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Jorge Arbeleche Cortés - Montevideo, 23/10/1943. Profesor de Literatura egresado del Instituto de Profesores Artigas (IPA). Cursó estudios en la Facultad de Humanidades.

Fue colaborador de la Cátedra de Literatura Uruguaya de esa Facultad con el Profesor Roberto Ibáñez.

 

 

Ha desempeñado los siguientes cargos y funciones: Profesor en Enseñanza Media, en la Universidad de la República y en el Centro de Formación Docente; Presidente de la Academia Nacional de Letras, Correspondiente de la Real Academia Española y Miembro de la Real Academia de la Lengua Gallega e Inspector Nacional de Literatura.

 

En el ámbito del género poético ha publicado: Sangre de la luz (1968), Montevideo; Los instantes (1970), Madrid; La casa de la piedra negra (1983), Montevideo; Alfa y Omega (1996), Montevideo; Auto de fe (1997), México; El velo de los dioses (2000), Buenos Aires; El oficiante (2001), Buenos Aires; El guerrero (2005), Montevideo; El bosque de las cosas (2006), Montevideo; 40 poesie (Antología bilingüe español - italiano), (2009), Roma.

 

Como ensayista ha contribuido con los siguientes títulos: El amor y la muerte en la poesía española (1978), Montevideo; Antología de Juana de Ibarbourou (1972), Montevideo; Responsabilidad de la Poesía (1996), Montevideo; Las lenguas de diamante de J. de Ibarbourou (2009), (edición crítica), Montevideo; Una mirada sobre J. de Ibarbourou (2009), Montevideo; Rapsódia de J. de Ibarbourou (2009), Montevideo; La sagrada familia (2010), Montevideo; La canción de los duendes (2011), (edición adquirida por el Consejo de Educación y Consejo de Enseñanza Primaria), Montevideo; Canto y contracanto (2012), (antología), Montevideo; Parecido a la Noche (2013), Ediciones Vitruvio - Madrid, España.

 

Después de jubilado se desempeñó como Director del Departamento de Letras del Ministerio de Educación y Cultura y asesor literario de la Biblioteca Nacional. Fue invitado por la Universidad de Iowa (EEUU) donde participó en el programa International Writing Program (1981).

Dictó conferencias y lecturas en la Biblioteca Nacional, el Ministerio de Educación y Cultura, Ateneo de Madrid, Casa de América de Madrid, Biblioteca Nacional de Argentina, Universidades de Italia, Francia, España, Perú, México, Estados Unidos, Colombia.

Participó en Festivales y Congressos en Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima, Medellí, México, La Habana, Nueva York, Washington, California, Salamanca, Madrid, París, Roma, Florencia, Nápoles, Atenas, Teherán y Nueva Delhi.

 

Ha sido merecedor de los siguientes premios: Premio de ensayo (Inst. Cultura Hispánica), Madrid 1993; Premio de Poesía (Revista Plural), México 1993; Premio de Teatro (Revista Plural), México 1991; Premio de Poesía (Ministerio de Cultura), Uruguay (1996 - 1997 - 2000 - 2004 - 2007 - 2008).

 

Fue recibido como Miembro de Número el 12 de junio de 1997 por el Académico Héctor Balsas.

Su discurso de ingreso, que puede leerse al final se tituló “El velo de los dioses”.

 

(Dirección electrónica: jarbeleche2@yahoo.com, jorgearbel@gmail.com)

 

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* El poeta ¿escribe lo que quiere o lo que puede? - Jorge Arbeleche (Entrevista Cooltivarte) (V. abajo)

* La poesía compromete al lector de manera absoluta - Jorge Arbeleche (Entrevista Caras & Caretas)

* Vivimos en la sociedad del vértigo - Jorge Arbeleche (Entrevista Estrella digital)

* Parecido a la noche - Jorge Arbeleche

* Juana de Ibarbourou – Su prosa

* Delmira Agustini, más allá de su escritura

* Palabras de presentación del volumen conmemorativo Gabriela Mistral en verso y prosa. Antología

* Grecia y yo

* Don Quijote y la alteridad: el otro, los otros, lo otro

* Elogio de Jorge Arbeleche con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras – Héctor Balsas

* El velo de los dioses (Discurso de Ingreso a la Academia)

 

 

 

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POETAS

26 febrero, 2016

 

ENTREVISTA A JORGE ARBELECHE

CICLO POETA ENTRE LUZ Y SOMBRA

 

El poeta ¿escribe lo que quiere o lo que puede?

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Poeta entre luz y sombra

Ciclo de entrevistas a poetas uruguayos

 

Idea y coordinación:

Diego Rodríguez Cubelli

 

Montevideo, Uruguay.

 

 

 

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CARAS & CARETAS

EDICIÓN ONLINE

 

 

CON JORGE ARBELECHE

La poesía compromete al lector de manera absoluta

 

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Es uno de los referentes de la poesía nacional. Destituido durante la dictadura, para sobrevivir –junto con un hermano y un amigo– ingresó como socio a una casa de venta de telas. “Nunca me sentí cómodo en ese mundo”, dice Jorge Arbeleche. Recuperada la democracia volvió a dedicarse full time a sus pasiones: la docencia y la poesía. En octubre del año pasado se editó en España un volumen con su obra reunida, que en pocos días llegará a Uruguay. A sus 71 años sigue en plena actividad, escribiendo y con numerosos planes.

Hace pocos meses salió su libro El desván de la memoria, en el que en una especie de formato de entrevista con Marisa Faggiani, que fue su alumna, habla de la década de 1960, la relación con muchos de los integrantes de la generación del 45.

- Es verdad. A esa generación la respeto y valoro mucho en ciertas cosas, y limito mi admiración en otras. Creo que se ha sobreestimado su función, que ha sido muy buena en algunos aspectos y muy dura en otros.

 

Parecería que en determinado momento hizo de tapón para el surgimiento de nuevos exponentes.

- Absolutamente. Fue una generación totalmente narcisista. Y me remito a los hechos: cuando se hizo aquel fenomenal emprendimiento editorial, Capítulo Oriental, así como le dedicaban a los actores más distinguidos un capítulo –a la generación del 900, la del veinte, la del Centenario-, a sí mismos se dedicaron varios: los poetas del 45, los narradores del 45, los ensayistas del 45 y otras más. Nadie duda que fuera una generación muy rica, que fue una generación de la inteligencia y del rigor. Pero, al mismo tiempo, pusieron la tapa y se erigieron en el eje de la balanza, dictaminando lo que valía y lo que no, tanto para lo contemporáneo como para lo anterior. Demolieron muchos mitos; me parece bien que limpiaran, pero también dejaron al país casi sin referencias, se erigieron ellos en referencia.

 

¿No hay ningún referente entre ellos?

- Hay algunos que lo son, indudablemente. Desde mi perspectiva, tal vez más social que literaria, Benedetti es una referencia. Marca un mojón en la literatura uruguaya. Quizá más en otro género que en la poesía. Tengo mis reservas sobre él como poeta.

 

Tenía una faceta importante como crítico.

- Como crítico era excelente, un muy buen estudioso. Creo sí que la figura de Idea Vilariño es singular y capital, aunque también con un mundo muy restringido.

 

¿A quién destacaría?

- En poesía, de esa generación, tal vez elija a Amanda Berenguer. Me parece una de las grandes.

 

El advenimiento de la dictadura dejó posicionada a esa generación como referente. Y, tal vez, después se produjo una especie de restauración.

- Sí. En realidad, los que quedamos cortados por la mitad fuimos los que vinimos después, los del sesenta. Fíjese que yo tenía poco más de treinta años cuando fui destituido, en 1977. Nuestra carrera quedó taponeada por varios años, y eso no es menor.

 

¿Qué creadores integraron esa generación del sesenta, de la que se siente parte?

- Se pueden identificar lo que llamaría dos promociones. La primera, de comienzos de los sesenta, o tal vez más precisamente de finales de los cincuenta, en la cual aparecen Nancy Bacelo, Washington Benavides, Circe Maia y Marosa Di Giorgio, como figuras fundamentales. En la otra promoción, que arranca más bien en la segunda mitad de los sesenta, que es donde entro yo, aparecen las obras de Roberto Echavarren, Hugo Achugar, Enrique Estrázulas, Rolando Faget, Cristina Peri, entre otros. Y después aparece la generación de los ochenta.

 

¿A quiénes destacaría en esa generación?

- Ahí señalaría a figuras como Elder Silva, Luis Bravo, Heber Benítez.

 

Algunos de ellos son más performáticos.

- Sí. Se puede estar de acuerdo o no, pero es un tipo de manifestación poética que se empieza a dar, justamente, con la apertura democrática.

 

Están quienes afirman que se consume poesía, aunque ello no se refleja en las ventas en librerías, donde el mercado para esta es muy reducido.

- Es muy reducido ese mercado. Todo conspira contra ella. En primer lugar, los propios libreros, que la ponen en lugares invisibles. Es muy difícil que se vea en la vidriera de una librería un libro de poesía. El movimiento de la poesía se reduce, generalmente, a los festivales, las lecturas, las rondas. Se lee mucha más poesía de la que se vende. El libro de poesía circula mucho entre los propios poetas, que constituyen su público mayoritario. La poesía no es un género para el entretenimiento; no distrae, no divierte. El consumidor de libros –y esto no es peyorativo– más bien busca la novela o la narrativa que le cuente historias para su diversión o distracción; o el ensayo, para su reflexión. La poesía es otra cosa. Existe la reflexión, existe también una historia que se dice o un hecho que aparece, pero compromete al lector de una manera diferente a la narrativa. Lo compromete de manera absoluta.

 

¿Qué quiere decir con eso?

- Lo pone frente a sí mismo. Usted lee a Vallejo y él le está diciendo lo que usted está sintiendo: su dolencia, su orfandad, su pesimismo, sus ganas de vivir o su apoyo a la causa de una revolución. Si usted lee a Gelman o a Wislawa Szymborska, Premio Nobel de 1996 que falleciera en 2012, les están mostrando el mundo en el que estamos viviendo.

 

Usted ha sido y es un gran reivindicador de la obra de Juana de Ibarbourou.

- Sí.

 

Ella ha sido cuestionada, tanto en lo que refiere a la calidad de su obra como a sus posturas políticas.

- Vamos por partes. Lo que siempre manifestó públicamente fue que era blanca. En resumen, creo que fue una librepensadora. Si observamos el contexto, era una mujer que hablaba de poesía liberada y erótica en sus primeros libros, en una sociedad que no lo admitía. Desde el punto de vista literario, es la primera vez que aparecen palabras totalmente ajenas al movimiento que la precedía (el modernismo). Es la primera, mucho antes que Benedetti, en hablar de las cosas cotidianas. En el poemario Raíz salvaje, habla del tango. Hay una innovación.

 

Sin embargo, quedó su imagen última, cuando la dictadura la condecoró.

- Esa imagen corresponde a cuando el gobierno de facto le dio la medalla Protector de los Pueblos Libres. Esa es la imagen última, pero no es la imagen total ni la que tuvo en toda su vida. Juana no fue de izquierda. Cuando vino Fidel, fue a la casa de Juana de Ibarbourou en la avenida 8 de Octubre, a llevarle un regalo que le enviaba su amiga cubana, Mariblanca Sabas Alomá. Esta poeta fue íntima amiga de Juana y era absolutamente fiel al régimen de Castro. Juana era una librepensadora y antitotalitaria. Le dice a Mariblanca que piensa que Fidel es un héroe y manifiesta una gran admiración por él, pero añade que tiene su temor de que se incline hacia el lado del sovietismo. Eso lo decía en 1959, a poco del triunfo de la revolución. Creo que tuvo un ojo avizor muy importante. Hagamos entonces un balance: en un país totalmente laico, colorado y batllista, ella se manifiesta blanca y católica. ¿Qué se le echa en cara? La imagen final. Pero, pregunto: para una mujer de 85 años, enferma, vieja, pobre, que no tiene donde vivir, dominada por un hijo psicópata que terminó suicidándose en una pensión de mala muerte, a quien le ofrecen una casa donde vivir, ¿estamos todos tan bien pertrechados para negarnos, ante un gobierno militar, de fuerza? Además de la seguridad y la comodidad, ¿no pudo haber tenido miedo?

 

¿Ha cambiado el panorama cultural del país en estos diez años de gobierno del Frente Amplio?

- No sé si por el Frente Amplio, pero ha cambiado.

 

¿Para bien o para mal?

- Ha habido más oportunidades; se han implementado muchas cosas nuevas. Pero también –y voy a decir algo que puede quemarme– ha habido mucho favoritismo y amiguismo. Lo que antes se criticaba, se practicó. Y sé que esta opinión no es sólo mía.

 

 

Los nuevos creadores

 

Arbeleche se explaya en el valor de los clásicos como forma de introducir y entusiasmar en la lectura y el disfrute de la poesía, pero no por ello es ajeno a los nuevos creadores en la poesía uruguaya.

 

¿Está en contacto con las nuevas generaciones, con los creadores emergentes?

- Sí, sí, sí.

 

¿A quiénes destacaría?

- Son muchos, y no sólo jóvenes; son nuevos creadores. Me interesa mucho Nicolás Alberte, Eduardo Curbelo (que no es tan joven), Roberto Genta (que falleció recientemente), Sofía Rosa, Leonardo de León, Diego Rodríguez Cubelli, William Johnston, Mariana Rubio, Melisa Machado, Elbio Citaro, Andrés Echeverría, Thiago Rocca, Mariela Nigro, Gerardo Ciancio. Hay creadores de calidad confirmada.

 

 

 Por Daniel Feldman

 

*Publicada en Caras y Caretas el viernes 23 de enero de 2015

http://www.carasycaretas.com.uy/la-poesia-compromete-al-lector-de-manera-absoluta/

 

 

 

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Estrella Digital 

Primer diario digital en español (España)

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR URUGUAYO

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Jorge Arbeleche: “Vivimos en la sociedad del vértigo”

 

Escritor uruguayo. Ha sido Premio Nacional de Literatura y seis veces Premio de Poesía del Ministerio de Cultura de Uruguay. Miembro de la Academia Nacional de las Letras de su país y correspondiente de la Real Academia Española. Por primera vez se publica en España (Editorial Vitruvio) su obra poética reunida bajo el título Mito.

 

-¿Cómo valora la publicación en España de Mito?  

No había pensado nunca en la posibilidad de poder publicar en España mi poesía reunida, a la que no he querido llamar completa porque me sonaba a epitafio. En ella está lo que he sido desde que comencé a escribir.

- Como poeta de larga trayectoria ha obtenido el reconocimiento y diversos premios por su obra. ¿En qué momento se encuentra su poesía?

Creo que está en un buen momento. La poesía que hago ahora no son arrebatos emocionales, es una poesía en la que hay cosmovisión y pensamiento. Según he avanzado se ha ido adentrando y adensando el concepto de reflexión poética. La poesía es pensamiento y reflexión junto con sensibilidad y emoción. Porque en la poesía tiene que haber emoción, no puede ser algo frío.

- De su discurso se desprende la importancia de cultivar la reflexión sobre lo que somos y lo que nos rodea….

En efecto, pero vivimos en la sociedad del vértigo. Hablar hoy de la contemplación está fuera de contexto. La actividad del pensamiento es exhaustiva y fatigante, pensar es lo que nos hace diferentes. La poesía tiene que ver con una forma de mirar del mundo, lo que se percibe más allá de nosotros y toca lo sublime, lo sagrado. Va más allá de nuestros límites humanos.

-¿Y a partir de ahora?

Ahora no tengo planes. Estoy satisfecho, hay que dejar que las cosas vayan ocurriendo. Yo soy fiel a la poesía, si ella me corresponde no le temo al silencio. La poesía es libertad, el destino dirá hasta donde debe llegar mi obra.

-¿Cuál cree que es el objeto de la poesía en el mundo de hoy?

La poesía es la memoria de las cosas, de los hechos y la vida. Entiendo la poesía como un registro de nuestro paso por el mundo y ese registro es la palabra, una forma de salvación. Implica solidaridad y sobre todo responsabilidad, la poesía es una actividad del espíritu de las que tiene más alta responsabilidad. En cualquier caso, puede decirse que la ciencia y la poesía tienen el mismo objetivo, toman distintos caminos pero su finalidad es desentrañar el misterio.  

- En los años 60 fue miembro de la denominada Generación de la Crisis en Uruguay. ¿Cómo contempla la crisis que vivimos en la actualidad?

Las crisis anteriores eran más ubicables. La crisis de hoy es universal, es peor que las anteriores. No solo abarca lo social y la política con toda la corrupción que existe, también tiene un nivel más alto de pérdida de valores que han sido parte de nuestra educación y formación ética. Uno se siente a la deriva.

-¿Qué papel debe jugar la poesía en este escenario de crisis?

La poesía antes de nada debe estar comprometida con el lenguaje y la palabra. La poesía se hace de las vivencias del mundo, de la vida, de lo contingente y lo universal. Hoy debería ser uno de los géneros más importantes y no lo es. Estos tiempos exigen prisa, otros valores que no son los de la poesía. La poesía camina por un lado y el modo de vida actual por otro.

-¿Piensa, sin embargo, que la sociedad tiene su reflejo en la creación poética?

Sin duda. En la poesía contemporánea trasciende el desasosiego, la falta de horizonte, de asidero y la orfandad de la que hablaba Cesar Vallejo. El hombre de hoy está huérfano porque se ha ido desligando de lo trascendental, para caer en el consumismo desaforado y en el valor de lo material que ha sustituido a los ideales y a valores más elevados.

- Además de poeta es profesor e investigador. En este nuevo viaje a España ha sido invitado a leer sus poemas en la Universidad de Salamanca. ¿Qué impresiones ha recogido?   

Creo en la misión del docente y en que hay que advertir de los peligros pero no ser agoreros. Aunque el mundo parece caminar peligrosamente hacia lo descarnado, no puede generalizarse. No toda la juventud está sumida en esa decadencia. He podido percibir un profundo interés en esa juventud que oía por primera vez mis poemas. Lo he notado en la tensión que ponían al escuchar, en el modo de conversar y preguntar.

- La globalización ha impuesto la necesidad de hablar otros idiomas, en especial el inglés. ¿Esto puede suponer a medio plazo una pérdida de nuestras señas de identidad?

Los jóvenes deben aprender otros idiomas pero la identidad no la trae otra cultura, viene de raíz. Por eso es importante conocer bien nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra historia. Sabemos también que es imprescindible dominar las nuevas tecnologías, pero sobre todo, insisto, es necesario aprender a pensar.

-¿Cuál es su opinión sobre las transformaciones que han traído las nuevas tecnologías?    

En la sociedad de la información, el hombre está cada vez más comunicado y, paradójicamente, cada vez más solo. Por otro lado, hay temor al silencio. Mucha gente no sabe estar en silencio. Las nuevas tecnologías son un aporte fantástico pero no parecen ir en la dirección correcta y, al mismo tiempo, no se les saca todo su potencial. Entre otras cosas, me parece preocupante la pérdida del sentido de la estética o la deformación que se está produciendo de la caligrafía.

- Han pasado algunos años desde la última vez que estuvo en España...

Sí, la primera vez que visité Madrid fue con 25 años. Tuve la oportunidad de conocer entonces a Carmen Conde y a Vicente Aleixandre que me acogieron con enorme amabilidad. Aquel Madrid de los serenos tenía un encanto provinciano. Con los años he regresado en otras ocasiones y he visto como ha ido transformándose. En la actualidad su atractivo reside en su vitalidad como gran urbe, es una ciudad adorable. Agradezco a España y a los amigos que tengo aquí tantas demostraciones de afecto.

 

F. J. CASTAÑÓN 
20/10/2014

 

http://www.estrelladigital.es/articulo/cultura/jorge-arbeleche-vivimos-sociedad-vertigo/20150129183645226692.html

 

 

 

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Del libro de próxima aparición de

 

Jorge Arbeleche

Parecido a la noche

EDICIONES VITRUVIO

Colección Baños del Carmen,

nº4, Madrid 2013

 

 

 

                                                        Helena

                                                                              Cuando vieron a Helena, que hacia

                                                                              ellos se encaminaba, dijéronse unos

                                                                              a otros, hablando quedo, estas

                                                                              aladas palabras “No es reprensible

                                                                              que los troyanos y los aqueos,

                                                                              sufran males por una mujer como

                                                                              esta, cuyo rostro se parece al de las

                                                                              diosas inmortales”

                                                                              La Ilíada, canto III

Helena

Soy Helena.

La más odiada de todas las mujeres.

La más amada.

Por mi pasión se derrumbaron

murallas y guerreros. Torres erguidas

invencibles, mordieron el olvido. Yo,

sola, les salvé la memoria.

Con el polvo se confundieron

el trono la corona y el cetro.

Todo el orgullo cedió a la pasión bella.

Voló con el humo la ciudad poderosa

la más alta la que ostentaba

la indestructible almena.

Me culparon de todo. Me otorgaron de todo.

14

Me privaron de todo. De nada me arrepiento

de aquello que me acusan. Fui la única

que amó con desmesura. Soy la que más amó.

Y fui la más amada. Preferí

la gloria del tálamo a la ternura de mis hijos.

De nada me arrepiento. Soy la más puta,

y acaso la más santa. Ofrendé a mis dioses

mi gracia y mi desgracia.

Mi amante fue el más bello cobarde

que Troya me brindara. Plantó en medio

de mi lecho el árbol del jazmín. Y floreció.

Él es el más hermoso,

más aún que la espuma del mar.

Igual a un dios en la batalla o en su sueño.

Mató al tiempo cuando duerme,

en el jardín de su vigilia lo detiene,

mientras yo tejo cuentos y canciones que luego

cantarán los niños y pastores

entre riscos y cabras montañeras.

El juicio de los siglos tal vez me absolverá.

Fui tan perdida así como ganada.

De nada me arrepiento.

Soy la que más amó.

Y fui la más amada.

 

 

 

 

                                                               Casandra

                                                               Ningún hombre ni mujer de

                                                               hermosa cintura los vio llegar antes

                                                               que Casandra, semejante a la dorada

                                                               Afrodita, pues…distinguió

                                                               el carro con su padre…y vio

                                                               detrás a Héctor…En seguida

                                                               prorrumpió en sollozos y fue clamando

                                                               por toda la población:

                                                               Venid a ver a Héctor, troyanos y

                                                               troyanas…porque era el regocijo de

                                                               toda la ciudad!!

                                                               La Ilíada, canto XXIV

Casandra

No vengo a pedir cuentas a nadie.

Ni a rendirlas.

No reclamo a la historia

la parcela de gloria que no me concediera.

Aunque una vez fui bella y joven

hoy solo me conocen como la Loca Vieja

y a ese llamado acudo: “Tú, hechicera

de males, desátame el nudo del destino”.

¡Como si fuera fácil! Soy vieja

y no distingo ni la noche ni el día

pasado ni presente. Me entrevero

en el tiempo y me sumo a la niebla.

19

No sé si soy fantasma

o el vestigio de vieja encarnadura

mezclada la sombra con la sangre.

Por algunas monedas les invento la historia

que su ansiedad reclama, les anuncio

el amor y la dicha. Y siempre se lo creen.

¡Como si fuera simple! Como si les dijera

que en el mar está el agua y allí viven los peces.

No les menciono nunca ni las rocas

donde encallan los mares ni las bestias marinas.

Tampoco nombro ahogados ni naufragios.

Les canto que es simple como el amor, el mar.

Nada es simple ni fácil. Nada se sabe. Ni yo

pude saberlo aunque tuve en mis manos

la verdad y la mentira. Y las mismas

palabras para decir una o la otra.

Igual a un juego de barajas

entreveré los naipes. Son muy taimadas

barajas y palabras. Ambas tienen

en revés y en derecho confundida

la trama. Les cuento y canto

que al alba el mar parece oro

y a la tarde un cántaro de vino.

Nadie sabe que fui princesa un día,

manceba, esclava luego y terminé

en mendiga. Rumores me han llegado

de mi cuñada Helena. No acude jamás

a las murallas de su Esparta natal.

Alguna vez, cuando nadie la vea,

tal vez asome su antaño bello rostro

ahora muy cubierto de velos y de afeites

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antifaces y máscaras para ocultar

las encumbradas ruinas de una cara

igual a la que ostentan las diosas inmortales.

Pero Helena es mujer y el tiempo la conoce.

Yo dije la verdad. Mas nunca me creyeron.

A la mentira a veces la dicen por verdad.

Trocaron la Belleza por la marca MAX-FACTOR

y a la Gloria la anuncian con luces de neón.

Es tarde.

La noche se viene galopando en el frío.

Me arrebujo en mis andrajos

y torno a mi escondrijo.

 

 

 

 

 

 

                                               Príamo

                                               El gran Príamo entró sin ser

                                               visto y acercándose a Aquiles

                                               abrazóle las rodillas y besó

                                               aquellas manos terribles que

                                               habían dado muerte a tantos

                                               hijos suyos

                                               La Ilíada, canto XXIV

Príamo

Algunos escribas de mi tiempo,

y posteriores, me llamaban el Rey

aquel monarca de la próspera paz

amado por su pueblo y amante de sus súbditos.

No lo recuerdo. Adentro de la niebla de plomo

que ocupa por entero mi cabeza, adentro

del torbellino que es hoy

por hoy mi pensamiento,

adentro de esta nube algodonosa

como una gelatina

que es todo mi sentir, hay una mosca

pertinaz que no me deja entrar por entero

en el olvido y dejarme mecer por esta ausencia

profunda como el mar infinito, esbelta

igual a la montaña, ancha como la desdicha

blanca igual a la locura. Pertinaz

es la mosca que gira alrededor de mi cabeza.

Es incesante su zumbido. Me trae la estampa

28

de mi hijo, su cadáver, mi Héctor.

Arrastrado por la llanura infinita

de su ultraje. Y aquel guerrero vencedor

que lo matara: Aquiles. El feroz.

Y yo, bajo

él, prendido a sus rodillas

en súplica clamante. Le admiré.

Incluso dicen que le besé las manos.

Porque era perfecto en su dolor, fiero

en la entera magnitud de su crueldad.

Admito sí que le admiré. Era en ese momento

más hombre que enemigo. Casi lo amé

en la orfandad de su grandeza. (Síndrome

de Estocolmo tal vez aduzcan los sabios del

después)

Porque en cualquier momento de la vana

vida, rey o mendigo, guerrero mordedor

del polvo de sal de la derrota, o el triunfal

luchador de la batalla inútil, sin sentido

ni atrás ni adelante, volátil en el viento,

él como yo, como todos aquellos que mató

siempre somos huérfanos y esta marca

se graba indeleble en nuestra frente

así como los toros y los ciervos

ostentan su vana cornamenta.

Si algún poder supremo me aliviara

de esta mosca podría librarme al fin

de todos los recuerdos me queda

sólo este. Igual a un estilete

que minuto a minuto me perfora.

29

Es idéntico al rayo que desploma

sobre mi todo el furor de su tormenta eléctrica.

(Igual a una picana)

Y así será por todos los siglos venideros.

 

 

 

 

mar

Fui una mañana

a ver el mar

y ya no estaba.

Estepa vasta. Disecada.

Ni una sombra de espina,

ni una huella de escama.

Volví de tarde.

Cauce reseco todavía.

Ni una pluma caída.

Ni una hoja volandera sin rumbo.

Ni una perla perdida de su salva.

Retorné por la noche.

Cuando todo se ve

sin verse nada.

Entera resonaba la espuma.

Toda la sal bravía esculpida

en columnas de verde resplandor.

El mar de nuevo. Con agua de la gracia.

Otra vez el reflejo estrellado del coral

con todos los colores. Perfume

de la ola que en la orilla muere.

76

Aroma de la ola que en la orilla nace.

Casa de Dios. En húmeda frescura.

 

 

 

 

ángeles

No te des vuelta, no le temas,

escúchale la huella, no le hables,

desde siempre camina a tu costado.

Son dos. Uno y otro a cada lado

de tu paso. El que te raspa con el roce

de su ala es el de tu Guarda. No tiembles.

De tu principio a tu final él te conduce.

Al opuesto costado te acompaña

el vago perfil de Aquel que no se ve.

Sombra informe de todo lo que existe.

De lo que pudo ser y no lo fue.

Nunca es igual a sí mismo–Camuflaje.

Es hijo y padre de la máscara. Lleva

consigo la etiqueta del odio la envidia

y la traición. Conoce solo el cielo de borrasca.

Ignora el diáfano, el azul. No sabe

nada del Amor. Te muerde los talones.

Anda a veces a tu diestra y a veces

a siniestra. Ama. Con toda tu pasión

salvaje y roja, con vena trepidante

con caricia y rugido

con gemido y con garra.

Ama.

A gozo

supremo de delirio.

Así, estarás salvado.

Sálvate.

 

 

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Juana de Ibarbourou – Su prosa

 

 

Ángel Rama dijo que la estruendosa fama de poetisa de Juana había ocultado sus notables dotes como narradora.

 

Este juicio la definió de un modo contundente. Así lo hicieron algunas de sus afirmaciones con respecto a ella, que no son muy conocidas, ya que aparecieron en el suplemento que el diario El País de Montevideo le dedicara a la Ibarbourou, el 10 de agosto de 1969 con motivo del cincuentenario de Las Lenguas de Diamante. Allí dijo que la verdadera y natural destinataria del Premio Nóbel debió ser Juana en lugar de Gabriela.

 

Aunque ya lo expresé en alguna otra página mía dedicada a Juana de Ibarbourou lo reitero, en virtud de la veleidosa memoria de algunos compatriotas que, en tanto en Italia, España o Estados Unidos su obra es motivo de tesis doctorales, por estos lares, algunos han opinado que su nombre no ha trascendido fuera de Cerro Largo. Rama fue, junto con Benedetti –e incluso Ida Vitale– de los pocos integrantes de la generación del 45 que supieron separar la paja del trigo y aquilatar los verdaderos valores y señalarlos.

 

Esta formidable prosista que menciona Rama escribió prosa a la par que poesía. No podía decirse que un género preponderó uno sobre otro. A lo sumo podría argumentarse que, durante el prolongado silencio lírico que va desde la publicación en 1930 de La Rosa de los Vientos” hasta la publicación de “Perdida” en 1950, aparecieron algunas de sus obras en prosa más significativas como Estampas de la Biblia y muy especialmente Chico Carlo que alcanzara niveles de difusión mayúsculos no solo en Hispanoamérica, sino en todo el mundo de habla española.

 

En El Cántaro Fresco de 1920 se puede respirar un aroma casi idéntico al de Las Lenguas de Diamante y también anuncia la melancolía emergente en Raíz Salvaje de la que ya no se desprenderá nunca. El Cántaro Fresco está compuesto por breves estampas que podían constituir lo que llamamos poemas en prosa, ya que, si bien no hay versos ni estrofas, todo el ambiente y el clima creados son de cuño netamente lírico. Algunas pocas veces aparece la punta previsible de una anécdota, el hilo inicial de una historia que no acaba de tejerse, pues lo que la autora se determina a reflejar son algunos instantes fugitivos, evocadores o reflexivos, transmitidos con el lenguaje de una prosa delicada, flexible, de comunicación lectora inmediata.

 

Los siguientes trabajos en prosa aparecerán recién en 1934, año significativo ya que publicará dos libros en ese género: Loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia. Si bien en ambos reaparecen la tersura en un lenguaje que, a la vez que comunicacional da muestras de elaboradas composiciones mediante el uso de variados y diferentes tiempos. En tanto que el primero libro da muestras de su devoción religiosa por la Virgen María mediante una prosa de exaltación fervorosa a la vez que enseña una cercanía casi familiar con la figura mítica. Es un devocionario límpido, rebosante de frescura y distante de toda planificación dogmática.

 

Las Estampas de la Biblia nos enseñan otra faceta de la prosista. Aquí aparecen, por momentos, atisbos narrativos embrionarios, como lo atestiguan las páginas dedicadas a Judith, David o Bethsabée. El aire de estas estampas es el mismo que se respiraba en algunos pasajes del libro de poesía inicial, Las Lenguas de Diamante. Todos aquellos dedicados a Thais o a María Magdalena, impregnados de un fuerte entismo reaparecen aquí, desde la voz autoral en primera persona que se encarna en los personajes y habla tanto desde el género femenino como desde el masculino. Estas recreaciones de algunas figuras del Antiguo Testamento manifiestan a la vez un amplio conocimiento del libro sagrado y un trabajo de lenguaje de categoría superior.

 

Pasan diez largos años. Juana escribe mucho, textos de ocasión, a pedido, a expensas de una abierta generosidad, se prodigó a veces en demasía en variados prólogos a libros de diverso valor, pero que se apoyaban sobre la firma famosa para librar la lucha por la sobrevivencia en el áspero mundo de la literatura de creación. No fueron muchos los sobrevivientes y seguramente Juana no era ajena a la percepción crítica, pero generalmente su ilimitada generosidad se imponía sobre el rigor.

 

Mientras, ella se va dejando envolver por la melancolía, pero no exenta de gracia, picardía y humor. Y surge Chico Carlo, uno de sus mejores y más populares libros, con gran cantidad de ediciones en todo el ámbito hispánico.

 

En estos recuerdos de su infancia, Juana elabora pequeños relatos de picante sabor, donde no está exenta la mirada asombrada hacia la cruel realidad de la derrota, cuando sus ojos infantiles observan atónitos el retorno sin gloria de aquellos soldados andrajosos, en lugar de los héroes caballerosos que su febril imaginación infantil había creado en su mente y en su anhelo de ser partícipe de su triunfal retorno. Aquellos hombres, emblemas del fracaso de la revolución encabezada por Aparicio Saravia en el fin de los siglos XIX y XX, le revelaron de golpe la infranqueable distancia que media entre la ilusión y la realidad. Todo el libro refleja ese dilema a la vez que recrea, con gozosa nitidez, el mágico mundo idealizado de su niñez. Juana siempre antepondrá en sus recuerdos infantiles la fábula gozosa y maleable a la rígida y espinosa realidad.

 

Otro rasgo a destacar es aquel referido a la aparición del humor y la ironía que solo asoman en la prosa, en especial en la narrativa, y a veces también en su correspondencia.

 

Algunos aspectos aparecidos en Chico Carlo reaparecerán más tarde en Juan Soldado y algunas páginas sueltas de sus Obras Completas.

 

Juana fue una infatigable escritora de cartas. Desde la ingenua y desfachatada carta a Unamuno en 1919 hasta las mínimas esquelas enviadas a amigos o familiares, Juana siempre escribió.

 

Las muestras del talento creativo de su escritura se mantienen hasta el final de su vida. Así, en su último libro publicado Juan Soldado, Losada, 1971, Buenos Aires, libro desparejo e irregular pero valioso, donde recoge relatos de diferentes épocas y de calidad variada, reaparecen algunos de sus untos más altos, por ejemplo en el cuento Las Nupcias, elegido por Rama para abrir la antología publicada en Editorial ARCA, Montevideo, en 1966, La mitad del amor contada por seis mujeres; allí por momentos aparece una prosa de índole onírica y visionaria de poderoso ritmo narrativo y angustiada temperatura emocional. O en la recreación de la fábula que da título al libro; allí Juana se muestra fiel a su tópico personal: la evocación y recreación de un mundo ideal e idealizado: el de un paraíso perdido, pero vivido a pleno y añorado en forma permanente.

 

Otras facetas interesantes de su prosa aparecen en sus discursos, algunos de ellos verdaderamente ejemplares, como el que pronunció cuando su ingreso a la Academia Nacional de Letras, o en su correspondencia, donde una de sus manifestaciones de talento  para el género epistolar la constituye su respuesta al Embajador de la España franquista, en 1946, donde manifiesta en forma enérgica su defensa de la libertad y la democracia. Asimismo, al hacer un relevamiento de su prosa, a través de sus manifestaciones más sobresalientes y a la vez menos conocidas, no debemos olvidar las pocas pero ricas lecturas de otros poetas con una mirada crítica, a veces sorprendente por desconocida a la vez que sutilmente aguda. Muestras de ello es el estudio crítico sobre “El uruguayo Carlos Rodríguez Pintos” o la espléndida semblanza que hace Juana de Susana Soca, aparecida en el homenaje que le hiciera Entregas de La Licorne, a la poeta trágicamente desparecida.

 

Todo lo cual demuestra que todavía hay mucho para estudiar en la poesía y prosa de Juana, las que, más allá de sus naturales altibajos durante el transcurso de casi 60 años, nos muestran a la autora de una obra personal, sólida y compacta, plena de gracia, mostrativa de una creadora de primerísimo nivel, cuya obra se sostiene y proyecta sobre la base única de su talento artístico y su capacidad comunicativa con el lector del Siglo XXI que sigue consumiendo sus obras, las que al cabo de más de treinta años de su muerte, continúan reeditándose total o  parcialmente. En efecto, desde 1979, fecha de su fallecimiento hasta hoy, 2013, entre las ediciones oficiales de la Academia Nacional de Letras, del Ministerio de Cultura, de la Cancillería, de UTU, de la Biblioteca Nacional, de la Intendencia de Montevideo, de las editoriales privadas ARCA, RUMBO y ESTUARIO, sumadas al catálogo del Centro Cultural de España con motivo de la exposición denominada “Juana, escándalo en la luz” que llevó a más de 7000 espectadores, suman más de veinte libros que abordan selecciones de textos, aspectos de su obra, trabajos de índole crítica, recopilaciones antológicas o selecciones de sus libros, estas publicaciones suman la cantidad mencionada. Si se hiciera una elemental ecuación nos estaría dando el resultado de casi un libro o un estudio de la obra, por cada año. Es un promedio que, a las claras, nos muestra, sin subterfugios, la plenitud de una obra y la vigencia de una firma escritural, que ocupa un lugar destacado en la literatura en lengua española del siglo XX.

 

Jorge Arbeleche

 

 

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Delmira Agustini, más allá de su escritura

por Jorge Arbeleche

 

 

Delmira definida por Fernán Silva Valdés

 

"Y soy la mujer del cielo / y del infierno que ambos dos / van de mis pies a mi frente / como rumbos hacia Dios".

 

 

Delmira

 

La forja de la búsqueda de la expresión poética, tan visible en otros poetas como Sara de Ibáñez, aparece en Delmira en forma paralela a la ya mencionada claudicación ante expresiones vulgares y comunes al lenguaje lírico de su contexto. Ella lo supo e incluso dio manifestación de ello, cuando deja dos libros inéditos: “Los astros del abismo” y “El Rosario de Eros”, pues incluso en su último libro édito “Los cálices vacíos”, aparecen en forma casi simultánea, versos de dudoso gusto a otros definitivamente antológicos por la estatura y jerarquía estética de su talento.

 

Ya hemos dicho que su poesía trasciende su propio vocabulario, su idiolecto identificatorio. Pero aquello que le es intransferiblemente suyo, su intensa personalidad poética, que es correlato de la enigmática personalidad de su vida, sobrevive a las endebleces y emerge en toda su potencialidad artística.

 

Hay veces en que se hace necesario espigar en un mínimo poema y desbrozar la maleza retórica que lo puebla, para poder encontrar, tal vez, al final un verso genial que da por tierra todo aquello que pudiera tildársele de vulgar, para resurgir en versos de notable conmoción estética:

con alma fúlgida y carne sombría”

la estirpe de una raza nueva sublimemente loca”.

tener entre las manos la cabeza de Dios”.

 

La crítica ha sido pródiga con Delmira, aunque no siempre eficaz. En el seguimiento de su obra se habló de una personalidad múltiple en alusión a su poesía de exaltada temperatura erótica. Seguramente era la fórmula que la sociedad literaria de su época podía admitir en una joven de clase media, claramente burguesa, sin advertir que dejaban sin “ver” ni “leer” su poesía. Tiempo después, la crítica se ensañó con su privacidad en vida y muerte, superponiendo la exégesis de su obra a través de investigaciones de carácter biográfico; lo escrito correspondía –de acuerdo al protocolo asumido– a una vivencia de su intimidad cotidiana. Nada más lejos de la Poesía que su traducción al lenguaje de la Realidad porque ambas constituyen entidades diferentes: el lenguaje poético es un objeto artístico, ligado como toda creación a una convención establecida: la de aparentar verdad cuando es ficción. Ya Dante nombraba a la poesía como “la bella mentira”. Incluso el lenguaje amoroso en el terreno poético no es igual a aquel en el que se expresan los amantes en la intimidad. Tampoco creo en la explicación de su poesía por el sistema de simplificación que le atribuye doble personalidad, una cuando se comporta como la Señorita Delmira Agustini y otra, cuando escribe. Pienso que es la misma persona con todas las diferentes facetas que puede tener un creador.

 

Y como tal, es a la vez una consecuente seguidora del decir modernista, ya decadente, inaugurado por Rubén Darío, y –a la vez– una heroína épica protagonista de una epopeya de un lenguaje poético superior que atisba siempre y solo alcanza a veces; en esas ocasiones logra alturas de categoría estética superior.

 

Con lo antedicho, descreo tanto de la crítica que se ha detenido más en su vida personal en busca de un correlato exacto entre verso y experiencia, como de la seudosicológica que simplifica el enigma de una obra de arte atribuyéndola a su creador una o más personalidades, sin percatarse de que no es privilegio de la Agustini esa gama de tonalidades en su persona. Es muy difícil que alguien, y especialmente un artista pueda ser siempre igual. Creo que somos siempre el mismo derivado de una única matriz, pero cada circunstancia vivida nos impone su sello y no reaccionamos siempre del mismo modo.

 

Entonces, por mi parte, no me pliego a la crítica biográfica o biocrítica, vuelta a estar de moda. Me interesa el objeto artístico en sí, en este caso: la expresión poética afanosamente buscada por Delmira, lo que llamo una suerte de búsqueda épica, de epopeya de una leyenda delmiriana que, por momentos tropieza, cae y vuelve a levantarse. Por honestidad crítica creo que debemos admitir que un gran creador no siempre nos puede brindar grandes creaciones. Y en la obra de Delmira como en la de María Eugenia, junto a algunos textos eminentes, conviven otros de dudoso gusto. Y a veces esa dualidad aparece en un un mismo poema: junto a versos extraordinarios leemos otros casi bastos.

 

Guardamos de manera harto celosa aquellos objetos que le pertenecieron: sus guantes, sus zapatos, su vestido de novia, sus manuscritos, que dan cuenta de esa épica ya mencionada, sus cartitas de amor al novio, en las cuales se han apoyado muchos críticos para sostener sus supuestas teorías de la personalidad múltiple. Pienso que es en esas misivas donde Delmira despliega su mayor erotismo, el que no está cubierto ni enmascarado por velos retóricos o léxicos perimidos. Es allí, en el aniñamiento de las palabras donde imprime una poderosa carga carnal, despojada de fórmulas e imágenes, algunas de ellas provenientes de un repertorio ajeno y distante.

 

Por eso mismo, creo que a su poesía hay que valorarla y admirarla más allá de sus propias palabras.

 

Frente a Delmira se nos presenta una pregunta. Acaso, ¿era su voluntad dejar al descubierto esas cartas escritas a su amante, bajo esa convención de protoidioma propio de una niña? ¿Es importante para el estudio y goce de su poesía, escudriñar hasta el último rincón de su intimidad? Luego de esas lecturas, vueltos a releer la exigua pero rigurosa selección de sus poemas magistrales ¿el enigma de los mismos, se nos devela o permanece entre sus versos? Creo necesario traer a este punto un problema crítico.

 

Durante años poco sabíamos de los autores de obras maestras. Por supuesto que saber algo acerca de sus vidas y su contexto nos enriquece la visión de los mismos, pero no nos brindan la clave para descifrar el misterio de su obra.

 

Si leemos el diario de juventud de Idea Vilariño, tenemos la certeza de cuánto le importaba a sí misma lo que ella escribía y la conciencia de su densidad proyectada hacia un futuro donde su ausencia eliminara toda controversia. Es diario para la posteridad. Del mismo modo, podríamos referirnos al Diario de José Pedro Díaz, donde asistimos a la infructuosa lucha de un excelente docente y ensayista por trasponer fronteras y transformarse en narrador consagrado y su constante lucha con la literatura de creación, que se le escapa de las manos, percibimos la peripecia ocasionada al autor por estas evasiones y sus consecuentes depresiones o desilusiones.

 

Sostengo que aventurarse en la escritura del yo es un camino de riesgo porque puede sucederle al investigador que al final de su gestión se encuentre con el “yo” de la persona escribiente, pero no con el “yo” del creador ni menos, con el más difícil de la propia creación.

 

Así, por ejemplo en la exhaustiva biografía de Ian Gibson sobre García Lorca, monumental trabajo de investigación sobre la vida del poeta, su genealogía, su contexto político-social, digno de la mayor ponderación, me ha permitido saber algunos datos acerca de la biografía de Federico, pero lo que más me importa de lo que allí extraigo es saber que en sus últimos años parece haber encontrado el anhelado amor de pareja en su joven admirador Rodríguez Rapún, que trabajara en la compañía de teatro La Barraca y que, al año siguiente del asesinato del poeta marchara al frente republicano para morir a manos de las balaceras franquistas.

 

Sin embargo ya hay nuevas suposiciones de un nuevo, posterior, breve y joven amor, debido a los celos provocados por el carácter heterosexual de Rodríguez Rapún, cuyos contactos con mujeres provocaban celos y discusiones en la pareja.

 

Pero, más allá de esos datos, para mí irrelevantes, ¿quién me explica el misterio del romance de las Manolas en el segundo acto de Doña Rosita la soltera?: él enumera tres, pero al final se pregunta: “¿Adónde van las Manolas las tres y las cuatro solas?” ¿Quién es esa cuarta, inesperada? Ese nudo gordiano de la Poesía no me lo explica nadie, ni ningún dato biográfico ni la identidad de ningún amante.

 

 

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Palabras de presentación del volumen conmemorativo Gabriela Mistral en verso y prosa.

Antología, el 16/7/10 en la Sala de Conferencias del Teatro Solís

 

 

 

GABRIELA MISTRAL

                                                        Jorge Arbeleche

 

 

Nos reunimos hoy para celebrar la aparición de un libro editado por la Asociación de Academias, que reúne la poesía y prosa casi completas de una de las figuras cumbres de la poesía hispanoamericana.

 

Se trata de la Antología de Gabriela Mistral que es, prácticamente su obra entera, al menos en lo referente a su trabajo total. Pueden existir piezas sueltas no recogidas en libro, pero que no afectarán el concepto de Obra Esencial que ésta tiene.

 

En una primera instancia sorprende el volumen del libro, si se tiene en cuenta que en vida, Gabriela publicó sólo cuatro libros: “Desolación” (1922), “Ternura” (1924), “Tala” (1938), “Lagar” (1954) y póstumamente su “Recado a Chile”.

 

Como en casi todo artista creador, existe detrás de Gabriela Mistral, otra figura tan importante como la otra. Me refiero a su verdadera identidad civil, la que respondía al nombre de Lucila Godoy Alcayaga. En ella se cumple un ciclo de leyenda, casi de cuento de hadas: Lucila nace en una zona rural de Chile, el Valle de Elqui, escenario de “sus niñeces”, como ella las nombraba, de frecuente aparición en su poesía, ya sea como lugar o bien como personaje.

 

Mistral no puede cumplir sus estudios completos, sin embargo, va como maestra al extremo sur del continente, a una ciudad de vientos y borrascas.

 

Más allá de los problemas burocráticos que sufre allí, en ese lugar tiene su aventura amorosa más famosa – aunque no sé si la más real -, porque el Amante, el que da origen a sus poemas primeros “Los sonetos de la Muerte” que constituyen su primer paso al reconocimiento y la fama, es más literario y motivo poético, que de carne y hueso, más allá de la veracidad de los hechos. Gabriela construye un personaje, que lleva apellido de Viento y deja atrás a la maestra campesina, aunque ésta siga siendo siempre la gran figura rectora de la vida y obra de Mistral.

 

Desde su iniciación se ve rodeada de halagos, elogios y agasajos que muchas veces enturbiaron la clara visión de los valores reales de una obra vasta y diferente, hecha con un lenguaje original y áspero, con un nítido sentido de la oralidad más que el de la escritura. Su sintaxis violenta las reglas, lo mismo su vocabulario, que echa mano de arcaísmos y neologismos, recuperando tonalidades e inflexiones del habla americana no recogidas por la lengua culta.

 

Pero en Gabriela, además de todas estas referencias obligadas al hablar de su peculiar escritura, no sólo pedregosa, sino poco dada a la clásica armonía y melodía acostumbradas, no podemos dejar pasar dos o tres datos que conforman su personalidad.

 

El primero es que nunca abjuró de su vocación magisterial y eso, a menudo ha resentido una obra que parece más ceñirse a un decálogo que a la vibración del verso surgido de las entrañas de modo espontáneo.

 

El otro es, sin lugar a dudas, el enjambre de pedidos, adulaciones y elogios que la acompañaron siempre, como un cortejo patético y funambulesco, ante el cual no dejó de ejercer su magisterio y por qué no decirlo, su reinado. Todo esto está ejemplarmente mostrado en el trabajo de Silvia Guerra y Verónica Zondek titulado “El ojo atravesado”.

 

Otro elemento que, en razón de la veracidad histórica no debe dejar de mencionarse, es su clarísima y férrea voluntad de reconocimiento, cuya culminación la constituye el otorgamiento del premio Nobel en 1945; la obtención de este galardón llevó un proceso arduo, desde 1939 (cuando se interrumpe por la guerra) hasta la fecha del otorgamiento.

 

No se puede dejar de mencionar su clarísima inteligencia. Cuando la proponen, ella, sin negarse, aduce que no es la merecedora apropiada y nombra a algunos de sus colegas que pueden tener igual o más méritos que ella: Rómulo Gallegos, José Vasconcellos, Alfonso Reyes, Juana (de Ibarbourou). Además de su clarividencia, destaco un rasgo notable: su capacidad de admiración y de captación esencial de la especificidad poética.

 

Así lo hizo con nuestra Juana cuando al referirse a su poesía, acuñó una definición memorable e imperecedera: “Su misterio (el de Juana) es el peor de todos: el de lo luminoso y no el de lo sombrío”.

 

Tuvo en su obra, la intención de lograr un lenguaje y un tono mestizo propio de esta América. Aunque no siempre lo lograra, es encomiable esta preocupación suya, pues creo que no siempre está en los temas elegidos, sino en la inflexión de la voz donde se esconde el sentido de lo vernáculo.

 

En su discurso se recepción del Nobel, ella puso de manifiesto una vez más su claridad de pensamiento y la lucidez de su inteligencia, ya que al agradecer lo hace en nombre de toda su América india y mestiza.

 

El endiosamiento que se hizo de Gabriela en todo el ámbito hispanoamericano, proceso en el cual ella no fue inocente, no invalida en absoluto los valores legítimamente reconocidos de una creadora que hace de su dura contienda con el lenguaje, su destino de vida y obra, más allá de la carga a veces excesiva de sentimentalismo, que opaca la veracidad de la emoción poética donde se evidencia más el peso literario que a pulsión lírica en sí misma.

 

 

 

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Grecia y yo

 

Prof. Jorge Arbeleche

Academia Nacional de Letras

Uruguay

 

Como casi todos los habitantes del mundo occidental cristiano, ciudadano de esa cultura –aunque avizorado observador del mundo circundante– mi residencia espiritual se afirma en los valores de una cultura atravesada por dos líneas tan esenciales una como la otra: la cruz cristiana y el universo olímpico.

¿Cuándo empecé a tomar conciencia de cada una de esas marcas indelebles? Naturalmente, en la infancia. Nací y fui criado en un hogar católico pero para nada dogmático, alimentado por una fe de carácter casi primitivo, de absoluta confianza e intimidad con lo sagrado, más allá de los prolijos, o desprolijos mucha veces, cumplimientos con los protocolos de la observancia ortodoxa.

Pero fue, al inicio de la etapa escolar, a través del conocimiento e intimidad con un compañero de clase –amistad iniciada en 1950 e ininterrumpida hasta hoy– que Grecia, con su lengua, sus costumbres, sus imágenes, sus sabores, fue rodeándome e internalizándose en la formación de mi personalidad. Es así que en el primer año de escuela conocí a mi fraterno amigo Mateo Elefteriu, hijo de un griego, cuyo padre Don Stamatio Elefteriu había llegado al Uruguay desde la isla de Chíos. En esa casa escuché por vez primera una lengua que me sedujo por su sonoridad, su eufonía, también la rotundidad de sus sonidos, así como la melopea de sus silabeos. Cuando, a veces, los integrantes de esa familia, que siempre sentí como propia, hablaban entre sí en la lengua de sus orígenes, aquello era para mí un concierto de extrema fascinación. Mi amigo-hermano tiene dos hermanas, muy hermosas, Angélica y Argiró, un padre de cálida fuerza patriarcal y una madre maravillosa, Doña Basilia Sícalos a quien jamás escuché un sonido en su voz más alto que otro, siempre calma y suave. Bella. Enormemente bella. Era la más joven del grupo de madres, con una diferencia importante para esa época. En tanto que mi madre, en 1950 tenía 37 años, ella recién andaba por los 26. Era realmente una muchacha, en tanto mi madre tenía dos hijos. Y lo que me admiraba era que, aún tan joven, ya tenía su cabello plateado. Y ese marco hacía resaltar una belleza que se mantiene indemne a sus noventa años.

Sabrán disculparme esta introducción tan personal, pero no podía comenzar a contar el idilio entre Grecia y yo, sin mencionar a la familia Elefteriu, etimológicamente, libertad.

Pero Grecia fue creciendo dentro de mí en el período de los descubrimientos esenciales de la vida. Cuando comprendí que mi vocación estaba señalada de manera inalterable hacia las humanidades y, dentro de ellas, la Poesía y la Educación, la ecuación de mi vida futura se hizo transparente. Fui un privilegiado. Porque conocer desde muy joven qué se pretende ser en la vida es algo así como saber asumir un destino. Siempre tuve claro que era en el territorio de la Palabra donde debía hacer mi anclaje vital. Y en ese universo de las palabras, a veces neblinoso, era necesario emprender la gran aventura de hallar la Palabra, la única, aquella que fuera la clave, el signo o la cifra que permitiera abrir las puertas del misterio. Ese camino fue, para mí, el de la Poesía. Que es una forma de entender el mundo y es una manera de expresarlo, manifestarlo a los demás. Todo eso, además sostenido por la firme plataforma de la educación.

Así fue entonces que, a mis 19 años, luego de un año de estudio arduo y sistemático para dar el concurso de ingreso al Instituto de Profesores Artigas (Centro de Formación Docente), encuentro en el primer curso de mi incipiente carrera, el estudio de la literatura y la cultura griegas.

Fue un nuevo universo a descubrir. Allí estaba el germen de la creación con su “poiesis”, la semilla de la educación con su “mayéutica”, el sentido trágico de la vida, con las cumbres de Esquilo, Sófocles y Eurípides, la concepción de un mundo espiritual y moral apoyado en dos pilares, la Hybris y la Sophrosyne, conceptos de tal magnitud e intensidad que ninguna otra lengua ha logrado traducir a validad. Hybris es mucho más que el pecado de exceso o de soberbia y Sophrosyne si bien se parece el concepto de equilibrio y templanza, lo sobrepasa y toca los límites del contacto sagrado con la armonía universal.

Por eso Grecia ha sido única en el concierto y el devenir de las civilizaciones. Sin olvidar la admisión de la esclavitud como fenómeno social natural e inevitable, es imposible no referir que en su pensamiento, nació la esencia del concepto de “libertad” y la formulación política de la “democracia”.

En el espíritu griego ha prevalecido siempre un sentido del límite. Los dioses se parecen a los hombres en sus debilidades y pasiones, pero los hombres no alcanzan a ser dioses por más virtudes que ostenten o amor a la vida que profesen.

Pero junto a ese sentido del límite, o diríamos esa aspiración al equilibrio, se percibe en todo el espíritu de la civilización griega un estremecimiento espiritual físico y religioso imponderables. Lo percibimos en sus esculturas, en los pliegues armoniosos de sus clámides, en el juego extremado de la coreografía estilizada de sus danzas, así como la de sus combates. Es muy probable que mi visión esté demasiado idealizada y que las batallas que jalonaron sus guerras hayan sido tan cruentas como la de cualquier lucha. Pero ellos, los griegos, sus artistas supieron dar nacimiento al Mito, núcleo y centro irradiador de la Poesía. De esa manera pudieron transformar una guerra de piratería en una historia de amor y de belleza. La guerra de Troya habrá sido inmortalizada por sus cantores, apoyándose más que en la historia, en la propia leyenda que crearan.

Si su propia geografía indujo a los griegos al sentido del límite por la proliferación de islas, tal vez fuera la luz de su aire y la ondulación de sus montañas las que imprimieron al espíritu de sus habitantes el sentido de la armonía y el movimiento. La primera vez que me enfrenté al arte griego fue en 1970 en el British Museum de Londres, frente a los frisos del Partenón, que aún permanecen allí. Mi emoción fue más que una experiencia estética. Más tarde, ese mismo verano llegué a Atenas y una noche de luna llena pude subir al Acrópolis. El templo de Atenea lucía, bajo la luz lunar, en todo el esplendor de la simplicidad d sus líneas. El Partenón es cifra de Grecia y su cultura, como Homero es sinónimo de su literatura. El creador de dos de las epopeyas más altas de Occidente –La Ilíada y La Odisea– supo retratar junto a la crueldad de una guerra, uno de los episodios más conmovedores de la aventura humana. El derrotado Príamo, rey vencido de Troya, asume su destierro y cubierto de coraje y miedo va a visitar la tienda de Aquiles, matador de su hijo Héctor. Viene a reclamar la entrega del cadáver para poder realizar las necesarias honras fúnebres. Pocas veces, la literatura ha sabido describir tan bien, la estatua huma de los dos enemigos que se enfrentan cada uno dueño de su dolor y su dignidad. Cada uno pudo mirar e incluso admirar al otro. En esa mirada, en ese diálogo, ya no son enemigos, son adversarios, pero son dos hombres que pueden reconocerse en la dignidad de cada uno, aunque se hablen y miren y se vean desde orillas opuestas.

Hoy, en el siglo XXI, cuando hemos vuelto a creer en el becerro de oro y olvidamos todo lo que nos ha dado Grecia, hoy que hemos creado nuevas y falsas divinidades, sobre la base del dinero y el consumismo, la civilización occidental, ¿podrá olvidarse de que fue en Grecia donde nació la noción de libertad y democracia, donde la Poesía y la Filosofía, desarrollaron todo su potencial de inteligencia y sensibilidad? Si así sucede, poco podrá ya creerse en el hombre, tanto desde la perspectiva de su condición individual, como en la del ejercicio del poder, la economía y la política.

No puede ni debe caer Grecia bajo el imperio de las finanzas y del más craso mercantilismo, sin avergonzar hasta la raíz a toda nuestra civilización y cultura occidentales.

Porque fue precisamente en esta civilización, hace más de 25 siglos, un soldado que también fue poeta, empujó a la humanidad a dar un salto por elevación que modificó de forma radical el espíritu del hombre. Logró transformar el efecto mecánico y espiralado de crimen, castigo, y crimen otra vez, en otra dimensión. La venganza bestial, fruto del instinto más primitivo, se transformará en “justicia”. A la fuerza brutal, bestial y condicionada sucede el proceso de razón, entendimiento y reflexión. Ese poeta soldado se llamó Esquilo. Y este planteo lo hizo en una obra que es monumento de la humanidad. La tituló “La Orestíada” y las representaciones actuales de dicha pieza no hacen más que confirmar la vigencia y el estremecimiento que provoca su alegato contra la guerra, la violencia y el totalitarismo.

 

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Don Quijote y la alteridad: el otro, los otros, lo otro.

 

El viaje que realiza Alonso Quijano tiene un punto de partida y un destino: su casa y la utopía; el primero puede comenzar en el nombre elegido: Don Quijote de la Mancha y respecto al segundo su fin no alcanza a vislumbrarse porque no existe. El concepto de utopía tiene parentesco con el de infinito y/o eternidad.

También tiene confusos o ambiguos sus límites y sus cometidos ya que las altas labores a que se ven obligados los caballeros andantes, según Don Quijote tiene más que ver con lo dicho que con lo hecho, con la palabra más que con la acción.

El gran viaje será precisamente el que realice desde la palabra hasta la acción. Luego —tal vez— desandará el camino.

Para realizar ese periplo, nuestro personaje se ve inmerso en un juego de contrarios. Es así que Cervantes organiza toda su obra sobre la base de oposición de categorías.

Se establece un balanceo entre lo cerrado y lo abierto, entre la casa y la intemperie, entre la locura y la cordura, entre la lectura y la palabra escrita, entre la quietud y la acción, entre la delgadez y la gordura.

Prácticamente toda la obra se desarrolla a la intemperie, salvo el comienzo, el final y los intervalos que promueven sus repetidas derrotas. Cuando hablo de lo cerrado me refiero solo a su casa, y dejo exceptuados las ventas, la casa de los duques, la casa del caballero del Verde Gabán, las imprentas.

Tomo la casa como un referente de cultura, un estadio de la evolución humana. El hombre primitivo es nómade, cazador, aislado; en su evolución, el individuo pasa a asentarse, es sedentario, agricultor, gregario. La “casa” el “adentro” es, de algún modo el lugar del abrigo, del a protección, del afincamiento, del reencuentro con uno mismo, es decir con la alteridad propia, con todas las facetas del “yo”.

También del recogimiento, de la reflexión, incluso. Un momento de sosiego en la carrera del pensamiento, aunque no de la vida. Es el espacio propicio a la cordura. El “afuera” es el salirse de esos límites que impone la misma casa, es el asomarse al peligro, la salida de sí, de su casa o de “las casillas”; por eso el loco es el que se sale de sus casillas. Y se asoma a la intemperie, a la aventura, a lo desconocido, al peligro. Y a la maravilla. También podría verse este viaje de la casa al campo y del campo a la casa de regreso, como el viaje de la iniciación del héroe en el camino de la búsqueda de la sabiduría. O de la felicidad o tal vez de la serenidad, de la resignada y lúcida aceptación de los hechos.

El asomo al peligro está marcando las lindes del abismo. Y este proceder se puede asimilar a la gran aventura del creador. Así como Don Quijote lucha con el mundo para que el mundo sea como él lo desea, combate por un cambio, un mejoramiento, un ascenso no solo en el plano ético sino también estético, identificándose –de algún modo– estas dos categorías, así también procede el Creador, el artista, con su elemento: la Palabra.

Don Quijote de la Mancha como tal es un conjunto de palabras que elige otro personaje de ficción, Don Alonso Quijano el bueno, denominado así por sus coterráneos. Don Alonso Quijano es un hidalgo pobre, provinciano, de vida estéril, sin brillo, que habrá de pasar gracias a un nombre, a otra identidad que él se forja. A partir de esa identidad que surge de un grupo de palabras, va a pasar a otra vida, ésa sí llena, plena de nobleza, aventura, bondad, belleza y sabiduría.

El personaje Don Alfonso Quijano pasa mucho tiempo en establecer la conexión entre su nombre real y el nombre, también real, pero que él se inventa, en elaborar la concatenación de los términos. Al final pone de la Mancha porque es su lugar de origen. Es el andamiaje perfecto de una personalidad que se organiza a partir de ese nombre. Ninguna pieza puede cambiarse de lugar sin caer en el riesgo de la desintegración. Lo mismo ocurre con una obra de arte; sea un cuadro, una canción, un poema o una obra de teatro. Si se cambia una palabra en un poema, si se altera un acento en un soneto, si se cambia una línea, un color, un tono, o un silencio (fundamental el silencio en cualquier manifestación artística) se corre el riesgo de la caída de esa obra. Este nombre, Don Quijote lo elige luego de cavilar muchos días. Será la denominación a la que responderá en su vida futura. De la locura de Alonso Quijano, porque vivía leyendo y pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, de ese caos aburrido, de esa vida rutinaria y sin sentido arribará a otra zona de su personalidad, la esencial, aquella donde el personaje no está condicionado por ningún elemento externo; la zona de su libertad. Alonso Quijano es el soporte para que nazca Don Quijote. De ese caos de don Alonso, se arriba a un orden no convencional ni ortodoxo, donde imperan el bien y la belleza, donde “Haldudos puede habar caballeros” y las prostitutas pueden ser damas. Don Quijote, en su primera salida se encuentra con un campesino que está castigando a un muchachito y le hace prometer que lo va a recompensar. Esa figura estrafalaria vestida con una armadura de siglos anteriores, le dice que deje de castigarlo. Juan Haldudo, que así se llama el campesino, le responde que va a cumplir con su promesa. Don Quijote piensa en retirarse. Entonces el muchachito, con la lógica de la realidad, le replica: “Pero Señor, éste es Juan Haldudo, el vecino del Quintanar. No es ningún caballero”. Le señala que no va a cumplir ninguna de sus promesas. Don Quijote le contesta: “Haldudos puede haber caballeros, cuanto más que cada uno es hijo de sus obras”. O sea, la palabra determina la conducta futura. Es el orden de la creación.

Don Quijote es un personaje creado por Don Alonso Quijano que a su vez es creado por Cervantes que a su vez dice que encontró el manuscrito traducido. Pero no nos ocuparemos de eso.

Cuando Don Quijote, en esa primera salida, se encuentra al llegar a una venta con unas prostitutas que él llama mozas del partido, el Caballero les pregunta su nombre y estas mujeres, carentes de identidad, transformadas en su oficio por mercadería, humildemente le dicen que se llaman la Tolosa y la Molinera. El caballero andante les responde que desde ese instante habrán de llamarse por su amor –no el amor de pareja, erótico sino un amor esencial que trasciende y se inserta en la condición cuya filiación se fija en el autor cortés del caballero andante– doña Tolosa y Doña Molinera. El otorgarle el distintivo de Doña hace que se eleven, no de nivel social sino a otra categoría espiritual, ética, diríamos. Es el mismo orden donde se inserta el eterno imposible, el amor de Don Quijote por doña Dulcinea del Toboso, personaje que no existe más que en la mente de él pero que tiene relación con una joven campesina llamada Aldonza Lorenzo. Aquí se nos plantea el tema de la realidad, porque Aldonza Lorenzo es tan real en el mundo en que ella actúa, como Dulcinea del Toboso lo es en la realidad de Don Quijote. Dulcinea del Toboso está actuando de acuerdo a una orden que ha impuesto el creador, en este caso, Don Quijote. Dice el poeta argentino Roberto Juarroz: “La poesía es un orden por encima del orden”. Y eso hace Don Quijote. Como en el entorno que lo rodea, los otros no responden a su sistema de pensamiento, él borra esos “otros”, la “alteridad” que lo rodea porque le parece indigna; entonces la niega y la sustituye por otra alteridad existente solo en su mente. Así comienza la travesía de sus sucesivas derrotas, a modo de un “vía crucis”.

También en esa primera salida Don Quijote, luego de un infeliz encuentro con unos mercaderes que llevaban seda a Murcia para vender, queda, por pelear con ellos, apaleado, solo y tirado en el camino. Desde ese ángulo de la derrota, de la pérdida y de la ausencia, Don Quijote ingresa en el territorio del triunfo. Recita poemas al tiempo que va identificándose con algunos de los personajes fantásticos de sus aventuras. Pero quieren las cosas que por allí pase otro vecino llamado Pedro Alonso, un labrador, hombre sencillo, rústico y bueno. Va al molino como todos los días, tarea absolutamente cotidiana, que no por cotidiana deja de ser mágica. Lo reconoce y le dice lo peor que le puede decir, porque don Quijote lo está identificando con otros personajes de sus fantasías. Le dice que él es el Marqués de Mantua, Rodrigo de Narváez, y otra serie de personajes pero entonces Pedro Alonso, con la lógica estructurada de quien va todos los días al molino sin ver los árboles del bosque, le dice: “Yo no soy el Marqués de Mantua ni Rodrigo de Narváez y Ud. no es Valdobinos ni Abinadarraez sino el honrado vecino don Alonso Quijano”. Pedro Alonso ha pretendido llevar a Don Quijote nuevamente al plano de la realidad pero ¿de cuál se trata? ¿La de Pedro Alonso o la de Don Quijote? Entonces la respuesta de Don Quijote entra en el plano de lo sublime. Responde: “Yo sé quién soy”. Contesta desde la perspectiva de la creación, desde la creatura válida y autónoma porque es un producto de la poesía, de la creación. En última instancia, de la cultura. Pedro Alonso representa la otra realidad. La “alteridad” que lo derrota, sin maldad ni intención ni alevosía.

Con esto tenemos en cierta forma una parábola de las dos realidades, tan auténticas una como la otra. Una: la tangible, la palpable, la mensurable: la de Pedro Alonso, la que suma minutos a las horas, horas a los días, días a los meses y a los años hasta formar una vida a veces sin ningún sentido. La otra es la de Don Quijote recién creada, que es intangible, inmensurable, aquélla que desde su más íntimo anhelo funda otra realidad, tan verdadera como la otra en donde “Haldudos puede haber caballeros” y donde la Tolosa puede ser Doña Tolosa.

Es la realidad de la creación que vive a través de la sangre y savia de la palabra, y cuando me refiero a la palabra me estoy refiriendo también a la música, a la dramática y al silencio dramático, a la que es también la pincelada y la línea. La que afirma la existencia de una vocación de vida y de una identidad elegida. El arte, la creación que tiene sus propias reglas y que establece su autonomía respecto de todo lo demás. Digo autonomía, que no significa desprendimiento ni ignorancia. A través del a poesía, la molinera será Doña Molinera sin dejar de ser ella misma. A través del arte, el hombre podrá educarse y ser mejor, en un mundo también mejor y en una relación mejor.

La última salida de Don Quijote está avalada por sus fracasos anteriores y por la ambigüedad que admite el canónigo en el diálogo que ambos mantienen hacia el final de la primera parte. Allí, refiriéndose a Amadís de Gaula, Don Quijote dice “Porque querer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo…” y luego… “de esos que dicen las gentes que a sus aventuras van”, donde asimila el verbo ser de esencia y existencia al verbo decir, o sea que integra el plano de lo esencial con el de la palabra, el del diálogo, el de la oralidad; tal vez une el código escrito de una lengua con el de su expresión oral. Don Quijote pretende establecer un puente entre él y su realidad, con los otros y la suya. Para eso, que también redundará en fracaso, usa la palabra que, en él, siempre proviene de la poesía.

Para Don Quijote, según Foucault, el libro es menos existencia que su deber. De allí podemos inferir que la Palabra tiene consistencia ética más que estética y alcanza valor de destino.

Yo pienso que lo ético no suplanta lo estético sino que lo integra, lo complementa: conforman una unidad que remite al pensamiento platónico y su ecuación: lo bello es igual a lo bueno.

El libro tiene una quema de libros hacia el comienzo de la obra; es una suerte de auto de fe que pretende destruir la Palabra del libro, es decir, la Palabra escrita, creada. Pero a su vez la obra termina con una expresión poética que proviene de la tradición pastoril, pero esta vez en boca de Sancho. Entonces parecería que al inicio del libro, se produce un auto de fe para destruir la Palabra, el Libro, la Poesía, por temor y por considerar que ellos son los vehículos conductores de la locura y la perdición.

Todo el libro está constituido por la lucha entablada por nuestro héroe contra tamaña desventura y, hacia el final, si bien el protagonista cede a su supuesta derrota, la Poesía se salva en labios de Sancho Panza.

Su salida de la casa es ardua, necesita de un tiempo, de esfuerzo, de lucha, de lectura por supuesto, de asimilación y meditación acerca de esa lectura, luego de ordenamiento de las causas, los hechos y los efectos, las futuras consecuencias y crónicas al respecto, o sea todas las posibles vivencias que puede vivir el creador respecto a su creación. Por eso Don Quijote es la creación de Alonso Quijano y su salida puede vérsela como un nacimiento. Del Caos al Cosmos. Una ascensión hacia el Orden que es, en este caso el de la Caballería o el Orden de la Ficción, de la Fantasía, de la Imaginación. Y de la Verdad. Y de la Bondad. O sea, de la Poesía.

Al salir de su casa, nace, se da a luz.

Su locura consiste en negar lo que es a favor de lo que debería ser.

Don Quijote es la suma de las decepciones, de los fracasos seguidos de otros fracasos, fracaso o derrota que son sublimados por las palabras finales de Sancho. Sucumbe –tal vez– el personaje, pero no su palabra. Como en los torneos olímpicos, la llama de la Palabra la tomará otro individuo que no repetirá seguramente las hazañas del anterior porque las palabras crecen y se fortifican en cada individuo. Y es así que Sancho crece a lo largo de la novela detrás de una palabra, mucho más que de una ambición.

Esa palabra es ínsula; ¿qué significa para él? ¿Es acaso un territorio, una riqueza, un poder? ¿O es, más bien, lo aventurero, lo desconocido, lo otro, lo que no ha sido y puede serlo? ¿No se asimila acaso también a la ilusión, a la utopía?

La Palabra será pues el puente hacia lo desconocido como desconocido es el territorio de la Creación cualquiera sea su índole. Cuando el creador se asoma a lo que puede llegar a ser su obra, apenas sí puede conocer el punto de partida, pero nunca, o muy difícilmente, el del arribo. La creación es entonces el ámbito esencial de la aventura y estará encuadrada dentro de los límites del riesgo y del abismo que asoma entre el perímetro de lo desconocido. Aventura que no tiene por qué circunscribirse a la creación artística, ya que la más grande creación que puede emprender un hombre es la de su propia vida individual.

Es, entonces, a través de la Palabra que Don Quijote viajará hacia otro terreno, hacia otro tiempo, que no será el del pasado histórico, sino el intemporal del mito. Las referencias que hace el personaje pertenecen más a la leyenda que a la historia, y cuando aparece algún elemento real, sirve sobre todo para otorgar mayor encarnadura a los referentes legendarios. Su viaje es el del eterno retorno al tiempo de la leyenda, del mito, de la poesía, del relato infantil donde los límites del tiempo se diluyen entre los parámetros de la eternidad.

Al anular el tiempo real, Don Quijote destierra de su ámbito a la muerte, ya que aunque el protagonista muera, su palabra encarnará en los labios del otro, de Sancho, alteridad que conjuga con el concepto de unidad.

La palabra es el gran instrumento, la más importante herramienta que usa nuestro personaje en sus aventuras.

En su voz, lo ético y estético se integran para formar una nueva categoría, son una unidad, como unitario deviene el yelmo de Mambrino para convertirse en baciyelmo.

Todo esto desemboca en algo que hemos dado en llamar el poder órfico de Don Quijote. Como Orfeo, el primer poeta, con su canto, Don Quijote encanta.

De algún modo, sea por burla, por temor, incluso a veces por crueldad, otras por quitárselo de encima, prácticamente casi todos sus interlocutores lo siguen en su juego. Primero Sancho, también el ventero, los mercaderes, las mozas del partido, los cabreros, recuérdese el respeto con que lo trata Don Álvaro Miranda, el caballero del Verde Gabán.

¿Está loco? Sí. ¿Es sensato? Sí. ¿Es fascinante? Sí. ¿Es rechazante? También.

Todo eso y más, es Don Quijote, porque Cervantes tuvo la agudeza genial de no dibujar un personaje en una sola dimensión, sino que al diseñar su perfil está mostrando el amplio espectro y las contradicciones del alma humana. De ahí que todas las lecturas puedan tener su validez, desde la lectura de sus contemporáneos que vieron en él la figura ridícula y risible hasta el perspectivismo heroico con que lo miraron los románticos. Miguel de Unamuno lo ve en una sola dimensión: la trágica, pero se olvida de la sombra grotesca que acompaña a nuestro caballero andante.

A través de todo lo que hemos expuesto concluimos que el gran viaje del caballero se realiza a través de la Palabra y en realidad puede llegarse a pensar que quien viaja es la Palabra a través del personaje protagónico y sus antagonistas.

El momento crucial ocurre en el capítulo X de la segunda parte, episodio más conocido como el encantamiento de Dulcinea. Allí el que usa la palabra es Sancho y con ella, el escudero modifica la realidad, pero con un sentido inverso al de Don Quijote: éste eleva a las mozas del partido hacia el nivel de damas, el bruto y cruel Juan Haldudo puede llegar a ser caballero, la venta es un castillo, los molinos, gigantes y así a lo largo de la novela. En cambio Sancho transforma a Dulcinea en una labradora tosca con aliento a ajos que encalabrina y atosiga el alma de nuestro personaje. Sancho con sus palabras desciende a Dulcinea del pedestal de Dama o casi diosa, dentro del linaje de la Beatrice de Dante, hasta el más bajo y ramplón de la campesina fea, olorosa, grosera y deslenguada. Pero si lo miramos desde otra perspectiva, además de hacer eso, Sancho vuelve realidad la entelequia de Dulcinea, ya que ésta era más un nombre que una mujer, apenas con un lejano parentesco con esa vecina del lugar llamada Aldonsa Lorenzo. Al transformar y deformar aquel ideal femenino, ¿no podríamos ver en Sancho, además de su contorno circular, una propensión a la exageración barroca?

Porque de esta manera, Sancho, aunque cruel, en este momento le proporciona a Don Quijote la posibilidad de que su sueño se vuelva realidad, pero deformada. La circularidad y la deformación que caracterizan a Sancho, de algún modo están mostrando el espíritu del barroco por oposición a la figura longilínea y vertical del caballero, natural del gótico y de la Edad Media. Don Quijote representa el tiempo vertical, la aspiración a lo superior, en tanto su escudero se define por la circularidad, aunque al final de la obra, el protagonista adopta la posición horizontal, quizá la del reposo y la de la muerte, pero también la del reencuentro consigo mismo, la conquista de la serenidad, de la reflexión, de la ubicación en su auténtica dimensión humana.

Al regresar a su casa, ésta no es la misma del comienzo que albergaba el germen de la locura; la del final es la casa de la cordura, cordura que deriva del cordado, cordatus, cordis, es decir el corazón, centro vital y eje de la vida. Cordura se aviene con “recuerde” en el sentido de despertar, como en Manrique, y recordar es también acordar, concordar. La paz final, si bien profundamente melancólica, es la de la concordia consigo y con su entorno.

La Palabra tiene radicación en la locura del personaje. Pasa por las diferentes etapas vitales: primero, en la juventud de la locura, en sus inicios la misma divagación se tarda en buscar su nombre, las armas y toda la infraestructura que él cree necesario para ser caballero. Es lo que todavía no es, no alcanza la nuda expresión. Por eso la llamamos la etapa del balbuceo.

La segunda es la de la madurez de la locura que se corresponde con la estatura que alcanza Don Quijote en varios de los pasajes donde se refiere a la libertad o al poder, frente a Sancho, los duques, la pastora Marcela o los Galeostes.

Es la palabra preñada de verdad y sensatez que tiene proyección hacia el tiempo del mito o de la poesía y corresponde a la vez a la plenitud de su desvarío y de su inteligencia y sensibilidad. La última etapa sería la del silencio, cuando la Palabra reposa y permite el acceso a la paz, la reflexión, la cordura, la serenidad. Es la finalización de la locura.

La palabra de la realidad inserta en la lengua de la Poesía. Don Quijote es héroe y antihéroe.

De algún modo, Don Quijote y Sancho llegan a entenderse. Se reconocen cada uno en su alteridad.

La palabra apagada de Don Quijote, ese silencio que lo ocupa al final sea tal vez, la única vía que pueda, desde su casa, su lugar, su realidad, permitirle comunicarse con “lo otro”, el ámbito de lo sagrado, ese que alguna vez ha rozado la Poesía.

Solo hay una expresión de Don Quijote “en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Luego viene el silencio. Ante la presencia de la Muerte, solo cabe el silencio. De ahí el valor de este último.

Ante la divinidad Isaías enmudeció y Dante no encuentra los términos poéticos para expresar tanta grandeza. Ahora es Cervantes quien le quita la Palabra a Don Quijote, al arribo de éste a la cordura.

Don Quijote, el del habla florida, el de la gótica estatura erguida, aunque anduviera maltrecho, enfrenta a la Muerte sin palabras. Y nos deja, más que amargura una dulce tristeza parecida a la melancolía. Valiente y sereno se coloca de cara a la Muerte y la recibe, sin ninguna palabra, o con todas, que equivale al Silencio. El gran viaje ha terminado.

María Zambrano dice: el sentido último de la obra es la asunción del fracaso, su aceptación realista, resignada y a la par esperanzada. ¿Qué fracaso? Fracaso en la medida de la ambición o aspiración.

El Fracaso no se opone sino que se complementa con la noción de la alteridad: el reconocimiento del otro, la posible convivencia. Locura son sus hechos y aventuras para todos. Nadie se asombra ni el mismo Sancho de la amistad de entrambos. De ahí que D. Quijote se reformule la idea del reconocimiento del Otro. La convivencia y el respeto. Y la libertad. La de ser como él mismo. Toda la obra es una llamada a la libertad. Y es una gran pregunta.

¿Cuál es el sentido del libro? ¿Cuál es el sentido de la libertad? No importa la respuesta sino la dignidad de la Pregunta. ¿Cuándo es más libre Don Alonso Quijano o Don Quijote? ¿Cuándo se asume como uno o cuándo lo hace como el otro? Que cada lector lo haga. Y para hacerlo que sea libre.

 

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Elogio de Jorge Arbeleche con motivo de su ingreso a la Academia Nacional de Letras

 

 

Sr. Presidente de la Academia Nacional de Letras

Señores académicos

Autoridades de la enseñanza

Señores profesores

Señoras y señores:

 

La Academia Nacional de Letras del Uruguay recibe hoy, en esta ceremonia tan cálida y afectiva, a un nuevo integrante. La constitución de este organismo de cultura requiere la presencia de gente que abarque actividades diversas y que reúna, entre otros, el requisito de ser representativa en el sector al cual pertenece y en cual se desempeña. Quienes conocen la Academia saben que en ella hay un abanico de profesionales que van de las letras y la educación a las ciencias  y las artes, y que todos, formando un conjunto coherente, bregan en beneficio de la lengua materna, con el aporte individual de que son capaces por la índole de su profesión.

Pues bien: faltaba un poeta. Si bien algunos académicos han recorrido el difícil camino de a expresión lírica no lo han hecho como cosa fundamental en su vida, sino como manifestación de estados emocionales que todo ser humano experimenta y tiende a expresar por la palabra, el color, el sonido, la forma. El poeta, pues, no estaba presente. Por fortuna, la llegada de Jorge Arbeleche llena el hueco tan largamente mantenido y permite decir, ahora sí, que la Academia Nacional de Letras ha completado sus cuadros con un representante fiel, digno y reconocido por sus pares. Arbeleche es el poeta. Lo es a través de su obra, considerable y valiosa; de su trabajo en el aula como profesor e inspector de Literatura; de su transitar por tierras cercanas y lejanas en representación directa de la cultura del país y siempre en representación clara de la poesía o mejor aún, (y aquí falta la imagen ilustradora) de la Poesía, con mayúscula.

 

Jorge Arbeleche, a partir del momento de su designación como académico de número, pasó a dar lustre a este organismo, y el tiempo, que todo lo aclara y explica, mostrará que no hubo error porque no podía haber, cuando se decidió por gran mayoría que integrara las filas de esta corporación.

Frente a la mesa de la Academia resplandeció la obra de Arbeleche, quien, por medio de Sangre a la luz, Los ángeles oscuros, La casa de la piedra negra, entre otras obras, mostró la calidad, la sencillez, la tersura, el regusto por el decir de su lirirsmo. Sobre sus espaldas los nombres ilustres de Rubén Darío, Juana de Ibarbourou, Pablo Neruda y Antonio Machado, por citar los cuatro primeros que vienen a la memoria, no hicieron más que acicatear para conquistar alturas, las suyas propias (pese a las inevitables y necesarias influencias), alturas que no pueden ni deben dar pie para compararlo con nadie, por ser individualmente intransferibles, ser el alma y el corazón del autor.

Así se ve cuando expresa mínimamente pero con profunda penetración y trascendencia:

 

Y de pronto es la muerte

sentada

entre nosotros,

mirándonos.

 

 

O cuando dice, quizás con nostalgia, quizá con pena pero sí con fervor:

 

Llueve Señor

sobre la tarde abierta

abierta

sin remedio

para siempre

toda llena de lluvia

bostezo de la tarde

bajo la lluvia ciega.

 

Cuando se entibie el aire

la tarde

será vieja.

 

Pero el poeta también ahonda en el mundo de sus antecesores y contemporáneos líricos y da a la imprenta libros como Responsabilidad de la poesía, de reciente aparición, el cual contiene el estudio detenido de ocho poetas no por muy conocidos menos respetados.

Sea la poesía “esa cosa liviana, alada y sagrada”, como decía Platón, sea “la necesidad de absoluto”, como decía Roberto Ibáñez o sea algo que “nadie puede definir”, como asegura Jorge Arbeleche la dilucidación de este misterio será materia para los entendidos estudiosos del discurso lírico, y este último libro, Responsabilidad de la poesía, deja bien abiertas las puertas para quien quiere entrar de lleno en consideraciones críticas y personales sobre el poeta.

Estas dos vertientes de Arbeleche, la creadora y la valorizadora, constituyen el pivote alrededor del que gira toda su vida. Lo envuelven como manto sagrado vaya a donde vaya y le han significado traducción al inglés, al francés, al italiano y al ruso, así como su participación en congresos, seminarios y jornadas de estudio en Argentina, los EE.UU, Méjico y Francia, principalmente.

Y, si de premios se trata, tampoco faltan. Ahí están los galardones otorgados por la embajada de España en el Uruguay, por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, por la revista “Plural” de Méjico, y, en 1991, por nuestra Academia.

Público presente: Ustedes vinieron a escuchar y aplaudir al flamante académico Jorge Arbeleche, ocupante del sillón “Julio Herrera y Reissig”, premonitorio y simbólico.

A mí me resta únicamente dejarlos con él.

 

 

Héctor Balsas

Montevideo, 12 de junio de 1977

 

 

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EL VELO DE LOS DIOSES

(Discurso de Ingreso a la Academia)

 

Quiero expresar aquí mi agradecimiento profundo a la Academia Nacional de Letras de mi país por haberme concedido el alto honor de contarme entre sus miembros de número.

 

Agradezco pues, desde una perspectiva primero personal, por todo lo que esto significa tanto en el decurso de mi vida como en mi trayectoria profesional, y también, lo hago desde mi condición de escritor dedicado, en forma primerísima, a la poesía, ya que la elección ha recaído honrosamente, sobre mi obra poética.

 

Me es necesario, por lo tanto, destacar que el orgullo y la satisfacción que siento, están acompañados por un profundo sentido de solidaridad lírica, podríamos decir. Solidaridad con los poetas de mi país que me han precedido en esta empinada y luminosa labor del verso, aquellos que hoy me acompañan y con quienes llevamos a cabo esta, a veces utópica, a veces majestuosa, a veces sobrehumana, pero nunca claudicante, militancia por la Poesía. Quiero también mencionar a aquellos poetas jóvenes y aún a los que todavía están en agraz, porque ellos habrán de continuar esta tarea sin principio ni fin, bajo la definición del maestro Antonio Machado: “poesía, cosa cordial”, ya que serán sus palabras las que establecerán el lazo indispensable de noble, cordial comunicación entre los hombres para desterrar la soledad estéril e implantar el necesario reconocimiento de cada uno en el otro. Pues el poeta no deberá olvidar jamás que detrás de sí existe una amplísima tierra de poesía abonada con las búsquedas y los hallazgos de poetas anteriores, algunos que alcanzaron la plenitud del poema logrado y otros que sin lograrlo en su totalidad enriquecieron de alguna manera la lengua y permitieron la manifestación total o parcial de la Poesía.

 

Quiero destacar también la distinción con que se me ha honrado al adjudicárseme el sillón “Julio Herrera y Reissig”, por ser él uno de nuestros primeros poetas y uno de los más destacados de la lengua española, reconocido hoy en todos los ámbitos del idioma.

 

Que el suyo sea el nombre del sillón que hoy ocupo, gracias a la generosidad de estos amigos que han creído ver en mi poesía una obra merecedora de tal galardón, y que sea la Poesía, no la mía, sino la de todos los tiempos y la de todos los hombres, la causa que hoy convoca a esta reunión, me llena de júbilo y me confirma en una vocación optada, la que se ha ido afirmando en la heroicidad de cada día.

 

Porque siempre ha sido heroico defender, sostener y enseñar la Poesía en un mundo donde cada vez más el territorio de lo fantástico llega dirigido y envasado, donde la ilusión tropieza a cada paso para volver a levantarse, luego de cada derrota, con el fin de reanudar el camino de la nueva aventura, al modo de aquel manchego delirante y cuerdo que, cabalgando en su Rocinante y acompañado de la abundante humanidad de su escudero, iban ambos, en pos de la ínsula fabulosa para rendir tributo y homenaje a quien fuera “día de su noche, gloria de su pena, norte de sus caminos, estrella de su ventura”, la Emperatriz de La Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

 

Pero no olvidemos que ese personaje inmortal y patético, trágico y grotesco, nos fue legado por el genio de un artista que supo transmitirlo a las generaciones venideras gracias a la fijación y perpetuidad de la palabra escrita. Es ésta el más importante pasaporte que el hombre tiene para iniciar el viaje hacia su libertad integral y definitiva. Al decir de Nadine Gordimer, el analfabetismo es una de las manifestaciones más atroces de la pobreza y uno de los más abyectos crímenes contra la humanidad y contra la libertad de la Vida.

 

Será a través de la Palabra que el hombre adquirirá la capacidad de reflexión y formará el diseño de su propio pensamiento, para arribar a su Verdad. Y también gracias a ese trabajo de su inteligencia podrá afinar su sensibilidad con el fin de arribar a la apreciación más rica y matizada del poema, donde el lenguaje se yergue y se proyecta hacia otras dimensiones del espíritu humano.

 

La preservación de nuestra lengua, su defensa y su difusión, es tarea primera de esta Academia y de todas las Academias de la Lengua Española, pues así se está bregando por mantener vivos los ideales de la cultura que nos ha legado nuestra tradición española, la que a su vez se ha enriquecido con todos los aportes americanos, rioplatenses y uruguayos que configuran nuestra identidad intransferible.

 

Tradición poética no es sinónimo de arqueología verbal.

 

Dice Fernando Pessoa que “en el más pequeño poema de un poeta debe haber algo por lo que se advierta que ha existido Homero. La novedad nada significa por sí misma si no hay en ella una relación con lo que la precede. Sepamos distinguir lo nuevo de lo extraño”, recomienda su heterónimo Ricardo Reis. Y continúa:

 

“Los dioses no han muerto: lo que ha muerto es nuestro verlos. No se fueron: dejamos de verlos. O cerramos los ojos, o entre ellos y nosotros se entrometió la niebla. Subsisten, viven como vivieron, con la misma divinidad y la misma calma”.

 

Esta reflexión de Pessoa, me recuerda aquel verso enigmático de Jorque Guillén “el mundo está bien hecho”.

 

Quizás el mundo, siguiendo las coordenadas guillenianas, esté, sí, bien hecho y los dioses, según Pessoa están aún vivos tras la niebla.

 

Esa será entonces la responsabilidad de la poesía y la misión del poeta: develar ese velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y de la vida.

 

Por eso, la Poesía, más allá del tema o de los asuntos que aborde, tendrá un carácter religioso, porque una de las empresas a que se aboque será la de “religar” al hombre con el mundo, y el verbo religar está unido al concepto de religión. El discurso lírico entonces se estructurará sobre la base de dos ejes básicos: el principio ético y el principio del misterio, que, según piensa Giuseppe Ungaretti, “existe, está en nosotros. Basta con no olvidarlo. El misterio existe y con él, de igual manera, la medida; pero no la medida del misterio, sino de algo que en cierto sentido se opone al misterio, aún cuando para nosotros su manifestación más alta es este mundo terrenal considerado como la continua invención del hombre. El punto de apoyo será el misterio, y él es el soplo que circula en nosotros y nos anima”.

 

La principal militancia en la que habrá de embanderarse el poeta será la militancia de lo humano, en la relevancia y jerarquía de toda y cualquier contingencia del hombre, individual y colectiva.

 

Si el hombre puede tener, y tiene, nostalgia de un conocido o desconocido jardín primero, perdido o no encontrado todavía, el artista en su militancia, ética y estética, deberá reflejar entre sus versos, el eco del perfume de ese secreto Paraíso, así como tendrá aguzado su oído para registrar todo los ecos exteriores.

 

El misterio y la ética serán entonces los pilares fundamentales sobre los que se sustentará la acción de la poesía, la que unirá dos polos falsamente opuestos: la inteligencia y la sensibilidad; la emoción deberá apoyarse en la estructura. “Sentir la inteligencia”, en feliz expresión de Amanda Berenguer.

 

La poesía no deberá limitarse –no debería hacerlo a la exposición minuciosa de las angustias individuales, pues si bien toda manifestación del arte tiene como referente lo humano, el límite personal no será el definitivo.

 

La misión del poeta debería ser, al decir de Odiseo Elytis “colocar gotas de luz en la oscuridad” y, aunque sea por brevísimo espacio, como afirma Pablo Neruda “haber encarnado para muchos hombres, durante un minuto, la esperanza”.

 

Humildad deberá profesar el poeta, frente a aquellos que lo precedieron y frente a aquellos que lo continuarán, porque la poesía se nutre tanto de la vida como de la misma poesía, en un proceso circular y recíproco, en un encadenamiento misterioso, luminoso y fraterno.

 

La Poesía está asociada con la idea de la vida contemplativa, y, sin que esto deje de tener una base real y verdadera, es tiempo también de algunas aclaraciones. Por ejemplo: El ejercicio de la poesía supone, si se le asimila, como se ha dicho, a la contemplación, una ardua e intensa actividad del espíritu, ya que la noción de actividad no tiene por qué asociarse a la de productividad.

 

Si la poesía no es producto de mercado es porque al decir del poeta argentino Guillermo Boido: “la poesía no se vende porque la poesía no se vende” en su doble acepción. –Por un lado, es cierto: no ocupará las góndolas de un supermercado y apenas, a veces, los anaqueles de una librería-. Pero, además, no se vende porque el precio está más allá del dinero, sin que esto signifique un menosprecio por lo material, ya que ni la Poesía está alejada de las contingencias de la vida cotidiana, sino que está inmersa en ella, ni el Poeta es alguien que carece de ancla; al contrario: su ámbito será en la tierra, en el mar, en el aire y en el fuego. De todos ellos extraerá el limo, la espuma, el vuelo y la ceniza necesarios para la encarnación de la Palabra. Y si no se vende es porque no transige.

 

Será la Palabra la que determine un destino. Vocablo que, según T. S. Eliot no es determinismo ni es capricho: es algo esencialmente pleno de sentido. “El concepto de destino nos deja un misterio, pero un misterio que no se opone a la razón, porque implica que el mundo, y el curso de la historia humana, tienen sentido”, afirma el poeta.

 

Esta idea de destino está unida al concepto de la vocación y a la aspiración al conocimiento y la sabiduría.

 

La Poesía puede ser tomada como forma y vía de conocimiento. Es así que a través y mediante ella, Dante arriba al conocimiento, a la vez que lo construye. Ese conocimiento será Dios pero será también la poesía ya que toda La Divina Comedia puede verse como dos epopeyas del saber humano que corren paralelas; una es aquella que intenta alcanzar la verdad última, o sea, –para el florentino–, la revelación de la Santísima Trinidad; otra es la búsqueda de la expresión humana, la que enaltece la palabra escrita por la mano del poeta.

 

Cuando se llega a la primera, la segunda sucumbe. La poesía no puede, dice Dante, expresar tamaña luz y belleza.

 

Sólo más tarde en la historia de la literatura, podrá hacerlo merced a la alegoría del amor humano; es entonces cuando en la cima de la lírica erótica, surge la visión mística de San Juan de la Cruz.

 

“Oh noche que guiaste

oh noche amable más que la alborada

oh noche que juntaste

Amado con Amada

Amada en el Amado transformada”.

 

En esa plenitud de la Verdad y de la expresión radica la manifestación de la Alegría, no aquella de la risa fácil sino la de honda raíz metafísica que colinda con la idea de la serenidad y la sabiduría. La Poesía, dice el poeta argentino Edgar Bayley “es siempre alegría, dicha de palabras, por penosa que fuese su temática o su motivación inicial; es un acto gratuito, un porque sí, un estado de gracia”.

 

Estado de gracia que nos conduce, como toda manifestación del arte, por caminos donde se unen lo lúdico y lo insondable, a la zona oscura de la libertad profunda: allí reside la Alegría. Es así que, luego de todo su peregrinaje, Fausto, al final de la obra llega a exclamar: “es el fin supremo de la Sabiduría: sólo merece la libertad, lo mismo que la vida, quien se ve obligado a ganarlas todos los días. Quisiera ver una muchedumbre así en continua actividad, hallarme en un suelo libre en compañía de un pueblo también libre. Entonces podría decir al fugaz momento: “Detente, pues; ¡eres tan bello!”.

 

Piensa T. S. Eliot: “La transmisión de la sabiduría se cumple en un nivel más profundo que en el de las proposiciones lógicas; todo lenguaje es inadecuado, pero es probable que el lenguaje de la poesía sea el más apto para transmitir sabiduría”.

 

Con lo que acabo de expresar, podría pensarse que estoy afirmando su superioridad sobre las demás artes.

 

No es así, porque en ella sintetizo las manifestaciones más altas del espíritu en el plano de la experiencia artística que es, eso sí, según creo, la zona donde mejor se expresa y se define el hombre.

 

Mi vocación por la poesía ha estado ligada a mi vocación docente. Nunca una estorbó a la otra; al contrario se complementaron y se enriquecieron.

 

Sé firmemente que la poesía no me ha hecho más sabio, pero también sé que gracias a ella he buscado ser mejor y hallar esa imprecisa sabiduría que se manifiesta cuando se encuentra sentido a nuestro paso por este mundo y se siente júbilo ante la luz poderosa de esta ciudad, que ha sido también tantas veces elegida. Porque gracias a la Poesía he cumplido el juvenil anhelo de los viajes, pero siempre he saboreado el retorno y me he confesado: valió la pena el viaje, pero también vale la pena el tránsito por estas calles montevideanas, por estos barrios donde aún salen las vecinas de tardecita a comentar y a chimentar los sucesos del día y de la cuadra.

 

Montevideo es y ha sido mi ciudad; por nacimiento y por elección. En épocas difíciles, cuando en el país se producía la diáspora de su gente, yo también me fui, pero al volver, sentí siempre la dicha del regreso.

 

Por extraña paradoja, a pesar de haber nacido en Montevideo y de vivir aquí cada uno de mis casi cincuenta y cuatro años, a medida que el tiempo se nos viene, a veces en tropel, experimento una más viva y palpitante emoción ante la Naturaleza, en todas y cada una de sus manifestaciones.

 

No me vivo como un ser del asfalto. Sin embargo, a pesar de esa vocación por el campo o el mar, nunca me he sentido extraño en mi ciudad.

 

Y creo que esto ocurre porque Montevideo tiene algo que es a veces difícil de precisar de manera puntual. Y es el aire y la luz que lo sustentan. Pocas ciudades en el mundo pueden engalanarse con crepúsculos como los nuestros. La luz, cuando se posa en algún breve jardín de una calle cualquiera, en alguno de esos barrios que aún perduran, para continuar brindando a nuestra ciudad esa su escala humana tan peculiar, hace que cada una de esas hojas sea todas las hojas, y entonces ese jardín de barrio, será ya todos los bosques.

 

Montevideo tiene también una música secreta, apenas audible que, en ocasiones se desgrana en los acordes de un tango, de un candombe o de una milonga.

 

Es entonces que, envueltos en su luz, erguidos sobre el pedestal de su aire y mecidos por sus ritmos podemos palpar su melancólica alegría.

 

Montevideo sigue siendo la del verso de Borges: la ciudad de “calles con luz de patio”.

 

Antes de terminar estas palabras no quiero dejar de mencionar a dos mujeres que mucho tuvieron que ver en mi vida y que integraron esta corporación: Myrtha Páez Penela y Juana de Ibarbourou. Ambas están ligadas a mi lejana juventud, cuando aquel muchacho lleno de versos y de entusiasmos no podía jamás imaginarse que alguna vez fuera a sentarse en un Sillón de la Academia de Letras de su país. Juana leyó, comentó, criticó y alentó mis primeros poemas, después me regaló su cariño y su confianza; al estudio de su obra he dedicado parte de mi vida, lo que constituye para mí un motivo de orgullo. Y como ese hilo de oro invisible del destino teje y desteje entre la niebla, más allá de nuestros ojos, hoy yo estoy pronunciando este discurso cincuenta años después que ella leyera el suyo. Pero creo que para hallar la mágica madeja de donde saliera ese hilo de oro misterioso habría que remontarse al año 1943 cuando entre los regalos recibidos con motivo de mi nacimiento figuraba un álbum de fotos, ilustrado con dibujos y poemas. Allí aparecían las “Canciones de Natacha”. Y cuando yo escuchaba esas canciones de los labios juveniles de mi madre, encontraba un encanto especial, una magia intransferible en aquella “loba loba” que salía de paseo con su traje nuevo y su hijito feo. ¿Por qué el lobito era feo, y sin embargo, no se perdía ni el hechizo ni la ternura? El tiempo después –y aquel hilo– iban a hacer que andando los años yo comenzara a frecuentar la obra de Juana y luego la fuera a conocer y trabara con ella una amistad altamente enriquecedora.

 

Myrtha me preparó en la prueba de Idioma Español cuando mi ingreso al Instituto de Profesores Artigas para estudiar Literatura en 1963. Fuimos amigos, fuimos colegas, enseñamos los dos en el IPA; no nos pudimos encontrar aquí; pero lo hemos hecho en el sueño. Por dos veces he soñado con ella y la última vez veníamos a este acto, cuando de pronto yo me apercibo de que he olvidado estos papeles y asustado, se lo comento; como era su gesto habitual, me consoló y reconfortó al par que me decía: ya te acordarás. Seguramente, desde algún sitio lo estará escuchando.

 

Y Matilde Bianchi, con quien tanto reía.

 

Reitero mi agradecimiento y lo hago extensivo a quienes son y han sido mis alumnos. Y parafraseando aquella página de Rodó, cuando el Maestro Gorgias se despedía de sus discípulos diciéndoles “yo no os he enseñado la verdad, sino el amor a la verdad, que es infinita”, yo ahora les digo, a todos, yo no les he dado, con mi poesía y con mis palabras, toda la poesía, sino el amor a la poesía, que es infinita.

 

La poeta argentina Alejandra Pizarnik definía así la poesía: “el lugar donde todo es posible”. Como este acto y estos pensamientos podrían titularse una defensa y exaltación de la poesía, siento igual que si estuviera dentro de un fantástico caleidoscopio, donde todos los colores fueran posibles y surgieran por primera vez. Entonces, desde hoy y desde este ámbito vuelvo a ver la cara joven y hermosa y sana de mi madre asistiendo al nacimiento de mis primeros poemas; a mi padre, cartesiano y matemático, pasando a máquina mis escritos, que seguramente nunca entendiera demasiado, como tampoco captara los laberintos líricos de su hijo menor que había decidido, contra viento y marea que no seguiría la tradición profesional universitaria de la familia porque quería ser profesor y poeta; a mi hermano Roberto, sus ojos azules brillando en la primera fila de mis lecturas y conferencias, a mi tío Beltrán Arbeleche quien, a mis catorce años me iba a buscar los sábados a la salida del liceo y me prestaba libros y charlaba y me ofreciera el universo ancho de su biblioteca; a mi otro tío Gualberto Rodríguez, blanco y herrerista quien, por primera vez en su vida comprara el diario colorado ACCION porque en su página literaria habían aparecido publicados mis primeros poemas; y los veo junto a mis familiares y amigos que hoy aquí me rodean, alientan y sostienen en esta aventura indeclinable, y que comparten conmigo esta alegría de hoy; aquellos con los que ayer compartiéramos los primeros libros y los lejanos juegos de hace casi cincuenta años, y estos con los que compartimos tareas hasta casi ayer. Vuelvo a leer la dedicatoria que mi hermano Carlos estampara en el libro “Obras Completas”, de Rubén Darío, regalo de la Nochebuena de 1960: “Saluda el poeta de los grandes versos al pequeño soñador de los grandes sueños”.

 

García Márquez dijo: “el tiempo da vueltas en redondo” y hoy tengo la enorme satisfacción de celebrar este ágape con todos los muertos y los vivos, los poetas de hoy, mis compañeros, y aquellos que son y han sido mis maestros y amigos: Federico García Lorca descubierto a mis dieciséis años en los parlamentos de “Bodas de Sangre”. Y entonces nuevamente toco el timbre en la calle Velintonia 3, en Madrid, una tarde fría de otoño de 1969 y me recibe un viejo alto, luminoso y azul, con quien compartí versos, nostalgias y entusiasmos. Se llamaba Vicente Aleixandre. Y otra vez recibo una carta de Julio Cortázar en respuesta al envío de un libro mío. Y todo vuelve a empezar. Y todo está ahí, a nuestro alcance. Detrás del velo. Junto a los dioses.

 

Pero ¿qué pasará con la Poesía y los poetas en el próximo milenio?

 

¿Podremos revertir una humanidad cada vez más deshumanizada, donde los valores primeros de la ética, social e individual, empiezan a tornarse recuerdos de un pasado remoto?

 

¿Será posible hacer al Hombre más humano y hallar un verbo único que abarque el amor personal y colectivo, la justicia y la solidaridad junto a la memoria, custodia minuciosa de los tiempos? Un verbo, al fin que pueda ser conjugado por todos.

 

¿Seremos siempre los poetas, la arena en la maquinaria del futuro y nuca el aceite, como dijera recientemente Antonis Samarakis en el Paraninfo de la Universidad de la República? ¿O alguna vez podremos, entonar también la celebración invicta de la vida y educar a través de la Poesía? Porque la metáfora enseña a pensar y a vivir la misteriosa alegría de pisar el pasto húmedo y escuchar el repetido escándalo del gallo.

 

Entonces, todo lo que hayamos logrado, cuando venga la Muerte –que dicen que viene– ya no nos podrá ser nunca más arrebatado.

 

Porque como dijera Odiseo Elytis: “La poesía comienza allí donde la muerte no tiene la última palabra”.

 

Y todo el aire se torna mágico y sereno.

 

 

                                                                                                Jorge Arbeleche Cortés

                                                                                       Montevideo. 12/06/1997