Eduardo Acevedo Díaz

 

El primero y tal vez el más grande de nuestros novelistas nació en la villa de la Unión el 20 de abril de 1851.

 

Cursó estudios de abogacía pero los interrumpió en 1870 para tomar parte de la Revolución de las Lanzas, ese torneo impar en que el Partido Blanco se lanzó a la lucha en pos de un noble ideal político. La participación en dicho acontecimiento fue decisiva para el futuro novelista: la visión del campo y de la guerra que entonces adquirió impregnará las páginas del narrador, del poeta épico (en prosa) que en realidad fue. Su fe revolucionaria se reavivó en 1875, en otra gran ocasión de coraje cívico: la Tricolor.  También en 1897 estuvo presente. Su persona había alcanzado ya la estatura de un gran conductor político. Es el escritor Francisco Espínola quien recuerda este aspecto (entre otros muchos) con la mención de una vidalita oída en la niñez: “Lamas y Saravia, / Vidalitay, / y Acevedo Díaz, / son los tres amores, / Vidalitay, / de la patria mía…” Su carrera de hombre público se frustra en 1903, cuando transgrediendo la disciplina partidaria, vota a José Batlle y Ordóñez. Expulsado de su colectividad política, debe abandonar el país. En el exilio, desempeñó funciones diplomáticas en varias capitales de Europa y América. Fallecerá en Buenos Aires, el 18 de junio de 1921.

 

Como novelista, su producción más acabada es Soledad (1894), breve, concentrada, verdadero poema en prosa. Pero la tetralogía en que intentó (y logró) dar una imagen de los tiempos heroicos del Uruguay es obra de enorme aliento y subidísimo valor, pese a mucha ocasional endeblez, pese a mucha hojarasca adventicia. Así, en Ismael (1888), primer componente de la tetralogía, sus tesis político -histórico- sociales aunque válidas y correctamente expuestas, se introducen en el curso de la acción y aminoran la intensidad del proceso narrativo, evocador de los acontecimientos de 1811. En Nativa (1890), Acevedo ya aparece libre de tales adherencias, y su mirada, límpida, desembarazada de obstáculos, se pasea por el Uruguay de 1823 para contemplar a Leonardo Alvarez de Olivera y su infructuosa partida contra el dominio brasileño. Hay trozos de antología, v. gr., el “reyunamiento” del portugués Pontecorvo, y la escena en que Ladislao Luna y su mujer huyen a lo profundo del monte. La acción continúa en Grito de Gloria (1893), algo excedida en sus desarrollos y con evidentes altibajos, pero, también, con indelebles caracterizaciones de personajes: el indio Cuaró, y Jacinta Lunarejo, arquetipo de hembra criolla, bravía y tierna, en cuyos brazos morirá durante la batalla de Sarandí Luis María Berón, alter ego de Acevedo Díaz. El ciclo se cierra con Lanza y sable (1914), donde el autor termina de perfilar a dos personajes predilectos: el ya citado Cuaró, y Frutos Rivera quien, al decir del crítico Emir Rodríguez Monegal, es el mejor personaje de Acevedo Díaz. Curiosa afinidad ésta, entre el gran caudillo colorado y Acevedo Díaz, caudillo blanco. El novelista Acevedo Díaz supo sacar partido de esa personalidad contradictoria, ambigua, rebosante de nobleza y picardía a un tiempo, que fue el vencedor de Guayabos, Rincón y Cagancha. Rivera es héroe de novela romántica, pero un héroe matizado de humorismo, un héroe humano, cálidamente próximo al lector.

 

Otras obras de Acevedo Diaz: Brenda (1884), Minés (1907). Como cuentista ha dejado El combate de la tapera, obra de insuperable animación y dramatismo.

 

 

Tomado de: 100 autores del Uruguay
Paganini, Alberto - Paternain, Alejandro - Saad, Gabriel
Editado por: Capítulo oriental

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