ARBELECHE,  JORGE.

(Montevideo, 23 de octubre de 1943). Escritor, docente, ensayista. Egresado del Instituto de Profesores Artigas en Literatura (1969) y Profesor de Literatura Española en ese Instituto (desde 1985). Inspector Docente de Literatura en Enseñanza Secundaria (desde 1988). Su obra poética, comenzada con “Sangre a la luz” (1968), abarca doce libros, entre ellos: “Los ángeles oscuros” (1976), “Alta noche” (1979), “La casa de la piedra negra” (1983 y 1989), “Agape” (1993), “Alfa y Omega” (1996), etc. Figura en “Diccionario de Literatura Española e Hipanoamericana” (Alianza Editorial, Madrid, 1993), “Historia de la Literatura Hispanoamericana” (Fondo de Cultura Económica. México, 1987), “Antología de la Poesía Uruguaya” (La Habana, 1989), etc. Ha sido traducido al inglés, francés, italiano y ruso. Sus ensayos también son extensos (Juana de Ibarbourou, Antonio Machado, Federico García Lorca, Sara de Ibáñez, Gabriel García Márquez, etc.). Recibió premios por ellos: (“La novela hispanoamericana de hoy”, Instituto de Cultura Hispánica,

Madrid, 1970; “Federico García Lorca: una poesía hacia la libertad”, Embajada de España, Montevideo, 1987, compartido; “Panorama de la literatura uruguaya entre 1915 y 1945” (con Graciela Mántaras), Academia Nacional de Letras, Montevideo, 1991, etc., y por su obra poética (Segundo Premio de la Revista “Plural” de México por el libro “Agape”, 1993). Participó en congresos y seminarios en EEUU, Cuba, México, Brasil, Perú, Argentina, Paraguay, India, Rusia, Alemania y Francia. “Se llamaba Juana” (con Matilde Bianchi), recibió mención en el concurso de teatro de la Revista “Plural” (1990). Desde 1981 a la fecha dirige con Sylvia Lago el Taller Literario “Grafías”.

 

EL VELO DE LOS DIOSES

 DISCURSO DEL PROFESOR JORGE ARBELECHE
CON MOTIVO DE SU INGRESO
A LA ACADEMIA NACIONAL DE LETRAS.
PRONUNICADO EL 12 DE JUNIO DE 1997.

             Quiero expresar aquí mi agradecimiento profundo a la Academia Nacional de Letras de mi país por haberme concedido el alto honor de contarme entre sus miembros de número.

            Agradezco pues, desde una perspectiva primero personal, por todo lo que esto significa tanto en el decurso de mi vida como en mi trayectoria profesional, y también, lo hago desde mi condición de escritor dedicado, en forma primerísima, a la poesía, ya que la elección ha recaído honrosamente, sobre mi obra poética.

            Me es necesario, por lo tanto, destacar que el orgullo y la satisfacción que siento, están acompañados por un profundo sentido de solidaridad lírica, podríamos decir. Solidaridad con los poetas de mi país que me han precedido en esta empinada y luminosa labor del verso, aquellos que hoy me acompañan y con quienes llevamos a cabo esta, a veces utópica, a veces majestuosa, a veces sobrehumana, pero nunca claudicante, militancia por la Poesía. Quiero también mencionar a aquellos poetas jóvenes y aún a los que todavía están en agraz, porque ellos habrán de continuar esta tarea sin principio ni fin, bajo la definición del maestro Antonio Machado: “poesía, cosa cordial”, ya que serán sus palabras las que establecerán el lazo indispensable de noble, cordial comunicación entre los hombres para desterrar la soledad estéril e implantar el necesario reconocimiento de cada uno en el otro. Pues el poeta no deberá olvidar jamás que detrás de sí existe una amplísima tierra de poesía abonada con las búsquedas y los hallazgos de poetas anteriores, algunos que alcanzaron la plenitud del poema logrado y otros que sin lograrlo en su totalidad enriquecieron de alguna manera la lengua y permitieron la manifestación total o parcial de la Poesía.

            Quiero destacar también la distinción con que se me ha honrado al adjudicárseme el sillón “Julio Herrera y Reissig”, por ser él uno de nuestros primeros poetas y uno de los más destacados de la lengua española, reconocido hoy en todos los ámbitos del idioma.

            Que el suyo sea el nombre del sillón que hoy ocupo, gracias a la generosidad de estos amigos que han creído ver en mi poesía una obra merecedora de tal galardón, y que sea la Poesía, no la mía, sino la de todos los tiempos y la de todos los hombres, la causa que hoy convoca a esta reunión, me llena de júbilo y me confirma en una vocación optada, la que se ha ido afirmando en la heroicidad de cada día.

            Porque siempre ha sido heroico defender, sostener y enseñar la Poesía en un mundo donde cada vez más el territorio de lo fantástico llega dirigido y envasado, donde la ilusión tropieza a cada paso para volver a levantarse, luego de cada derrota, con el fin de reanudar el camino de la nueva aventura, al modo de aquel manchego delirante y cuerdo que, cabalgando en su Rocinante y acompañado de la abundante humanidad de su escudero, iban ambos, en pos de la ínsula fabulosa para rendir tributo y homenaje a quien fuera “día de su noche, gloria de su pena, norte de sus caminos, estrella de su ventura”, la Emperatriz de La Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

            Pero no olvidemos que ese personaje inmortal y patético, trágico y grotesco, nos fue legado por el genio de un artista que supo transmitirlo a las generaciones venideras gracias a la fijación y perpetuidad de la palabra escrita. Es ésta el más importante pasaporte que el hombre tiene para iniciar el viaje hacia su libertad integral y definitiva. Al decir de Nadine Gordimer, el analfabetismo es una de las manifestaciones más atroces de la pobreza y uno de los más abyectos crímenes contra la humanidad y contra la libertad de la Vida.

            Será a través de la Palabra que el hombre adquirirá la capacidad de reflexión y formará el diseño de su propio pensamiento, para arribar a su Verdad. Y también gracias a ese trabajo de su inteligencia podrá afinar su sensibilidad con el fin de arribar a la apreciación más rica y matizada del poema, donde el lenguaje se yergue y se proyecta hacia otras dimensiones del espíritu humano.

            La preservación de nuestra lengua, su defensa y su difusión, es tarea primera de esta Academia y de todas las Academias de la Lengua Española, pues así se está bregando por mantener vivos los ideales de la cultura que nos ha legado nuestra tradición española, la que a su vez se ha enriquecido con todos los aportes americanos, rioplatenses y uruguayos que configuran nuestra identidad intransferible.

            Tradición poética no es sinónimo de arqueología verbal.

            Dice Fernando Pessoa que “en el más pequeño poema de un poeta debe haber algo por lo que se advierta que ha existido Homero. La novedad nada significa por sí misma si no hay en ella una relación con lo que la precede. Sepamos distinguir lo nuevo de lo extraño”, recomienda su heterónimo Ricardo Reis. Y continúa:

            “Los dioses no han muerto: lo que ha muerto es nuestro verlos. No se fueron: dejamos de verlos. O cerramos los ojos, o entre ellos y nosotros se entrometió la niebla. Subsisten, viven como vivieron, con la misma divinidad y la misma calma”.

            Esta reflexión de Pessoa, me recuerda aquel verso enigmático de Jorque Guillén “el mundo está bien hecho”.

            Quizás el mundo, siguiendo las coordenadas guillenianas, esté, sí, bien hecho y los dioses, según Pessoa están aún vivos tras la niebla.

            Esa será entonces la responsabilidad de la poesía y la misión del poeta: develar ese velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y de la vida.

            Por eso, la Poesía, más allá del tema o de los asuntos que aborde, tendrá un carácter religioso, porque una de las empresas a que se aboque será la de “religar” al hombre con el mundo, y el verbo religar está unido al concepto de religión. El discurso lírico entonces se estructurará sobre la base de dos ejes básicos: el principio ético y el principio del misterio, que, según piensa Giuseppe Ungaretti, “existe, está en nosotros. Basta con no olvidarlo. El misterio existe y con él, de igual manera, la medida; pero no la medida del misterio, sino de algo que en cierto sentido se opone al misterio, aún cuando para nosotros su manifestación más alta es este mundo terrenal considerado como la continua invención del hombre. El punto de apoyo será el misterio, y él es el soplo que circula en nosotros y nos anima”.

            La principal militancia en la que habrá de embanderarse el poeta será la militancia de lo humano, en la relevancia y jerarquía de toda y cualquier contingencia del hombre, individual y colectiva.

            Si el hombre puede tener, y tiene, nostalgia de un conocido o desconocido jardín primero, perdido o no encontrado todavía, el artista en su militancia, ética y estética, deberá reflejar entre sus versos, el eco del perfume de ese secreto Paraíso, así como tendrá aguzado su oído para registrar todo los ecos exteriores.

            El misterio y la ética serán entonces los pilares fundamentales sobre los que se sustentará la acción de la poesía, la que unirá dos polos falsamente opuestos: la inteligencia y la sensibilidad; la emoción deberá apoyarse en la estructura. “Sentir la inteligencia”, en feliz expresión de Amanda Berenguer.

            La poesía no deberá limitarse –no debería hacerlo– a la exposición minuciosa de las angustias individuales, pues si bien toda manifestación del arte tiene como referente lo humano, el límite personal no será el definitivo.

            La misión del poeta debería ser, al decir de Odiseo Elytis “colocar gotas de luz en la oscuridad” y, aunque sea por brevísimo espacio, como afirma Pablo Neruda “haber encarnado para muchos hombres, durante un minuto, la esperanza”.

            Humildad deberá profesar el poeta, frente a aquellos que lo precedieron y frente a aquellos que lo continuarán, porque la poesía se nutre tanto de la vida como de la misma poesía, en un proceso circular y recíproco, en un encadenamiento misterioso, luminoso y fraterno.

            La Poesía está asociada con la idea de la vida contemplativa, y, sin que esto deje de tener una base real y verdadera, es tiempo también de algunas aclaraciones. Por ejemplo: El ejercicio de la poesía supone, si se le asimila, como se ha dicho, a la contemplación, una ardua e intensa actividad del espíritu, ya que la noción de actividad no tiene por qué asociarse a la de productividad.

            Si la poesía no es producto de mercado es porque al decir del poeta argentino Guillermo Boido: “la poesía no se vende porque la poesía no se vende” en su doble acepción. –Por un lado, es cierto: no ocupará las góndolas de un supermercado y apenas, a veces, los anaqueles de una librería. Pero, además, no se vende porque el precio está más allá del dinero, sin que esto signifique un menosprecio por lo material, ya que ni la Poesía está alejada de las contigencias de la vida cotidiana, sino que está inmersa en ella, ni el Poeta es alguien que carece de ancla; al contrario: su ámbito será en la tierra, en el mar, en el aire y en el fuego. De todos ellos extraerá el limo, la espuma, el vuelo y la ceniza necesarios para la encarnación de la Palabra. Y si no se vende es porque no transige.

            Será la Palabra la que determine un destino. Vocablo que, según T.S. Eliot no es determinismo ni es capricho: es algo esencialmente pleno de sentido. “El concepto de destino nos deja un misterio, pero un misterio que no se opone a la razón, porque implica que el mundo, y el curso de la historia humana, tienen sentido”, afirma el poeta.

            Esta idea de destino está unida al concepto de la vocación y a la aspiración al conocimiento y la sabiduría.

            La Poesía puede ser tomada como forma y vía de conocimiento. Es así que a través y mediante ella, Dante arriba al conocimiento, a la vez que lo construye. Ese conocimiento será Dios pero será también la poesía ya que toda La Divina Comedia puede verse como dos epopeyas del saber humano que corren paralelas; una es aquella que intenta alcanzar la verdad última, o sea, –para el florentino–, la revelación de la Santísima Trinidad; otra es la búsqueda de la expresión humana, la que enaltece la palabra escrita por la mano del poeta.

            Cuando se llega a la primera, la segunda sucumbe. La poesía no puede, dice Dante, expresar tamaña luz y belleza.

            Sólo más tarde en la historia de la literatura, podrá hacerlo merced a la alegoría del amor humano; es entonces cuando en la cima de la lírica erótica, surge la visión mística de San Juan de la Cruz.

                        “Oh noche que guiaste

                        oh noche amable más que la alborada

                        oh noche que juntaste

                        Amado con Amada

                        Amada en el Amado transformada.”

            En esa plenitud de la Verdad y de la expresión radica la manifestación de la Alegría, no aquella de la risa fácil sino la de honda raíz metafísica que colinda con la idea de la serenidad y la sabiduría. La Poesía, dice el poeta argentino Edgar Bayley “es siempre alegría, dicha de palabras, por penosa que fuese su temática o su motivación inicial; es un acto gratuito, un porque sí, un estado de gracia”.

            Estado de gracia que nos conduce, como toda manifestación del arte, por caminos donde se unen lo lúdico y lo insondable, a la zona oscura de la libertad profunda: allí reside la Alegría. Es así que, luego de todo su peregrinaje, Fausto, al final de la obra llega a exclamar: “es el fin supremo de la Sabiduría: sólo merece la libertad, lo mismo que la vida, quien se ve obligado a ganarlas todos los días. Quisiera ver una muchedumbre así en continua actividad, hallarme en un suelo libre en compañía de un pueblo también libre. Entonces podría decir al fugaz momento: “Detente, pues; ¡eres tan bello!”.

            Piensa T. S. Eliot: “La transmisión de la sabiduría se cumple en un nivel más profundo que en el de las proposiciones lógicas; todo lenguaje es inadecuado, pero es probable que el lenguaje de la poesía sea el más apto para transmitir sabiduría”.

            Con lo que acabo de expresar, podría pensarse que estoy afirmando su superioridad sobre las demás artes.

            No es así, porque en ella sintetizo las manifestaciones más altas del espíritu en el plano de la experiencia artística que es, eso sí, según creo, la zona donde mejor se expresa y se define el hombre.

            Mi vocación por la poesía ha estado ligada a mi vocación docente. Nunca una estorbó a la otra; al contrario se complementaron y se enriquecieron.

            Sé firmemente que la poesía no me ha hecho más sabio, pero también sé que gracias a ella he buscado ser mejor y hallar esa imprecisa sabiduría que se manifiesta cuando se encuentra sentido a nuestro paso por este mundo y se siente júbilo ante la luz poderosa de esta ciudad, que ha sido también tantas veces elegida. Porque gracias a la Poesía he cumplido el juvenil anhelo de los viajes, pero siempre he saboreado el retorno y me he confesado: valió la pena el viaje, pero también vale la pena el tránsito por estas calles montevideanas, por estos barrios donde aún salen las vecinas de tardecita a comentar y a chimentar los sucesos del día y de la cuadra.

            Montevideo es y ha sido mi ciudad; por nacimiento y por elección. En épocas difíciles, cuando en el país se producía la diáspora de su gente, yo también me fui, pero al volver, sentí siempre la dicha del regreso.

            Por extraña paradoja, a pesar de haber nacido en Montevideo y de vivir aquí cada uno de mis casi cincuenta y cuatro años, a medida que el tiempo se nos viene, a veces en tropel, experimento una más viva y palpitante emoción ante la Naturaleza, en todas y cada una de sus manifestaciones.

            No me vivo como un ser del asfalto. Sin embargo, a pesar de esa vocación por el campo o el mar, nunca me he sentido extraño en mi ciudad.

            Y creo que esto ocurre porque Montevideo tiene algo que es a veces difícil de precisar de manera puntual. Y es el aire y la luz que lo sustentan. Pocas ciudades en el mundo pueden engalanarse con crepúsculos como los nuestros. La luz, cuando se posa en algún breve jardín de una calle cualquiera, en alguno de esos barrios que aún perduran, para continuar brindando a nuestra ciudad esa su escala humana tan peculiar, hace que cada una de esas hojas sea todas las hojas, y entonces ese jardín de barrio, será ya todos los bosques.

            Montevideo tiene también una música secreta, apenas audible   que, en ocasiones se desgrana en los acordes de un tango, de un candombe o de una milonga.

            Es entonces que, envueltos en su luz, erguidos sobre el pedestal de su aire y mecidos por sus ritmos podemos palpar su melancólica alegría.

            Montevideo sigue siendo la del verso de Borges: la ciudad de “calles con luz de patio”.

            Antes de terminar estas palabras no quiero dejar de mencionar a dos mujeres que mucho tuvieron que ver en mi vida y que integraron esta corporación: Myrtha Páez Penela y Juana de Ibarbourou. Ambas están ligadas a mi lejana juventud, cuando aquel muchacho lleno de versos y de entusiasmos no podía jamás imaginarse que alguna vez fuera a sentarse en un Sillón de la Academia de Letras de su país. Juana leyó, comentó, criticó y alentó mis primeros poemas, después me regaló su cariño y su confianza; al estudio de su obra he dedicado parte de mi vida, lo que constituye para mí un motivo de orgullo. Y como ese hilo de oro invisible del destino teje y desteje entre la niebla, más allá de nuestros ojos, hoy yo estoy pronunciando este discurso cincuenta años después que ella leyera el suyo. Pero creo que para hallar la mágica madeja de donde saliera ese hilo de oro misterioso habría que remontarse al año 1943 cuando entre los regalos recibidos con motivo de mi nacimiento figuraba un álbum de fotos, ilustrado con dibujos y poemas. Allí aparecían las “Canciones de Natacha”. Y cuando yo escuchaba esas canciones de los labios juveniles de mi madre, encontraba un encanto especial, una magia intransferible en aquella “loba loba” que salía de paseo con su traje nuevo y su hijito feo. ¿Por qué el lobito era feo, y sin embargo, no se perdía ni el hechizo ni la ternura?. El tiempo después –y aquel hilo– iban a hacer que andando los años yo comenzara a frecuentar la obra de Juana y luego la fuera a conocer y trabara con ella una amistad altamente enriquecedora.

            Myrtha me preparó en la prueba de Idioma Español cuando mi ingreso al Instituto de Profesores Artigas para estudiar Literatura en 1963. Fuimos amigos, fuimos colegas, enseñamos los dos en el IPA; no nos pudimos encontrar aquí; pero lo hemos hecho en el sueño. Por dos veces he soñado con ella y la última vez veníamos a este acto, cuando de pronto yo me apercibo de que he olvidado estos papeles y asustado, se lo comento; como era su gesto habitual, me consoló y reconfortó al par que me decía: ya te acordarás. Seguramente, desde algún sitio lo estará escuchando.

            Y Matilde Bianchi, con quien tanto reía.

            Reitero mi agradecimiento y lo hago extensivo a quienes son y han sido mis alumnos. Y parafraseando aquella página de Rodó, cuando el Maestro Gorgias se despedía de sus discípulos diciéndoles “yo no os he enseñado la verdad, sino el amor a la verdad, que es infinita”, yo ahora les digo, a todos, yo no les he dado, con mi poesía y con mis palabras, toda la poesía, sino el amor a la poesía, que es infinita.

            La poeta argentina Alejandra Pizarnik definía así la poesía: “el lugar donde todo es posible”. Como este acto y estos pensamientos podrían titularse una defensa y exaltación de la poesía, siento igual que si estuviera dentro de un fantástico caleidoscopio, donde todos los colores fueran posibles y surgieran por primera vez. Entonces, desde hoy y desde este ámbito vuelvo a ver la cara joven y hermosa y sana de mi madre asistiendo al nacimiento de mis primeros poemas; a mi padre, cartesiano y matemático, pasando a máquina mis escritos, que seguramente nunca entendiera demasiado, como tampoco captara los laberintos líricos de su hijo menor que había decidido, contra viento y marea que no seguiría la tradición profesional universitaria de la familia porque quería ser profesor y poeta; a mi hermano Roberto, sus ojos azules brillando en la primera fila de mis lecturas y conferencias, a mi tío Beltrán Arbeleche quien, a mis catorce años me iba a buscar los sábados a la salida del liceo y me prestaba libros y charlaba y me ofreciera el universo ancho de su biblioteca; a mi otro tío Gualberto Rodríguez, blanco y herrerista quien, por primera vez en su vida comprara el diario colorado ACCION porque en su página literaria habían aparecido publicados mis primeros poemas; y los veo junto a mis familiares y amigos que hoy aqui me rodean, alientan y sostienen en esta aventura indeclinable, y que comparten conmigo esta alegría de hoy; aquellos con los que ayer compartiéramos los primeros libros y los lejanos juegos de hace casi cincuenta años, y estos con los que compartimos tareas hasta casi ayer. Vuelvo a leer la dedicatoria que mi hermano Carlos estampara en el libro “Obras Completas”, de Rubén Darío, regalo de la Nochebuena de 1960: “Saluda el poeta de los grandes versos al pequeño soñador de los grandes sueños.”

            García Márquez dijo: “el tiempo da vueltas en redondo” y hoy tengo la enorme satisfacción de celebrar este ágape con todos los muertos y los vivos, los poetas de hoy, mis compañeros, y aquellos que son y han sido mis maestros y amigos: Federico García Lorca descubierto a mis dieciséis años en los parlamentos de “Bodas de Sangre”. Y entonces nuevamente toco el timbre en la calle Velintonia 3, en Madrid, una tarde fría de otoño de 1969 y me recibe un viejo alto, luminoso y azul, con quien compartí versos, nostalgias y entusiasmos. Se llamaba Vicente Aleixandre. Y otra vez recibo una carta de Julio Cortázar en respuesta al envío de un libro mío. Y todo vuelve a empezar. Y todo está ahí, a nuestro alcance. Detrás del velo. Junto a los dioses.

            Pero ¿qué pasará con la Poesía y los poetas en el próximo milenio?

¿Podremos revertir una humanidad cada vez más deshumanizada, donde los valores primeros de la ética, social e individual, empiezan a tornarse recuerdos de un pasado remoto?

            ¿Será posible hacer al Hombre más humano y hallar un verbo único que abarque el amor personal y colectivo, la justicia y la solidaridad junto a la memoria, custodia minuciosa de los tiempos? Un verbo, al fin que pueda ser conjugado por todos.

            ¿Seremos siempre los poetas, la arena en la maquinaria del futuro y nuca el aceite, como dijera recientemente Antonis Samarakis en el Paraninfo de la Universidad de la República? ¿O alguna vez podremos, entonar también la celebración invicta de la vida y educar a través de la Poesía? Porque la metáfora enseña a pensar y a vivir la misteriosa alegría de pisar el pasto húmedo y escuchar el repetido escándalo del gallo.

            Entonces, todo lo que hayamos logrado, cuando venga la Muerte –que dicen que viene– ya no nos podrá ser nunca más arrebatado.

            Porque como dijera Odiseo Elytis: “La poesía comienza allí donde la muerte no tiene la última palabra”.

            Y todo el aire se torna mágico y sereno.