Gerardo Caetano Hargain - Montevideo, 30/4/1958. Historiador y Politólogo. Doctor en Historia, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Catedrático en la Universidad de la República.

 

Desde 2005, Coordinador Académico del Observatorio Político del Instituto de Ciencia Política, Universidad de la República, del que fue Director entre el 2000 y el 2005.

 

Director Académico del Centro para la Formación en Integración Regional (CEFIR). Desde 2003 Presidente del Centro UNESCO de Montevideo. También desde el mismo año, Secretario Académico del Centro Uruguayo para las Relaciones Internacionales (CURI). Supervisor Académico de la Investigación y elaboración de la publicación sobre el Terrorismo de Estado y el destino final de los detenidos desaparecidos durante la dictadura militar (2005-2006). Integrante a título individual del Consejo Superior de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), (2008-2012). Representante alterno por la subregión Argentina-Uruguay en el consejo directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), (2009-2012). Es integrante del Comité de Selección del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Uruguay, siendo calificado como máximo investigador en su Nivel III.

 

Ha dado a conocer más de 150 publicaciones, entre las que destacan: La agonía del reformismo (1916-1925). Montevideo: CLAEH, 1983; El asedio conservador (1925-1929). Montevideo: CLAEH, 1985; El joven Quijano (1900-1933). Izquierda nacional y conciencia crítica. Montevideo: EBO, 1986 (en colaboración); Breve historia de la dictadura (1973-1985). Montevideo: CLAEH-EBO, 1987 (en colaboración); El nacimiento del terrismo (1930-1933). 3 Tomos, Montevideo: EBO, 1989, 1990, 1991 (en colaboración); La República Conservadora (1916-1929). 2 Tomos, Montevideo: Editorial Fin de Siglo, 1992, 1993; Codirector de la colección Historias de la vida privada en el Uruguay (1996-1998); Los uruguayos del Centenario. Ciudadanía, nación, religión, educación. Montevideo: Taurus, 2000 (Coordinador y autor); Antología del discurso político en el Uruguay. De la Constitución de 1830 a la revolución de 1904. Montevideo: Taurus, 2004; “Ideas, política y nación en el Uruguay del siglo XX”, en Oscar Terán (coord.); Historia Contemporánea del Uruguay. De la Colonia al siglo XXI. Montevideo: CLAEH - Ed. Fin de Siglo, 2005 (en colaboración); 20 años de democracia. Uruguay 1985-2005. Visiones múltiples. Montevideo: Taurus, 2005 (Director y coautor).

 

 

Fue recibido como Miembro de Número el 14 de junio de 2007 por el Académico Wilfredo Penco.

Su discurso de ingreso que se puede leer más abajo se tituló “Reflexiones sobre los vínculos entre el pasado y el futuro”.

 

(Dirección electrónica: gcaetano50@gmail.com)

 

 

 

Elogio de Gerardo Caetano con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras

 

 

Señor Rector de la Universidad

Autoridades nacionales y universitarias

Señor académico Gerardo Caetano

Señores académicos

Señoras y señores:

 

 

La Academia Nacional de Letras –institución pública creada por norma legal hace 64 años, y que tiene entre sus cometidos prioritarios y permanentes “colaborar con el sistema educativo nacional” en el marco de sus competencias–, desde su sede –la casa de Julio Herrera y Reissig, más conocida como la Torre de los Panoramas, tan íntimamente vinculada a la historia literaria del país– se ha trasladado hoy hasta la Universidad de la República y en particular a esta sala, la sala Maggiolo, que lleva el nombre de un emblemático Rector, para recibir, en sesión pública, a un nuevo miembro: el profesor Gerardo Caetano, quien fue elegido por unanimidad Académico de Número el 30 de agosto de 2006 para ocupar el sillón “Carlos Reyles”.

 

Es muy grato para la Academia, señor Rector, sesionar en la sede universitaria, no solo por su proyección institucional y porque reconocemos en esta casa de estudios un ámbito al que todos o casi todos los miembros de la corporación académica –quien más, quien menos– hemos estado de algún modo vinculados, sino porque, de manera principal, resulta estimulante que sea este el ámbito para la recepción de un docente universitario de la talla del profesor Caetano, que tantos servicios ha prestado, con su brillante y consecuente labor, a la Universidad, a la cultura y al país en su conjunto.

 

Recibimos a un historiador reconocido nacional e internacionalmente, en una institución que ha contado y cuenta con historiadores y sociólogos tan relevantes como Alberto Zum Felde, Juan E. Pivel Devoto, Ariosto D. González, Rolando Laguarda Trías, Aldo Solari, y los que hoy nos acompañan: Aníbal Barrios Pintos y José Pedro Barrán.

 

Recibimos a un muy destacado intelectual que hace treinta años, cuando todavía no había cumplido los veinte de edad, publicó su primer trabajo sobre “La empresa pública en el Uruguay” –cronología y selección de fuentes–con el que quedó inaugurada la serie Investigaciones del Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH), institución a la que Caetano ha seguido vinculado hasta ahora y en la que ha ejercido diversas responsabilidades como la coordinación del programa de investigaciones interdisciplinarias sobre “Estado, integración e historia política” y de la Escuela de gobernabilidad y acción pública.

 

Repasar la trayectoria de Caetano durante estos tres decenios, supone un recorrido por la historia uruguaya más reciente, en particular los años finales de la dictadura, la recuperación del as libertades públicas y el desarrollo democrático con la alternancia de los partidos políticos en el poder. Por eso, entre otras razones, tenemos tan presente a Gerardo Caetano en este período, porque no ha habido acontecimiento cultural o político de relieve en el país que no haya contado con su opinión creativa y su ponderado balance.

 

Formado en las ciencias históricas y egresado del Instituto de Profesores Artigas con medalla de plata, como investigador y como docente se ha destacado en numerosos trabajos, actividades y proyectos, muchos de ellos constituidos, por su calidad y envergadura, en obligada referencia.

 

Tan solo la mención de El joven Quijano. Izquierda nacional y conciencia crítica, Breve historia de la dictadura, El nacimiento del terrismo, La República conservadora y la Historia contemporánea del Uruguay. De la Colonia al MERCOSUR –varios escritos en colaboración, alguno con Raúl Jacob, la mayoría con José Rilla–, en particular la Historia contemporánea del Uruguay, que significó un esfuerzo extraordinario de actualización de criterios editoriales en materia historiográfica, es suficiente prueba de la importancia de los intereses abarcados y de la orientación de sus perspectivas.

 

Si a esto le sumamos su incursión en la línea histórica de las mentalidades, con sus estudios sobre la privatización de lo religioso en el Uruguay del 9000, en conjunto con Roger Geymonat, y su visión de lo privado sobre lo público en el Centenario –período en el que ha profundizado como pocos– en torno a las categorías conceptuales de ciudadanía, nación y vida privada, y sus más recientes análisis críticos de políticas culturales, identidades colectivas, formas institucionales de la representación, pactos cívicos, escenarios ciudadanos, procesos de expansión y renovación en las sociedades democráticas, políticas de integración social y relaciones entre cultura y democracia, en búsquedas que se han querido “libres y abiertas”, con nuevos “repertorios, preguntas e interpelaciones”, el panorama bibliográfico de su producción de conocimiento se amplía con la coherencia de una visión madurada a la luz de una sistemática praxis.

 

La supervisión académica junto a José Pedro Barrán del trabajo coordinado por el profesor Álvaro Rico, por encargo de la Presidencia de la República y dado a conocer hace pocos días, con el fin de contribuir al esclarecimiento del destino de los detenidos desaparecidos y de los niños, secuestrados durante la dictadura cuando se aplicó terrorismo de Estado, es asimismo una nueva prueba de su compromiso con la búsqueda de la verdad en nuestra historia más reciente.

 

Postulante candidato como Doctor en el Doctorado de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la Plata, su tesis sobre “Modelos y prácticas de la ciudadanía política. La matriz Uruguay (1910-1930)”, se anuncia como compendio estructurante de un gran esfuerzo de comprender al país, en una instancia clave de su historia, desde renovados y variados puntos de vista...

 

Como si esta parte de su actividad –la producción bibliográfica, apenas esbozada– fuera poco, Caetano no ha eludido el cumplimiento de responsabilidades diversas en variados espacios e instituciones, cuya nómina puede resultar asombrosa si no abrumadora. Repasemos algunas: Coordinador académico del observatorio político del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales (instituto que dirigió durante varios años y Facultad en la que llegó a ejercer como Decano interino), docente en las maestrías de historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, de Ciencia Política y de Trabajo Social en la Facultad de Ciencias Sociales, de Historia Contemporánea en el CLAEH, en cursos de grado y posgrado en varias universidades del exterior, Presidente del Centro UNESCO de Montevideo, secretario académico del Centro Uruguayo de Relaciones Internacionales. También el Parlamento del MERCOSUR, el PNUD, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), la Cooperación Descentralizada local Unión Europea–América Latina (OCD), la Unidad para la promoción de la Democracia (UPD), el Observatorio Democrático del Mercosur, entre otros, lo han tenido como consultor o integrante.

 

Lo que más llama la atención de la labor es, junto al dinamismo que le imprime, a la intensidad con la que asume José Pedro Barrán, su maestro y amigo–hermano, como lo ha llamado recientemente el mismo Caetano, y cuyo sillón académico pasa a ocupar, tras haber sido designado Barrán Académico emérito, dijo en su discurso de ingreso a la corporación: “La hisoria no debe escribirse con pasión o pasiones, pero es una pasión, un arrebato que exige sudor, razón y sangre en dosis no siempre equilibradas”.

 

Gerardo Caetano cumple al pie de la letra con este dictamen, y se convierte en digno sucesor del profesor Barrán en la Academia, como Barrán sucedió en su momento, en el mismo sillón, a su maestro Juan Pivel Devoto.

 

La Academia Nacional de Letras es, en Uruguay, un centro de estudio e investigación sobre lengua y literatura, literatura en sentido amplio, incluyendo la disciplina histórica. Sus relaciones con las otras veintiuna academias en España, Norteamérica, Filipinas y, sobre todo, América Latina y el Caribe, donde se encuentran radicadas casi todas, se han hecho más fluidas en los años recientes, y los últimos Congresos de Medellín y Cartagena de Indias, que se realizaron con gran éxito en marzo de este año, dieron muestra cabal de una concepción panhispánica que ya no se limita solo a los fueros peninsulares de la antigua Real Academia Española, sino que integra definitivamente a los 400 millones de hablantes del español, la mayoría de los cuales viven y hablan en nuestro continente.

 

Las academias no son el coto de unos pocos señores más o menos ilustrados que se reúnen a tomar el té y cavilar sobre extravagancias en el limbo (aunque ahora el limbo no exista, pero nos queda de todos modos, y por suerte, la palabra). Las academias se han modernizado y, como es el caso de la uruguaya, procuran expandir su radio de acción en el cumplimiento de funciones sociales. En esa línea de inserción en la sociedad que le corresponde a nuestra corporación, el aporte del académico Gerardo Caetano será seguramente de primer orden. Lo auguran su trayectoria, su vocación de servicio, su talento y su generosidad.

 

Por eso le doy la bienvenida pública, en nombre de mis colegas y compañeros, con el pleno convencimiento de que hoy es un día de celebración para la cultura uruguaya.

 

Señor Académico Gerardo Caetano, te ofrezco la palabra.

 

 

Wilfredo Penco

Montevideo, 14 de junio de 2007

 

 

 

 

REFLEXIONES SOBRE LOS VINCULOS ENTRE EL PASADO Y EL FUTURO.

(Discurso de ingreso a la Academia)

 

 

Gracias, muchas gracias a todos por estar noche aquí. Quisiera decirles a todos ustedes, uno por uno, cuánto significa para mí su presencia hoy y aquí. Antes que nada quiero agradecer a todos los miembros de la Academia Nacional de Letras el enorme honor que me han conferido al designarme como Académico. El símbolo de la Torre de los Panoramas y el recuerdo de aquel joven rebelde que luego de un siglo nos sigue interpelando se perfilan en mí como un vínculo muy entrañable con la Academia, que precisamente tiene el honor de tener su sede en la emblemática Casa de Julio Herrera y Reissig.

 

Quiero recordar a nuestra queridísima amiga y compañera Nelly Goitiño, quien fue designada junto conmigo para integrar la Academia el año pasado y que hoy tanto quisiéramos que estuviera acompañándonos y deleitándonos con su escritura y su decir inconfundibles. También quiero decir, con mucha emoción y orgullo, que el texto que hoy voy a leer fue hecho y será leído en homenaje y en memoria de mi hermano Roberto, muerto hace treinta años en París, en un exilio que no quiso y que injustamente le impusieron los dictadores que por aquel entonces asolaron a nuestra República.

 

 

Los condicionamientos de un nuevo sentido del tiempo.

 

La relación entre las ideas y nociones en torno al pasado y al futuro como tema central de la conciencia histórica y de la política, la tensión entre estas dos dimensiones de la temporalidad como clave prospectiva, constituyen en verdad un viejo tópico de muchas disciplinas. Por ejemplo, ocupan un lugar especialmente relevante en las reflexiones teóricas de la Historia, la Filosofía Política y la Prospectiva, constituyendo una temática tan clásica como de fuerte vigencia contemporánea. Las formas –diversas y a menudo conflictivas- en cómo históricamente se ha pensado la relación de los individuos y las sociedades con lo pretérito, en tanto cimiento poco menos que insoslayable para explorar e intentar la construcción de un horizonte dirigido al porvenir, devienen en suma en una operación intelectual cotidiana y a la vez, como se verá más adelante, cargada de complejidades y laberintos. En efecto, una recorrida por la historia uruguaya desde ese observatorio particular, nos devolvería una imagen afinada de cuánto implica indagar en profundidad en torno a los balances implementados para reunir las experiencias con las expectativas, en suma, para la elaboración constante del relato del pasado en relación con la forja del futuro.

 

En las sociedades contemporáneas de occidente,[1] los marcos generales que rodean este vínculo de los hombres con el tiempo se han vuelto aún más complejos. La actual “fascinación por el futuro”[2] se tensiona con una suerte de “estallido de la temporalidad”,[3] en momentos en que comienza a emerger –no sin debates- lo que muchos autores como el historiador y ensayista inglés Michael Ignatieff han llamado la “cultura de lo instantáneo”. “En todos los medios de comunicación –señala sobre el particular este autor- hemos sustituido la narración por el agolpamiento, la coherencia por la incoherencia, la sucesión ordenada por la aleatoriedad y es nuestra memoria quien sufre las consecuencias. La narración es un instrumento nemotéctnico: los relatos nos ayudan a recordar los significados a través del tiempo. Cuando desaparece la narración, comienza la amnesia”.[4] Esta “cultura del zapping”, que rompe los parámetros más tradicionales de la manera de concebir la dimensión individual y social de la temporalidad, se articula con nuevas pujas entre la Historia y la memoria (nada menos que el viejo e inacabable pleito entre “Clío” y “Mnemosine”), al tiempo que también se vincula con nuevos retos para “pensar” el futuro en el marco de una nueva –y a menudo incierta- “orquestación de la temporalidad”. “El pasado ya no es garantía del futuro –dice al respecto Olivier Mongin- (…). ¿Cómo vivir (entonces) el duelo de la representación histórica del tiempo (…)? ¿Qué sucede con nuestra “experiencia histórica” cuando el presente, el pasado y el futuro ya no mantienen esa relación sustancial que hasta ayer daba cuerpo a la historia? (…) (Tendríamos que) comprender que nuestra relación “moderna” con el tiempo se ha transformado y que los lazos del pasado, del presente y del futuro ya no son los mismos”.[5] Como veremos, la reflexión reciente sobre las implicaciones en terrenos diversos de esta reconfiguración abierta de la temporalidad es muy abundante.[6]

 

En el marco de una profusa bibliografía sobre el tema, por cierto que se discute mucho sobre los perfiles y consecuencias de ese “estallido de la temporalidad”. La ensayista argentina Beatriz Sarlo perfila una visión del tema algo diferente. “Las últimas décadas –señala en uno de sus últimos trabajos- dieron la impresión de que el imperio del pasado se debilitaba frente al “instante” (los lugares comunes sobre la posmodernidad con sus operaciones de “borramiento” repican el duelo o celebran la disolución sobre el pasado); sin embargo, también fueron las décadas de la museificación, del heritage, del pasado-espectáculo, las aldeas potemkin y los theme-parks históricos; lo que Ralph Samuel designó como “manía preservacionista”; el sorprendente renacer de la novela histórica, los bets-sellers y los films que visitan desde el siglo XIX hasta Troya, las historias de la vida privada, a veces indiscernibles del costumbrismo, el reciclado de estilos, todo eso que Nietzsche llamó, con irritación, la historia de los anticuarios.”[7] Sin embargo, en una reflexión anterior que forma parte de la secuencia de su último trabajo intelectual, la propia Sarlo aceptaba el imperio del “instante” y sus fuertes implicaciones sobre el sentido otorgado a la temporalidad: “La velocidad define el escenario cultural desde fines de los ochenta: zapping, clip, video-juegos, procesadoras de datos, comunicación por fax, banca y correo electrónicos, Internet. Ha cambiado el sentido del tiempo. Esta transformación definió el siglo XX y dentro de su campo de posibilidades puede pensarse el ingreso en el nuevo milenio. Lo instantáneo, lo inmediato, el acortamiento de la espera…”[8] [9]

 

También Manuel Castells, en su monumental serie sobre “La era de la Información”, en el último capítulo del primer tomo (“La sociedad red”) se ocupa del tema bajo el sugerente título de “La orilla de la eternidad. El tiempo atemporal”.[10] Castells comienza por coincidir con Harold Innis[11] en que “la mente de moda es la que niega el tiempo” y que este nuevo “régimen de tiempo” tiene mucho que ver con la emergencia de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Desde esas premisas y a partir del señalamiento de la complejidad y centralidad del tema, Castells pasa revista a algunos procesos contemporáneos que tienen directa vinculación con esta resignificación de los vínculos entre tiempo, historia y sociedad: “el tiempo como fuente de valor”, sustento de un nuevo capitalismo financiero al que califica de “casino global”; “el tiempo flexible de la empresa red”; “la reducción y torsión del tiempo de la vida laboral”; “el desdibujamiento del ciclo vital”, que produce a su juicio “una arritmia social” que llega hasta la “negación de la muerte”; el impacto de las llamadas “guerras instantáneas”; la emergencia de un “tiempo virtual”, sustento de una cultura que es “al mismo tiempo, de lo eterno y de lo efímero”; entre otros. En su opinión, esta radical reformulación de los sentidos de la temporalidad deviene en lo que llama “el tiempo atemporal”: “… pertenece al espacio de los flujos, mientras que la disciplina temporal, el tiempo biológico y la secuenciación determinada por la sociedad caracterizan a los lugares de todo el mundo, estructurando y desestructurando materialmente nuestras sociedades segmentadas”.[12]

 

En suma, si la relación pasado-futuro resulta un tema clásico, renovado en su centralidad por los cambios de época en curso en las últimas décadas, es bueno comenzar por romper esa proclividad al provincianismo que tanto nos caracteriza a los uruguayos, advirtiendo que este tema no es “excepcional” ni solamente “particular” o “nuestro”, que esta fascinación contradictoria por el pasado y por el futuro requiere para su comprensión mucho mundo y mucha reflexión. Entre la cultura del “ya fue” y la imprevisibilidad de “lo que viene”, entre el imperio de este “presente continuo” y el replanteo radical de todos los relatos que se hacen cargo de la dimensión del tiempo, se plantea aquí un “asunto” que bien puede ser tomado –desde muy distintas miradas y preocupaciones- como uno de los retos más relevantes para construir ejercicios de cómo pensar las relaciones entre el pasado y el futuro.

 

 

La articulación cambiante de los tiempos en la Historia.

 

En lo que hace relación a la Historia, ha resultado sin duda una cuestión clásica en los debates de la disciplina, lo que provocó una gran multiplicidad de reflexiones y estudios por parte de muy renombrados historiadores. De allí que frente a la demanda de, al menos, una aproximación sumaría al punto, comenzar por los maestros no resulte casi nunca una mala ruta. Los “padres” de la llamada escuela francesa de los Annales”, Marc Bloch y Lucien Febvre, focalizaron sus estudios en más de una ocasión sobre este tema, tanto en sus textos más teóricos como en sus investigaciones aplicadas. Desde su entrañable y emblemático libro póstumo (y lamentablemente inacabado), “Introducción a la Historia”,[13] Bloch atendió en varios pasajes el tema. En primer lugar, en el diseño general de su obra (escrita “de memoria” en un campo de concentración nazi) figuraba un último capítulo que lamentablemente no pudo escribir, al ser fusilado por los alemanes en un lager de Lyon el 16 de julio de 1944. El título de ese último capítulo previsto, el séptimo, dice mucho: “El problema de previsión”. En su plan inicial de redacción,  Bloch preveía abordar allí seis temas que reseñaba de la siguiente forma: “1. La previsión, necesidad mental”; “2. Los errores ordinarios de la previsión: la conjetura económica, la historia militar”; “3. La antinomia de la previsión en materia humana: la previsión que se destruye por la previsión, papel de la conciencia”; “4. Previsión a breve plazo”; “5. Las regularidades”; “6. Esperanzas e incertidumbres”.[14]

 

Además de la voluntad de trabajar en detalle este punto de la “previsión” como un capítulo que juzgaba indispensable para la primera formación de un historiador, Bloch convocaba entonces a la búsqueda del imperativo de que la Historia probara “su legitimidad como conocimiento”, orientando su brújula en la medición de “su aptitud para servir a la acción”. En otro plano, Bloch reflexionaba también acerca del “problema de la utilidad” de la disciplina, que apreciaba “en el sentido “pragmático” de la palabra útil”, que a su juicio no debía confundirse “con el de su legitimidad, propiamente intelectual”. En esa dirección, advertía que “toda ciencia se halla, en cada una de sus etapas, atravesada constantemente por tendencias divergentes, que no es posible separar sin una especie de anticipación del porvenir”. Para cumplir con ese compromiso, Bloch convocaba a “rechazar, después de las seducciones de la leyenda o de la retórica, los venenos, hoy más peligrosos, de la rutina erudita y del empirismo disfrazado de sentido común”. Asimismo, reivindicaba a la Historia como una “ciencia de los hombres en el tiempo”, negando en forma explícita que este último se redujera al “pasado”, problematizando con audacia “los límites de lo actual y de lo inactual” y proponiendo en forma expresa, tanto la pertinencia de “comprender el presente por el pasado” como la de “comprender el pasado por el presente”. “Sería un grave error –concluía Bloch- pensar que los historiadores deben adoptar en sus investigaciones un orden que esté modelado por el de los acontecimientos. Aunque acaben restituyendo a la historia su verdadero movimiento, muchas veces pueden obtener un gran provecho si comienzan a leerla, como decía Maitland, al revés”.[15]

 

Por su parte, Lucien Febvre también transitó por el análisis del problema en cuestión. En su famosa compilación “Combates por la Historia”,[16] en el “Manifiesto de los nuevos Annales de 1946 titulado “De cara al viento”, el gran compañero de Bloch exponía en tono militante varias convicciones al respecto. “Un hecho es cierto ya desde ahora: vivir, para nosotros y para nuestros hijos, será mañana, es hoy ya, adaptarse a un mundo perpetuamente resbaladizo. (…) Sí. Vamos a estar muy amenazados. (…) Es preciso acomodarse. (…) Hacer balance cada día. Situarse en el tiempo y en el espacio. (…) Hablo de la historia. De la historia que no liga a los hombres. De la historia que no obliga a nadie. Pero sin la cual no se hace nada sólido. (…) … entender bien en qué se diferencia el pasado del presente, ¿no es una gran escuela de flexibilidad para el hombre alimentado por la historia? (…) Método histórico, método filológico, método crítico: bellos útiles de precisión (…) de un pasado que detenta y que restituye, en intercambio, el secreto sentido de los destinos humanos”.[17]

 

Desde su pasión, Febvre no perdía de vista, sin embargo, la advertencia sobre los peligros del historicismo (“recuerdo de soluciones que fueron propias del pasado y que, en consecuencia, no podrán ser en ningún caso las del presente”), ante el cual reiteraba dos “antídotos” poderosos: i) poner énfasis en la elaboración de teoría científica rigurosa (“cuando no se sabe lo que se busca, tampoco se sabe lo que se encuentra”; “¿Así es que en la base de la historia debe haber “teorías”? La palabra no tiene nada que pueda hacerme retroceder. (…) ¿Por qué iba a ser imbecilidad y locura para el historiador lo que es válido, sabiduría y razón para el biólogo? (…) Hay que desterrar de una vez y para siempre el ingenuo realismo de un Ranke imaginándose que podría conocer los hechos en sí mismos “como han ocurrido””);[18] ii) y en segundo término, rechazar la vía del “olvido creador” nietzscheano pero “aligerando”, desde la reflexión y de la investigación disciplinaria, las cargas del pasado. “Un instinto nos advierte que no nos dejemos hipnotizar, hechizar, absorber por (el) pasado. (…) ¿Qué hacen (…) las sociedades humanas para detener este peligro? Unas, (…) las menos exigentes mentalmente, han dejado caer todo en la sima del olvido; dejémoslas con su miseria”.[19]

 

Pero corresponde en verdad al historiador alemán Reinhart Koselleck el haber encarado en forma más directa y global el tópico de la relación en Occidente entre el pasado y el futuro. En particular, aunque no exclusivamente, fue en su célebre texto “Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos”, en el que Koselleck abordó lo que él mismo denominaba el intercambio central entre “experiencia y expectativa”. Dice el historiador alemán en algunos de los pasajes más significativos de su texto: “… en cada momento presente las dimensiones temporales del pasado y del futuro se remiten las unas a las otras. La hipótesis es que en la determinación de la diferencia entre el pasado y el futuro (…) se puede concebir algo así como el “tiempo histórico””.[20] A partir de un estudio erudito de las nociones de futuro correspondientes a las generaciones pasadas europeas (lo que él llamaba precisamente el “futuro pasado”) y con una especial consideración del proceso de “distanciamiento entre la conciencia política del tiempo del principio de la modernidad y la escatología cristiana” (que él ubicaba históricamente durante la Ilustración y, más precisamente, como consecuencia directa del impacto de la “Revolución francesa”), Koselleck fue revisando en forma pormenorizada a lo largo de su obra la modificación de las concepciones del vínculo entre pasado y futuro en Europa desde Lutero a Robespierre. En esa dirección, focalizó su atención en el pasaje, por cierto sin secuencias rígidas, entre la “profecía apocalíptica” de sesgo religioso y el “pronóstico” como cálculo y principio de construcción política.

 

“Quien liberó –señalaba el historiador alemán- el comienzo de la modernidad de su propio pasado y también abrió con un nuevo futuro nuestra modernidad fue, sobre todo, la filosofía de la historia. (…) El tiempo histórico no es el pasado, sino el futuro que hace diferente lo similar. (…) El ilustrado consecuente no toleraba ningún apoyo en el pasado. El objetivo que explicaba la Enciclopedia era acabar con el pasado tan rápidamente como fuera posible para que fuera puesto en libertad un nuevo futuro”.[21] Sin embargo, en su recorrida por la historia europea Koselleck registraba cómo en esa búsqueda imperiosa tras una “muerte” del pasado que “liberara” el futuro, aquellos hombres encontraron en cambio lo que calificó como la “futuridad del pasado” (la idea que “el pronóstico implica un diagnóstico que introduce el pasado en el futuro”).

 

Ello no se tradujo de su parte en una ratificación de la concepción ciceroneana de la “Historia Magistra Vitae”, sino antes bien lo hizo converger en el señalamiento sobre la gradual disolución de ese “topos” de la Antigüedad helenística. Según Koselleck, fue desde los “criterios históricos del concepto moderno de revolución” que se llegó al reconocimiento de la auténtica “prognosis histórica”.[22] “Hasta el siglo XVIII –decía al respecto- existió una teoría muy extendida y apenas discutida, acerca de que la Historie del pasado se podía aprender para el futuro. El conocimiento de lo pasado y la previsión del porvenir se mantenían unidos por un horizonte casi natural de experiencia, dentro del cual no podía suceder nada que fuera verdaderamente nuevo. (…) Todo esto fue cambiando lentamente a partir de la Ilustración, y radicalmente a causa de la Revolución francesa. (…) La década de 1789 a 1799 fue experimentada por los que actuaron en ella como la irrupción de un futuro que nunca había existido antes. (…) De hecho, la revolución libera un nuevo futuro, sea progresista o catastrófico, y del mismo modo un nuevo pasado que se condensó como objeto especial de la ciencia crítico-histórica al ir haciéndose extraño. Progreso e historismo, aparentemente contradictorios, nos ofrecen un rostro de Jano, el rostro del siglo XIX.[23] [24]

 

El descubrimiento de que la Historia podía servir a los ejercicios de Prospectiva, la convicción de que hurgar de una manera especial sobre los procesos del pasado podía contribuir a la reflexión y aun a la construcción de escenarios-horizontes posibles de futuro (“futuribles”, en la jerga de la Prospectiva contemporánea), de inmediato –como hemos anotado- recogió la réplica clásica acerca de los “peligros del historicismo”. Este, por otra parte, podía encontrar estímulos para “resucitar” por el impacto de algunas claves del contemporáneo “estallido de la temporalidad” de las últimas décadas o en ancas de la llamada memorialización de la filosofía “posmoderna”. “El estado de ánimo –ha señalado sobre el particular Paolo Virno- asociado al déjà vu[25] es el típico de quien se prepara para mirarse vivir: apatía, fatalismo, indiferencia por un porvenir que parece prescrito hasta en los detalles. Ya que el presente viste las ropas de un pasado irrevocable, se renuncia a incidir en su decurso. (…) La historia se detiene porque la memoria deviene hipertrófica; la hipertrofia de la memoria, que inhibe el actuar histórico, consiste en el déjà vu. Las cuestiones planteadas en (el clásico eje) (...) exceso de memoria-exceso de historia, deben exponerse en estrecha conexión con la situación contemporánea. Una pregunta en particular resulta ineludible: ¿de qué modo el déjà vu ha alcanzado el rango de fenómeno colectivo, al punto de marcar las costumbres y mentalidades de la época denominada “posmoderna”? (…) O si se prefiere, ¿por qué motivo el déjà vu ha adquirido una consistencia histórica y, más aún, puede ser señalado como el hecho histórico en el cual radica (y desde donde se trata de avalar) la idea de un “fin de la Historia”? (…) La historiografía anticuaria aplica sus procedimientos típicos a la actualidad: trata como hallazgo sugestivo a todo lo que sucede, mientras aún está sucediendo; se consume de nostalgia por el instante en curso.”[26]

 

De modo que los peligros de un eventual “retorno” del historicismo, de la mano de los fuertes cambios en la temporalidad que caracterizan a las sociedades contemporáneas, al menos en buena parte de Occidente, no pueden ser considerados como una advertencia infundada. Dicha posibilidad tiene mucho que ver con los nuevos marcos que, como vimos, rodean en la actualidad las relaciones entre pasado y futuro: una renovada vigencia del historicismo clásico, entendido como señalara Walter Benjamin como el imperio de “una imagen “eterna” del pasado”,[27] implicaría “la parálisis de la acción, acompañado con frecuencia de un irónico desencanto, (derivado) sobre todo de la incapacidad de soportar la experiencia de lo posible”.[28] Pero los peligros en torno a un quiebre negativo de la relación pasado-futuro no sólo pueden derivar de las cargas de un exceso de pasado, en cualquiera de sus formas. Toda visión determinista o teleológica, en cualquier sentido, más allá de las apariencias, termina casi siempre en una “parálisis” frente a los desafíos del futuro.[29] Sólo desde visiones elaboradas que convivan reflexivamente con principios de incertidumbre e indeterminación, y que rescaten una visión más abierta y flexible acerca de las relaciones entre pasado, presente y futuro, es que se puede construir relatos con potencialidad prospectiva.

 

Si el pasado ya no puede ser “garantía de futuro”, como han dicho Pierre Nora y Olivier Mongin, entre tantos otros, para enfrentar de manera fértil la incertidumbre y aun la visión de “crisis del porvenir”, resulta necesario ampliar el inventario de posibles atajos perezosos o callejones sin salida, capaces de frustrar el ejercicio de proyección prospectiva de la relación pasado futuro. Habría, por ejemplo, que enfrentar la siempre presente tentación de la “tabla rasa del pasado”,[30] o las cargas del mito conservador del “pasado de oro”, tan conocidos y tan frustrantes para la sociedad uruguaya. Sobre este último tema dice David Lowenthal, en una cita sospechosa de ser hecha “a la medida de los uruguayos”: “La edad de oro que vuelven a visitar los viajeros del tiempo naturalmente guarda poca relación con ningún tiempo que haya existido nunca; al igual que otros nostálgicos, ellos crean a partir de su infancia un pasado despojado de responsabilidades y un paisaje imaginario, investido de todo lo que piensan que falta en el mundo moderno.”[31] [32]

 

Lowenthal afirma la potencialidad prospectiva de la relación “pasado-futuro”, pero de inmediato pasa revista a una extensa lista de “beneficios y cargas del pasado”, registrando posibilidades de caminos tanto fértiles como vanos. Registra los males de una “excesiva devoción” a lo pretérito, los beneficios de la orientación del tiempo histórico, la amenaza de una visión de huída, la carga paralizante de una excesiva “intensidad de la conciencia histórica” (que él observa, por ejemplo, como característica distintiva del siglo XIX y como una posible causa tanto de antihistoricismos extremistas al estilo de Nietzche, como de utopismos escatológicos y desenfrenados, cuya demanda casi religiosa termina por agotar la capacidad de acción sobre el presente y hacia el futuro). También previene contra las ideas de “negar el pasado”, del “olvido creador” (nuevamente), del futuro como “escisión cultural” ineluctable. En un largo periplo analítico que divide en tres estaciones (“Necesitar el pasado”, “Conocer el pasado”, “Cambiar el pasado”), Lowenthal termina defendiendo los frutos posibles de una tensión creativa entre “tradición e innovación”, aunque sea como forma hábil para escapar de dos extremos cuya enunciación radica en sendos acápites de algunos de sus capítulos: entre la cita de Susan Sontag sobre que “La devoción por el pasado es una de las formas más desastrosas de amor no correspondido”, y la de Freud que sentencia que “Los inútiles son los únicos que no se interesan por el pasado”, el autor nos propone que “sólo podremos usar el pasado con éxito si nos damos cuenta que heredar es también transformar”.[33]

 

Los “usos públicos” del tiempo en la construcción de la política democrática. 

 

También desde el campo de la Filosofía Política y aun, como veremos, en el de la acción política práctica, el eje “pasado-futuro” ha configurado y configura un centro de análisis y de atención especial. Uno de los textos más fecundos de Hannah Arendt como el titulado en su versión castellana “Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política” se dedica precisamente a explorar varias aristas del tema.[34] Resulta muy sintomático que Arendt comience el prefacio de su recopilación con un aforismo del poeta francés René Char: “Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”. De esa manera tan particular apuntaba a enfatizar un punto crucial de su pensamiento sobre la política y la construcción democrática: para enfrentar la tan mentada “tentación totalitaria” resultaba indispensable la construcción de un “testamento ciudadano”, de un legado que comunicara el pasado con el futuro, la tradición con el porvenir. “El testamento –señalaba Arendt-, cuando dice al heredero lo que le pertenecerá por derecho, entrega las posesiones del pasado a un futuro. Sin testamento o, para sortear la metáfora, sin tradición –que selecciona y denomina, que transmite y preserva, que indica dónde están los tesoros y cuál es su valor-, parece que no existe una continuidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro: sólo el cambio eterno del mundo y del ciclo biológico de las criaturas que en él viven”.[35]

 

El señalamiento acerca de la necesidad imperiosa de construir un testamento tenía que ver en el pensamiento de Arendt con una fuerte reivindicación de la política y con su preocupación –intelectual y política- acerca de las posibilidades de retorno de sistemas totalitarios. “En mis estudios sobre el totalitarismo –señalaba- traté de demostrar que el fenómeno totalitario (…) se basa en la convicción de que todo es posible, y no sólo permitido, moralmente o de otro modo (…). Los sistemas totalitarios procuran demostrar que la acción puede basarse en cualquier hipótesis y que, en el curso de una dirección coherente, la hipótesis particular se convertirá en verdadera, se convertirá en realidad presente, concreta.”[36]

 

Es esa idea central sobre la necesidad de un testamento cívico como cimiento imprescindible de una política democrática, no totalitaria, la que lleva a Arendt a pasar revista temas claves en torno a la relación pasado-futuro tales como: la presentación de la historia y de la política como “escenarios de un campo de combate sobre el que las fuerzas del pasado y del futuro chocan una contra otra”; la advertencia, como contrapartida y complemento de lo anterior, que tanto el futuro como el pasado debían percibirse como “fuerza” y no como “carga”, “de cuyo peso muerto el ser humano puede, o incluso debe, liberarse en su marcha hacia el futuro”; la necesidad de aprender a comprender, en tanto “mirar el mismo mundo desde la posición del otro, ver lo mismo bajo aspectos muy distintos y, a menudo, opuestos”; la centralidad de que los ciudadanos participaran de un espacio público compartido en tanto comunidad política, que combinara tradiciones y utopías en clave pluralista;[37] la preocupación permanente –que aunque de modo muy diferente, ella veía tanto en Tocqueville como en Marx- porque la indagación sobre el pasado echara luz sobre el futuro; su convicción acerca de que “la política de la historia o, más bien, la conciencia política” derivaban en última instancia de la conciencia histórica.[38]

 

En ese marco, Hanna Arendt destacaba con mucho vigor la crucialidad de aprovechar lo que llamaba “momentos de verdad”, coyunturas especialísimas en que la sabia resolución de las tensiones entre el pasado y el futuro podía aportar valores capitales para el futuro de una construcción política democrática. “… sería de cierta importancia advertir que la llamada al pensamiento surgió en ese extraño período intermedio que a veces se inserta en el curso histórico, cuando no sólo los últimos historiadores sino los actores y testigos, las propias personas vivas, se dan cuenta de que hay en el tiempo un interregno enteramente determinado por cosas que ya no existen y por cosas que aún no existen. En la historia, esos interregnos han dejado ver más de una vez que pueden contener el momento de la verdad.”[39] [40]

 

Un ejercicio de la memoria exige tanto del recuerdo como del olvido, requiere siempre una selección, un repertorio en el que se toma y se desecha. Sin ello, no hay memoria posible, ni individual ni colectiva. La memoria es entonces necesariamente selectiva. Pero además, en la misma línea que anotara Hanna Arendt en su trabajo antes citado, en una democracia los relatos diseñados en relación al tiempo deben ser también necesariamente libres, plurales y debatibles. No hay lugar para recuerdos u olvidos impuestos desde el poder, tampoco para futuros predeterminados como indiscutibles o “únicos caminos”. Como bien ha señalado Nora Rabotnikof, en un valioso texto sobre “Memoria y política: compromiso ético y pluralismo de interpretaciones”, la memoria de la República se distingue de la del Principado en que mientras esta última se nutre de la costumbre autoritaria, impuesta y reiterada, aquella solo puede constituirse desde “un testamento que seleccione y nombre”, desde un discurso que preserve la significación de los hechos y los someta a la revisión crítica como todo “objeto del lenguaje público”. La exigencia de un “testamento ciudadano” emerge así como base de la “autoconciencia histórica” y soporte del pacto fundante de un orden democrático republicano, al tiempo que contribuye a reforzar el destaque acerca de la significación de los usos públicos del tiempo en toda ingeniería política.[41]

 

En estos tiempos de la llamada “cultura de lo instantáneo” es cuando más hay que recordar que la democracia y el republicanismo moral no son compatibles con una política meramente presentista y adaptativa, que renuncia al pasado y al futuro. Como vimos, las democracias se fundan en otra relación con la temporalidad, requieren la inscripción de las acciones cívicas entre tradiciones y utopías, necesitan por definición debatir sobre el pasado y sobre el futuro y no ser atrapadas por una suerte de “presente continuo”.

 

Esa necesidad de encontrar maneras diferentes para encarar la relación entre pasado, presente y futuro, reforzada por el incremento de la celeridad histórica “a la que no se puede responder con novedad”, refiere en autores contemporáneos como Gianni Váttimo el rechazo tanto a las nociones de “olvido creador” como de una “utopía” imperativa construida desde la homogeneidad, ideas clave para repensar el tópico de la construcción de la política y de la democracia. Es sobre todo este rechazo del utopismo esencialista y casi metafísico (fortalecido según Vattimo por ese “hombre enfermo de historia del siglo XIX”) uno de los aspectos de las reflexiones de este autor que ha provocado mayor debate. En puridad, si no se extrema o se ideologiza en exceso la cuestión, se podría señalar que lo que en verdad está en debate no es la noción global de “utopía” sino la precisión de su significado. En efecto, como bien prueba Marc Finley en su clásico texto “Uso y abuso de la Historia”, la palabra “utopía” contiene una ambivalencia de origen: en términos estrictos significa “ningún sitio”, pero –como él mismo señala- “ejercitando un poco la imaginación esa “u” también puede corresponder al prefijo griego “eu” (esto es, “bueno”, “bien”), y en tal caso obtenemos la expresión “lugar bueno”, “sitio ideal””.[42] El señalamiento de esta distinción no resulta menor, pues con el tiempo ha generado dos conceptos disímiles acerca de la noción de utopía: uno identificaría efectivamente un “no lugar”, un concepto límite ubicado fuera de la sociedad, cuya utilidad es la de promover y hasta exigir la acción humana en procura de un futuro mejor; la segunda concepción, en cambio, refiere un “sitio ideal”, habilitando la posibilidad de su radicación histórica y política, con su consiguiente identificación con un régimen o un sistema social conceptuado como ideal y modélico.

La diferencia entre ambas acepciones resulta muy relevante en términos políticos e ideológicos. La aceptación de la segunda acepción ha podido ejemplificarse en proyectos muy disímiles, desde la idea marxista de la “sociedad sin clases del futuro” (en curso de supuesta aproximación durante la experiencia del llamado “socialismo real”), hasta la propuesta del “fin de la historia”, que Francis Fukuyama ha identificado con los “tiempos aburridos” que supuestamente devendrían luego de que en occidente se produjo la “síntesis insuperable” entre “democracia liberal y economía de mercado”.[43] La historia reciente en relación a lo ocurrido con ambos proyectos utópicos nos revela la infertilidad de esa segunda acepción. En contrapartida, existen muchas razones –muchas de ellas invocadas en este mismo texto- para renovar la vigencia de la primera acepción de utopía. En especial si se la adscribe a visiones de posibilidades y horizontes validados, entre otras cosas, por el pluralismo de miras (sin por ello caer, como bien advierte Beatriz Sarlo, en “el fetichismo gramatical de los plurales”). Como señalara Oscar Wilde: “Un mapa del mundo que no incluya la isla de la utopía no merece siquiera una mirada”.[44] La propia operación de reflexión intelectual, en especial desde la atención a la tensión creadora del eje “pasado-futuro”, exige un horizonte utópico en la primera de las acepciones. “Para conocer –señala al respecto Sarlo- la imaginación necesita ese recorrido que la lleva fuera de sí misma y la vuelve reflexiva; en su viaje, aprende que la historia nunca podrá contarse del todo y nunca tendrá un cierre, porque todas las posiciones no pueden ser recorridas y tampoco su acumulación resulta en una totalidad. El principio de un diálogo sobre la historia descansa en el reconocimiento de su carácter incompleto (que, por supuesto, no es una falta en la representación de los detalles ni de los “casos”, sino una admisión de la cualidad múltiple de los procesos)”.[45] Lo mismo, casi con las mismas palabras, podría decirse a propósito de la “utopía” democrática republicana y de su carácter inacabado e inacabable.  

 

En América Latina fue el siempre recordado Norbert Lechner quien se ocupó en forma más sistemática y profunda del tema. La cuestión de los cambios en nuestras visiones sobre la temporalidad y lo que él enunciaba ya entonces como la “necesidad de hurgar por las callejuelas de la vida cotidiana”, lo llevaron en especial en sus últimos veinte años de vida a producir y reflexionar con mucha originalidad sobre estas cuestiones, de lo que da prueba una buena parte de su producción más reciente.[46] Fue en particular su vivencia comprometida con los procesos de transición a la democracia en Chile y en toda América Latina en los años ochenta, junto a su actualizada visión de mundo, lo que lo llevó a estas preocupaciones, como se puede registrar a cabalidad en su ya clásico texto titulado “Los patios interiores de la democracia”, publicado por primera vez en 1985.[47] Lo primero que Lechner advertía ya por entonces era que resultaba imperativo renovar nuestras formas de encarar las dimensiones del tiempo, en especial en relación al futuro. “Vivimos en América Latina (y no sólo aquí) una crisis de proyecto. Ello puede conllevar una abdicación a nuestra responsabilidad por el futuro. Pero también puede expresar una nueva concepción del porvenir. Intuimos que el mañana son mil posibilidades no menos contradictorias que las opciones de hoy e irreductibles a un diseño coherente y armonioso. Intuimos que también los sueños son necesariamente inconclusos, siempre reformulados. En fin, vislumbramos un futuro abierto que resulta incompatible con la noción habitual de proyecto. Entonces, más que de proyecto alternativo, necesitamos una manera diferente de encarar el futuro”.[48]

 

Desde una fuerte reivindicación de la política, lo que suponía entonces para Lechner una preocupación particular por la atención de los procedimientos e implicaba un quehacer entre cuyas metas primordiales estuviera la de “estructurar el tiempo” luego de su “estallido”, el tópico de la “anticipación” centraba en particular su interés analítico. “En la estructuración de las relaciones sociales ya no se puede recurrir a la familiaridad del pasado como ámbito de lo normal y natural. La renovación política tiene que crearse su propio horizonte temporal. (…) La construcción de un orden democrático exige la sincronización de las diferentes temporalidades”.[49]

 

El imperativo de la anticipación en momentos en que América Latina vivía el fin de las dictaduras de la seguridad nacional, con los múltiples legados del terrorismo de Estado aplicado como pauta represiva en forma institucional y sistemática en nuestros países, así como el trámite arduo y azaroso de las transiciones a la democracia, resultaba para Lechner el camino indispensable para estar a la altura de las circunstancias de aquella coyuntura histórica. Esta, por otra parte, podía ser interpretada sin rigideces como uno de esos “interregnos” decisivos, unos de “esos momentos de verdad” de los que había hablado Hanna Arendt, en los que se definían los rumbos centrales del futuro, en este caso del continente latinoamericano. Frente a los peligros reales de “un tiempo sin horizonte” (escondido tras el fervor entusiasta del fin de las dictaduras), de un “tiempo esquizoide”, Lechner era plenamente conciente –como vimos- de la obsolescencia de la vieja idea de “proyecto nacional”; advertía que la democratización en tiempos de posmodernidad no podía aguardar “una homogeneidad cultural de las concepciones del tiempo”; registraba con sutileza que la desconfianza y el miedo emergentes en las nuevas sociedades tendían a “profecías autocumplidas y al renunciamiento cívico por luchas por un futuro mejor. También prevenía frente a la transferencia restauradora del traslado de “esperanzas escatológicas” a la política: “La creencia en que podamos salvar nuestras almas por medio de la política es un sustituto al vacío religioso dejado por la secularización. (…) (Pero) la revalorización de la política descansa sobre una premisa: una conciencia renovada de futuro. Sólo confiamos en la creatividad política en la medida en que tenemos una perspectiva de futuro. Visto así, el problema no es el futuro, sino la concepción que nos hacemos de él. El futuro mejor no está a la vuelta de la esquina, al alcance de la mano, de la fe o de la ciencia. Pero tampoco es una “uva verde” que conviene olvidar. Quizás, como dijera Rupert de Ventos, nos falta el valor para reconocer que las uvas están maduras y que están más allá de nuestro alcance; que son deseables e inalcanzables, que hay problemas que no podemos solucionar, pero que tampoco podemos dejarnos de plantear.”[50]

 

Si las reflexiones y convicciones de Lechner resultaban tan concluyentes en aquella encrucijada de 1985, cuando se tramitaban con dificultad (muy particulares en el caso de su doliente y querido Chile) los procesos de transición a la democracia en casi todo el continente, casi 20 años después sus ideas y preocupaciones consolidarían su rumbo, de cara a las urgencias de otro contexto histórico pero con una vigencia y oportunidad renovadas. En uno de sus últimos textos otoñales publicado en el 2002, con el título de “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”, para Lechner el dilema crucial (no el único pero sí el más profundo en sus implicaciones) seguía siendo, en sus propios términos, la pugna referida como “Horizontes de futuro versus presente permanente”: “Vivimos en el presente como tiempo único. (…) Presionada a dar respuestas inmediatas, la política tiende a perder cualquier estrategia a mediano y largo plazo. (…) Frente al tiempo del mercado –la contingencia-, el tiempo de la política sería el de la perspectiva. En realidad, la política democrática se juega en el manejo del tiempo. (…) Sería tarea de la política contrarrestar la urgencia de la realidad inmediata mediante un tiempo histórico. La historicidad entrelaza discontinuidades y duración, las experiencias aprendidas con horizontes de futuro. (…) Visto así, hacer política consiste en producir los horizontes de sentido que permitan poner las cosas en perspectiva. (…) Crear una perspectiva es crear un relato que sitúa al presente en relación al pasado y al futuro. (…) Sería contar el cuento del Nosotros que queremos llegar a ser.” [51]

 

Las reflexiones de Lechner proyectaban sobre el escenario latinoamericano contemporáneo un viejo asunto en el que, como vimos, convergían preocupaciones teóricas de distintas disciplinas del trabajo intelectual, así como también exigencias igualmente clásicas del quehacer político en la fragua cotidiana e inacabable de las democracias. Sorprende en verdad constatar la coherencia y, a la vez, la vigencia renovada de su pensamiento. Muchos de sus dilemas, preocupaciones y esperanzas convergen plenamente –creemos- en la agenda del Uruguay contemporáneo.

 

 

Las relaciones entre pasado y futuro en la encrucijada actual del Uruguay. 

 

En ocasiones, el análisis de la coyuntura exige más que nunca y en especial en relación a ciertos temas y procesos decisivos para la solidez institucional de una república, mirar más lejos, adquirir “sentido de historia” y buscar ese tiempo de “larga duración” (como diría Braudel) que es el único que puede unir las “raíces” con el futuro. En relación al tema de las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura y a todos sus tópicos conexos (directa o indirectamente), creemos que esa operación analítica se impone. Son muchos, en efecto, los asuntos y valores involucrados como para quedarse en el nivel de la consideración del tiempo más “corto” de los acontecimientos de un año o de un semestre. Nuestra hipótesis es que lo que aquí está en juego es cómo aprovechar una oportunidad histórica no para esa tarea trivial y hasta cobarde del “dar vuelta la página”, sino para algo mucho más trascendente en términos cívicos, como es crecer hacia el futuro y en términos ciudadanos sobre valores tan inescindibles para la construcción democrática como lo son los de la memoria, la verdad, la justicia y la no violencia. Y adviértase desde el vamos que aquí se plantea el concepto más radical y abarcativo de no violencia en lugar del tantas veces mal invocado de “reconciliación”.

 

La trágica experiencia de la historia universal resulta pródiga en ejemplos acerca de los legados múltiples y complejos de un régimen que ha practicado contra su sociedad estrategias de “terrorismo de Estado”. En una larga lista se suceden las posibles consecuencias, muchas veces tan perdurables como de difícil percepción: el miedo paralizante, la fuga individualista y el renunciamiento a pugnar por lo deseable y no sólo por “lo posible” (como si existiera una brújula mágica que nos indicara que significa eso sobre cualquier asunto); la privatización o biologización impuestas de los padecimientos (“lo-ocurrido-solo-incumbe-a-los-“combastientes”-y-a-los-familiares-directos-de-víctimas-y-victimarios”); el atajo de “echar al olvido” (como intentaron sin suerte los españoles) o de ocultar tras la “amnesia” (como proclamaban los griegos clásicos) las “malas noticias” y “los pasados trágicos”; la pasividad frente al tema de los derechos, la autocomplacencia tranquilizadora que tan rápido se vuelve provinciana; la partidización y aldeanización de los relatos sobre lo que en verdad ocurrió. En suma, se trata nada menos que de la disputa sobre la posibilidad de construir puentes entre el pasado y el futuro, es decir, el dilema entre la asunción plena o el renunciamiento a forjar un futuro mejor, sobre todo para quienes más lo necesitan y con mayor urgencia.

 

El Uruguay no ha escapado a ese fenómeno de las “fracturas de memoria” que suele acompañar estos procesos. Su única “excepcionalidad” tal vez radique en su particular tozudez por el negacionismo, por el “explotar hacia adentro” y dar “trámite político” para “decretar” el olvido y la impunidad, suponiendo además que ese es un camino probado para “saldar los conflictos” y consolidar la “paz”. Trágica excepcionalidad en verdad. Nada en ello hay que pueda enorgullecernos como nación, ningún valor republicano se funda desde la promoción de esas actitudes en la ciudadanía.

 

Recordemos una vez más la exigencia de Lucien Fbvre: “La historia (…) es un medio de organizar el pasado para impedirle que pese demasiado sobre los hombros de los hombres. (…) Es en función de la vida como la historia interroga a la muerte”.[52] No hay mejor camino que ese y la propia historia uruguaya lo demuestra. Sólo fue posible la consolidación de la construcción de la democracia uruguaya en el siglo XX asumiendo en su radicalidad los conflictos y los asuntos por los que tanto pelearon los orientales o uruguayos en el siglo XIX. Vale reiterarlo una vez más: sólo desde la comprensión cabal de por qué se peleó tanto en la “Tierra purpúrea” se podrá entender el arraigo de los valores democráticos y republicanos del Uruguay reformista y liberal del siglo XX. Ese camino ya probado en el país es el que hoy se impone una vez más, en circunstancias bien diferentes por cierto y bajo lógicas de época totalmente disímiles: no “borrar huellas”, asumir con valentía el pasado, ciudadanizar la elaboración de los duelos colectivos desde el más radical sentido de verdad y justicia, acompañar el dolor de las víctimas y hacer nuestra su justa causa ciudadana, legar a las futuras generaciones un “testamento ciudadano” que acompañe las herencias con un orden de derechos sólidamente establecido.

 

El imperativo de revisar en profundidad las terribles (y durante tanto tiempo ocultadas si no negadas) violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura, así como de reflexionar sobre sus consecuencias persistentes en nuestro tejido social y en nuestra convivencia, como se ha dicho más de una vez, tiene que ver mucho más con nuestros hijos que con nuestros padres, se vincula mucho más con el futuro que con el pasado. Y sin embargo, aquello que tantos historiadores franceses refirieran como “utillaje mental”, esa “caja de herramientas” e instrumentos con los que concebimos e interpretamos el pasado y “vemos” el mundo, a menudo vuelven a estar más cerca de “nuestros padres” que de “nuestros hijos”. Y ello, en estos tiempos “que corren” (y literalmente es certera la alusión a la velocidad temporal), resulta en verdad un problema importante para encarar el estudio de estos problemas.

 

En teoría, la humanidad no debería legar formas para pensar el horror, sobre todo en sociedades aparentemente “plácidas” y “amortiguadoras”. No hay en verdad entre nosotros (pese a las violencias y las luchas fratricidas de nuestro siglo XIX y de los conflictos violentos de los sesenta y comienzos de los setenta) mucha experiencia para reflexionar sobre realidades tan desmesuradas, ni desde el oficio ni desde nuestra condición cívica, tampoco desde nuestra raíz primera de humanidad. Este último discernimiento resulta imperativo porque además de la “causa cívica” está la “causa humanista”, que debería vincularnos, en especial frente a estos temas límite, más allá de fronteras y condiciones partidarias, ideológicas o de cualquier índole. Si cada crimen de lesa humanidad formara parte efectiva de nuestro repertorio de exigencias (como historiadores y ciudadanos pero ante todo como seres humanos), quizás tendríamos más conceptos, más representaciones y aptitudes, también alguna “mayor práctica profesional”.[53]

 

No hay “historia oficial” que valga, ni “memoria hemipléjica” o “sesgada” que pueda sobrevivir bajo el imperio vital  de una verdadera democracia. Los valores republicanos y su vivencia plena resultan incompatibles con la vigencia de “una” historia o de “una” memoria (en singular) con pretensiones hegemónicas, en particular ante pasados traumáticos. Nada de ello puede sustentar la vida necesariamente polifónica y pluralista de la convivencia democrática, mucho menos un relato con pretensiones “monopólicas”, que además provenga desde el Estado. Y cuando hablamos de relato nos referimos tanto al que supuestamente proyecta contenidos como al que los vacía, tanto al que intenta “completar toda la página”, como a aquel que convoca a “dar vuelta una página” que no se ha escrito ni por ello leído en el ámbito ciudadano.

 

Se nos ha agraviado a quienes asumimos la tarea de trabajar en una investigación cuyo objetivo era el de buscar un mayor esclarecimiento, tanto tiempo postergado, del destino de los detenidos desaparecidos y de los niños secuestrados durante la dictadura, adjudicándonos -antes siquiera de leer un renglón del estudio a publicarse- el calificativo de “historiadores oficiales”. Nada más lejano a la verdad. Quien se anime a leer con radicalidad cívica y republicana (esa que trasciende cualquier frontera político-partidaria o filiación ideológica) la obra que se ha hecho pública podrá confirmarlo. Ha sido desde la primera magistratura de la República –no desde el liderazgo de una fuerza política o desde los intereses del gobierno de turno- desde donde el actual Presidente Tabaré Vázquez nos encomendó dicha tarea.[54] La hubiéramos aceptado con el mismo sentido de compromiso cívico ante la solicitud de todo Presidente democrático, sin que importara su signo partidario o ideológico. Como hemos invocado tantas veces en años pasados, hubiéramos querido –y vaya que bregamos por ello- que esta tarea hubiera sido realizada mucho antes. Al país le hubiera hecho mucho bien no cargar durante tantos años con la lápida de la desmemoria y del olvido impuestos, bases de la impunidad. Y por cierto que esta alusión no implica desconocimiento alguno a la importancia de los aportes de la “Comisión para la Paz”, que abrió con coraje un camino demasiado tiempo postergado, el que fue recogido y profundizado en la tarea ahora emprendida. De la misma manera, aspiramos a que el valor primero de nuestro trabajo sea el de impulsar la máxima apertura para nuevas y numerosas investigaciones que echen más preguntas y documentos sobre este objeto de estudio crucial. Y cuánto más diversas sean las interpretaciones y las preguntas, cuánto más rigor y contrastación impere en nuestros debates ciudadanos y académicos sobre el tema, tanto mejor para la República y para nuestra comunidad científica.           

 

No eludamos pues el debate ni el conflicto sobre un tema tan decisivo, sí califiquemos los procedimientos para hacerlo y mejoremos nuestras argumentaciones discutiendo con la mejor versión del otro y no con su caricatura. Como ha señalado Hanna Arendt: “… los griegos descubrieron que nuestro mundo común se ve siempre desde un número infinito de posiciones diferentes, a las que corresponden los más diversos puntos de vista. En un flujo de argumentos totalmente inagotable, como los que presentaban los sofistas a los atenienses, el ciudadano griego aprendió a intercambiar sus propios puntos de vista, su propia “opinión” –la forma en que el mundo se le aparecía y mostraba- con las de sus conciudadanos. Los griegos aprendieron a comprender, no a comprenderse como individuos sino a mirar al mismo mundo desde la posición del otro, a ver lo mismo bajo aspectos muy distintos y, a menudo, opuestos. Los discursos en que Tucídides articula las posiciones y los intereses de los partidos enfrentados aún son un testimonio vivo del grado extraordinario de esta objetividad.”[55]

 

La exigencia de volver sobre este tema interpela por igual al historiador, al ciudadano y al ser humano. Al primero le impone, por ejemplo, la necesidad de aceptar el reto de repensar sus categorías y métodos, desbordados cognitivamente por las experiencias del terror; le exige reordenar la tensión entre sus registros de las historias personales y colectivas, entre lo particular y lo general, lo privado y lo público; le plantea una vez más la necesidad de historiar con rigor el pasado reciente; le demanda una mayor conciencia respecto a lo vano de pretender monopolizar “el relato de la tribu” o la reconstrucción de la memoria colectiva; lo estimula a converger –desde las reglas intransferibles de su disciplina- en una faena que es más plural y que requiere de otros saberes; entre otras exigencias. Como ha señalado la historiadora argentina Hilda Sabato: “El pasado reciente, que puso a la sociedad frente a la experiencia límite de la represión masiva, la tortura y el asesinato político, nos fuerza a pensar la Historia de otra manera. Estamos frente al desafío de encontrar formas nuevas de mirar hacia atrás, no para encontrarle un sentido, sino para recuperar su diversidad de sentidos”.[56]

 

No resultan menores ni menos exigentes las demandas para el ciudadano. Ante la terrible gravedad de un mundo que continúa como “si nada hubiera pasado”, ante la tentación del “rechazo del recuerdo” y el “atajo del olvido”, emerge el requerimiento de resistirse a nivelar o normalizar la visión de ese pasado de ruptura; de asumir en su radicalidad la significación de la “usurpación de la identidad y de la historia” que comportan los horrores de estos pasados traumáticos y de resignificarlos cívicamente en una reelaboración sana y responsable (siempre difícil e incompleta) de nuestros duelos y orgullos. Se impone también la exigencia de revitalizar la importancia de la construcción de un “nosotros”, solidario con las víctimas y también comprometido con la aventura moral de una sociedad que también en relación a estos temas difíciles debe recrear sus razones más profundas “para andar juntos”[57], con sentido de futuro, en el respeto irrestricto a las reglas básicas de verdad, justicia, confianza y reciprocidad.

 

En suma, todavía es mucho lo que falta por investigar, todavía son muchos los testimonios que falta registrar y puede sospecharse que, pese a la eventual destrucción de algunos archivos que de todas maneras habrá que probar, con seguridad todavía es mucha la documentación que resta por descubrir e interpelar. Todos los ciudadanos y todas las preguntas y perspectivas deben ser convocadas a esa tarea, bien propia de “un momento de verdad”, de acuerdo a las ideas referidas de Hanna Arendt. Algunas pistas en esta dirección han podido atisbarse desde lo que se ha podido saber en estos últimos años y con seguridad nos encontraremos con más de una sorpresa sobre este particular en el futuro. No le temamos a ese desafío que es, como hemos reiterado, un reto ciudadano y humanista antes que nada. Como dice Baczko, las sociedades tienen “derecho a su pasado” y ello no sólo supone construir memoria y habilitar al conocimiento público la información disponible[58], sino también pasar de la memoria al campo de la Historia, desde las reglas sabias y modestas de un oficio milenario. También implica, tal vez sobre todo, renovar los lazos entre el pasado y el futuro, entre las tradiciones y las utopías.

 

 

De los pasados dolorosos a la investigación de mañana.

 

Mi maestro, mi amigo hermano José Pedro Barrán, me dijo una vez, con una enorme carga de afecto, que “yo no conocía el alma humana”. Y en verdad creo que tenía bastante razón. Pero también en verdad creo que algo he avanzado. Si me han escuchado bien, no he hablado sólo de “cuestiones públicas”, de grandes temas ajenos al laberinto de mis sentimientos y pasiones. Como ha dicho el poeta, “sobre todo hablamos y escribimos de lo que está lleno nuestro corazón”. En estos últimos treinta años varias veces he pensado que tenía un viaje pendiente. Varias veces lo intenté en vano. Como dice Cirlot, “el viaje no es nunca el mero traslado sino la tensión de búsqueda y cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva de sí misma”. Varias veces intenté llegar a la tumba de mi hermano en París. Y recién hace un año lo logré. Como había leído en cartas viejas y dolorosas, era un cementerio lleno de árboles y flores. Pero al buscar en la oficina de registros, frente a la impaciencia de una burócrata francesa que no me perdonaba mi ostensible torpeza en el uso de su idioma, ni el nombre ni los apellidos buscados aparecían. Mi desolación era enorme. Pero allí me salvó una vez más mi viejo y querido oficio. Desde mi condición de historiador, porfiadamente busqué, exploré e indagué la posibilidad de un hallazgo salvador tras el error. Y entre aquellos biblioratos viejos y olvidados allí apareció: Gaetano Marlain habían sustituido a los verdaderos Caetano Hargain, en el registro igualmente burocrático de casi treinta años atrás. Mi vieja vocación y mi viejo oficio de historiador me habían salvado una vez más, habían permitido el hallazgo de la verdad oculta tras el error, tras el sinsentido. Y fue así que pude por fin llegar a la buscada tumba de mi hermano. Era una tumba sin nombre, sin lápida, sin pasto ni flores, muy humilde y casi invisible. Con seguridad, una tumba como la que él hubiera querido. Pero allí pude finalmente encontrarla y con ella, recuperé la posibilidad de un reencuentro entrañable, con mi hermano y conmigo mismo, con mi historia. Sentí esa intimidad absoluta que da paz y también angustia al mismo tiempo. Pero desde el dolor pude reatar nuevamente mis raíces con el futuro. Volví entonces a recordar la máxima combativa del querido Lucien Febvre. “La historia (…) es un medio de organizar el pasado para impedirle que pese demasiado sobre los hombros de los hombres. (…) Es en función de la vida como la historia interroga a la muerte”.

 

Fue así que pude confirmar una vez más que sería historiador para siempre, que la vida necesita de la libertad y de la verdad más plenas, que realmente es posible construir futuro desde una recuperación genuina del pasado, que la mejor manera de cargar con la “mochila” de los recuerdos más dolorosos es estar igualmente cargado de futuro. Y allí mismo empecé una nueva investigación y un nuevo relato. Para mañana. Mañana.

 

 

Gerardo Caetano

14 de junio de 2007

 

 



[1] No se debe cometer el error lamentablemente frecuente de mundializar en forma acrítica los fenómenos que se observan y despliegan fundamentalmente en Occidente. Incluso respecto a las concepciones del tiempo, la pluralidad de visiones y experiencias radica también dentro de Occidente e incluso, dentro de América Latina. Entre otros autores, Paul Ricouer ha estudiado en profundidad este tema de la diversidad de concepciones de temporalidad en el mundo.  

[2] De este fenómeno se multiplican cada vez más evidencias, incluso en nuestras latitudes. Proliferan las páginas web sobre el tema, la producción bibliográfica sobre el punto no deja de aumentar, los medios de comunicación de masas incorporan a menudo a sus ofertas suplementos especiales sobre la temática, entre otros muchos factores que podrían agregarse. Sobre el último de los puntos citados, pueden consultarse los contenidos de dos números especiales de la “Revista de Cultura Ñ” del diario argentino “Clarín”, publicados como ediciones especiales durante los últimos meses: “Lo que vendrá”, “Clarín”, 21 de octubre de 2006, edición especial de la “Revista de Cultura Ñ”, Nº 160, 80 p.; “Número especial Ideas, Ciencia, Arte. El siglo XIX o la imparable velocidad de los cambios”, “Clarín”, 13 de enero de 2007, Nº 172, 56 p.

[3] El concepto pertenece a Pierre Nora, en particular manejado en los últimos tomos de la colección emblemática titulada “Les lieux de mémoire”, que él dirigiera y que fuera publicada en varios volúmenes por la editorial francesa Gallimard.

[4] Michael Ignatieff, “La cultura de lo instantáneo”, en “Letra”, Nº 27, invierno de 1992, pp. 45 a 47.

[5] Cfr. Olivier Mongin, “¿Una memoria sin historia? Hacia una relación diferente con la historia”, en “Punto de Vista”, Nº 49, Agosto 1994, pp. 24 a 29.

[6] El suscrito ha trabajado en varios textos en torno a esta temática. Cfr., por ejemplo, Gerardo Caetano, “Democracia y culturas. Reflexiones en torno a algunos desafíos contemporáneos”, en Hugo Achugar y Sonia D’Alessandro (comp.), “Global/local: democracia, memoria, identidades.” Montevideo, Trilce, 2002, pp. 109 a 134.

[7] Beatriz Sarlo, “Tiempo Pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión”. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005, p. 11.

[8] Beatriz Sarlo, “Tiempo Presente. Notas para el cambio de una cultura.” Buenos Aires, Siglo XXI, 2001, p. 95.

[9] En realidad, la discusión que proponen Beatriz Sarlo y otros autores tiene más que ver con su deseo de prevenir la tentación de un retorno a lo que Walter Benjamin llamaba “el burdel del historicismo” y Nietzsche “el exceso de historia anticuaria”. En suma, también aquí se cruzan los temas (muy vinculados pero discernibles) de las nuevas relaciones entre memoria e Historia (los peligros del avasallamiento de un tiempo de memorialización expansiva y de paralelo debilitamiento de la “conciencia histórica” strictu-sensu) y el de la reformulación profunda de los sentidos de la temporalidad, con todas sus consecuencias. El filósofo italiano Paolo Virno se ocupa de este problema en referencia a lo que él llama el “coleccionismo post-histórico” y el modernariato, entendido como el “exceso del pasado” concentrado y orientador del presente, o como “la historia anticuaria del presente”, parafraseando a Nietzsche. Cfr. Paolo Virno, “El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico.” Buenos Aires, Paidós, 2003, pp. 55 y ss.

[10] Cfr. Manuel Castells, “La era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Vol. 1. La sociedad red.” Madrid, 1996, pp. 403 y ss.

[11] Cfr. Harold Innis, “Changing Concepts of Time.” Toronto, University of Toronto Press, 1952.

[12] Castells, “La Era de la Información … Tomo I, ob. cit. pp. 463 a 514.

[13] En su versión original de la primera edición francesa realizada en 1949 por la Libraire Armand Colin, el texto se hizo público bajo el título Apologie pour l’Histoire ou Métier d’historien. En sus múltiples traducciones al castellano, la primera de las cuales fue publicada –que sepamos- por Fondo de Cultura Económica en 1952, a pesar de que la mayoría de las ediciones ha preferido el primer título, existen las que han realizado la opción alternativa u otras. Cfr. por ejemplo Marc Bloch, “Introducción a la Historia”. México, FCE, 1952. Breviarios Nº 64. Cfr. también Marc Bloch, “Apología para la Historia o el oficio de historiador. Edición crítica preparada por Étienne Bloch. México, FCE, 1996.  

[14] Si bien el concepto de “previsión” resulta algo vago y no debe ser confundido con el de prospectiva, en la terminología imperante en los años cuarenta aludía un horizonte de reflexión muy revolucionario y emparentado con la eventual repercusión de los estudios sobre el futuro en la disciplina de la Historia. En sus comentarios a la obra Lucien Febvre se lamentaba “profundamente” a propósito de “la ausencia de notas más precisas y más detalladas de Bloch acerca de las últimas partes de su libro”. En particular, Febvre destacaba la presencia en el plan de su amigo de “ese problema de la previsión que con mucho sentido y originalidad Bloch se prometía tratar al final de su obra, y que tal vez hubiera sido lo más estrictamente personal de todo el conjunto”. Cfr. Bloch, “Introducción a la… etc. ob. cit. p. 164.  

[15] Ibidem, pp. 23, 24, 25, 32, 36 y 48.

[16] Lucien Febvre, “Combates por la Historia”. Barcelona, Ariel, 1982. Esta reunión de discursos y textos de Febvre fue publicada por primera vez en francés en 1953 (también como en el caso del libro de Bloch por la Libraire Armand Colin). Por su parte, su primera traducción al castellano fue en 1970.

[17] Ibidem, pp. 63, 69, 70 y 71.

[18] Ibidem, pp. 89 y 90. Estas frases formaban parte de un texto titulado “Por una historia dirigida. Las investigaciones colectivas y el porvenir de la historia”.

[19] Ibidem, pp. 243, 244 y 245. Estas frases formaban parte de un texto que Febvre escribió en ocasión de la publicación del libro póstumo de Bloch anteriormente citado, al que consideró el “admirable testamento espiritual” de su amigo asesinado por los nazis.

[20] Reinhart Koselleck; “Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos.” Barcelona, Paidós, 1993, p. 15. La primera edición de la obra en alemán data de 1979.

[21] Ibidem, pp. 36 y 61. En particular, Diderot hacía especial hincapié en esta última idea.

[22] Sobre todo el apasionante y debatido tema de la “revolución” y su quiebra del tiempo, cfr. muy particularmente la obra de Michel Vovelle, “La mentalidad revolucionaria”. Barcelona, Editorial Crítica, 1989. La primera edición en francés de este texto data de 1985.

[23] Ibidem, pp. 87, 88 y 89.

[24] En otro texto más reciente que vincula la concepción historiográfica de Koselleck con la teoría hermenéutica de Gadamer, el historiador alemán abunda aún más en sus ideas sobre este tema. Cfr. Reinhart Koselleck – Hans Georg Gadamer, “Historia y hermenéutica”. Barcelona, Paidós, 1997. En este libro se recoge el texto de la conferencia que dictara sobre el tema “Histórica y Hermenéutica” en homenaje a los 80 años de Gadamer. En esa ocasión, Koselleck profundiza en torno a temas relevantes para nuestro objeto de estudio, tales como la diferencia entre la Historia empírica (Historie) y la Histórica como ciencia teórica (Geschichten). A esta última la define como “la doctrina de las condiciones de posibilidad de historias.” Asismismo, introduce diversos conceptos que hacen a la concepción de lo que llama “Historia efectual”. Por cierto que también en las ideas de la hermenéutica de Gadamer y de otros autores alemanes se recogen aportes muy sugestivos sobre el tema que nos ocupa. Razones de espacio y de oportunidad nos impiden profundizar en este texto acerca de esos insumos interesantes 

[25] “Con la expresión déjà vu los psiquiatras no definen la reedición de un evento conocido del pasado, acompañado a lo sumo de estupor eufórico o aburrida descendencia. Lo que está en juego es una repetición sólo aparente, totalmente ilusoria. Se cree haber ya vivido (…) algo que, en cambio, está sucediendo en este momento por primera vez. Se toma la experiencia en curso por la copia fiel de un original que, en realidad, no existió nunca. Se cree reconocer algo que, por el contrario, recién se conoce ahora. Es por ello que, refiriéndose al déjà vu, se habla también de falso reconocimiento”. Cfr. Paolo Virno, “El recuerdo del presente… etc. ob. cit. p. 15.

[26] Ibidem, pp. 16, 54, 55 y 61.

[27] Dice en forma militante Walter Benjamin en la “Tesis dieciséis” de su obra clásica “Tesis sobre filosofía de la historia”, recogida en “Discursos interrumpidos I”. Madrid, Taurus, 1973. “El historicismo postula una imagen “eterna” del presente, el materialista histórico una experiencia única con él. Este deja que otros derrochen sus fuerzas con la meretriz “había una vez” en el burdel del historicismo”. Para una consideración más profunda y detallada de los contenidos y visiones así como de la crisis del llamado “historicismo clásico”, se puede cfr. Georg G. Iggers, “La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales”. Barcelona, Idea Universitaria, 1998.

[28] Cfr. Paolo Virno, “El recuerdo del presente… etc. ob. cit. p. 56.

[29] A este respecto y en referencia a procesos renovadores ocurridos en diversas disciplinas, en particular la Biología, el historiador argentino Elías Palti rescata la emergencia de lo que llama un “nuevo paradigma del tiempo”. “Los procesos no-teleológicamente ordenados, en la medida en que suponen la ocurrencia de recombinaciones súbitas de elementos, quiebran la linealidad de los desarrollos de la materia. Cada momento discreto en la secuencia de las transformaciones operadas en un sistema introduce una auténtica novedad, es decir, conlleva la reconfiguración total, según un arreglo nuevo y peculiar, de sus elementos constituyentes”. Cfr. Elías José Palti, “Aporías. Tiempo, Modernidad, Historia, Sujeto, Nación, Ley”. Buenos Aires, Alianza Editorial, 2001, p. 59.

[30] Sobre este particular, cfr. por ejemplo, Jean Chesneaux, “¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores”. México, Siglo XXI, 1977; también Vovelle, “La mentalidad revolucionaria… etc. ob. cit.   

[31] David Lowenthal, “El pasado es un país extraño”. Madrid, Ediciones Akal, 1998, p. 57.

[32] En el registro de otros callejones sin salida vinculados con una aceptación acrítica y no reflexiva sobre las consecuencias de la nueva temporalidad en relación a la potencialidad prospectiva de la relación pasado-futuro, el historiador francés Jean-Pierre Rioux señala otros peligros que vale la pena registrar: la eventual imposición derivada de la informática y el multimedia de “un tiempo social sin duración, que favorece el olvido en proporción de la amplitud del stock de informaciones difundidas y de la pretendida evidencia de los saberes vendidos “en línea” y, al mismo tiempo, trasmitidos de manera menos atenta”; o la transferencia al historiador de “un tiempo nuevo, sin duración ni proyecto, un tiempo sin devenir, mal sopesado en la escala del presente y del futuro: un presente tartamudo, cuya aceleración y desmoronamiento niegan el origen y el destino; un presente en el cual se acampa esperando mejores tiempos.” Cfr. Jean-Pierre Rioux, “La memoria colectiva”, p. pp. 347 y 349, en Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli (comp.), “Para una historia cultural”. México, Taurus, 1999.

[33] Ibidem, p. 55, 71 y 573.

[34] Hannah Arendt, “Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política”. Barcelona, Ediciones Península, 1996. Se trata de una recopilación de textos revisados y ampliados que la autora publicó en varias revistas especializadas, como American Scholar, The Review of Politics, The New Yorker, entre otras. Fue publicada por primera vez en Estados Unidos en 1954, bajo el título Between Past and Future. La primera edición en castellano data de 1996.

[35] Ibidem, p. 11.

[36] Ibidem, p. 97.

[37] Sobre este punto, cfr. Nora Rabotnikof, “En busca de un lugar común. El espacio político en la teoría política contemporánea”. México, UNAM – IIF, 2005. Ver en especial el capítulo dedicado al pensamiento de Hanna Arendt, titulado “El espacio público como comunidad política: Hanna Arendt.”, pp. 113 y ss.

[38] Ibidem.

[39] Ibidem, p. 15

[40] En muchos otros textos de Hanna Arendt se trabaja sobre este punto. Cfr. por ejemplo Hanna Arendt, “¿Qué es la política?”. Buenos Aires, Paidóa, 2005. La primera edición en alemán de estos manuscritos que Arendt había elaborado para su proyecto de libro “Introducción a la política” data de 1997.

[41] Nora Rabotnikof, “Memoria y política: compromiso ético y pluralismo de interpretaciones”, en “Revista Uruguaya de Ciencia Política”, Nº 9, 1996, pp. 143 y ss.

[42] Cfr. M. I. Finley, “Uso y abuso de la historia”. Barcelona, Editorial Crítica, 1979, en especial consultar su capítulo 11, titulado “Vieja y nueva utopía”. También consultar M. I. Finley, “El nacimiento de la política”. Barcelona, Editorial Crítica, 1986. Desde una perspectiva distinta, cfr. Jacques Attali, “Historia del tiempo”. México, 1985. En un fragmento de su obra, Attali reclama el “ayudar a hacer que surja, escribiéndolo, otro nombre para el futuro”. En el marco de la reflexión que se suscita a partir de esa proposición, el historiador francés alude al escritor alemán Günter Grass, que en “El tambor de hojalata” “narra la historia de un joven alemán que, cuando su país cede al nazismo, decide detener su propio tiempo, no crecer ya. Amo de su tamaño, vive a su propio ritmo, fuera del ritmo repetitivo del calendario totalitario”. También son útiles las consideraciones sobre el tema de la “utopía” que realiza Agnes Heller en su texto “Teoría de la Historia”. México, Fontamara, 1997. Este último en su versión original en inglés fue editado con el mismo título en 1982.

[43] Para profundizar sobre ciertas implicaciones profundas del debate en torno a la noción del “fin de la historia” en sus múltiples versiones, cfr. Duby, L’Histoire continue. Paris, Ed. Odile Jacob, 1991; y Varios autores, “A propósito del fin de la historia. Introducción de Alan Ryan”. Valencia, 1994.

[44] Finley, “Uso y abuso… etc. ob. cit. P. 294.

[45] Sarlo, “Tiempo pasado… etc. ob. cit. pp. 54 y 55.  

[46] Para confirmar esto, cfr. Norbert Lechner, “Obras escogidas”. Tomos I y II. Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2006. (Colección Pensadores latinoamericanos)

[47] Cfr. Norbert Lechner, “Los patios interiores de la democracia”. Primera Edición. Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica, 1985. Existen muchos textos en los que por entonces Lechner pone de manifiesto su preocupación particular por estos temas. Puede consultarse por ejemplo su texto sobre “Reflexiones sobre estilos de desarrollo y visiones del pasado”, recogido en la compilación de estudios coordinada por Enzo Faletto y Gonzalo Martner, bajo el título “Repensar el futuro. Estilos de desarrollo.” Caracas, Editorial Nueva Sociedad, UNITAR/PROFAL, 1986, pp. 25 y ss.

[48] Lechner, “Obras Escogidas. Tomo I… etc. p. 345.

[49] Ibidem, pp. 381 y ss.

[50] Ibidem.

[51] Norbert Lechner, “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”. Primera edición. Santiago de Chile, LOM ediciones, 2002, en Lechner, “Obras escogidas. Tomo I… etc. ob. cit. pp. 580 y 581.

[52] Ibidem, pp. 243, 244 y 245. Estas frases formaban parte de un texto que Febvre escribió en ocasión de la publicación del libro póstumo de Bloch anteriormente citado, al que consideró el “admirable testamento espiritual” de su amigo asesinado por los nazis.

[53] A pesar de lo dicho, existe sin embargo una cada vez más profusa bibliografía sobre los tópicos de las complejas relaciones entre Historia y Memoria, de cómo historiar pasados recientes y traumáticos, así como de muchos otros temas afines. Los límites de este trabajo impiden el señalamiento siquiera de una reseña sucinta de esa bibliografía crecientemente vasta. De todos modos, recomendamos especialmente la lectura de los 12 tomos que conforman la colección “Memorias de la represión”, coordinada por Elizabeth Jelin y en la que han escrito varios jóvenes investigadores uruguayos. El tomo I de dicha colección corresponde precisamente a Elizabeth Jelin, “Los trabajos de la memoria”. Madrid, Siglo XXI, 2001. También resulta imperativo por lo cercano y accesible la consulta de la revista “Puentes”, de la Comisión Provincial por la Memoria con sede en La Plata.

[54] Huelga señalarlo, pero la cláusula de confidencialidad acordada entre los investigadores antes de la publicación de la obra nos impone algunas aclaraciones, para que ningún “distraído” suponga que nuestro silencio anterior implicaba consentimiento “culposo” o “vergonzante” ante los agravios recibidos. La trayectoria republicana por definición trasciende los gobiernos, se sustenta en valores compartidos que garantizan nuestra convivencia democrática. Creíamos y creemos que una obra destinada a un mayor esclarecimiento del destino de los detenidos desaparecidos y de los menores secuestrados durante la dictadura constituía y constituye una contribución indispensable para reforzar las raíces republicanas y democráticas de nuestra sociedad. Y en lo que sigue vale la primera persona del singular. No fui, ni soy, ni seré historiador de partido alguno, ni intelectual orgánico de institución alguna, ni sobre este ni sobre ningún tema. No admito más límite ni disciplina que mis convicciones, mi apego a las reglas del oficio y mi leal saber y entender –en el error o en el acierto- para investigar o para señalar lo que pienso. El compromiso asumido fue aceptado en forma honoraria, sin condicionamiento de índole alguna y sin ninguna orientación a seguir. Por cierto que ninguno de los coordinadores designados -Alvaro Rico, José Pedro Barrán y yo-  hubiéramos aceptado la más mínima restricción de ese tipo. En la parte introductoria del Tomo I de la obra publicada se hace una reseña de los archivos consultados, aunque también se refieren aquellos que no se pudo hallar o examinar. No hubo censura ni consulta posterior a la entrega del texto. Asimismo, entre quienes asumimos la responsabilidad de la obra siempre primó de manera absoluta el criterio de elaborar un texto sobrio, austero hasta la exageración en las adjetivaciones, básicamente descriptivo, orientado al mayor esclarecimiento posible de los sucesos narrados antes que al desarrollo de interpretaciones sobre el período analizado.

[55] Hanna Arendt, “Entre el pasado y el futuro... etc. Ob. Cit., p. p. 59 y 60.

[56] De esta autora cfr. especialmente Hilda Sabato, “Historia reciente y memoria colectiva” en Punto de Vista.

[57] Esta expresión pertenece a Carlos Real de Azúa.

[58] El tema de la disponibilidad pública de la información vinculada a las nuevas investigaciones realizadas en torno a los crímenes cometidos durante la dictadura y, en particular, el acceso a la documentación que haya podido recoger la Comisión para la Paz y otros archivos públicos, se ha reactivado –como vimos- en la agenda nacional. En la anterior legislatura llegó a aprobarse en la Cámara de Diputados del Parlamento uruguayo un proyecto de ley de Habeas Data. En el mismo se estableció exceptuar por diez años el derechos a solicitar y recibir documentación, actas e información en poder, por ejemplo, de los repositorios de la Comisión para la Paz. Estas disposiciones, incorporadas como modificaciones al proyecto originario, fueron rechazadas en una declaración conjunta por los organismos de derechos humanos. En dicho texto se señalaba que esos cambios constituían “un retaceo y una limitación a un derecho actualmente consagrado en la Carta Magna”. Cabe a nuestro juicio reabrir el debate parlamentario sobre el particular. Sobre todos los aspectos vinculados con el “derecho a la información” son también muchas las tareas pendientes que el país todo debe asumir.