Francisco Bauzá

Representante nacional desde (1849–1899), ministro plenipotenciario en el Brasil, ministro de Herrera y Obes en 1892, es conocido, particularmente por su monumental Historia de la dominación española en el Uruguay (1880-1882; ampliada y reeditada en 1895-1897), obra aún no superada en nuestra historiografía. Es, también, constitucionalista -muy apreciado en su época-, y crítico literario de singular valor. (Estudios literarios, de 1885, y Estudios constitucionales, de 1887). Los poetas de la revolución -trabajo incluido en los Estudios literarios- muestra en Bauzá a un crítico de fuste, dueño de amplia información y seguro criterio. 

 

También escribe sobre Acuña de Figueroa, y aprovecha para dolerse de las guerras civiles, pues ve cómo la nación “marcha sobre el plano inclinado de la ignorancia”. Y agrega, con esa severidad de moralista que no le abandonó nunca: “Más perjudicial aún el despilfarro de la inteligencia que el del dinero; cuando menos éste se transmite de unas manos a otras para circular siempre, mientras aquélla se consume con quien la tiene, sin que sus derroches sirvan para producir otra cosa que el decaimiento moral en derredor de sí”. Palabras, cruelmente actuales. Como crítico, es respetuoso y considerado, especialmente con lo que no aprueba (o no entiende): buena parte de la producción de Acuña de Figueroa, a quien le reprocha haberse burlado, en La malambrunada, de venerables ancianas. Esto no le impide reconocer en Figueroa al fundador de nuestra literatura. Debe subrayarse su teoría de que cada nación, al alborear su destino histórico, necesita de un poeta, de un escritor, de un intelectual que añada sus luces al esfuerzo material, físico, bélico, que supone, el independizarse, el desgarrarse del antiguo tronco. 

 

Su estudio sobre Juan Carlos Gómez, es verdaderamente estupendo, y, con todos los respetos debidos, no le ahorra a aquel seudo vate romántico ni uno solo de los filos de su ironía. Bauzá considera al romanticismo “como uno de los más deplorables devaneos del espíritu humano”. Pero no es menos justa su condena a los neo-clásicos, “empeñados en detener el tiempo”. Si acre es su diatriba a J. C. Gómez, luminosos son los párrafos donde refuta la teoría anexionista de Gómez y demuestra de qué modo la Argentina y el Brasil nos disputaron como a presa codiciada. Reivindica a Fructuoso Rivera, “Representaba al pueblo llano, al pueblo que lucha y muere sin quejarse, que no pide más que un jefe que lo guíe, conformándose con la oscuridad y la victoria”. No menos ecuánime es con Lavalleja, a quien muestra pisando el Arenal Grande, “abandonado a su fortuna (...), sin otra salida lógica que el desastre, sin otra excusa que la desesperación, otra recompensa probable que la muerte”.

 

 

Tomado de: 100 autores del Uruguay
Paganini, Alberto - Paternain, Alejandro - Saad, Gabriel
Editado por: Capítulo oriental

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