CollMagdalena Coll, Montevideo, 27/9/1968. Licenciada en Lingüística de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República, Montevideo (1994) y Doctora en Filosofía del programa de Lengua y Literatura Hispánicas del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California, Berkeley (1999).

 

Profesora Agregada del Departamento de Psico- y Sociolingüística del Instituto de Lingüística de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.

Integra el Grupo de Estudios Lingüistico-históricos del Uruguay y el Grupo de Investigación en Terminología y Organización del Conocimiento, de la Universidad de la República. 

 

Entre sus publicaciones se cuentan los siguientes libros: Una historia sin fronteras: léxico de origen africano en Uruguay y Brasil (compilado junto a Laura Álvarez López.). Estocolmo: Stockholm University. Acta Universitatis Stockholmiensis, Romanica Stockholmiensia 30, 2012; Documentos para la historia del español en el Uruguay. Vol. 2. Cartas personales y documentos oficiales y privados del siglo XIX (en coautoría con Virginia Bertolotti y Ana Clara Polakof), Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República, 2012; El habla de los esclavos africanos y sus descendientes en Montevideo en los siglos XVIII y XIX: representación y realidad, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2010. Ha publicado, recientemente, los siguientes capítulos de libros: “Representation of Charrúa Speech in the 19th Century Uruguayan Literature”, en Laura Callahan (org.) Spanish and Portuguese Across Time, Place and Borders. Studies in Honour of Miltom M. Azevedo: 110-131. Nueva York: Palgrave Macmillan, 2013; “Reflexiones sobre la lengua en América” (en colaboración con Virginia Bertolotti), en Alfonso Zamorano Aguilar (coord. y ed.) Reflexión lingüística en la España del siglo XIX. Marcos, balances y nuevas aportaciones: 443-466. München: Lincom, 2012; y los siguientes artículos: “Prácticas lexicográficas del siglo XIX en territorio uruguayo: de la nominación al registro de piezas de museo”, en Revista Argentina de Historiografía Lingüística 5:2, 2013 y “Derroteros de la lengua bozal en Montevideo en el siglo XIX: el “Canto patriótico de los negros…” de F. Acuña de Figueroa y otros escritos”, en Revista Encuentros Uruguayos Vol. V, Nro 1 (Diciembre 2012): 251-277.

 

Fue recibida como Miembro de Número el 28 de mayo de 2015 por el Académico Adolfo Elizaincín.

Su discurso de ingreso que se puede leer más abajo se tituló “Paisaje lexicográfico de Uruguay de fines del siglo XIX”.

 

(Dirección electrónica: collmagdalena@gmail.com)

 

 

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Elogio de Magdalena Coll con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras

 

por Adolfo Elizaincín

 

Es para mí un gran honor presentar hoy a alguien que seguramente ya conocen, pero, como saben, los necesarios ritos de ingreso a instituciones como la ANL imponen estas prácticas que, como lo he dicho en otras oportunidades, resultan de gran utilidad y no están para nada teñidas de burocracia o ritualismo vacío.

 

Me refiero a Magdalena Coll, incorporada por decisión del pleno de la ANL a la institución el año pasado e integrada ya de forma plena a la vida de la corporación. De hecho, lo venía haciendo desde bastante tiempo antes cuando, desde la FHCE de la UdelaR organizara los exitosos Seminarios de Lexicología Bilingüe, que siguen teniendo fuerte aceptación en el público interesado y que demostró, una vez más, una política de integración de las instituciones que cumplen parecidos o similares objetivos, permitiendo así unificar y no disgregar los recursos humanos y materiales, no muy abundantes, con los que contamos.

 

Nacida en Montevideo, Magdalena obtiene su grado en Lingüística en la FHCE en 1994 con un  trabajo en el que se percibía ya una de sus líneas de trabajo prioritarias, la historia de la lengua española en Uruguay; posteriormente, realiza su Doctorado (PhD) en 1999 en la Universidad de California, Berkeley, bajo la dirección del reconocido filólogo Jerry Craddock con una tesis en la que estudia una carta de Doña Teresa de Aguilera y Roche al Tribunal de la Inquisición en 1664, como testimonio del español colonial de Nuevo México, con lo que su vocación por la historia de la lengua se afirma aun más. Entre abril de 2010 y abril de 2011 realiza una estancia de posdoctorado en la Universidad de Campinas, bajo la dirección de la Prof.a Tania Alkmin, sobre un tema diferente a los anteriores, a saber, el campo de las lenguas africanas.

Como puede apreciarse, su formación universitaria recorre las sedes de prestigiosas universidades americanas, del Norte y del Sur.

 

En la actualidad, Magdalena es Profesor Agregado, gr. 4, con DT en el Instituto de Lingüística de la FHCE de la UdelaR, cargo al que llegó a través de una ordenada sucesión de los escalones previos del escalafón. En cumplimiento de este cargo realiza actividades de docencia en grado y posgrado, dirige tesis de posgraduación, participa y dirige proyectos de investigación financiados por fuentes diferentes, y colabora también con tareas de administración y de extensión universitarias. En fin, lo que corresponde.

Es, además, investigadora Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores  de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, donde también cumplió ordenadamente la carrera en cuestión; en virtud de su calificación, colabora también ahí en tareas relacionadas con su especialidad.

Como digo, es la carrera normal de un docente universitario. El diferencial con tantos otros casos está, entonces, en el nivel y la jerarquía del trabajo que rutinariamente se espera de un académico de este tipo. Y el caso de Coll es excepcional. Ha trabajado con entusiasmo y dedicación diferentes temas sociolingüísticos e históricos, siempre en relación con Uruguay, contribuyendo a formar así una tradición académica sobre nuestro país. Y sus contribuciones han sido siempre de primer nivel.

 

Me gustaría poder distinguir, dentro de su obra édita, diferentes líneas de investigación y de interés docente.

La primera es el interés por la historia del español en nuestras tierras. Basándose en una incipiente tradición de estudios diacrónicos sobre nuestra modalidad lingüística, Coll comienza por el principio: organiza corpus confiables que puedan servir de base a indagaciones posteriores. Así surgen los dos volúmenes de los Documentos para la historia del español en el Uruguay publicados por la UdelaR y de consulta imprescindible.

De la misma manera como procedió con el español, hizo lo propio con el portugués hablado en Uruguay, completando así la abundante producción académica sobre aspectos más bien sincrónicos y en todos los casos sociolingüísticos y hasta educativos de las variedades lusas utilizada en el nordeste del país. Se trataría de una segunda línea de pesquisa. Sobre estos textos, Coll en colaboración con Bertolotti y otros integrantes de sus equipos, proponen una interesante tipología de la mezcla lingüística que se puede hallar en los documentos.

Posteriormente, pero sin desentenderse de estas líneas, Coll comienza a interesarse por los grandes temas olvidados de la lingüística nacional: el aporte de los contingentes africanos, y de la población autóctona, al perfil lingüístico del país.

Y digo olvidados porque excepto unos pocos autores, entre los que sobresalen Laguarda Trías y John Lipski para el componente africano, y Rona para el indígena, poco o nada se hizo en el país en los últimos tiempos. Sin embargo, la presencia de estos contingentes poblacionales no puede ser ignorada, ya que incidió a su manera en nuestra conformación demográfica, social, cultural. La antropología biológica, en investigaciones de Mónica Sans, mostró que ese pasado no podía ser desconocido sin  más. Y así otros.

 

Algunos de los resultados de estos trabajos pueden verse en el libro que, en 2008 ganó un premio de esta Academia, luego publicado en 2010 por Banda Oriental , El habla de los esclavos africanos y sus descendientes en Montevideo en los siglos XVIII y XIX: representación y realidad; sus recientes trabajos en el volumen de Avelar y Álvarez López publicado por Peter Lang en Frankfurt, “Ni bagres mandingas quedaron!: presencia lingüística africana en la narrativa de José Monegal”; o el trabajo de 2013 en el volumen de homenaje a Milton Azevedo (su colega de Berkeley), “Representation of Charrúa Speech in 19th Century Uruguayan Literature” . Y así, otros.

Muy activa ha sido Coll en la enseñanza y difusión de los estudios lexicográficos. Como bien sabemos, la enseñanza institucionalizada de las técnicas de la lexicografía, y de esta como disciplina lingüística no existe en Uruguay, como tampoco en muchos países que tienen formaciones semejantes en grado o posgrado. Las formaciones en estas artes se hacen en forma autodidáctica, o bien, hoy, en lugares especializados como la Escuela de Lexicografía de la RAE y de la Universidad de León. Pues bien, en 2005, en oportunidad de la realización en Montevideo de un curso de posgraduación del CSIC madrileño (Cátedra “Dámaso Alonso”), cuando me encontraba planificando la presencia de docentes uruguayos que se harían cargo de algunos cursos (los restantes estuvieron a cargo de profesores extranjeros) pedí a Magdalena que dictara un curso de lexicografía. Su sorpresa fue grande, pero afortunadamente accedió. No sé, pero me gusta pensar que quizás ese fue un impulso interesante para sus trabajos posteriores en esta línea.

También avanzó en otro terreno olvidado de la lingüística nacional, la historiografía de la disciplina. De esta manera se ha ocupado de diferentes aspectos de esta problemática, baste con citar su trabajo “La relación español-portugués en la ALFAL: la perspectiva desde los países de habla española” publicado en el volumen conmemorativo del quincuagésimo aniversario de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina, bajo la responsabilidad de María Luisa Calero y Alfonso Zamorano de la Universidad de Córdoba, España.

 

Su actividad de investigación no se agota dentro de los límites de nuestro país. Ha sido, y sigue siendo, entusiasta impulsora de la integración de las investigaciones en redes internacionales, así por ejemplo su relacionamiento con la Universidad de Estocolmo y de Campinas para los estudios sobre las lenguas africanas en América, su relación con su universidad alma mater, Berkeley (el Cibola Project) para el español del suroeste norteamericano, o la integración al corpus de historia del español americano, CORDIAM, dirigido por Concepción Company de la UNAM y Virginia Bertolotti de la UdelaR, o sus trabajos en colaboración con la lingüista uruguayo-americana Irene Moyna con quien ha publicado, por ejemplo, en 2008 “A Tale of Two Borders: 19th Century Language Contact in Southern California and Northern Uruguay” en Studies in Hispanic and Lusophone Linguistics.

 

Pero ya es hora de que puedan escucharla sobre el tema “Paisaje lexicográfico de Uruguay de fines del siglo XIX”.

 

 

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Discurso de Ingreso a la Academia Nacional de Letras

 

Paisaje lexicográfico del Uruguay de fines del siglo XIX

 

 

Señor Presidente de la Academia Nacional de Letras,

Señores académicos,

Señoras y señores, amigos y familiares:

 

Es con profunda emoción que quiero expresar mi agradecimiento a la Academia Nacional de Letras del Uruguay por haberme elegido miembro de número. También quiero expresar mi deseo de honrar este nombramiento asumiendo las responsabilidades que implica y enfrentando los desafíos laborales y personales que supone. Agradezco las palabras con que me ha presentado el Dr. Adolfo Elizaincín, hoy Presidente de la Academia, a quien conocí cuando la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación se llamaba Facultad de Humanidades y Ciencias, y quedaba en la calle Tristán Narvaja. Elizaincín fue y es mi profesor desde hace casi treinta años; por eso valoro muy especialmente su bienvenida. También agradezco a los funcionarios e investigadores de la Academia, que siempre me han tratado con gran calidez y generosidad. Es además una alegría emprender esta nueva etapa junto a mi colega y amiga, la Acad. Virginia Bertolotti. Asimismo, no puedo dejar de mencionar la lamentable pérdida del Acad. Carlos Manuel Varela, con quien entré a la Academia el año pasado.

Ocupo hoy el Sillón “Raúl Montero Bustamante”, quien fuera el primer Presidente de la Academia Nacional de Letras, fundada en 1943. Destacado referente cultural de su época, Montero Bustamante fue además fundador de la Revista Literaria y luego director de la Revista Nacional, publicación que tuvo, durante su gestión entre 1938 y 1955, una amplia distribución entre maestros y profesores. Primero fue Adolfo Berro García, luego Celia Mieres y finalmente Héctor Balsas quienes ocuparon este sillón. Berro García y Mieres se destacaron, como dijo Balsas en su discurso de ingreso a la Academia en 1996, en su labor vinculada a la lexicología y lexicografía, entre otros aspectos de su actividad intelectual[1]. Este hilo invisible, imagen que describiera el propio Balsas, es el que retomo aquí para presentarles algunas ideas vinculadas a la lexicografía, esa disciplina que describe y analiza, casi podríamos decir disecciona, diccionarios. Pero también es la disciplina que se ocupa de los glosarios y vocabularios, esas últimas páginas de una novela o de un libro de geología o de botánica, que explican el significado de algunas de las voces que el autor usa en el texto. Además es una disciplina que atiende los fundamentos teóricos y metodológicos para la creación de esos productos, de esos listados de palabras, de esas obras que buscan compilar y definir las voces de la lengua, las voces de un área de especialidad, las voces de una región, etc. Así, al tiempo que se publica el diccionario de la Real Academia Española, o un vocabulario sobre el léxico del automóvil, es decir, sobre los vocablos y modismos vinculados al automóvil, o al caballo, o al tango, o un glosario de informática, o uno de términos vinculados al comercio, o un vocabulario de voces de Canarias, o un diccionario sueco-español, al mismo tiempo se publican trabajos que estudian cómo fue el proceso de elaboración de esas obras, qué voces se incluyen y cuáles no, cómo se definen, qué otras informaciones se agregan, qué ideología subyace a cada obra, etc. 

Hoy me voy a concentrar en el paisaje lexicográfico de fines del siglo XIX en nuestro país. La feliz coexistencia de dos obras lexicográficas independientes y una serie de glosarios que acompañaron obras literarias, hoy canónicas, no puede ser una coincidencia. En 1880 Washington Pedro Bermúdez comienza el diccionario que titulará Lenguaje del Río de la Plata y nueve años después el español Daniel Granada publica la primera edición del Vocabulario Rioplatense Razonado (Montevideo, Imprenta Elzeviriana)[2]. Aunque con visiones diferentes sobre la lengua y la sociedad, tanto Bermúdez como Granada buscan describir voces propias de la variedad  rioplatense del español.

Ambas obras lexicográficas son pioneras en su género y en su estilo, aunque no podrían haber tenido destinos más diferentes. El diccionario que Bermúdez comenzara a fines del XIX solo será terminado por su hijo, Sergio Washington Bermúdez, en 1947, pero nunca fue publicado en su totalidad. No se llegaron a publicar más de seis entregas, que corresponden a parte de la letra a, que de todas formas alcanza solo hasta la entrada acomodar. “Y ello pese a las gestiones por publicarlo oficialmente ante gobernantes de ayer, hoy, de mañana… y el peregrinaje por editoras de cuatro países”, según reseña Avenir Rosell (1978: 27)[3]. Se publicó -primero en Montevideo y luego en Buenos Aires- por entregas, como era de estilo en la época, y como lo fue, por ejemplo el English Oxford Dictionary. Solo muy recientemente la Academia Nacional de Letras del Uruguay rescató y puso a disposición, en formato digital, los originales de los Bermúdez que permiten ver los lemas, las definiciones, las citas y también las adiciones y correcciones manuscritas superpuestas en la extensa obra cuya elaboración llevo casi 70 años. Y gracias a este esfuerzo editorial y tecnológico sabemos, por ejemplo, que la voz “cablear” aparece ya registrada en el Lenguaje del Río de la Plata, en el que se remite a cablegrafiar y se presenta un ejemplo en el que se explica que “vamos a cablear, dice, como otros, dicen vamos a escribir”. Se trata de una voz que no llegó nunca a consignarse en el DRAE: su inclusión en el Lenguaje del Río de la Plata muestra la modernidad de la obra de Bermúdez, por un lado, y, por otro, nos plantea el tema de la relación que existe entre la lengua, los cambios tecnológicos, el diccionario y el ritmo en que este recoge aquellos cambios. Bermúdez consignó cablear/cablegrafiar que luego dejará de usarse en la medida en que la cablegrafía fue sustituida por otras tecnologías. Entonces, andando el tiempo y en consonancia con el desarrollo de la tecnología de transmisión de datos, se comenzará a usar el fax y a decir faxear, cuyo ingreso en un diccionario conllevará las discusiones correspondientes, como hoy se discute el ingreso de voces como mensajear, emailear, twittear, wassappear. Con significados próximos a “escribir”, son voces fuertemente vinculadas a las nuevas tecnologías, desde donde se originan constantemente nuevos vocablos que usamos o rechazamos como usuarios y que los diccionarios recogerán o no. Bermúdez, en su momento, optó por ingresar cablear y, en consistencia con su exhaustiva y sistemática propuesta, consigna también cablegrafía, cablegráfico, cablegrafista y cablegrama.

El proceso de edición y publicación del Vocabulario de Granada, español que vivió en Uruguay desde su infancia hasta 1904, no se asemeja en absoluto a los avatares que sufrió la obra de los Bermúdez. No sabemos exactamente cuántos años le llevó a Granada escribirlo, aunque parece claro, por los propios datos biográficos del autor, que no se trata de una obra cuya elaboración se haya extendido, prolongado y demorado en el tiempo como la de los Bermúdez. La primera edición de la obra de Granada es de 1889 y esta ameritó una rápida reedición, “considerablemente aumentada”, que se salió un año después, en 1890 (Montevideo, Imprenta Rural). Aunque no contamos con datos concretos sobre la tirada de esta obra, parece haber sido algo parecido a un boom editorial, si me permiten tal expresión para fines del siglo XIX y para un producto lexicográfico, que, como se sabe, nunca se han caracterizado por ser bestsellers, y disculpen también este otro anacronismo. El historiador argentino Enrique Lynch Arribálzaga escribe desde Buenos Aires en 1889 diciendo que “los ejemplares recibidos en esta capital [la porteña] se habían agotado; era grande el interés que el asunto despertaba entre las personas estudiosas. Por fortuna llegó otra remesa y pude conocer el Vocabulario Rioplatense Razonado” (apud Kühl de Mones 1987: VII)[4]. También Eduardo Acevedo Díaz deja constancia de las dificultades que tuvo, desde Argentina, para conseguir este libro al momento de escribir el glosario para su novela Nativa, como veremos más adelante.

En 1957 la colección Clásicos Uruguayos, en sus volúmenes 25 y 26, publica la obra de Granada con un magnífico prólogo de Lauro Ayestarán[5] y en 1987 una nueva edición verá la luz en Madrid, precedida de un rico análisis lexicográfico de Úrsula Kühl de Mones[6]. El Vocabulario de Granada es obra de referencia para la historia de la lexicografía uruguaya y también de la argentina, como se desprende de los trabajos de Laura Kornfeld e Inés Kuguel (1999)[7], Luis Barcia (2004)[8] y Daniela Lauria (2010 y 2012)[9], entre otros. Incluso en algunos casos es citado como el primer diccionario de argentinismos, aunque no lo es. El diccionario de los Bermúdez, por su parte, ha sido escasamente analizado desde un punto de vista metalexicográfico, aunque este panorama comienza a revertirse, principalmente desde su disponibilización en línea[10].

Bermúdez padre y Granada fueron contemporáneos -el primero residente de Montevideo, el segundo de Salto, cuando escribió el Vocabulario-. Coinciden en muchos de los vocablos que eligen para incluir en sus respectivas obras, ya que tienen una perspectiva contrastiva con respecto al español registrado en el Diccionario de Real Academia Española, es decir, solo registrarán en sus obras aquellas voces que no están consignadas en el diccionario de la RAE, aunque lo harán desde posturas diferentes. Estos autores tuvieron algún tipo de relación entre ellos pero esa relación no necesariamente se traslada a sus obras. La Academia Nacional de Letras conserva copia de una carta que Granada le escribiera a Bermúdez, probablemente a principios del siglo XX. Está fechada en Montevideo y dice así:

 

Sr. D. Washington P. Bermúdez

Mi estimado señor y amigo:

 

[…] Aprovecho esta oportunidad, para felicitar a Ud. por la importante y meritoria obra “Lenguaje del Río de la Plata” que ha empezado Ud. a publicar, la que proporcionará al filólogo abundante caudal de noticias y a nacionales y extrangeros [sic] un consultor bien enterado de las cosas que intentaré conocer a fondo.

Quedando siempre a sus órdenes, lo saluda su affmo. servidor y amigo:

Daniel Granada[11]

 

En los fascículos del Lenguaje del Río de la Plata editados entre 1915 y 1916, que incluyeron los artículos desde a hasta acomodar, como ya dijimos, fascículos que fueron elaborados exclusivamente por Washington padre, no se registra ninguna cita de Daniel Granada. Es muy probable que fueran redactados antes de que Granada editara su diccionario. Las citas a Granada aparecen en el resto del diccionario, en forma esporádica. Por otra parte, el diccionario de Granada fue publicado después de que Bermúdez comenzara su obra pero antes de que esta fuera -muy parcialmente- publicada, lo que hace imposible que fuera citada o funcionara como referencia de aquella.

La lexicografía de Granada y Bermúdez puede ser enmarcada en esa primera lexicografía hispanoamericana posterior a la independencia (Huisa Téllez 2014)[12], lexicografía fuertemente vinculada a la formación identitaria, a la formación de las jóvenes naciones americanas. Así, en 1875 había surgido el Diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez[13] al que le sucedió el Diccionario de peruanismos de Juan de Arona (1883-1884)[14]. Sin embargo, la diferencia con lo que estaba pasando aquí no es menor. Ni Bermúdez ni Granada titularon sus obras identificándolas con las voces de un país. Ambos lo hicieron con una mirada regional, como ya lo había hecho, en 1845, Francisco Javier Muñiz con su obra “Voces usadas con generalidad en las Repúblicas del Plata, la Argentina y la Oriental del Uruguay”[15], publicada en Buenos Aires. Se visualiza, tanto en Muñiz como en Bermúdez y Granada, una variedad de español que no conoce fronteras entre Argentina y Uruguay, una variedad regional que identifica a ambos países, que muestra rasgos léxicos compartidos a ambas orillas del Plata. Las diferencias serán recogidas recién en la lexicografía del siglo XX que, según los casos, desarrollará diccionarios de argentinismos, de uruguayismos o del español del Uruguay o de la Argentina.

Esa mirada de conjunto, y me permito abrir un paréntesis aquí, no es ajena a la que se recoge en la Colección de Poetas del Río de la Plata, compilada por Andrés Lamas, Juan María Gutiérrez, José Rivera Indarte y Teodoro Vilardebó a mediados del siglo XIX (y rescatada en 2011 por Pablo Rocca, quien la prologa y la anota en el Vol. 189 de la Colección de Clásicos Uruguayos)[16]. Los poetas seleccionados pertenecen a ambas orillas, los compiladores también y el vocabulario que allí se adjunta recoge entradas comunes a ambas márgenes del Plata. Se trata de un vocabulario cuyo nombre original sería “Notas para la colección de Poetas del Río de la Plata que compilaban en Montevideo en 1842 los Sres D. Juan Ma. Gutiérrez, D. José Rivera Indarte y D. Andrés Lamas”. Es una especie de “quién es quién” en los turbulentos tiempos que vivían las jóvenes repúblicas. Hay entradas para los montevideanos Juan Carlos Gómez, Francisco Acuña de Figueroa, Bartolomé Hidalgo, Alejandro Magariños Cervantes y para los porteños Luis Domínguez y José Mármol al tiempo que se consignan los nombres de los principales políticos y militares que se destacaron en la región. Este vocabulario de fuerte contenido enciclopédico, que amerita un análisis léxico, lingüístico e histórico aun pendiente, también incluye voces comunes a la región como ombú, pingo, palenque, entre otras.

Pero dejemos la colección de poetas y volvamos al escenario lexicográfico de fines del XIX en nuestro país. Y volvamos también a la idea de que la lexicografía no se agota en las obras diccionarísticas. Junto a las dos obras lexicográficas ya citadas, los diccionarios de Bermúdez y Granada, es decir, dos productos autónomos que no dependen de ningún otro texto, circulan en Montevideo, en la misma época, varios glosarios que acompañan obras literarias. Acompañan obras poéticas, como es el caso del vocabulario que adjunta Juan Zorrilla de San Martín a Tabaré en 1888[17]; acompañan novelas como es el caso del glosario que Eduardo Acevedo Díaz escribiera para Nativa en 1889[18]; y acompañan la primera y la segunda compilación de cuentos de Benjamín Fernández y Medina, Charamuscas (1892) y Cuentos del Pago (1893)[19], respectivamente. También en Caramurú (1865)[20] y Palmas y Ombúes, de Alejandro Magariños Cervantes (1884 y 1888)[21], aparecen notas con el significado de varios regionalismos, aunque no serán contempladas en esta oportunidad.

Algunas voces como biricuyá/mburucuyá, carancho, guabiyú, nutria, ñandú y tala aparecen en Zorrilla, Acevedo Díaz y Fernández y Medina, tres escritores que asumen el papel de lexicógrafos. Estas coincidencias se explican en las necesidades propias de cada una de las obras, que son precisamente propias pero también parcialmente coincidentes[22].

Me detengo en la voz ñandú y en cómo esta aparece introducida en el cuerpo de los textos literarios que estamos viendo y en cómo es luego explicada en los glosarios de esos mismos textos. 

Zorrilla, en el Canto II, presenta la defensa que el propio cacique Yamandú hace de su condición de tal. Allí aparece por única vez la voz ñandú en el poema:

 

¡Ved mi pellejo!

¡Tiene más heridas

Que plumas el ñandú.

Y que lunas han visto los ancianos

Salir del guaycurú[23].

 

En Nativa, se describen las tareas que Cuaró y Esteban hicieron en la estancia Tres Ombúes para “colocar el establecimiento en buenas condiciones” y también como forma de agradecimiento por haber hospedado al herido, Luis María Berón. En ese contexto, aparece la voz ñandú: “Casi todo el ganado arisco y “orejano” fue lanzado del interior del monte, en masa considerable, campeado y sujeto a radio: hiciéronse grandes rodeos y apartes; se domó, dióse caza al ñandú, formóse acopio de cerdas y plumas, trajéronse varias veces a encierro enormes manadas de yeguas, etc.”[24]. Fernández y Medina usa esta voz como vocativo en su cuento “Dos mozos tigres”. Don Primitivo Núnez, un personaje carismático y algo pendenciero, se enfrenta a su rival, Goyo Giménez, en una rueda de payadores y luego, ofendido, grita: “déjenme probar a ese chumbiao, que sé domar salvajes” y lo amenaza diciendo: “te la guardo ñandú flaco, no has de servir ni para un naco.”[25]

Utilizada en el poema, la novela y los cuentos, la voz ñandú es recogida en los correspondientes glosarios. Aparece en Zorrilla con una definición por equivalencia: “nombre guaranítico del avestruz americano”[26]; en Acevedo Díaz la definición es más completa y está acompañada de la marca “Ornitología”, de información sobre su origen guaraní y de su clasificación según criterios binarios como los de Linneo: “Avestruz indígena menos corpulento que el de África, y del que difiere además en tener tres dedos en cada pie, mientras que aquél sólo tiene dos. Orden de las corredorras: rhea americana”[27]. Fernández y Medina hace una breve definición también por equivalencia (“El avestruz americano”) y agrega información sobre su uso figurado: “El hombre muy flaco y alto.”[28]

Cabe recordar que ñandú también aparece en Bermúdez, en una de sus acepciones, como “Rhea americana. Avestruz americano, que se distingue del africano por su menor tamaño, las alas más largas y sus tres dedos en los pies, uno más que el otro. Sus plumas son menos apreciadas que las de sus congéneres”. Se trata de una definición enciclopédica, es decir, de una definición que se concentra más en las cosas mismas, por decirlo de alguna manera, que en la forma en que estas son nombradas. Es también una definición detallada en la que Bermúdez aclara que existen tres especies diseminadas en todo el Río de la Plata, “que se distinguen con los nombres de ñandú blanco, ñandú moro y ñandú petizo”. Agrega que “su carne es tan buena como la del pavo y sus enormes huevos, aunque sumamente indigestos, son plato apetecido por los criollos”. Bermúdez aporta a continuación un dato difícil de comprobar sobre el origen de esta palabra: “Su nombre es onomatopéyico: imita el grito que lanza el macho en la época de celo”. Y termina la entrada con un dato que el autor califica como curioso: “apuntaremos que de sus canillas se hacen flautas y silbatos, habiéndolas usado los indígenas como púas para sus flechas. Sus plumas de uso industrial, eran las que adornaban las cabezas y cuerpos de los indios”[29].  

Ñandú además fue consignado por Granada a través de una extensa y exhaustiva definición, acompañada de la marca gramatical de sustantivo masculino y de la palabra guaraní de la que proviene, que es, según Granada, precisamente ñandú. La definición, también de corte enciclopédico, reza así: “Avestruz de unos cuatro y medio pies de longitud y de color blanco ceniciento con mezcla de oscuro, muy veloz en su carrera, y nadador. Hace el nido en medio del campo, encobando el macho, que tiene la precaución de dejar podrir uno o dos huevos, para romperlos cuando salgan los polluelos y que se alimenten éstos con las moscas que naturalmente atrae la podredumbre”[30]. La entrada de Granada finaliza con una cita de Félix de Azara, en la que agrega el plural del sustantivo terminado en ú: “Son (los ñandús) curiosos, y se advierte que se paran a mirar por las ventanas y puertas lo que pasa adentro”.

Ya había aparecido en Magariños Cervantes en 1852 en las notas a Celiar.[31] Allí el autor de la Leyenda Americana remite a la definición que Juan Manuel de la Sota hiciera en su Historia del territorio oriental del Uruguay (1841)[32]. “Es el ave mayor de este país, y su procreo es tan abundante que se ven los campos cubiertos de tropas de ellos. El color es blanquizco, que tira a pardo, sirviendo sus plumas largas para plumeros, las cortas para colchones y plumajes después de estar teñidas; sus alones y rabadilla son muy apetecidos de los paisanos del campo, como también los huevos, que siendo muy grandes se hallan de veinte y treinta en cada nido, que los forman al pie de algún árbol y a veces en campo raso en algún hoyo que les sirva de abrigo. No es una sino varias hembras que ponen los huevos en un solo nido, siendo del cuidado del macho empollarlos y criarlos con igual esmero”. De la Sota concluye su definición con datos que probablemente hayan sido tomados a posteriori por Granada: “Al echarse sobre los huevos que ha de empollar, reserva uno o dos que pone a la vista del nido sin fomentarlos, para que en el tiempo que saca los polluelos, se corrompan, y corruptos ya, los quiebra para que al olor acudan las moscas y otras sabandijas con que se alimentan los polluelos, mientras que no pueden salir a buscar por si mismo sus alimentos[33].”

Aquí, vemos cómo Granada se basa en Magariños Cervantes que, a su vez, se basa en de la Sota, en un proceso que muestra cómo un diccionario se construye, en muchos casos, a partir de citas, fuentes o referencias que usan la voz a definir o que la tratan con anterioridad, de manera tal, que un diccionario recoge siempre alguna tradición previa. El propio título del Vocabulario de Granada que incluye el adjetivo “Razonado”, apunta a este aspecto, al hecho de estar “fundado en razones, documentos o pruebas”[34]. 

Más allá de ñandú[35], hay coincidencias parciales, por decirlo de alguna manera, en los glosarios de las obras literarias que estamos viendo. Tanto Zorrilla, que incluye principalmente voces de origen indígena, como Acevedo Díaz, que selecciona también regionalismos de origen patrimonial, consignan biguá/mbiguá, carancho, carpincho, chajá, guabiyú, jaguareté/yaguareté, ñacurutú y quebracho. Acevedo Díaz coincide con Fernández y Medina a la hora de incluir apero, bagual, bombacha, flete, matungo, payador. Las coincidencias entre Zorrilla y Acevedo Díaz se vinculan más a la flora y a la fauna y son, en su mayoría, de origen guaraní, dado que Zorrilla glosa principalmente voces de origen indígena, como ya dijimos. Las coincidencias entre Acevedo Díaz y Fernández y Medina refieren a las costumbres del ambiente rural, a los tipos de caballo, etc. y son de origen patrimonial, principalmente. Zorrilla y Fernández y Medina comparten voces como carancho, guabiyú, nutria, tala y, con grafías diferentes, mburucuyá/biricuyá.

Estos glosarios responden a una tradición desde la que surgen varios emprendimientos lexicográficos que acompañan las creaciones literarias de los autores hispanoamericanos de fines del siglo XIX y principios del XX (Pérez 2007)[36]. En Colombia, Jorge Issacs publica el “Vocabulario de provincialismos” como apéndice a su novela María, fechada en 1867. En Argentina, se destaca el glosario del Martín Fierro (1872) de José Hernández, aunque cabe recordar que no fue hecho por el autor de los consagrados versos sino por Eleuterio F. Tiscornia en el siglo XX. También fue glosado Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1926). Los venezolanos Manuel Vicente Romero García, Rómulo Gallegos y Uslar Pietri publican respectivamente Peonía (1890), Doña Bárbara (1929) y Las lanzas coloradas (1931), acompañadas por sendos glosarios (cfr. Pérez 2007).

Esta tendencia se explica en la medida en que

[estos] escritores, especialmente autores de novelas nacionales de corte criollista, van a sentir la necesidad de ofrecer al final de sus obras explicaciones léxicas en listas de palabras explicadas y en vocabularios más constituidos, en los que aparecerán, junto a los americanismos de origen, muchas voces que señalan el ritmo sociocultural de las nacientes repúblicas americanas. El léxico que son capaces de reunir y definir será el más representativo para mostrar cómo las nacientes repúblicas se seguían entendiendo lingüisticamente hijas del hispanismo colonial y cómo, además, comenzaban a consolidar un nuevo léxico coloquial, referencial o simbólico para nombrar los procesos que la nueva realidad social y cultural exigía (Pérez 2007: 147).

 

Un proceso similar se estaba viviendo en Brasil con la “confección de pequeños glosarios de novelas, que describían o justificaban el uso de algunos vocablos o de neologismos. Esos pequeños vocabularios son lugares donde se responde a las omisiones de diccionarios portugueses” (Nunes 2006: 218)[37].

Lauria (2012)[38] analiza en detalle la situación para Argentina y afirma que el primer poeta criollo que registró una voz particular del ámbito local en un texto propio y tuvo conciencia de dicha especificidad fue Manuel de Lavarden (1754-1809) quien en su poema “Al Paraná” (1801) explicó el significado de camalote. También recuerda Lauria que en el periodo independiente, el escritor romántico Esteban Echeverría (1805-1851) anotó marginalmente el significado de algunos vocablos que incluía en sus obras literarias. Entiende asimismo la autora que “la actitud de un poeta romántico americano de incluir voces del léxico patrimonial en su obra es coherente con los principios de la poética de dicho movimiento estético en la medida en que alude a los rasgos pintorescos, peculiares, costumbristas de un lugar, de un paisaje, de una situación, resaltando lo que tienen en su singularidad” (Lauria 2012: 95). En esta tarea de definir las voces “propias”, “locales” que se incluían en obras de carácter literario, sobresale -continúa diciendo Lauria 2012- también el trabajo del poeta gauchesco Hilario Ascasubi (1807-1875) quien en su obra Los mellizos (1850), origen de su famoso Santos Vega (1872), definió una serie de vocablos del mundo rural como cimarrón, gaucho y ombú.

Este trabajo de Ascasubi ya había sido destacado por Ayestarán (1957)[39] como el primer vocabulario regional que se publica en Montevideo. Radicado en esa ciudad durante el rosismo, Ascasubi publica en 1850 las dos primeras entregas de Los mellizos ó rasgos dramáticos de la vida del gaucho en las campañas y praderas de la República Argentina y “al final de cada entrega figura un índice alfabético de las voces y modismos usados en el libro, con su correspondiente explicación” (Ayestarán 1957: XIII). El segundo vocabulario criollo, también según Ayestarán, fue publicado en los Estudios históricos, políticos y sociales sobre el Río de la Plata de Alejandro Magariños Cervantes, editados en París en 1854[40]. En ellos “su autor analiza las voces más transitadas de la primitiva poesía gauchesca” (Ayestarán 1957)[41].

Con todo, ya en un poema del fundador del género gauchesco, el montevideano Bartolomé Hidalgo, publicado, según Praderio (1986: XLIV),[42] en hoja suelta en Buenos Aires en 1820, el autor incorpora algunas notas, la mayor parte de ellas de carácter léxico. El propio título de la composición tiene un tono de provocación al enemigo imperial español y, simultáneamente, de contraste en el uso de la lengua: “Un gaucho de la Guardia del Monte contesta al manifiesto de Fernando VII. Y saluda al Conde de Casa Flores con el siguiente cielito, escrito en su idioma” (cfr. Coll 2012)[43]. En efecto, se trata del único cielito o diálogo de Hidalgo en el que se comenta en el paratexto titular el uso del “idioma” en que se escribe. Asimismo, el ya mencionado Magariños Cervantes escribe apuntes léxicos para su poema Celiar (1852)[44]: en la nota 63 explica la razón por la cual pone notas que le “parecen oportunas por cualquier concepto, otras innecesarias para los lectores americanos; pero indispensables mientras que no exista un diccionario de palabras y locuciones criollas, para otro lectores del opuesto hemisferio, donde circulan o pueden circular los libros escritos en el Nuevo Mundo.”[45]

En cualquier caso, el uso de regionalismos no es una novedad (de fines) del siglo XIX en el Río de la Plata. Si nos remontamos en el tiempo, ya encontramos voces regionales en Martín del Barco Centenera (siglo XVI), en los escritos de jesuitas misioneros de principios del siglo XVII y XVIII, en Félix de Azara, en José Prego de Oliver, en las obras de los criollos José Manuel Pérez Castellano y Dámaso Antonio Larrañaga, de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, etc. Pero lo que es nuevo en los últimos años del siglo XIX -el período que aquí nos ocupa- es el hecho de que el uso de estos regionalismos generó una reflexión sobre los mismos que se plasmó en variados productos de corte lexicográfico, que ordenan y recopilan estas palabras en diferentes formatos.

En esa época surgen los glosarios de Zorrilla de San Martín, de  Acevedo Díaz y de Fernández y Medina, de los que ahora volvemos a ocuparnos. Los títulos de sus obras dialogan, de alguna manera, entre sí: Zorrilla titula su vocabulario “Índice alfabético de algunas voces indígenas empleadas en el texto,”[46] Acevedo Díaz lo publica con el encabezamiento “Aclaración de algunas voces locales usadas en esta obra, para mejor inteligencia de los lectores extraños al país”[47] mientras que Fernández y Medina rotula solo al primero de ellos, como “Declaración de algunos modismos rioplatenses usados en los artículos de este tomo”[48]. Detrás de los tres títulos hay una emergente conciencia lingüística que ve diferencias entre la variedad de español en la que fueron escritas estas obras y la variedad de español de un posible lector “extraño al país” que no conoce las “voces indígenas”, “algunas voces locales” o los “modismos rioplatenses”. Hay una necesidad de plasmar lo local y lo diferente en el plano de la lengua y, probablemente, una preocupación general por la lengua que se hablaba en la época, probablemente una conciencia de una variedad de español con características propias, principalmente en el léxico, pero, con alguna nota a nivel fonético. También se entrevé una preocupación centrada en lo indigenista, en el caso de Zorrilla, y más vinculada al léxico regional en su totalidad, en los casos de Acevedo Díaz y Fernández y Medina.

No sabemos en concreto si estos autores se habían leído entre sí o si habían leído a Granada o tenían noticias de la empresa que Bermúdez estaba desarrollando. Solo tenemos algunos indicios de cómo circulaban estos materiales lexicográficos en la época. No sabemos si Granada leyó a Acevedo Díaz. Sin embargo, podemos saber, a través de una carta que Acevedo Díaz le escribió a Alberto Palomeque, que el autor de Nativa conocía la existencia del Vocabulario de Granada, pero que no tuvo acceso al mismo antes de escribir sus glosas, aspecto que el escritor lamenta al tiempo que resalta su exclusiva creación del vocabulario para la novela que publicaría pronto en Montevideo (apud Castellanos 1969)[49]. En epístola del 18 de setiembre de 1889, enviada desde La Plata, Eduardo Acevedo Díaz escribe:

 

Mi querido Alberto:

Recibí tu telegrama y tu esquela, más nó la carta de que en ésta me hablas. Agradézcote los conceptos. Puedes contar como lo deseas, con mi novela, para el 15 del entrante. Hé leido los sueltos que me has dedicado en “La Opinión Pública”, y quedo reconocido, aunque no me creo merecedor á los elojios. La novela se titula N a t i v a.

Irá acompañada de un vocabulario de términos locales, como apéndice. Con este motivo, debo prevenirte que, apesar de haberlo pedido varias veces, no he logrado obtener el libro de Daniel Granada “Vocabulario Rio Platense”, que deseaba, para compulsar y confrontar. El vocabulario pequeño de N a t i v a, es, pues, mio exclusivo. Con todo, desearía me obsequiases con un ejemplar á la brevedad posible.

[---]

Un abrazo de tu amigo

Ed.o Acevedo Díaz[50]

 

Cabe recordar que Nativa aparece, como tantas novelas de su época, en folletines de un periódico, en este caso, La Opinión Pública, de Montevideo. La novela salió en 84 entregas que comenzaron el 25 de octubre de 1889 (Castellanos 1969),[51] el mismo año en que Granada publicaba la primera edición de su vocabulario, y terminaron el 6 de febrero de 1890, a pocos días de que saliera la segunda edición de Granada.

Por otra parte, sabemos que Fernández y Medina leyó la obra de Granada, ya que lo cita cuando consigna la voz isla que aparece definida como “Por traslación, conjunto de árboles ó monte de corta extensión, aislado, que no está junto á río ó arroyo”, definición a la que se le agrega, entre paréntesis, la fuente de la que proviene: “(Granada)” (Fernández y Medina 1893, 1923). Esta referencia es importante porque prueba que Fernández y Medina  había tenido acceso al trabajo de Granada y nos habla de cierta circulación de recursos lexicográficos en la época. Por otra parte, Zorrilla no podría haber citado a Granada ya que este publica su vocabulario un año después de que se publica Tabaré; Granada no cita a Zorrilla, aunque sí a otros autores como Magariños Cervantes.

De hecho, la amistad entre Granada y Magariños Cervantes está ampliamente documentada. En primer lugar, es el último quien prologa la primera edición del VRR en 1889. Ya había escrito Granada, en 1884, un extenso ensayo sobre los «Antecedentes y carácter de la literatura en el Río de la Plata», quizás el estudio más cuidadoso realizado sobre el tema en territorio uruguayo en esa época, como prólogo a Palmas y Ombúes, de Alejandro Magariños Cervantes[52] en el que trata al poeta de “Patriarca ilustre de las letras Uruguayas” (Granada en Magariños Cervantes 1884)[53]. Acevedo Díaz comparte con Granada, aunque en diferente grado, su admiración por el escritor Alejandro Magariños Cervantes, como se desprende de la correspondencia que Acevedo Díaz mantuviera con su amigo Alberto Palomeque (apud Castellanos 1969).[54]

A fines del siglo XIX el escritor hace de lexicógrafo y produce un discurso que legitima su práctica. Es una época de producción de elementos identitarios, desde símbolos de la patria hasta manuales de historia o geografía, pasando además por un elemento prototípico como es la literatura. Desde esta perspectiva, resulta claro el papel simbólico que tuvieron estos anexos en obras de autores que estaban construyendo el imaginario nacional, como lo son Zorrilla y Acevedo Díaz. Fernández y Medina tuvo otra suerte como escritor pero no sería justo que las razones por las cuales no se le considera un autor de primera línea se extendieran a su labor lexicográfica.

De todas maneras, los vocabularios de los tres escritores citados han pasado prácticamente inadvertidos como buena parte de la producción de glosarios en general, de esos glosarios que permanecen “ocultos” o  “escondidos”, por así decirlo, en las obras que les dieron origen. Son, sin embargo, antesala de lo que ocurrirá en la lexicografía uruguaya del siglo XX, ya que claramente funcionan como antecedentes de los vocabularios gauchescos o campesinos que se publicarán posteriormente, como productos lexicográficos autónomos. Como tales deben ser vistos a la hora de pensar la historia de la (meta)lexicografía del Uruguay.

Y deberán ser rescatados junto a dos obras emblemáticas de la lexicografía regional y uruguaya, la de Granada y la de Bermúdez, una lexicografía, hija de hombres allegados a las letras, la mayoría de ellos abogados, una lexicografía producto de una época en la que la condición de letrado y de lexicógrafo se solapaban. Es un período, como todos, en el que literatura es el espacio en que se afirma la lengua y en el que, como en todas las épocas, la lengua “es un terreno en donde se dan las disputas por los lugares de poder dentro del relato de la identidad colectiva” (Ennis 2008 apud Huisa Téllez)[55].

La lexicografía uruguaya no es mediática. No fue tema para la creación literaria, como lo fue la obra de Samuel Johnson, autor de A Dictionary of the English Language, a fines del siglo XVIII. Su vida motivó dos biografías; una fue escrita por James Boswell y otra por John Hawkins, ambas en el siglo XVIII. También Sir James Murray, editor del Oxford English Dictionary, cuenta con un libro biográfico que narra las curiosidades y complejidades de esa obra titánica y de ese hombre adelantado a su tiempo (Winchester 2003)[56]. En el propio siglo XIX, además, tanto la obra académica española como la no académica motivan obras literarias (cf. Ahumada 2010)[57], hecho que no parece haber sucedido aquí. Nuestra lexicografía no llegó al teatro, como sí lo hizo la vida de María Moliner en la obra El Diccionario, del español Manuel Calzada Pérez, recientemente estrenada en Montevideo. No llegó a las conferencias TED (Ideas worth spreading), como sí lo hizo el New Oxford Dictionary en la charla que diera Erin McKean en 2007[58]. La única referencia local, fuera del ámbito académico, podría ser la de la milonga “El diccionario” de Alfredo Zitarrosa. Pero, aquellos versos que Uds. recordarán (“Bravos lingüistas del diccionario, vayan juntando vocabulario, que ha de llegar el día, si es necesario, en que se hable un lenguaje interplanetario”…) no parecen tener una referencia directa a nuestra lexicografía y, mucho menos, a nuestra lexicografía decimonónica.

Por esa misma razón, por esa misma invisibilidad, vale la pena rescatar nuestra lexicografía. Vale la pena recordarla. Vale la pena homenajearla. Y con ella honraremos el lema de la Academia, “Vetera servat, fovet nova” - conserva las cosas antiguas y promueve las nuevas.

 

 

Muchas gracias.

 



[1] Discurso del Profesor Héctor Balsas con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Pronunciado el 5 de setiembre de 1996. Disponible en http://www.mec.gub.uy/academiadeletras/. Consultado el 2 de febrero de 2015.

[2] Granada, Daniel. 1957[1889]. Vocabulario rioplatense razonado. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Vols. 25 y 26. Montevideo: Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social [Prólogo de Lauro Ayestarán].

[3]  Rosell, Avenir. 1978. “El ´diccionario´ de los Bermúdez”. Boletín de la Academia Nacional de Letras, Segunda época, VI, 13-38.

[4]  Kühl de Mones, Úrsula.1987. “Introducción y edición al Diccionario Rioplatense Razonado de Daniel Granada”. Madrid: Arco/Libros: III-XXXVI.

[5] Granada ob. cit.

[6] Granada, Daniel. 1998[1889]. Vocabulario rioplatense razonado. Introducción y edición de Úrsula Kühl de Mones, Madrid, Arco/Libros.

[7] Kornfeld, Laura  e Inés Kuguel. 1999. “Tratamiento de los indigenismos y representación de las lenguas indígenas en la lexicografía monolingüe argentina del siglo XIX”. Prácticas y representaciones del lenguaje, comp. por Elvira Narvaja de Arnoux y Roberto Bein, 65-74. Buenos Aires: Eudeba.

[8] Barcia, Pedro Luis. 2004. “Introducción” al Diccionario de habla de los argentinos. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras/ Espasa Calpe, 9-63. 

[9] Lauria, Daniela. 2010. Tratamiento de indigenismos en el Vocabulario rioplatense razonado de Daniel Granada (1889). En Revista Philologica Romanica. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires/Conicet. Disponible en: http://www.romaniaminor.net/ianua/Ianua10/09.pdf y (2012) Continuidades y discontinuidades de la producción lexicográfica del español de la Argentina. Un análisis glotopolítico de los diccionarios publicados en el marco del Centenario y en el del Bicentenario de la Revolución de Mayo, Tesis Doctoral. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

[10] Además del ya citado Rosell (ob. cit.), algunos pocos y recientes trabajos se han ocupado de la obra de los Bermúdez, como es el caso de Elizaincín que se detiene, entre otros aspectos, en cómo se presenta la fraseología vinculada al verbo agarrar (Elizaincín, Adolfo. 2006. “Sobre la lexicografía como ejercicio intelectual. El caso de Washington y Sergio Bermúdez y su Lenguaje del Río de la Plata”. En Concepción Company Company (ed.) El español en América. Diatopía, diacronía e historiografía. Homenaje a José G. Moreno de Alba. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 547-559). Amparo Fernández Guerra, por su parte, revisa el tratamiento que allí reciben algunas voces de origen africano (Fernández Guerra, Amparo. 2012. “Presencia de vocablos de origen africano en el Lenguaje del Río de la Plata”. En Laura Álvarez López y Magdalena Coll (eds.). Una historia sin fronteras: léxico de origen africano en Uruguay y Brasil. Acta Universitatis Stockolmiensis, Romanica Stockholmiensa 30. Estocolomo: Universidad de Estocolmo, 97-118).

La disponibilización en línea de este diccionario invita a nuevos estudios sobre el Lenguaje del Río de la Plata, entre los que contamos con el de Juan Justino da Rosa y Eliana Lucián (“Lenguaje del Río de la Plata en línea: rescate de un diccionario dialectal inédito”. Ponencia leída en el IX Congreso Internacional de Lexicología y Lexicografía, Lima, agosto 2014) y entre los que se anuncian las tesis de maestría que Yamila Montenegro y Claudia López están realizando en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

[11] Archivo de la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Gentileza de Juan Justino de Rosa.

[12] Huisa Téllez, José Carlos. 2014. “Representaciones sociales a través del lenguaje en la lexicografía hispanoamericana decimonónica”. Boletín de Filología, XLIX, 2 (2014): 139-159.

[13] Rodríguez, Zorobabel. 1875. Diccionario de Chilenismos. Santiago de Chile: Imprenta de El Independiente.

[14] Arona, Juan de (Pedro Paz-Soldán y Unánue). 1883-1884. Diccionario de Peruanismos. Lima: Imprenta Francisco Solís.

[15]  Muniz, Francisco Javier. 1845[2004]. Voces usadas con generalidad en las Repúblicas del Plata, la Argentina y la Oriental del Uruguay. En F. Chávez Historia y Antología de la Poesía Gauchesca. Buenos Aires: Margus.

[16] Lamas, Andrés, Juan María Gutiérrez, José Rivera Indarte y Teodoro Vilardebó (comps). c. 1842[2011]. Colección de poetas del Río de la Plata. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Vols. 189. Montevideo: Ministerio de Educación y Cultura [Edición, prólogo y notas de pablo Rocca].

[17] Zorrilla de San Martín, Juan. 1955[1888]. Tabaré. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Vol. 18. Montevideo [Prólogo de Alberto Zum Felde].

[18] Acevedo Díaz, Eduardo. 1889[1964]. Nativa. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos. Vol. 53. Montevideo: Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social [Prólogo de Emir Rodríguez Monegal].

[19] Fernández y Medina, Benjamín. 1892. Charamuscas, Montevideo, Barreiro y Ramos [Prólogo de Francisco Bauzá] y 1893. Cuentos del pago, Montevideo, Barreiro y Ramos [Prólogo de Francisco García y Santos].

[20]  Magariños Cervantes, Alejandro. c.1848[1939]. Caramurú. Montevideo: Claudio García y Cia.

[21] Magariños Cervantes, Alejandro. 1884 y 1888. Palmas y Ombúes. Montevideo: Establecimiento tipográfico-editorial de la Librería Nacional de A. Barreiro y Ramos [Edición, revisada y corregida por el autor. Prólogo de Daniel Granada].

[22]  En este sentido, por ejemplo, la presencia de la voz Tabaré solo tiene sentido en el glosario hecho por Zorrilla de San Martín y la voz charamuscas solo aparece en el glosario de la compilación de Fernández y Medina que lleva tal nombre, como era esperable.

[23] Zorrilla ob. cit., Canto II, XVI. 

[24] Acevedo Díaz ob. cit., pág. 38.

[25] Fernández y Medina ob. cit., pág. 197.

[26] Zorrilla ob. cit., pág. 207.

[27] Acevedo Díaz ob. cit., pág. 414.

[28] Fernández y Medina ob.cit. 1893, pág. 273.

[29] Academia Nacional de Letras del Uruguay. Versión digital del Lenguaje del Río de la Plata, de Washington Pedro y Sergio Washington Bermúdez, próximamente en línea: www.mec.gub.uy/academiadeletras  

[30]  Granada ob. cit, pág. 119.

[31] Magariños Cervantes, Alejandro. 1852. Celiar: leyenda americana en variedad de metros. Madrid.

[32] de la Sota, Juan Manuel. 1841[1965]. Historia del territorio oriental del Uruguay. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos. Vol. 72 y 73. Montevideo: Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social [Prólogo de Juan E. Pivel Devoto].

[33] De la Sota apud Magariños Cervantes ob. cit, pág. 440. Nota 19.

[34] Definición tomada del DRAE, en línea. Consulado el 19 de abril 2015.

[35] Desde 1914, este vocablo aparece en el Diccionario de la Real Academia Española. Esta es la razón por la cual no se registra en el Diccionario del Español del Uruguay editado por la Academia Nacional de Letras en el 2011, que solo consigna voces que se usen en Uruguay pero que no estén en el DRAE. Sin embargo, y por otras razones, sí figura en el Diccionario de Uruguayismos, que Úrsula Kühl de Mones publicara, baja la dirección de Günter Haensch y Reinhold Werner, en 1993.

[36] Pérez, Francisco Javier. 2007. “Sobre los glosarios literarios y su significación en la investigación lexicográfica”. Boletín de Filología, 42, pp. 137-156.

[37] Nunes, José Horta. 2006. Dicionários no Brasil. Análise e História do século XVI ao XIX, Campinas/ São Paulo/ São José do Rio Preto, Pontes Editores/ Fapesp/ Faperp. La traducción es mía.

[38] Lauria ob. cit.

[39] Ayestarán, Lauro. 1957. “Prólogo” al Vocabulario rioplatense razonado de Daniel Granada (1957[1889]), VII-XIX. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Vols. 25 y 26. Montevideo: Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social.

[40] Magariños Cervantes, Alejandro. 1963[1854]. Estudios históricos, políticos y sociales sobre el Río de la Plata. Montevideo: Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, 35. [Prólogo de Juan E. Pivel Devoto].

[41] Ayestarán ob. cit., XIV. Además, en la serie final «Cuadernos de costumbres» de los Estudios Literarios de Francisco Bauzá (1885) se presentan algunos vocablos y expresiones típicas del habla de los gauchos. Sin llegar a ser un vocabulario explícito, como lo aclara Ayestarán (1954: XIV), se brinda información de gran valor para los estudios lingüísticos.

[42] Praderio, Antonio. 1986. “Prólogo” a Obra completa de Bartolomé Hidalgo, Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Vol. 170, Montevideo, Ministerio de Educación y Cultura, pp. VII-LXXXI.

[43] Coll, Magdalena. 2012. “Entre las fiscalización y el registro del español del Uruguay  de finales del siglo XIX: el vocabulario de Daniel Granada y el glosario de Eduardo Acevedo Díaz”. En José Luis Ramírez (coord.), Por sendas ignoradas. Estudios sobre el español del siglo XIX, Lugo, Axac, pp. 11-31.

[44] Magariños Cervantes ob. cit.

[45] Magariños Cervantes ob. cit, 1884, Tomo I: 86.

[46] Zorrilla ob. cit., pág. 201.

[47] Acevedo Díaz ob. cit., pág. 397.

[48] Fernández y Medina ob. cit., 1892, pág. 167.

[49]  Castellanos, Alfredo. 1969. “Cartas de Eduardo Acevedo Díaz al Dr. Alberto Palomeque (1880-1894)”. Revista de la Biblioteca Nacional 2, mayo, 57.

[50] Se mantiene la ortografía original.

[51] Castellanos ob. cit, pág. 11, nota 10.

[52]  Magariños Cervantes ob. cit.  

[53] Granada en Magariños Cervantes, ob. cit, pág. 46.

[54] Castellanos ob. cit, págs. 65-68.

[55]  Huisa Tellez ob. cit.

[56] Winchester, Simon. 2003. The meaning of everything. The Story of the Oxford English Dictionary. Oxford/ New York: Oxford University Press.

[57] Ahumada, Ignacio. 2010. “La crítica de diccionarios en la España del siglo XIX: el diccionario como tema para la creación literaria”. En Bernal, Torner y DeCesaris (eds.), Estudis de lexicografía 2003-2005, Barcelona, Universitat Pompeu Fabra. Institut Universitari de Lingüística Aplicada, 111-130.

[58] Disponible en https://www.youtube.com/results?search_query=erin+mckean+ted. Consultado el 18 de mayo de 2015.