PENCO,  WILFREDO.

(Montevideo, 7 de marzo de 1954). Ensayista y crítico literario, político. Doctor en Derecho y Ciencias Sociales (egresado de la Universidad de la República). Crítico literario desde 1975 en diversas publicaciones. Codirigió la página literaria de “Correo de los Viernes” (1981-1985), donde dio a conocer una “Antología consultada de la poesía uruguaya contemporánea”. Es colaborador de “Brecha” y del “País Cultural”. Asesor literario de la editorial “Arca” (1979-1989), desde 1995 integra el equipo asesor de la editorial “Cal y Canto”. Jurado en numerosos concursos literarios, entre ellos, en el de Casa de las Américas (La Habana, 1987). Publicó: “Rodó: las parábolas de Motivos de Proteo” (1978); “José Enrique Rodó” (1978); “Correspondencia de José Enrique Rodó a Juan Francisco Piquet” (1979); “Breve antología del cuento campero uruguayo” (1980). Colaboró en la restitución del texto y tuvo a su cargo el cuidado de la edición póstuma de “Don Juan, el Zorro” (1984) de Francisco Espínola. Coordinó y prologó el “Diccionario de Literatura Uruguaya” (3 vols. 1987-1989). Premio “Bartolomé Hidalgo”. Participó en la edición crítica de “La carreta” (1988) de Enrique Amorim. Militó en el Partido Nacional y desde su creación en 1971, en el Frente Amplio. Secretario General del Movimiento Popular Frenteamplista, integra el Plenario Nacional y la Mesa Política del Frente Amplio desde 1983. Senador en varias oportunidades (1985-1990). Fue Director General de Cultura de la Intendencia de Montevideo (1990-1992), Prosecretario (1992-1994) y Secretario General (1994-1995). Cofundador del Comité de Cultura de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (México, 1990). Promovió la designación de Montevideo como Capital Iberoamericana de la Cultura para 1996. Integra la Asociación Uruguaya de Estudios Clásicos. Es Miembro de Número de la Academia Nacional de Letras.

DISCURSO DEL DR. WILFREDO PENCO
CON MOTIVO DE SU INGRESO
A LA ACADEMIA NACIONAL DE LETRAS
PRONUNCIADO EL 15 DE DICIEMBRE DE 1994.

Señor Intendente Municipal de Montevideo,
Señores Legisladores, Autoridades nacionales y departamentales,
Señores Miembros del Cuerpo Diplomático,
Señor Presidente de la Academia Nacional de Letras,
Señores Académicos,
Señoras y Señores, amigos:

            Quiero empezar por agradecer, señor Presiente, sus palabras, tan cordiales y espontáneas, que mucho me gratifican no sólo por provenir de alguien que, como usted, ejerce hoy una investidura –la de Presidente de la Academia Nacional de Letras– que merece mi respeto y consideración, sino también porque en estos días se me agolparon en la memoria recuerdos entrañables de lecturas tempranas, de aquellos deliciosos Ratos de padre que me dejaron vivir momentos que tal vez siempre quise y no tuve, o de los pedazos de vida de Juan Carmona en un cuento que no se puede olvidar como es “Juan de los desamparados”, o del indefenso destino de Ansín el “Hombre-Flauta”, tan pleno de tristeza y de humanidad.

            También quiero agradecer las palabras del señor Académico Luis Bausero que me ha hecho un honor, con su discurso de recepción, al ocuparse de mi obra y de mi persona, con esa generosidad que lo caracteriza, seguramente en nombre de una amistad con que me ha distinguido desde hace años. Al profesor Bausero, hombre de vasta cultura, estudioso de la historia antigua, poeta, los uruguayos mucho le debemos sobre todo por la defensa insobornable e inteligente que siempre ha sostenido, aun en tiempos difíciles, del patrimonio artístico del país. Ha sido para mí, un hombre de consulta, dispuesto a toda hora a contribuir con su consejo a nuestro enriquecimiento cultural. Por todo lo que el profesor Bausero significa, la recepción de esta noche me complace, entre otras cosas, por su renovada y tan afectuosa compañía.

            Es costumbre de esta corporación la convocatoria de sesiones públicas para recibir en su seno a los nuevos Académicos que se incorporan –ya sea de Número, de Honor o Correspondientes–, y es costumbre también que en esas sesiones quienes ingresan dicten clases o pronuncien discursos académicos.

            Yo me quiero excusar en esta oportunidad, señor Presidente, porque lo que me he propuesto esta noche es apenas dejar testimonio de algunos de los intereses y preocupaciones intelectuales que han estado presentes durante mi vida, una vida no muy extensa pero que he procurado fuera compensada en intensidad.

            Me excuso porque sé que de este modo me estoy distanciando de lo que establecen estrictamente las normas por todos aceptadas, y porque es la primera vez que de modo explícito hago referencia a mí mismo como centro de un discurso propio, y esto no se concilia fácilmente con quien soy ni con quien quiero ser.

            Desde los primeros artículos que escribí hace más de dos décadas tuve muy claro, supe que la vocación crítica, en particular la crítica de literatura, está compenetrada de cierto sentido vicario. Escribir sobre los demás, sobre lo que los demás escriben es, de algún modo, sustituir al otro en la relación con el lector. Así que en esa operación de intermediario, en ese acto de sustitución, para ser más eficaz el crítico debe empezar por disimular su propia persona, y sin llegar a despersonalizarse cuando profundiza el análisis centrado en el texto que se comenta, sólo subsidiariamente y siempre de modo tácito, nunca expreso, debe aludir a sí mismo. Es la mejor manera de trabajar con buenos resultados: estar sin mostrarse, orientar sin que el índice moleste, haga sombra sobre la perspectiva del camino elegido.

            Esta fue la primera lección que aprendí en el ejercicio de la crítica literaria y hasta hoy he procurado, salvo en los ensayos estrictamente testimoniales, prescindir por eso de mi primera persona.

            Confieso que me ha ido muy bien en esta práctica, pues me he sentido cómodo, tranquilo conmigo mismo, en paz con mi propio modo de ser.

            He visto desfilar, en cambio, a mi lado vanidades desembozadas, he visto librar luchas muy duras por la figuración en primera fila y todo eso me ha ayudado a comprobar que lo que en definitiva vale es el trabajo que perdura, por más que lo rodee el silencio, finalmente comunicará más en profundidad, alcanzará una relación más íntima con el lector, será el fruto maduro y sabroso que cumple el destino para el que ha sido creado.

            Por todos estos motivos me resulta difícil hablar de mi vida. Y sin embargo, al haberse congregado tantos amigos, es lo que hoy quiero trasmitir, de la manera menos petulante, sin énfasis ni ostentaciones.

            Sólo en parte recurro ahora al método crítico de mis lecturas y comentarios. Apelo, en cambio, a mi memoria, de vez en cuando frágil, y remonto a mis años de infancia que pudieron haber transcurrido cercados por una biblioteca.

            Creo que sí: creo que desde siempre los libros estuvieron en mi vida y la invadieron para siempre. Antes de saber leer ni escribir, antes de asociar sonidos con letras y aprender sus notables combinaciones, tuve entre mis manos páginas encuadernadas que encerraban dibujos y palabras.

            A veces levantaba la cabeza y miraba hasta el asombro las paredes de un largo corredor tapizado de libros hasta el techo. Era el paisaje obligado desde el comedor hasta los cuartos del fondo, en aquel inolvidable apartamento de la calle Andes, habitado por mis abuelos, mi madre, mis hermanos, y era también el espacio para los juegos, así que conocí la felicidad en el tiempo de la inocencia y los descubrimientos entre confundido y admirado por aquellos objetos que a veces caían solos desde los anaqueles y llegaban a mis manos, abiertos, ofreciéndose con la docilidad, con la plasticidad de un buen amigo.

            Los libros estuvieron en el principio, eso es lo que me trae la ficción del recuerdo más remoto. Después vino la lectura, apasionada, voraz, casi sin pausa, sin interrupciones, hasta nuestros días. Lectura a veces desordenada, de saltamontes pero no de páginas sino de libros y de temas: desde las obras más cercanas, más inmediatas, más urgentes, hasta las más exóticas, alejadas y pretéritas. Cuando el abanico se abre y nos muestra sus colores, toda la gama posible, finita sí pero a un tiempo inabarcable, la búsqueda del conocimiento, a la que se suma el placer, resulta siempre fascinante.

            He recordado alguna vez que mis primeros libros fueron novelas de aventura, con Emilio Salgari a la cabeza. Pero en esos mismos tiempos en que comenzaban a esbozarse los tramos iniciales de la adolescencia, hubo una obra que definió mi destino junto a la literatura, una obra breve y contundente, con un maravilloso sentido del humor que ha atravesado siglos y una visión implacable, desde perspectivas sesgadas por la originalidad, a propósito de tipos humanos integrantes de una sociedad organizada sobre bases injustas. Me refiero, por supuesto, a esa pequeña joya literaria, ejemplo de picardía y astucia, concebida en nuestra lengua, que se llama Lazarillo de Tormes.

            Puedo asegurar que desde entonces supe apreciar el secreto de la literatura, como prolongación, como producto del misterio del propio ser humano. Y así quedé unido para siempre con una manifestación artística que obliga a la reflexión, a la elaboración de nuevas formas que nos acercan un poco más a las verdades como necesarias invenciones para darle sentido a la vida.

            Con una familia en que la política se colaba por todos los rincones de la casa, no fui una excepción ni escapé a las reglas del medio ambiente y de la herencia, y compartí con mi abuelo la misma pasión por una divisa, pero sobre ella una solidaridad común con los injustamente perseguidos, con los una y otra vez postergados. Acompañé a mi abuelo, cuando yo todavía usaba pantalón corto, a manifestaciones y actos cívicos, y fui su fiel amigo en recuerdos, en ideales, en sueños. El fue quien me animó a que me lanzara solo, a los quince años, a una actividad, la política, que he seguido desde entonces con devoción. Todavía tengo presente el primer discurso pronunciado en público, a la misma edad, en homenaje a un viejo dirigente partidario, discurso que hoy evoco como artificioso, en el que los adjetivos se acumulaban y las metáforas revelaban algunos notorios plagios. Recuerdo más o menos el discurso con cierta vergüenza, pero lo que no olvido es la impresión que me produjeron dos mujeres que al final del acto se acercaron para felicitarme con lágrimas en los ojos.

            Literatura y política están fuertemente vinculadas en la historia uruguaya: desde los cielitos de Bartolomé Hidalgo, en tiempos de lucha por la independencia, cuando los hermanos Araúcho ejercitaban en forma simultánea el arte de la guerra y el arte de la poesía, hasta más tarde, en el siglo XIX, cuando el trabajo intelectual se ponía al servicio del oficialismo (Francisco Xavier de Acha es paradigma aunque no excepcional), o de la oposición (dos ejemplos notables: Washington P. Bermúdez en “El Negro Timoteo”, Eduardo Acevedo Díaz en “El Nacional”). También ese siglo y el siguiente vieron nacer y morir a escritores que fueron políticos o políticos que fueron escritores: José Enrique Rodó y Domingo Arena en el Partido Colorado, Carlos Roxlo y Gustavo Gallinal en el Partido Blanco, Emilio Frugoni en el Partido Socialista, Tomás Brena en la Unión Cívica y Rodney Arismendi en el Partido Comunista.

            Este es un tema que tal vez algún día pueda desarrollar. La tendencia es muy marcada y los ejemplos abundan. Basta citar algunos escritores que como políticos ocuparon la cartera de Cultura en los últimos setenta años: Pablo Blanco Acevedo, Enrique Rodríguez Fabregat, Eduardo Víctor Haedo, Daniel Castellanos, mi viejo profesor de Historia en Preparatoria Oscar Secco Ellauri, Eduardo Blanco Acevedo –que ocupó el mismo sillón que ahora se me ofrece en esta Academia–, Justino Zavala Muniz, Juan Pivel Devoto, Luis Hierro Gambardella, Alba Roballo, Carlos Manini Ríos, entre otros.

            Si tuviera que elegir un nombre que ejemplificara del modo más acabado esta forma de ser y vivir en sociedad, tan profundamente arraigada entre nosotros, no vacilaría en señalar a quien influyó como pocos, con su labor intelectual durante décadas, en la vida cultural y política del país: el Dr. Carlos Quijano.

            Literatura y política, pero también derecho. Esta misma Academia ha estado integrada por ilustres juristas como José Irureta Goyena, Dardo Regules, Eduardo J. Couture, Juan José Carbajal Victorica, Justino Jiménez de Aréchaga, Aníbal Barbagelata, y desde hace más de diez años por el Profesor Adolfo Gelsi Bidart.

            Mi formación universitaria en el derecho y las ciencias sociales me ha dado un método de estudio y de trabajo, de análisis y reflexión, que me ha servido en todos los órdenes de la vida –aunque nunca haya ejercido la profesión– y en particular en la crítica literaria y en las responsabilidades políticas que he debido asumir. De los profesores que más incidieron en mi dilatada estadía en la Universidad, quiero recordar a tres Maestros en sus especialidades, los doctores Horacio Cassinelli Muñoz, Jorge Gamarra y Juan Carlos Peirano Facio.

            Pero no es como jurista que ingreso a la Academia, sino como un enamorado de la literatura uruguaya. Y la literatura uruguaya tiene un principio, aunque las convenciones en esta materia de establecimiento de períodos más o menos definidos presentan la relatividad que otras posibles perspectivas le incorporan. Con estas salvedades, el principio es, para quienes han trabajado el tema con más dedicación, una simple carta.

            Así que el género epistolar estuvo en los orígenes de nuestra literatura y no hubo seguramente en su autor, el Dr. José Manuel Pérez Castellano, ninguna intención fundacional: apenas se trataba de un hecho tan sencillo como escribir una carta dirigida a su viejo maestro de latín, Benito Riva, que veinticinco años antes había dejado Montevideo y residía desde entonces en Italia. Dos siglos atrás el sacerdote uruguayo relató por escrito a su amigo cómo la ciudad había ido cambiando en esas dos décadas y media, de transformaciones operadas sobre el paisaje urbano y las quintas que se extendían con comodidad atravesando arroyos y otros accidentes geográficos.

            La descripción minuciosa de la ciudad y sus alrededores muestra Pérez Castellano como el primer hombre público, que posteriores escritos habrán de confirmar, preocupado de manera sistemática por los problemas más inmediatos y en apariencia domésticos de un conglomerado de casas y de gente en busca de su identidad colectiva. Los trabajos que siguieron a la carta a Benito Riva ratifican esta misma línea de reflexión: memoriales, informes, relatorios, proclamas, en los que se refleja, como ha indicado con precisión uno de los más recientes estudiosos de su obra, el Profesor Vicente Cicalese, el interés de Pérez Castellano por “todos los aspectos de la vida montevideana: origen de los borricos, estado actual de las fuentes, modo de conducir el agua, poblaciones de la frontera, queja de los panaderos, necesidad de un cementerio extramuros, causas de una epidemia, rechazo de las recovas.”

            Estos fueron nuestros comienzos literarios, y desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente, pero vale la pena volver de vez en cuando a los tiempos primitivos donde tal vez podamos encontrar algunas claves de lo que somos.

            La literatura uruguaya como conjunto, articulada en una visión coherente, autoabastecida de sus propios mitos y desarrollada al compás del proceso histórico del país, con sus contradicciones y sus virtudes más o menos visibles; la literatura uruguaya condensada en dos siglos de poetas, narradores, ensayistas, críticos, autores teatrales, periodistas, con grandes zonas casi intactas a la investigación y a la reflexión sistematizada; la literatura uruguaya, en fin, como interpretación de una sociedad y un país del que formamos parte, que sentimos y que queremos, que vivimos con sus entusiasmos y sus frustraciones, con sus dudas y sus certezas, ha sido objeto del interés y del trabajo de un puñado de uruguayos a lo largo de la historia, entre quienes, consciente de los límites de mi contribución, me cuento con agrado.

            Debo a mis lecturas mucho de lo que sé y procuro trasmitir. Pero debo también al diálogo abierto y al consejo de amigos, la experiencia que me ha permitido una relación más a fondo con el hecho literario.

            En el sillón académico que hoy ocupo y que lleva el nombre de Florencio Sánchez, me antecedieron el Profesor José Pedro Segundo, el ya mencionado Dr. Eduardo Blanco Acevedo y Arturo Sergio Visca, que presidió la corporación durante veinte años.

            Con Visca coincidimos en algunos proyectos colectivos y sobre todo trabajamos en conjunto en la recuperación de una de las obras narrativas más importantes de la literatura uruguaya: Don Juan, el Zorro de Francisco Espínola. Fue una labor que llevó años, pero en cada página recobrada se sentían los latidos de una gran novela en la que estaba encerrada la concepción de todo un mundo.

            Cuando, en tiempos de dictadura, aun sabiendo que era otra mi filiación partidaria, los directores de “Correo de los Viernes” me invitaron a dirigir junto al Profesor José Pedro Díaz la página literaria del semanario, se intensificó para mí otro período decisivo: el de la militancia literaria, que estuvo acompasando los años previos a la recuperación democrática en el país.

            Con José Pedro Díaz trabajé también sobre la base de amistad y respeto y con él compartí asimismo otra tarea fascinante: la tarea editorial, en Arca, en los buenos tiempos cuando la dirigía Alberto Oreggioni. Allí leí originales, traté autores, corregí pruebas, cuidé impresiones, escribí prólogos y contratapas y sobre todo contribuí a que se publicara el Diccionario de Literatura uruguaya, obra que llevó años de preparación y en cuya coordinación intervinieron, en diversos períodos, Mario Benedetti, Idea Vilariño, José Pedro Díaz, Milton Fornaro, y más tarde Carina Blixen, Oscar Brando y Pablo Rocca, este último el investigador literario más riguroso del Uruguay de hoy.

            He referido a aventuras periodísticas y editoriales. También podría hablar de revistas y tertulias literarias distintas y más cercanas en el tiempo que las que evocó de modo entrañable Julio Bayce. Apenas quiero decir que el viejo Café Sorocabana con el gran ventanal sobre Plaza Cagancha fue lugar de cita obligada hasta hace tan poco y hoy ya es leyenda y nostalgia, incluido el día en que Marosa di Giorgio se sentó junto a una de las mesas redondas de mármol con su presencia mágica y su deslumbrante poesía.

            Más que el Café, fue la Biblioteca Nacional mi segunda casa, durante varios años; allí trabajé ordenando archivos, descifrando manuscritos, estudiando variantes, introduciéndome en definitiva en un mundo de textos y de vidas que en esos papeles están concentrados en su más insondable intimidad. Recuerdo a los compañeros de entonces, por supuesto a Mireya Callejas que todavía hoy sigue siendo el alma útil de nuestros archivos literarios, pero también a Napoleón Baccino –que trabajaba con los papeles de Quiroga, y quién sabe en qué andariveles de su memoria se empezaba a gestar la novela reveladora de Maluco–, y sobre todo a Héctor Galmés con quien tendremos que saldar algún día no muy lejano la deuda contraída con su obra –sus cuentos memorables como “El puente romano”, sus novelas, sus ensayos y sus traducciones del alemán como la que nos dejó de un estremecedor relato de Kafka–.

            Señor Presidente: Montevideo está integrado a mi vida muy intensamente: sus calles, sus plazas, su arquitectura, sus árboles, sus playas, los atardeceres sobre su río como mar, su gente. Me gusta recorrer la ciudad, y un día sí y otro también entro a sus librerías en busca de alguna novedad que puede ser –lo es con frecuencia– un libro viejo. Habría que escribir la historia de las librerías montevideanas: algunas muy prestigiosas y otras que sólo muestran con austeridad su sabiduría. Entre estas últimas quiero nombrar una que me ha permitido acceder, durante años, a un material selecto, de gran calidad, a muy buenos amigos y a momentos y diálogos imborrables; me refiero a la Librería “Altazor”, como el poema de Huidobro, dirigida por Diego González Gadea.

            En Montevideo he leído a Líber Falco y al Conde de Lautréamont, a Julio Herrera y Reissig y a toda la generación del 45, a Onetti y a los hermanos Guillot Muñoz, a Delmira, Enrique Amorim y Felisberto Hernández, a Juan Cunha y Juan José Morosoli, a L.S. Garini, Enrique Casaravilla Lemos, Julio Supervielle y Concepción Silva Bélinzon, a Fernando Pereda y a los que llegaron después. Me emocionan las calles del barrio sur de Alfredo De Simone, las lunas fantasmales de Cúneo y el orden constructivo de Torres García. Montevideo es a la vez ineludible punto de partida y de regreso.

            He viajado a la isla de los Montes Desiertos para visitar “Petite Plaisance”, la casa que dejó con vida a su muerte una de las mayores escritoras de este siglo, Marguerite Yourcenar; he soñado con el cementerio judío de Praga, la Muralla China y los monumentos de Isfahán, con la Puerta de los Leones y el suicidio de Mishima; he subido uno tras otro los empinados escalones de la Pirámide del Sol en Teotihuacán; me he bañado en el mar del Caribe junto a costas cubanas; estuve frente a frente con Nefertiti en el Museo Egipcio de Berlín; vi los paisajes que pintó Van Gogh en Auvers-Sur-Oise; probé las magdalenas de Proust en Illiers-Combray; me perdí por las calles más antiguas de Lisboa; al pie de Segovia descubrí el maravilloso jardín que un uruguayo, Leandro Silva Delgado, construyó con sensibilidad y paciencia admirables. Me deleito con la música barroca del Renacimiento, con los primitivos del cine mudo –en particular “El gabinete del Dr. Caligari”–, con la poesía de Juan de la Cruz y las máscaras africanas que deslumbraron a Picaso. Los centenarios monasterios o iglesias de Zagorsk y las largas filas que se formaban para visitar la momia de Lenin en la Plaza Roja me convencieron de la religiosidad del pueblo ruso. Algún día querría recorrer Italia, de punta a punta, o seguir en España la ruta del Quijote. Estoy seguro que nunca volveré a impresionarme de la misma manera que cuando vi por primera vez el mar helado del norte de Alemania y entonces recordé aquella recordada tarde remota en la que el padre del Coronel Aureliano Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo.

            Pero esta es, señor Presidente, solo parte de la pluma blanca del pájaro negro del que hablaba Rodó en sus bosquejos para los Nuevos Motivos de Proteo. También está el pecho negro del pájaro que sólo se ve en la soledad, en el colmo de la soledad que con tanta precisión contó Mario Arregui en “Un cuento con un pozo”.

            Señor Presidente, señores Académicos, queridos amigos: un gran poeta, Fernando Pereda, que me honró con su amistad hacia el fin de su vida, me recitaba de vez en cuando aquellos versos de Rubén Darío en Cantos de Vida y Esperanza: “de las epidemias, de horribles blasfemias/ de las Academias, / líbranos, señor!”. Ha pasado mucho tiempo desde que esos versos fueron escritos, y porque estoy convencido de que las instituciones cambian de acuerdo a los contenidos que los hombres les asignan, aquí estoy, señor Presidente, recordando con una sonrisa a Rubén y a Fernando, y dispuesto a trabajar por nuestro idioma desde esta tribuna que tan generosamente se me ofrece. Muchas gracias.