porque Larrañaga prueba sus aptitudes de escritor no sólo por lo que dice, sino por lo que no dice. Es un maestro del sobreentendido, de la elipsis. Espíritu concreto, poco amigo de divagaciones y teorías, escribe: “Yo siempre gustaba mucho conversar con nuestras gentes porque sé que más descubrimientos se deben a la casualidad, mejor diré, a la práctica, que a los vanos y estériles sistemas de la Filosofía”.

 

La obra de Larrañaga, más allá de previsibles arideces, tiene lo que hoy día hemos dado en llamar “valor testimonial”. Como documento debe ser leída, y no como composición literaria. Es un primitivo, en la mejor acepción del vocablo. Larrañaga escribió también una Oración Inaugural con motivo de la apertura de la Biblioteca pública, y Fábulas americanas (1826), donde se denota la influencia de Iriarte y Samaniego.

 

 

 Tomado de: 100 autores del Uruguay
Paganini, Alberto - Paternain, Alejandro - Saad, Gabriel
Editado por: Capítulo oriental.

 

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