OJEDA,  ALVARO.

(Montevideo, 1 de abril de 1958). Escritor, Participó del Taller literario de Sylvia Lago y Jorge Arbeleche. Hasta la fecha ha publicado cuatro libros de poesía: “Ofrecidos al mago sueño” (1987); “En un brillo de olvido” (1988); “Alzheimer” (1992); “Los universos inútiles de Austen Henry Layard” (Buenos Aires, 1996). Obtuvo una Mención en el Concurso “12 de octubre”, organizado por la Embajada de España en Uruguay (1982), por su libro “Elibúfero”, publicado ese año en la antología de los premios. Mención en el concurso de la “Casa del autor nacional” (1983), por el libro “Para la ocasión de crearse el rocío” (inédito). Mención en el Segundo Concurso de poesía ciudadana de  “Joventango”. Primer Premio del Concurso “Cuadernos de Marcha” (1989), por el libro “Una celada para Philip Marlowe” (inédito). Ha sido publicado en revistas argentinas y españolas. Participó en encuentros de poesía del Uruguay y en el extranjero. Junto con Silvia Guerra realizó una muestra de la poesía uruguaya actual para la revista “Ruptures” de Montreal, Canadá (1995). Jurado en el concurso de la última Feria Nacional de Libros y Grabados (1995), en poesía y narrativa.

EGLOGA

Las nubes túrdidas
los mirlos de segmentos de Europa
la parda realeza del saviá
calco del silbo en el zorzal lejano
que adiestra pálida nostalgia y desierto
sucesivo,

nubes que no pastores de Arcadia
frentes que el deseo de ilusión ha poblado
capitanes que derivan su carraca de arena
en una curva de leños astillados
mares de nubes en proporción sesgada y polvo
sucesivo,
 

ronca rojiza aurora
laboriosa candela y mármol coliseo
rosáceo mar infértil que la línea alboroza
de línea antigua y vista y sugerida
línea de nubes dulcímeres y mármol
favor de valerse de esta oscura tierra,
 

el véspero en Bizancio
descenso de luz en calles peregrinas
final cuenta final de la lumbre en Bizancio
y una fluyente turba de sonidos
vulgaridades y entremeses
nube de cielo ingrávido en la cúpula bruna,
 

hoy ha quedado el patio cubierto de raíces
mecidas y loteadas como playas de nombres
ensenadas de estopa crujidora
basaltos en tus pies de custodia
las raíces del patio
que repiten los pastores de Arcadia
nubes que no pastores
como en la selva antigua, la rala selva antigua
silba la nube túrdida de segmento y papiro.

 

FINIS  AFRICAE
(para no leer a Eco)

 Se muere de fiebre de Lassa
de fiebre del valle del Rift
de fiebre amarilla
de dengue
de escarlatina
de inconstancia gladiadora en las antenas
de los márgenes de las ciudades
de sus depósitos raleados de nubes
de mares se muere como un enorme asunto
descifrado ciertamente
demasiado vulgar al raciocinio
y se muere también de inconsecuencia
 

Galerías de citas
con entradas y salidas
con rodillas y cuerpos que se estrellan
en la soledad de los pasillos
amarillos de yema de natural
amarillo
porquerizos de Dios en esta oscura
rebelión del Sudán
 

Miríadas de bucles recién cortados
arrumados de grumos en donde cuentan
las sonrisas que fueron
a pararse detrás
detrás del muro contando sus momentos finales
hasta la marca antigua del vendedor
de libros
del paseante oscuro desaliñado
de la mujer pequeña morena bruna
caída de la falda de su propia madre.

 

KIRIE

¿A quién se pedirá la suela del consuelo?

 ¿a la nube que se agolpa en la sala del mundo,
la nube erecta, desolada
falsa colocación de huesos,
tren de dolor abriendo el aire,
a la nube el consuelo,
a su inmolada latencia de penumbra,
su obligada virtud,
desempeño virado de los ojos?

¿A quién se codeará en la mesa final?
¿al espacio memorioso de los vínculos,
al vínculo de amor, desolado,
pena furtiva de otras penas humanas
alineadas en la tolva seca
del vínculo,
la parva roja, la enorme boca
arponeada?

¿A quién se iluminará de piedad?

¿al plató mostrado en el cable
como una sala iluminada para San Mateo
en la hueca cadencia de la noche,
al filo de su luz,
al reflector que deriva entre los miembros
de la luz?

¿A quién se tocará con el deseo de piedad?

la vana forma de la gloria,
el descenso del héroe,
la última puerta en el tributo pagado,

¿a quién se tocará con el puñado de piedad
que deja la mejilla intensa de Magdala?

 

 ARTE  POÉTICA

 “Si creo que el King’s College está ardiendo cuando no está ardiendo, el hecho de que esté ardiendo no existe. Entonces, ¿cómo puedo pensarlo? ¿Cómo podemos ahorcar a un ladrón que no existe?. Nuestra respuesta puede expresarse así: no puedo ahorcarlo si no existe, pero puedo buscarlo aunque no exista”

Ludwig Wittgenstein

   I

En media hora seguramente el cielo
tendrá una ventaja de minutos sobre
los muros,
espacio pequeño que la mano pretende
retener quedamente en la memoria,
(la vista de los huesos)
imposible apartar desde estos patios
la ventaja royendo el muro blanco
que albea diplomado de reliquia,
frente a los vanos ecos de una magia
tonsurada de luz, la breve viga
será profunda morada de pañuelos
 

 II

Campo visual que rige la palabra ocasión,
tierra que se vuelca sobre este pobre sitio
debajo de los muros del King’s College
o de cierta magia taciturna,
iluminada la pequeña vega, la rara flor
campestre,
ocasión de mostrarse en ocasiones
para la escarcha,
solo escarcha vacía desterrada,
volará en dilecta historia de recuerdos
donde amarán los mansos.
 

A LA HORA SEÑALADA

Podría suponer
–decía David Hume–
que la carta arrojada sobre mi pulcra mesa
ha llegado a destino como una jabalina
lanzada desde el tronco de un hombre innominado

Incluso suponer el vértigo del viaje
los marinos que abrevian las tormentas con humo
las velas que refulgen como un elfo de brillos
el sudoroso mar el negro ponto
y sus breves callejas con cimera espumosa

Llegada está la carta
cadena sucesiva
la suma necesaria no será reclamada
por ningún acto propio
en sí nada ha pasado
el herrumbre es la marca del transcurso del tiempo
la floración o el gusto mohoso de la muerte
en una carta antigua sobre un pulcro escritorio.

 

ELEGÍA

Y yo que la vi en esta provincia
supe que su espalda era buida
y sepia
como una torre de ante,
supe además que la tintura de ojos,
el maquillaje,
sufre los efectos parásitos del tiempo
como una voz al sol en su paquete
de viejo vinilo
 

Por la forma cursiva del estuario
volvió como un lanchón dudoso
a remolque de alguna solitaria
madrina,
fue prisionera de los piratas en Bitinia
y tuvo un hijo que murió reinando
en Galacia como eunuco sagrado
 

Capua lo tuvo,
Diana lo clareó en su alféizar de muertos,
yo no he sabido alejarme de sus ojos.