José María Obaldía - Treinta y Tres, 16/8/1925. Fue maestro de 1º y 2º grados y maestro en Curso para Adultos, actuando hasta 1978. Colaboró en diversas publicaciones con poemas y narraciones, así como en revistas especializadas, La educación del pueblo, entre ellas. Poemas suyos fueron difundidos como canciones por conjuntos y cantantes populares, Los Olimareños, Los Hidalgos, Los del Yerbal, Wilson Prieto, Ricardo Comba, Teresita Minetti y otros.

 

 

Ha sido jurado en concursos literarios auspiciado por la Intendencia Municipal, El Ministerio de Educación, Club Banco de Seguros, Cámara del Libro, Fundación Lolita Rubial.

 

Desde 1994 es miembro de la Academia Nacional de Letras cuya presidencia ocupó durante dos períodos, desde 1999 a 2003. Es Académico Honorario de la Academia de la Cultura de Curitiba (Brasil) y Miembro Correspondiente de las Academias: Chilena de la Lengua, Argentina de Letras, Norteamericana de la Lengua Española y Real Academia Española.

 

 

Obras editadas

 

20 Mentiras de Verdad. Edit. Unión del Magisterio, (1971); Ediciones de la Banda Oriental (1973, 1993, 1994, 1995, 2003, 2004); Cámara del Libro (1985) oportunidad en la que  se lo declaró “Libro de la Feria” de dicha Cámara. Premio Ministerio de Educación (1994).

 

Versos y Canciones en la Escuela. Obra compartida con Luis Neira. Ediciones de la Banda Oriental, 1973. Premio Ministerio de Instrucción Pública.

 

El gaucho. Complementación Pedagógica de textos de Roberto Ares Pons. Ediciones de la Banda Oriental, 1973.

 

Eduardo Fabini. Soneto. Primer Premio del concurso de la Asociación de Jubilados y Pensionistas Escolares, Centenario de Solís de Mataojo, 1974.

 

Antología de la Narrativa Infantil Uruguaya. Obra compartida con Luis Neira. Ediciones de la Banda Oriental, 1978. (Integra la Biblioteca del Libro Hablado de la Fundación Braille del Uruguay)

 

Lejos… Allá y Ayer. Editorial Amauta, 1973. Primer premio concurso Editorial Acali y Diario El Día, 1980.

 

El Habla del Pago. Voces y paremias de la región de Treinta y Tres. Ediciones de la Banda Oriental, 1ª 1988, 2ª 2001, 3ª 2006.

 

Sol de Recreo. Poemas. Editorial AULA, 1989.

 

Historia de la Literatura Infantil Juvenil Uruguaya. Coautoría con Luis Neira. Universidad de Frankfurt-Main, 1978.

 

La Bandera de Jabalí. Novela histórica. Editorial Monteverde, 1993. (Integra la Biblioteca del Libro Hablado de la Fundación Braille del Uruguay)

 

El Fantasma del Bucanero. Novela histórica. Editorial Reconquista, 1995.

 

Bautista el Equilibrista. Cuatro cuentos y doce canciones. Ediciones de la Banda Oriental, 1997.

 

Tres Cuentos del Tío. Ediciones de la Banda Oriental, 1997. Premio Ministerio de Educación.

 

Como Pata de Olla. Cuentos. Ediciones de la Banda Oriental, 1997.

 

El Matrero y Otros Cuentos en Prosa. Cuentos. Ediciones de la Banda Oriental, 2001.

 

Telmo Batalla y Otras Prosas Viejas. Cuentos. Ediciones de la Banda Oriental, 2004.

 

 

Fue recibido como Miembro de Número el 6 de octubre de 1994 por el Ac. Julio C. Da Rosa

Su discurso de ingreso se puede leer más abajo.

 

(Dirección electrónica: carape33@hotmail.com)

 

 

 

Elogio de José María Obaldía con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras

 

 

Señor Presidente de la Academia Nacional de Letras

Señores Académicos

Señores Profesores Colaboradores de la Academia

Señoras y Señores:

 

Me cabe el honor y el placer de hacer uso de la palabra en este acto para presentar ante este Cuerpo al nuevo Académico de Número Don José María Obaldía recientemente designado para integrar la Academia Nacional de Letras del Uruguay.

Nuestra Institución ha considerado su deber la incorporación de este preclaro estudioso en vista sobre todo de sus relevantes méritos culturales y de su larga obra de colaboración a las actividades científicas de la misma como integrante de la Comisión de Lexicografía y de la de Paremias.

José María Obaldía se ha destacado por su múltiple actividad cultural y pedagógica que desarrolla desde hace muchos años en nuestro País.

Nacido en la ciudad de Treinta y Tres en 1925, se radicó en 1950 en Montevideo donde actualmente reside y desarrolla su actividad de estudioso.

Obtuvo el título de Maestro de 1º Grado y posteriormente el de 2º y ejerció por largos años la docencia en Enseñanza primaria y en Cursos para Adultos, hasta 1978.

Docente vocacional, ha cultivado a lo largo de su carrera severos estudios sobre problemas educacionales y cumple hasta la actualidad actividades pedagógicas en escuelas y centros educativos y culturales en forma habitual.

Siempre en el campo de la educación y la enseñanza ha integrado por varios años múltiples programas radiales y televisivos con clases y charlas de interés literario, lingüístico, histórico, folklórico, volcando en ellas el manantial fresco y generoso de su saber.

Complementa esta actividad de educador colaborando en distintas revistas y otras publicaciones especializadas en problemas de enseñanza con poemas y narraciones con sobre educación de niños y adultos y, así mismo, con estudios originales.

Es autor de numerosas obras didácticas y de ambientación escolar, patrocinadas y publicadas por distintos Organismos oficiales y privados del país y del extranjero.

Dentro de éstas recordaremos en forma especial:

 

1.- 20 mentiras de verdad. Obra que cuenta con tres sucesivas ediciones, premiada en 1993 por la Cámara del Libro.

 

2.-Versos y canciones en la escuela. Premio del Ministerio de Instrucción Pública de 1973.

 

3.- El gaucho. Complementación pedagógica sobre textos históricos de Roberto Ares Pons, de 1973.

 

4.- Historia de la literatura infantil-juvenil uruguaya. Publicación editada por la Universidad de Frankfurt (Alemania) en colaboración Luis Neira, de 1978.

 

5.- Antología de la narrativa infantil uruguaya. Trabajo conjunto con Luis Neira, de 1978.

 

 

Dentro de las obras de creación literaria original, siempre relacionadas con el mundo de los niños y la juventud, destacamos, luego:

 

1.- Lejos... Allá y ayer. Primer Premio Cuentos infantiles del concurso organizado por “El Diario”, 1980 y 2ª edición de 1989 de la Editorial Amauta.

 

2.- A Eduardo Fabini. Soneto. Primer premio en el concurso organizado por la Asociación de Jubilados y Pensiones Escolares, con motivo del Centenario de Solís de Mataojo.

 

3.- Sol de Recreo. Poemas de los años de adolescencia, creados en respuesta al requerimiento de una concepción fermental de la misma (1989).

 

4.- La bandera del jabalí. Novela histórica para niños y jóvenes (1993).

 

Fuera del ámbito escolar, el Maestro Obaldía ha realizado una larga actividad literaria en revistas y otras publicaciones con poemas y narraciones.

Es autor de poemas musicalizados y difundidos como canciones por prestigiosos conjuntos o cantantes populares, como “Los Olimareños”, “Los del yerbal”, Ricardo Palma, Tersita Minetti, entre otros.

Durante varios años ha desarrollado una intensa tarea de promoción cultural a todo nivel, integrando programas radiales con clases y charlas sobre distintos temas históricos, literarios, folklóricos en importantes emisoras capitalinas y del interior.

 

Otra faceta del Prof. Obaldía es su actividad filológica, fruto de una larga y sólida preparación y de un profundo hábito de observación, aplicados sobre todo al estudio de la lengua española hablada en diferentes lugares del interior del país.

Su publicación El habla del pago es una docta recopilación crítica de voces y paremias del habla campesina y pueblerina, usual en el área treintaytresina, de 1989, que se lee siempre con sumo interés.

En esta misma área actúa desde hace tiempo como Miembro invitado en las Comisiones de Lexicografía y de Paremias de la Academia Nacional de Letras brindando abundante información lingüística sobre las hablas del interior del país que se estudian para la confección del Diccionario del español del Uruguay. Sus aportaciones en este campo son de invalorable importancia por su profundo conocimiento de los usos y costumbres de la gente de afuera y del abundante y variado acervo léxico que maneja en distintos niveles el hombre de campo.

Es por tales razones, pues, que nuestra Institución ha llamado a integrar su Cuerpo como Académico de Número a Don José María Obaldía.-

 

 

Julio C. Da Rosa

Montevideo, 6 de octubre de 1994

 

 

 

DISCURSO DE INGRESO A LA ACADEMIA NACIONAL DE LETRAS

 

 

En diciembre de 1971, la editorial gremial Unión del Magisterio, publicaba la que sería primera edición de nuestras Veinte Mentiras de Verdad. Era, para nosotros, un momento trascendente, colmando con él la clásica exigencia que se plantea al hombre para llegar cabalmente a tal, ya que habíamos plantado muchos árboles, teníamos una hija y había allí un libro con nuestro nombre en la tapa. Pero se nos había planteado también la ocasión de constatar, precisamente en la gestación de aquel libro, que hay momentos especiales que valen por ellos mismos, tanto o más que por el protagonista que aparezca en su centro.

Habíamos estado en la imprenta y visto el empeño de todos los de allí, por procurar que el libro saliera con lograda presencia estética: la elección del tipo, la cuidada prolijidad en la composición y diagramación, la búsqueda del mejor papel obtenible. Recordábamos la invalorable colaboración de la gente del Club de Grabado, que generosamente brindó la entrega de sus artistas más salientes para la ilustración. Y venían a nuestra memoria, las presencias vivas de Teófilo Pérez, de nuestro tío Lino Mariño, de don León Gabarrés, entre tantos y tantos otros narradores de nuestro pago, a quienes habíamos oído contar las mentiras hechas hoy sustancia de aquel momento que no era función, de ningún modo, del protagonista cuyo nombre aparecía como autor en la tapa del libro. Prueba ya antes entrevista del saber que ese protagonismo estaba amasado con muchos, escondidos y generosos barros, fue que aquella primera edición aparecida al morir 1971 llevó como dedicatoria, tal vez no tan clara como sentida, el decir: “En el pensar, en el sentir, en fin, en el ser, debemos tanto a tantos! A todos ellos.”

Obvio es que este instante configura un momento altamente trascendente y como tal, de acuerdo a lo dicho, con valores propios, altos y genuinos: lo augusto de esta sala en la que campean y son guardados con respetuoso celo tantos nombres ilustres, la presencia de la propia Academia reunida, la de tanta gente estimada que ha respondido a su convocatoria, para avalar con la suya nuestro ingreso a su corporación. Permítasenos reiterar por ello, la dedicatoria referida: “En el pensar, en el sentir, en fin en el ser, debemos tanto a tantos! A todos ellos.” Les entregamos hoy, no un libro como en aquel diciembre lejano, sino nuestro más sincero reconocimiento.

Ha sido resuelto que ocupemos en el seno de esta Academia el sillón que lleva el nombre de José Enrique Rodó. No seríamos capaces de imaginar algún merecimiento para ello pero, por el deseo de ser veraces, deberíamos decir que la emoción de que se nos ubique bajo tan alta égida, no nos abruma sino que nos colma de llana alegría. Porque cierto es que durante tantos años de maestro, sentimos con frecuencia y con responsabilidad preocupante, que estábamos practicando aquella que él llamó “oratoria sagrada”. Pero también es verdad que durante el mismo tiempo, él fue nuestro mentor amable y generoso y su presencia cotidiana en nuestra labor, nos permitió palpar y sentir la calidez ávida de respuesta, que latía bajo la prolija y esforzada elaboración de su parábola.

Este sillón tuvo ilustres titulares, de los cuales nuestro saber y sentir nos detiene especialmente frente a dos: Angel Falco y Angel Curotto. A ambos los conocimos en aquel nuestro pueblo de hace mucho tiempo; asomábamos a nuestra adolescencia cuando nos llegó uno de los Cantos Rojos de don Angel Falco y una revista ilustrada nos ofreció, poco más tarde, su imagen espigada, de chambergo y esponjada moña. Versos e imagen son aún hoy, claro y cálido recuerdo. Tal como el momento en el cual conocimos a don Angel Curotto, quien llegara allá acompañando el grupo teatral que contaba como sumo impulsor al legendario don Carlos Brussa. Luego el tiempo nos fue entregando sucesivos capítulos, de lo que se integró como una vida fecunda para la cultura de nuestra tierra y en la cual todo lo del teatro le fue sustancialmente propio. La Comedia Nacional, entre otros núcleos vitales del teatro nuestro, está ahí como jalón perenne del ahínco lúcido con el cual don Angel Curotto brindó al mismo su generosa vocación.

Estos altos nombres se conjuntan con la igualmente alta esencia de esta Academia y tornan la aceptación de un sitial en ella, en carga agobiante de responsabilidades y exigente de razones bastantes para su aceptación. Las hemos buscado en procura afanosa y las hemos encontrado; si no sobradas, por lo menos de válido recibo. Tal vez porque sean de aquellas de raíz cordial, a las que la razón suele encontrar extrañas. Y las hemos encontrado en las propias líneas por las cuales se nos comunica la designación, para la función que hoy asumimos.

Ocurre que ellas comienzan con la palabra maestro y luego de mentar nuestra labor en las aulas, citan nuestra sostenida y sentida relación con la cultura popular. Ambos aspectos, más que aspectos vertientes capitales de lo que hemos sido, de lo que siempre quisiéramos seguir siendo, son para nosotros, por tales, estímulos que nos encienden tropismos pujantes.

No somos de frecuentes autocuestiones que busquen respuesta en lo hondo pero, como a todos, en algún momento se nos plantean. Y cuando surge aquélla que inquiere sobre dónde hemos estado, el haber sido maestro aparece como fresca y limpia respuesta, reiterándose con frecuencia en los hoy hombres y mujeres que encontramos y fueron, ayer niños, nuestros compañeros de aula.

Y en cuanto a la cultura popular, debemos decir que no es algo a lo que hayamos llegado por voluntad nuestra, a la búsqueda de su presencia y sus ubérrimos contenidos, sino algo que se integró a nosotros. Algo en cuyo ámbito comenzamos a ser, algo que impregnó ese ser, en la edad en la cual todos los humanos sentimos una sed y una avidez, tan inconscientes como palpitantes de vida, del mundo en el cual nuestra personalidad amanece.

Ocurre que nosotros arribamos a los ámbitos de la cultura regular, ordenada y planificada, cuando ya, casi atrás la adolescencia, asomábamos a la juventud: comenzamos el liceo, allá en nuestro querido pueblo, llegando a los veinte años. Hasta entonces habíamos vivido como un contenido de esa cultura madre, de tierra y hombre. Que no aparecía adherida, incorporada, sino como sustancia propia de nuestro ser, diciendo en nuestra habla y dueña de las memorias más queridas. Alguna vez que, con esfuerzo, logramos un ángulo reflexivo para enfocarla, nos unimos más a quienes piensan que ella entraña el trazo más genuino del perfil de cada pueblo. Y encontramos o aprendimos, que entre las pruebas de su esencia vital del hombre-pueblo, está la de pervivir venciendo siglos y distancia, cual un rizoma prodigioso que viaja desde su origen bajo tierras y mares, para aflorar un día en pueblos de regiones y eras remotas.

Se dice que las culturas culminan, florecen, en la canción y hasta que la canción es el fruto que pauta la calidad de cada árbol cultural. Y la cultura popular de nuestra tierra tiene su flor: el compuesto. Canción que apoyada generalmente en la décima, por milonga o cifra, dice, narra un hecho con frecuencia real, que haya conmovido hondamente al pueblo; la figura de un caudillo, la fama de un parejero invencible, una tragedia de pasión y sangre. El compuesto es de probada estirpe popular, cuenta entre sus mayores más genuinos a los cantares de ciego españoles y entre sus parientes poéticamente más altos, a “La Tierra de Alvargonzález”, auténtico compuesto, por su estremecedor contenido y estrofa insólita por cruenta, del gran don Antonio Machado, cuando obedeció a su confeso anhelo de "escribir para el pueblo". Cruento era también todo un compuesto que los niños oíamos y repetíamos, en los años de nuestra infancia en el pueblo de los Treinta y Tres y que nos pondría allí, en aquel solar de criollos e inmigrantes acriollados, frente al aflorar de una cultura popular tan remota que cobró, con los siglos, sustancia clásica.

Recordamos solamente cuatro versos de una estrofa:

 

“De Treinta y Tres, la noticia

horroriza los hogares,

ha muerto Norberto Juárez

rebosante de injusticia...”

 

con un “rebosante” poéticamente no congruente, pero con valía muy genuina de repentismo payadoril. El resto todo de aquel compuesto, que estremecía a chicos y grandes con aquella muerte injusta, se nos fue borrando al alejarnos del pago y de la infancia. Su autor era en nuestro pueblo, simplemente “El Ciego Batalla”, de oficio payador y hacedor de compuestos. Escuchaba atentamente el relato, con sus ojos muertos claros y abiertos, pedía que se le repitieran algunos pasajes y un día después, con lápiz y papel, escribía el cliente a su dictado, el compuesto del encargo.

Un día leímos en Caras con Alma de don Pedro Leandro Ipuche: “...la de los Batalla desprendió la vagancia ciega del rapsoda Telmo, cuyo recuerdo endiosó las calles del pueblo olimareño con el sabor arcaico de la costumbre homérica...”

Vagancia ciega, rapsoda, arcaica costumbre homérica, aparecían como recursos demasiado fáciles e inválidos por un terruñismo desbordado.

Pero pensamos, don Pedro Leandro Ipuche no malgastaba en frases fáciles el amor a su pago. Recordamos entonces a José Gorosito Tanco, quien nos dice en su “Telmo Batalla”:

 

“Con su vieja guitarra

trashumante y ya opaca;

como los marineros y los turcos,

tatuada...

Homero criollo de los valles glaucos

del Olimar murmurador.

Enmohecida estampa de nuestra juglaría;

cisne que ya ni muere

para no más cantar!

Triste guiñapo de un pasado cumba;

festín bordado ayer, de copla y música,

en los ruedos paisanos.

Taura de "improvisaus" en las glorietas,

punteador magistral de pericones y polcas y cuadrillas...”

 

Otra vez, reiterada y firme, la propuesta de un aflorar del venero cultural helénico, profundo y remoto, que parecía diluirse sin embargo en la menguada presencia física que había tenido “El Ciego Batalla”, payador y hacedor de compuestos del Pueblo de los Treinta y Tres. Además, sin el flamear de la estrofa, con una prosa escuetamente histórica, nos decía de ella don Homero Macedo, figura protagónica del quehacer educativo del pago: “Su auténtico nombre era Vitelmo Batalla Téliz”, levantando un rastro de trascendencia cuando agrega: “...sus décimas y canciones –compuestos, acotamos– en métrica libre, inspiradas en sucesos regionales, festivas o trágicas, recorrían el amplio escenario comarcano y era crónica oral o escrita en hoja suelta, que el viento del interés popular llevaba...”

Pero si esto último incita a concebir el renacer de un rapsoda, pensamos entonces, pronto nos desalienta lo que nos añade sobre la transida presencia de don Telmo. Dice: “...nunca olvidaré su figura de mediana estatura, de hombros encorvados, de modesta y pulcra vestimenta, de limpias alpargatas en verano, los antiguos botines de elástico en invierno, su bombacha porteña, el saco y el infaltable chaleco de pasadas épocas y su andar lento, la cabeza gacha, orientándose con un bastón...”

Desnuda humildad, en un pueblo nuestro de más de medio siglo atrás, que volvía desvarío cualquier intento de aproximación a las majestuosas pautas culturales de los siglos homéricos, cristalización paradigmática de lo clásico universal. Pero, pensamos también, cuánto hay en lo clásico todo, que es cultura popular con sazón de siglos. En las letras, la música, la plástica, en todo aquello que el hombre pone su aliento mejor.

Como tantas otras veces, lo fortuito volvió a mostrarlo.

Su abuelo había levantado su estancia de fuertes muros encalados y capilla con campana, muy cerca de donde el Yerbal encuentra al Olimar, años antes de que allí se fundara el pueblo de los Treinta y Tres. Y su padre había mantenido en su casa, a dos cuadras de la plaza del mismo, costumbres heredadas de aquel abuelo. Entre ellas la de mantener en las despensas, acostada sobre fuerte caballete, la gran pipa de vino del cual él no bebía y al que solamente se reservaba para ofrendarlo a las visitas especiales. Ella era la más pequeña de seis hermanos y tenía, plenos de claridad, sus recuerdos infantiles.

–Tío Telmo –me dijo– era primo de mi padre y solía venir los domingos de visita. Nos sentábamos a la mesa, en invierno en el comedor y en verano bajo la enramada del patio, mi padre en una cabecera luego de ubicar al tío Telmo en la otra, frente a un gran vaso especial. Mi hermano mayor lo llenaba de vino y el tío bebía, mientras todos almorzábamos. Luego de los postres se volvía a llenar el gran vaso; entonces el tío pedía que le alcanzaran la guitarra y cantaba, a veces canciones muy lindas y alegres, a veces muy tristes, de las guerras.

Mientras nosotros escuchábamos, la narración nos iba configurando una imagen imprecisa, difusa en sus circunstancias pero no nueva sino como ya, alguna vez, conformada en nosotros. Mesa grande, muchos comensales, gran vaso especial de vino y un cantor, ciego, centro y eje de la reunión. ¿Cuándo, dónde, nos habían sido dados aquellos trazos integrando una escena igual a la escuchada? No fue, felizmente difícil encontrar la respuesta. En el Canto VIII de La Odisea, leíamos:

“... presentóse el heraldo con el amable aedo Demódoco a quien La Musa privóle de la vista pero le concedió el dulce canto. Pontónoo lo puso en medio de los convidados y le acercó una copa de vino para que bebiese siempre que su ánimo se lo aconsejara. Y apenas saciado el deseo de comer y de beber, La Musa excitó al aedo a que celebrase la gloria de los guerreros con un cantar cuya fama llevaba entonces al anchuroso cielo...”

Como lo habíamos presentido no eran frases fáciles las de don Pedro Leandro Ipuche; ni arrebatos líricos los de Gorosito Tanco. Y aquella costumbre, expresión pura de cultura popular, de orígenes perdidos, había aflorado en nuestro pago. Seguramente también lo habrá hecho en otros y lo seguirá haciendo por siempre. Que así sea, deseamos.

Y como en cultura popular estamos, para terminar, apelo a Domingo Barreto, viejo paisano de mi pago, analfabeto y sabio en ella, quien afirmaba:

 

–Solo el ladrón lleva callado. Cuando uno agarra algo, sea dado o prestado, hay que dar las gracias.

Creemos en su razón y por todo lo que hoy se nos ha dado, investidura y atención invalorables.

 

Muchas gracias!

 

José María Obaldía