TAREAS   Y   COSTUMBRES

                                                                        Mercedes Rein

Preguntas  I

–Vamos a ver, usted, responda sin mentir, en qué posición está, qué odia, qué defiende, contra quién y por quién, con qué divisa, qué partido político, qué plan de desarrollo, qué vicio inconfesable, qué clase de suicidio.
–Le diré...
–¿No se atreve? Defínase, declárese, desnúdese, confiese sus errores.
–Decía que yo soy...
–¿Es usted solipsista?
–No señor, en principio, decía que mi mundo...
–¿Su mundo?
–A veces me confundo, no veo lo que es.
–¿No quiere verlo?
–Tal vez no esté muy bien de la cabeza. Tengo el alma revuelta, no lo niego. Nunca me alcanza el dinero. Me bailan luces en el cráneo, voces de contrabajos, gritos, palabras polvorientas. Un poco más recientes, acaso, mis ideas...
–¿Es usted comunista, paranoica, fascista, carece de principios?

–Permítame. Decía, mis ideas. En la última crisis empeñé tres o cuatro. Aún pienso rescatarlas, pero no tengo tiempo de sacarles el polvo una vez por semana, zurcirlas, remendarlas, archivarlas cada vez que se gastan. El mundo gira, cambia, en progresión geométrica. La ciencia me rebasa. Parece que las ondas magnéticas se mezclan e interfieren con metáforas. Tengo mala memoria pero supe sacar la raíz cuadrada de unas cuantas palabras, dar la mano, bailar con la lluvia, cantar en un coro de ranas y andar en bicicleta.

–¿Algo más?

–Para morir no tengo una receta. Pero invento mis trampas perfectamente inocuas, mis pequeñas astucias, oler una madera, investigar la forma de una nube, encender una lámpara, una rosa, una araña, un sabor a ciruelas. En general cultivo mis semillas de luz pero se secan.

–¿Filosofía?

–Me enamoré. Recuerdo que corría bajo la lluvia, sin saber por qué. En mis papeles consta que juré la bandera. Tuve un tambor y un gato. Y hoy me paso leyendo. En cierto modo, soy persona de bien pero me han dado algunos golpes y he tenido que huir, como hacen todos, llegado el caso, de la policía.
–Suficiente. Está lista su ficha.
–De este modo, señores –me pregunto si hubo error u omisión– ingresé en el archivo.

 

Preguntas  II

¿Es posible elegir?
Creo que puedo elegir entre esta o aquella naranja. Entre apretar o no el gatillo. Suponiendo que tuviera ese tipo de arma. No puedo elegir entre ser joven o vieja, pobre o rica, torpe o sabia. ¿No puedo? A veces intento inventar la realidad.

De lo que yo soy depende que apriete o no el famoso gatillo. Y también de otras circunstancias que dependen aún menos de mi voluntad.
Yo no elegí a mis abuelos.

El abuelo alemán, barbudo y calvo, que se aferraba temblando a la mano de su mujer cuando entraban a una habitación extraña. Eso pasó en Hamburgo, a principios de este siglo que se acaba. Pero ese temblor sigue vivo en mi sangre, en mis nervios, en algún rincón de mi cerebro.

Yo no elegí a mi abuela francoalemana. Alta, de voz grave y ojos trágicamente hundidos en sus órbitas. Sus manos huesudas tocaban el piano por las noches para sus numerosos hijos, prolijamente sentados y vestidos con trajes de marinero. La nostalgia de esa música que nunca oí sigue en mi oído como una niebla que me confunde y perturba mi relación con el mundo actual.

Yo no elegí a mis abuelos lusitanos, que se vinieron a América hace doscientos años. Ávidos colonizadores, orgullosos dueños de tierras que después perdieron. Duros y amargos como el desierto.

Yo no elegí mi flacura desgarbada, mi torpeza, mi tendencia al desastre, mi amor por los libros. No elegí mis cicatrices. Ni siquiera elegí mi inexplicable felicidad.

Infancia

Son imágenes borrosas, despojadas de nostalgia. Paredes empapeladas de amarillo, de rosa, de marrón con dibujos de flores, fotografías en blanco y negro, caras de antes y sonrisas forzadas. Un exceso de muebles en todas partes. Temibles cómodas panzonas recubiertas de mármol. Muchas cortinas, carpetitas, almohadones, alfombras.

La tarea de crecer me daba vértigo. Decidí dedicarle todas mis energías y dejé de ir a la escuela. A mi familia le pareció bien.

Mi madre no creía en el pecado. No sé si creía en Dios. Sus abuelos muy remotos habían sido portugueses. Y vascos venidos de un lugar llamado San Juan de la Luz. Visceralmente conservadora y a la vez, anarquista, la familia era lo único sagrado para ella y a la familia le perdonaba cualquier cosa.

Mi padre usaba en verano un sombrero de paja dura, como Maurice Chevalier. Pero él era triste y extranjero. Uruguayo en Hamburgo, europeo en América. Enemigo del aire, dormía en habitaciones cerradas. Trabajaba con luz artificial. Oía las óperas de Wagner a altas horas de la noche.

Una hormiga solitaria venía caminando por el borde del balcón. Nosotras gritamos: "¡Una araña!" Todos se rieron porque éramos niñas y no sabíamos nada de nada. Había un aire de infelicidad flotando en el aire.

Morirse de risa

N. tiene un defecto cardíaco. Las paredes del corazón demasiado gruesas o algo así. Es una falla congénita. El médico le ha dicho que no debe correr ni subir escaleras. Ella lo cuenta muerta de risa. De mañana da clases de expresión corporal en un instituto. De tarde, en otro. De noche actúa en el teatro. Hace poco casi se desmaya por correr a alcanzar un ómnibus. Se le aflojaron las piernas. Por suerte se pudo agarrar de un muchacho que la miró atónito. Ella se fue dejando caer suavemente. Con mucha expresión corporal, nos explicaba después. El muchacho le preguntó qué le pasaba. Ella le dijo: Si me desmayo, llamá a la Coronaria Móvil. Así anda por la calle sabiendo que en cualquier momento se puede morir. Pero ¿quién no se puede morir en cualquier momento? La diferencia está en que ella lo cuenta muriéndose de risa.

A los quince

A los quince años éramos o creíamos ser bastante desdichados. Casi siempre queríamos morirnos y cuando éramos felices nos moríamos a veces sin querer. Pero eso era lo que menos importaba. Lo peor era la dimensión del vacío. Había que hacer mucho ruido para no percibir el vértigo.

M. vivía con su abuela. Había perdido a su madre al nacer. El padre andaba por ahí. Tenían una casa maravillosa, rodeada de enredaderas y yuyos y flores. Tuve que agacharme para pasar entre las ramas, y la abuela, sentada en un sillón de ruedas, me abrió la puerta diciendo con un leve acento castizo: No te preocupes, hija. Todos crecemos pero después nos volvemos a achicar. No tienes por qué avergonzarte.

En su falda se desperezó un gato amarillo y me dirigió una mirada maligna. La abuela no caminaba. Pero era capaz de volar. La casa estaba llena de plantas y de pájaros. Se posaban en las manos y en la cabeza de la abuela que no se cansaba de repetir: Qué maravilla, mira qué criaturas tan bonitas.

Hablaba con una voz cristalina muy tenue que se quebraba por momentos como una hoja seca. Ella está muy enamorada, decía. A mí no me lo cuenta pero yo lo veo todo. Piensa casarse, aunque antes debería aprender a volar.

La abuela abrió un cajón y dejó escapar un pájaro de alas blancas. Quería ofrecerme galletitas pero no las encontraba. Las buscamos por toda la casa. Yo empujaba el sillón de ruedas, abría cajones y me subía a las sillas para alcanzar las latas y las cajitas que se amontonaban en lo más alto de los armarios. ¿Cómo habrían llegado hasta allí?

Ahora la abuela me interrogaba acerca de Él. Él era –ya no importa quién. Yo traía una esquela de su parte para M. Ese era mi triste oficio, mi única manera de acercarme a Él.

Cuando llegó M. la abuela salió volando por la ventana. Miramos un rato cómo flotaba entre los laureles con su capa negra en medio de la luz oblicua del atardecer. Después hablamos de la casa que tendría M. cuando se casase con Él. Sería una casa con una escalera de caracol y un piano de cola y un perro ovejero alemán.

¿Y mis gatos? preguntó la abuela que había estado escuchando por la ventana.

Tú y tus gatos tendrán otra casa, porque Él tiene mucho dinero y se casará conmigo. Después de decir esto, M. escribió otra cartita que yo me encargué de llevar.

Al día siguiente la abuela me estaba esperando con su sonrisa más ansiosa: ¿Y? ¿Tienes algo para ella?

Un poco escandalizada, me limité a encogerme de hombros y decir que estaba aburrida de llevar y traer cartitas, que si querían hablar podían encontrarse y punto.

Pero no, de ninguna manera –la abuela me tomó una mano entre las suyas, muy ásperas y resecas– tú de eso no entiendes nada. Yo no le tengo que permitir verlo, pues si todo es tan fácil, se pierde el interés. Debes decirle que yo la tengo prisionera, que ella se muere de tristeza y que sólo podrá verla si se casa con ella.

Le dije que bueno. Y esa misma noche le conté todo a Él. Le hablé de los planes de M. y de su abuela, de su codicia y sus manías de grandeza. Él me escuchó con más atención que otras veces y dijo que tenía que pensarlo. Después me dio una carta que yo me encargué como siempre de llevar. Se la di al comenzar la clase de biología. Las dos nos sentábamos en el mismo banco. Sin mirarla sentí cómo leía temblando y ví después su puño apretado sobre la tabla cubierta de inscripciones y manchas de tinta, donde habitualmente apoyábamos nuestros codos, los libros y los cuadernos. Con los nudillos muy blancos, estrujaba ella la hojita de papel. De pronto se levantó y salió corriendo ante el asombro del profesor, que me miró interrogante. No supe qué decir. Abrí la boca y salí también del salón sin dar explicaciones. La busqué en el baño de las niñas y no estaba. Subí al segundo piso y tampoco estaba allí. Llegué hasta la escalera, al fondo del corredor. En lo alto, la puerta que daba a la azotea estaba abierta. Eso me impulsó a subir. Cuando salí al espacio luminoso, bajo un cielo muy azul, mi amiga estaba de pie sobre el pretil de la azotea. La llamé, volvió la cabeza, me pareció que sonreía, agitó los brazos y se lanzó en un vuelo hacia el vacío. Pero ella no sabía volar como la abuela.